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New Age en el Magisterio de la Iglesia


15 junio 2008
Sección: Sin categoría

La Asamblea especial para América del Sínodo de los Obispos


Toda la Iglesia espera que esta Asamblea especial para América del Sínodo de los Obispos pueda ofrecer abundantes frutos de conversión, de comunión y de solidaridad.

1. Introducción

El Sínodo de los Obispos, como toda institución de la Iglesia, genéricamente hablando, tiene la finalidad de ofrecer un servicio a la misma Iglesia que, a su vez, es por naturaleza servidora, a imagen de Jesucristo, "el Hijo del hombre" que "no ha venido a ser servido sino a servir" (2). El servicio que el Sínodo de los Obispos puede ofrecer a la Iglesia depende no solamente de la naturaleza institucional y de su metodología de trabajo (3), sino también de las necesidades que hoy presenta la misión evangelizadora. Por esa razón puede resultar esclarecedor comenzar por dirigir nuestra mirada al mundo contemporáneo, al cual la Iglesia debe anunciar el Evangelio de Jesucristo. De ese modo será posible comprender más adecuadamente cómo se inserta en la misión de toda la Iglesia el servicio que, específicamente, el Sínodo de los Obispos puede ofrecer y, más concretamente, los frutos que, en este sentido, puede dar la Asamblea especial para América.

2. Algunos signos de los tiempos del mundo actual

La cultura del mundo contemporáneo se presenta, en los albores del Tercer Milenio, como una realidad sumamente compleja, en la que se articulan, en una síntesis ecléctica, diversas corrientes de pensamiento y de acción. Característica distintiva de este sincretismo es la apertura siempre en acto rumbo a un dinamismo constante e ilimitado. En lo complejo de esta situación histórica es posible distinguir, sin embargo, algunas aspiraciones legítimas que, como signos de los tiempos, deben ser interpretadas a partir de la fe, para descubrir los nuevos desafíos que la Iglesia debe enfrentar en su misión. El Concilio Ecuménico Vaticano II nos invitó, como Iglesia, a "escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio" (4).

Respondiendo a esta invitación, siempre perenne, podemos dirigir nuestra mirada a la civilización del presente y descubrir que toda la humanidad anhela ardientemente la unidad como una meta a alcanzar en todos los niveles. El mismo hecho de la exploración del universo fuera de los límites del planeta, llevó al hombre a adquirir conciencia de su pertenencia a una única familia, cuyos miembros se reconocen como hermanos que tienen en común: un lugar, un destino, un origen, un desafío histórico a enfrentar. A aumentar el sentido de la unidad contribuyó notablemente el desarrollo de los medios de transporte y de comunicación social, no solamente acortando las distancias físicas, sino también abriendo las puertas al diálogo y derribando los muros de separación y de individualismo. Esta agilidad en las comunicaciones favoreció, entre otros aspectos, el intercambio cultural entre los diversos territorios y sociedades, dando origen a una verdadera compenetración inter-cultural.

En el campo religioso, una manifestación concreta de este deseo de unidad es el movimiento ecuménico y el diálogo inter-religioso, que, en diversos niveles, buscan congregar a todos los hombres como hijos de un único Dios y como hermanos entre sí. La Iglesia católica, en el Concilio Vaticano II, se mostró particularmente sensible a esta aspiración del hombre contemporáneo por la unidad a través del decreto sobre el ecumenismo, Unitatis redintegratio, y de la declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, Nostra aetate. Más recientemente, también el Santo Padre promovió las relaciones ecuménicas con la carta encíclica Ut unum sint (5).

Paralelamente a esta aspiración, sin embargo, es posible constatar, en el plano concreto de los hechos, un evidente incremento de tensiones y violencias de todo tipo, que amenazan destruir el mencionado ideal de unidad. Concretamente, en el campo de la cuestión social, como advertía el Papa Juan Pablo II en la carta encíclica Sollicitudo rei socialis, los "mundos distintos dentro de nuestro único mundo: Primer Mundo, Segundo Mundo, Tercer Mundo y, alguna vez, Cuarto Mundo… son el signo de una percepción difundida de que la unidad del mundo, en otras palabras, la unidad del género humano, está seriamente comprometida" (6). Otro hecho concreto que contribuye a aumentar las tensiones e impide la consolidación de la unidad es el "nacionalismo" en sus distintas formas de expresión: el separatismo, el egoísmo nacionalista, la falta de voluntad política de establecer relaciones de solidaridad efectiva, etc.

Otro signo de los tiempos que parece adquirir su carta de ciudadanía en la civilización contemporánea, cada día con mayor fuerza, es lo que podríamos llamar una sed de "valores espirituales", manifestación del inextinguible hambre de infinito que anida en cada hombre. Una clara expresión de esta tendencia es ciertamente la continua expansión de la Iglesia, no solamente con la incorporación de nuevos pueblos en continentes en los cuales, hoy, pueden ser vistas jóvenes y florecientes Iglesias, sino también con el surgimiento de nuevos movimientos eclesiales allí donde la fe cuenta con siglos de tradición.

Lamentablemente, esta tendencia hacia los valores del espíritu no siempre ha sido adecuadamente orientada; y, muchas veces, alimentada por un cierto relativismo moral y práctico que domina la cultura actual, contribuyó al fenómeno de la proliferación de sectas, tan difundido en América y, en general, en todo el mundo. En sentido amplio, este interés por los valores espirituales manifiesta la inquietud del hombre contemporáneo por encontrar una clave de lectura espiritual para la vida en esta tierra, ante los fracasos de falsos mesianismos de redención fundados científicamente en la praxis política, como en cierto modo lo fue la crisis de la llamada teología de la liberación.

La inclinación hacia lo espiritual se presenta en fuerte contraste con el materialismo en todas sus formas, desde la interpretación de la realidad como sólo materia hasta la búsqueda de la felicidad humana negando cualquier tipo de dimensión trascendente. Probablemente como reacción natural al materialismo desenfrenado que caracteriza al mundo contemporáneo, la tendencia a lo espiritual corre el peligro de caer en el extremo opuesto, transformándose en "espiritualismo" y convirtiéndose -en referencia al mensaje cristiano- en un "nuevo arrianismo", esto es, en una búsqueda de Dios en el cielo y no entre los hombres, en una religiosidad que acentúa excesivamente la trascendencia divina, convirtiéndola en un valor absoluto. Esta corriente de pensamiento, que es ajena a la revelación cristiana, tiene, sin embargo, no poca influencia sobre la vida de los fieles, provocando en muchos un cierto adormecimiento de la conciencia acerca del hecho de la Encarnación del Hijo de Dios, que es la clave de interpretación de toda la historia de la salvación.

En esta búsqueda de valores espirituales, provocando una gran desorientación general, se introduce el relativismo como filosofía y como ética dominante del mundo contemporáneo. Fruto de esta corriente de pensamiento es la llamada teología pluralista de las religiones que, al entrar progresivamente en la conciencia cristiana, llevó al relativismo de la verdad sobre Jesucristo, el cual es visto como un mito o como un genio religioso entre otros, y no como la presencia de lo Absoluto en la historia, como el encuentro real del hombre con la Verdad universalmente válida de Dios que se revela. En este contexto de confusión se alza la voz de la "New Age", que propone una nueva religión universal cuya "mística" consiste en la experiencia de lo Absoluto como una "energía espiritual" que invade el "Todo" y en la cual el individuo religioso se disuelve en una especie de éxtasis cósmico (7).

Por último, no se puede dejar de mencionar, junto a estas realidades, un fenómeno que se verifica actualmente en todo el mundo, con características que no dejan de ser alarmantes, al considerar sus graves consecuencias. Se trata de la urbanización, esto es, del crecimiento siempre mayor de las ciudades que, en algunos casos, se transforman en verdaderas "megápolis". En efecto, como consecuencia del desarrollo industrial comenzó un lento proceso de abandono del campo por parte de mucha gente que pasa a los grandes centros urbanos, cuya densidad poblacional, en constante aumento, ya alcanzó, en no pocos casos, niveles desproporcionados. Este fenómeno, que trae consigo diversas consecuencias sociales conocidas por todos (desarraigo, anonimato, soledad, inmoralidad, etc.) (8), presenta a la Iglesia, por otro lado, un desafío pastoral: cómo hacer llegar el mensaje del Evangelio a todos y a cada uno de los habitantes en los grandes conglomerados urbanos, qué respuesta evangélica ofrecer a los nuevos problemas sociales derivados de la vida en la ciudad, cómo encarar una verdadera promoción social que incluya un auténtico desarrollo integral de la persona humana (físico y espiritual, material y cultural), etc. (9).

3. El servicio que la Iglesia puede ofrecer al mundo

En la coyuntura histórica contemporánea, caracterizada por un mundo desintegrado en busca de unidad y por un hombre ávido de nuevos horizontes espirituales, la Iglesia, atenta a estos signos de los tiempos, se siente llamada a servir a la humanidad ofreciendo el mensaje siempre nuevo de Jesucristo. Él es el Hijo de Dios hecho hombre que, habiendo reconciliado en sí la humanidad y la divinidad, invita a la comunión en el amor como camino para la construcción de la verdadera unidad de cada ser humano con Dios y de todos los hombres entre sí. Por este motivo, la Iglesia se presenta al mundo, en el Concilio Ecuménico Vaticano II, diciendo que ella misma es "en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano" (10). En esta definición aparecen claramente los dos elementos que caracterizan la misión de servicio que la Iglesia desea ofrecer al mundo en la presente situación histórica: en primer lugar, el anuncio y la comunicación de Jesucristo, de su gracia, de su vida divina, y, en consecuencia, la construcción de la unidad en sus dos dimensiones, horizontal (entre los hombres) y vertical (con Dios).

La eclesiología del Concilio Vaticano II, por lo tanto, gira en torno al concepto de comunión que, como decía el Papa Juan Pablo II, está "en el centro de la autocomprensión de la Iglesia" (11). Este concepto tiene un peculiar significado en la tradición de la Iglesia: la comunión es, ante todo, un fruto de la iniciativa divina, cumplida y efectivamente realizada en el misterio pascual. La nueva relación entre Dios y los hombres, establecida en Jesucristo y participada en los sacramentos, se extiende a una nueva relación de los hombres entre sí (12). Precisamente este matiz en el concepto de comunión, que es exclusivo de la visión cristiana de la realidad, constituye la contribución original que la Iglesia puede ofrecer al mundo. Para poder dar testimonio de la unidad en este preciso sentido evangélico, la Iglesia misma debe continuamente esforzarse por vivir el misterio de la comunión, tanto en su dimensión universal como en su dimensión particular.

Pues bien, la Iglesia universal se hace presente y operativa en las Iglesias particulares, cada una de las cuales es una "porción del Pueblo de Dios que se confía al obispo para ser apacentada con la cooperación de su presbiterio" (13). La Iglesia universal es, a su vez, Cuerpo de las Iglesias (14), y por eso es posible aplicar análogamente el concepto de comunión a la unión entre las Iglesias particulares. De este modo se puede entender la Iglesia universal como una "comunión de Iglesias".

A pesar de la riqueza de su significado, este concepto ha sido a veces erróneamente interpretado, como si la Iglesia universal fuese el resultado del reconocimiento recíproco de las Iglesias particulares. Por eso, para entender en su verdadera acepción el concepto de comunión aplicado al conjunto de las Iglesias particulares, es necesario tener presente que éstas tienen con el todo, esto es, con la Iglesia universal, una particular relación que el Santo Padre llamó de "mutua interioridad" (15), porque en cada Iglesia particular se encuentra y actúa verdaderamente la Iglesia de Cristo, que es una, santa, católica y apostólica (16). En virtud de la mencionada correlación de mutua interioridad, en cuanto se expresa y preserva la dignidad de cada Iglesia particular, se manifiesta, al mismo tiempo, la figura de la Iglesia, una y universal. En efecto, como esclarece la Constitución dogmática Lumen gentium, la Iglesia católica, una y única, se constituye en las Iglesias particulares y en la base de ellas, las que, a su vez, son formadas "ad imaginem Ecclesiae universalis…, in quibus et ex quibus una et unica Ecclesia catholica exsistit" (17). Las Iglesias particulares son, pues, como enseña el Santo Padre, "ex et in Ecclesia universali", esto es, asumen la propia eclesialidad "de la" y "en la" Iglesia universal. En otras palabras, la Iglesia particular es "Iglesia" en cuanto es presencia particular de la Iglesia universal (18). La Iglesia universal, por lo tanto, no puede ser concebida como el resultado de la comunión de las Iglesias, sino que, en su misterio esencial, es una realidad ontológica y temporalmente previa a cada Iglesia particular (19). En síntesis, la idea de Cuerpo de las Iglesias reclama la existencia de una Iglesia Cabeza de las Iglesias, que preside la comunión universal en la caridad (20).

La unidad de la Iglesia se fundamenta en la unidad del Episcopado, lo cual implica necesariamente la existencia de un Obispo Cabeza del Cuerpo o Colegio de los Obispos, que es el Romano Pontífice, Sucesor de Pedro, sobre quien el Señor quiso construir su Iglesia (21). La unidad del Episcopado, que se perpetúa a través de la sucesión apostólica en cuanto la Iglesia peregrina en el tiempo, es el fundamento de la identidad de la Iglesia de cada época con la Iglesia fundada por Jesucristo sobre Pedro y los Apóstoles (22). Por lo tanto, el Colegio episcopal junto con su Cabeza, el Romano Pontífice, y jamas sin él, deben estar presentes en la Iglesia particular, no solamente para que ella sea verdaderamente imagen de la Iglesia universal, sino también para que el ministerio del Sucesor de Pedro pueda ser ejercido como una potestad episcopal inmediata sobre todos, Pastores y fieles (23). En otras palabras, para que se realice aquella "mutua interioridad" entre la Iglesia universal y la Iglesia particular, a la que se refería el Santo Padre, es necesario que el ministerio del Sucesor de Pedro sea una dimensión interior a cada Iglesia particular.

Ahora bien, ¿cómo puede concretarse esta mutua interioridad, esta dimensión interior de la presencia del Sumo Pontífice en la Iglesia universal y en cada Iglesia particular? La respuesta fue sugerida por el Concilio Vaticano II, durante el cual se hizo sentir, de manera particular, la unidad de toda la Iglesia como fruto de la íntima unión del Pastor Supremo con todos los Pastores de las Iglesias particulares. Allí nació la inspiración de crear una institución estable, que es el Sínodo de los Obispos, como instrumento al servicio del Santo Padre en el gobierno de la Iglesia universal.

4. El Sínodo de los Obispos al servicio de la Iglesia

La institución del Sínodo de los Obispos, como un organismo permanente, en un momento preciso de la historia, caracterizado por la dimensión universal de los problemas que afectan a la humanidad, muestra una vez más la preocupación de la Iglesia por responder a la necesidad de enfrentar con mayor eficiencia los desafíos de la evangelización a nivel mundial. Los nuevos problemas, comunes a culturas diversas, debido a la creciente intercomunicación en todos los niveles, exigen una respuesta inmediata y adaptada a las circunstancias que la Iglesia puede ofrecer, sirviéndose de la institución sinodal.

El Sínodo pretende realizar lo que significa: syn-odos, caminar juntos, obispos con obispos y con el Papa. Se trata de una experiencia de comunión, de colegialidad afectiva y efectiva entre los miembros de un mismo Corpus episcoporum, los cuales son llamados a ser corresponsables en el gobierno de la Iglesia universal. El Sínodo está, por tanto, al servicio de la comunión eclesial, que no es otra cosa sino la misma unidad de la Iglesia en su dimensión dinámica (24). Así, la unidad de la Iglesia, que se hace experiencia de vida en la comunión sinodal, ofrece al hombre contemporáneo un elocuente testimonio de aquella unidad que tanto anhela. La actuación de la colegialidad es, por este motivo, un postulado de la voluntad divina que la Iglesia lee también como signo de los tiempos, esforzándose por encontrar las maneras más eficaces para llevarla a cabo (25).

El Sínodo es una expresión y un instrumento de la colegialidad episcopal, esto es, de la particular responsabilidad de los obispos junto al Obispo de Roma en el gobierno de la Iglesia. Pero tal colegialidad no debe ser entendida como un simple asunto jurídico-disciplinar, sino más bien como una consecuencia de la comunión y una fuerza que hace crecer la misma comunión. Como dice el Papa Pablo VI, el Sínodo es un "taller de comunión" (26). En esta eclesiología de comunión no existe oposición entre la función del Papa y la de los obispos, entre la colegialidad episcopal y el primado papal. Éstos son aspectos que se complementan: el primado del Papa da eficacia a la colegialidad de los obispos a través del Sínodo y, a su vez, tal primado es reforzado por el ejercicio de la colegialidad episcopal.

El Sínodo de los Obispos asume un papel importante en el pontificado del Papa Juan Pablo II. Él mismo lo insinúa al decir que tal vez la historia lo considere como "el Papa sinodal" (27). Según este Pontífice, "la experiencia del período post-conciliar muestra muy bien cómo la obra del Sínodo ha sido una expresión del ritmo de la vida pastoral en toda la Iglesia" (28). Es particularmente interesante notar que el Santo Padre, refiriéndose a la dimensión colegial, que es original e intrínseca a la sucesión apostólica y que viene desarrollándose a lo largo de los siglos al mismo tiempo que la historia de la Iglesia, citó como expresiones de la misma no solamente el Colegio de Cardenales sino también el Sínodo de los Obispos (29). Igualmente, con ocasión del trigésimo aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos, el Sumo Pontífice recordaba este acontecimiento como fruto de una institución providencial del Papa Pablo VI en orden a fomentar el ejercicio de la colegialidad, de la caridad pastoral y de la comunión jerárquica de todo el cuerpo episcopal del mundo entero "cum Petro et sub Pedro" (30).

En los años post-conciliares aconteció un providencial desarrollo de la dimensión sinodal en la Iglesia, cuyos frutos se perciben en las diversas Asambleas sinodales que se celebraron desde que el Sínodo fue instituido: nueve Asambleas generales ordinarias (1967, 1971, 1974, 1977, 1980, 1983, 1987, 1990, 1994), dos Asambleas generales extraordinarias (1969, 1985) y cuatro Asambleas especiales (para Holanda en 1980, para Europa en 1991, para África en 1994 y para el Líbano en 1995). Vale la pena indicar que existe una continuidad temática entre las Asambleas generales ordinarias, de manera que fueron tratados ordenadamente los grandes problemas pastorales que preocupan a la Iglesia universal: "El sacerdocio ministerial y la justicia en el mundo" (II A.G.O., 1971), "La evangelización del mundo contemporáneo" (III A.G.O., 1974), "La catequesis en nuestro tiempo" (IV A.G.O., 1977), "La familia cristiana" (V A.G.O., 1980), "La penitencia y la reconciliación en la misión de la Iglesia" (VI A.G.O., 1983), "La vocación y la misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo" (VII A.G.O., 1987), "La formación de los sacerdotes en la situación actual" (VIII A.G.O., 1990), "La vida consagrada y su función en la Iglesia y en el mundo" (IX A.G.O., 1994). En continuidad con estos asuntos, el tema definido para la próxima Asamblea general ordinaria es: "El obispo: servidor del Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo". Además de eso, en los próximos años y como parte del programa de preparación para el Gran Jubileo del año 2000, el Santo Padre desea convocar Sínodos de carácter continental (31). Así, en la línea de las Asambleas especiales ya celebradas para Europa y África, serán convocadas Asambleas sinodales para América, Asia, Oceanía y para Europa (por segunda vez), de modo que, al concluir el segundo milenio, habrán sido cubiertas todas las áreas geográficas del mundo.

En la preparación de estas Asambleas especiales, los respectivos Consejos pre-sinodales, cuya misión es precisamente coordinar todos los trabajos en vista de las Asambleas sinodales, convergirán en la preocupación de presentar como tema central de la Nueva Evangelización la persona de Jesucristo. Esta temática común, adaptada a las distintas realidades locales de acuerdo con las propias características culturales, responde a las necesidades del tiempo presente que, como decíamos anteriormente, en la búsqueda de nuevos valores espirituales experimenta una gran desorientación en relación a la verdadera identidad de la persona del Verbo hecho carne para la salvación del género humano. El Santo Padre, inspirándose en esta común preocupación, definió los temas de las Asambleas especiales dándoles un fuerte carácter cristológico:

-Encuentro con Jesucristo vivo, camino para la conversión, la comunión y la solidaridad en América.

-Jesucristo, el Salvador, y su misión de amor y servicio en Asia: "que tengan vida y la tengan en abundancia" (Jn 10,10).

-Jesucristo y los pueblos de Oceanía: seguir su camino, proclamar su verdad, vivir su vida.

La orientación cristológica de estos Sínodos continentales está en perfecta armonía con el carácter claramente cristológico del Gran Jubileo que celebrará los 2000 años de la Encarnación y de la venida al mundo del Hijo de Dios, sobre el tema: "Jesucristo, único Salvador del mundo, ayer, hoy y siempre" (ver Heb 13,8) (32).

5. El método sinodal

Para poder llevar a cabo su misión, el Sínodo de los Obispos trabaja de acuerdo con una metodología basada en la noción de colegialidad, que caracteriza el proceso sinodal en todas sus etapas: desde la preparación hasta la conclusión de cada Asamblea. En pocas palabras, en este método de trabajo se alternan sucesivamente análisis y síntesis, consulta a las partes interesadas y decisión a cargo de las autoridades competentes, según una dinámica de retroalimentación (feed-back) que permite la verificación continua de los resultados alcanzados y la programación de nuevas propuestas en el clima de la comunión colegial.

Ya en la etapa preparatoria, el tema de la Asamblea sinodal es abordado colegialmente. En efecto, la Secretaría General del Sínodo de los Obispos organiza una consulta dirigida a las Conferencias episcopales, invitando a las mismas a sugerir uno o más temas en relación a las propias urgencias pastorales o a los aspectos más relevantes que se refieren a la Iglesia universal. Estas sugerencias -que deben ser adecuadamente justificadas y motivadas- son luego clasificadas, analizadas y estudiadas durante una reunión del Consejo pre-sinodal de la Secretaría del Sínodo. Posteriormente este Consejo presenta los resultados de esa reunión, junto con las pertinentes recomendaciones, al Santo Padre, quien, finalmente, decide el tema a ser tratado en la Asamblea sinodal.

En una segunda reunión del Consejo pre-sinodal se prepara un posible esquema para profundizar y explicitar el tema, al cual se da el nombre de Lineamenta. La redacción de este documento es un trabajo conjunto, en el que toman parte no solamente los miembros del Consejo pre-sinodal, sino también los teólogos de la Asamblea sinodal, peritos en la materia, llamados a colaborar, y los miembros de la Secretaría General encargados de coordinar las diversas contribuciones. Los Lineamenta son presentados públicamente y distribuidos a todas las Conferencias episcopales y a las demás partes interesadas. El objetivo de este documento, como su propio nombre lo indica, es ofrecer un primer esbozo del tema, orientado a suministrar una base común de reflexión y a estimular, al mismo tiempo, sugerencias y observaciones de parte de obispos, sacerdotes, religiosos y laicos. Con tal finalidad, el documento incluye un cuestionario, cuyas respuestas servirán para que cada Conferencia episcopal pueda elaborar su propia síntesis, basándose en estas mismas preguntas.

Habiendo sido recogido este material, el Consejo pre-sinodal de la Secretaría del Sínodo, siempre con la ayuda de peritos en la materia, procede a la elaboración del segundo documento, llamado Instrumentum laboris, que servirá de base y de punto de referencia durante el debate sinodal. Este documento de trabajo es también publicado, a pesar de tener solamente el carácter de un texto provisional, que será objeto de discusión y de modificaciones durante el Sínodo.

Gracias al trabajo de preparación en las Iglesias locales, sobre la base de los dos documentos anteriormente citados -Lineamenta e Instrumentum laboris- los obispos pueden presentar a la Asamblea sinodal las experiencias y las visiones de cada comunidad, como también los frutos de las discusiones preliminares de las Conferencias episcopales nacionales.

En la etapa de realización concreta, o Sesión General del Sínodo, se pueden distinguir tres fases:

a) Durante la primera fase, cada uno de los miembros presenta a los demás la situación de la propia Iglesia particular. Este rico intercambio de experiencias de fe y de cultura en relación al tema del Sínodo contribuye a hacer surgir una primera imagen de la situación de la Iglesia, que, con todo, precisa ser profundizada y ajustada.

b) A la luz de estas presentaciones, el Relator del Sínodo redacta una serie de preguntas para ser debatidas durante la segunda fase, cuando todos los miembros sinodales se dividen en grupos -llamados "círculos menores"- de acuerdo con los diversos idiomas. Las conclusiones de cada uno de estos grupos son luego leídas en la asamblea plenaria. En esta oportunidad, los Padres sinodales pueden hacer preguntas para aclarar los temas expuestos y también pueden hacer sus propios comentarios.

c) En la tercera fase se procede a la elaboración de las sugerencias y observaciones de un modo preciso y definido, de manera que la asamblea pueda proceder a la votación de las propuestas. Normalmente son realizadas dos votaciones. Durante la primera, junto al voto placet o non placet, se puede proponer una enmienda bajo la forma placet iuxta modum. Tales enmiendas son incorporadas o no al texto final, según la decisión de una comisión especial constituida para este fin y que, en caso de rechazo, debe justificar su decisión. En la segunda votación los miembros votan solamente a favor o en contra de las propuestas.

En lo que se refiere al documento final de la Asamblea sinodal, no existe una norma preestablecida. Al término de las tres primeras Asambleas sinodales (las ordinarias de 1967 y de 1971 y la extraordinaria de 1969), las conclusiones fueron entregadas a la atención del Papa, que dio respuesta a los problemas abordados. En cambio, en la III Asamblea general ordinaria de 1974 fue el mismo Sumo Pontífice quien, tomando en consideración las propuestas aprobadas y las conclusiones finales, redactó la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi (33). Proceso análogo fue seguido en las otras Asambleas generales ordinarias, desde la IV hasta la IX (1977, 1980, 1983, 1987, 1990, 1994), cuyos resultados fueron respectivamente las exhortaciones apostólicas Catechesi tradendae (34), Familiaris consortio (35), Reconciliatio et paenitentia (36), Christifideles laici (37), Pastores dabo vobis (38) y Vita consecrata (39). Como conclusión de la Asamblea especial para África (1994) fue publicada la exhortación apostólica Ecclesia in Africa (40), que, con tan buenos frutos, está alimentando actualmente la reflexión y la acción pastoral en ese continente. Se espera actualmente la publicación de otra exhortación apostólica relativa a la Asamblea especial para el Líbano, celebrada en 1995.

Como se puede observar, la metodología colegial es utilizada desde el comienzo (para la elección del tema), durante la preparación (para la profundización del tema a través de los Lineamenta), durante la celebración propiamente dicha de la Asamblea sinodal hasta la publicación del documento que es fruto y coronación del mismo Sínodo. Así, se puede decir que el Sínodo actúa como un organismo colegial por medio del cual, en un primer momento, se consideran las experiencias de fe y de vida de las comunidades cristianas. A continuación, en la sesión plenaria, estos elementos son sintetizados e, iluminados a la luz de la fe y en un espíritu de comunión, se formulan las propuestas que, con la autoridad del Santo Padre que es principio de unidad de la Iglesia, retornan a las Iglesias particulares como la sangre oxigenada que vivifica las arterias del cuerpo humano.

Para que esta metodología colegial pueda hacer explícitas todas sus potencialidades es indispensable que exista un desinteresado espíritu de colaboración de todas las partes llamadas a intervenir en la preparación de la Asamblea sinodal, en particular de las Conferencias episcopales que reúnen a los Pastores de las Iglesias donde la fe viva del Pueblo de Dios se hace sentir en toda su riqueza y vigor. El principal modo de participación colegial de las Conferencias episcopales se concretiza en las respuestas al cuestionario de los Lineamenta. Cuanto mayor sea el número de Conferencias que respondan, tanto mayor será la riqueza y la variedad de los elementos que, reflejando fielmente la vida de las Iglesias locales, constituyen puntos válidos de referencia para la elaboración del Instrumentum laboris y, por consiguiente, para el debate en el aula sinodal.

Normalmente un buen número de Conferencias episcopales responde al cuestionario, pero, ciertamente, lo ideal sería que todas las Conferencias enviasen sus respuestas a la Secretaría General. Una estadística nos permite detectar porcentajes variables de respuesta al cuestionario de los Lineamenta:

-III Asamblea general ordinaria, sobre la evangelización en el mundo contemporáneo (1974), 75,38%;

-IV Asamblea general ordinaria, sobre la catequesis en nuestro tiempo (1977), 67,18%;

-V Asamblea general ordinaria, sobre la familia cristiana (1980), 50,37%;

-VI Asamblea general ordinaria, sobre la penitencia y la reconciliación (1983), 42,75%;

-VII Asamblea general ordinaria, sobre la vocación y la misión de los laicos (1987), 59,85%;

-VIII Asamblea general ordinaria, sobre la formación sacerdotal (1990), 63,94%;

-Asamblea especial para Europa (1991), 82,61%;

-Asamblea especial para África (1994), 94%;

-IX Asamblea general ordinaria, sobre la vida consagrada (1994), 68%;

-Asamblea especial para el Líbano (1995), 82,5%.

Es de esperarse que con ocasión de la próxima Asamblea especial para América el porcentaje de respuestas pueda superar las estadísticas anteriores, como también que el contenido de las mismas sea un fiel reflejo de las realidades eclesiales locales.

6. La Asamblea especial para América del Sínodo de los Obispos al servicio de la Nueva Evangelización

Los obispos del continente americano, en estos últimos años, han vivido interesantes experiencias de colegialidad. Una prueba de ello son los diversos Encuentros Interamericanos de Obispos, de los cuales participaron representantes de las Conferencias episcopales de América Latina, de la Conferencia Nacional de Obispos Católicos de los Estados Unidos y de la Conferencia Canadiense de Obispos Católicos. En el último de estos encuentros, en el cual tuve la honra de participar y que tuvo lugar en febrero de 1995, fueron abordados argumentos de interés pastoral común, como, por ejemplo: los resultados de la Conferencia internacional sobre la mujer de Pekín, la pastoral de los inmigrantes latinoamericanos en los Estados Unidos de Norteamérica, la Asamblea especial para América del Sínodo de los Obispos, la preparación del Gran Jubileo del Año 2000, etc. También el Episcopado latinoamericano, por su parte, ha experimentado una intensa vivencia de la comunión episcopal con ocasión de las cuatro Conferencias Generales, celebradas en Río de Janeiro (1955) (41), en Medellín (1968) (42), en Puebla de los Ángeles (1979) (43) y en Santo Domingo (44). Entre todas estas reuniones -sea las de carácter panamericano anteriormente mencionadas, sea estas últimas, relativas al ámbito latinoamericano- y la Asamblea especial para América del Sínodo de los Obispos existe, sin embargo, una diferencia cualitativa. En efecto, los encuentros panamericanos o las Conferencias Generales, a pesar de ser expresiones de la colegialidad episcopal, tienen como finalidad enfrentar problemas relativos a las Iglesias locales y, por lo tanto, su característica específica es la referencia directa a la pastoral regional. En cambio, la Asamblea especial del Sínodo de los Obispos, a pesar de ser dedicada a considerar los problemas inherentes a una región -en este caso, al continente americano- tiene como objetivo el intercambio de información y de experiencias en la búsqueda común de soluciones pastorales que se refieren a la Iglesia universal. Por este motivo, se puede decir que la Asamblea sinodal, expresión e instrumento de la colegialidad episcopal sólo inferior en grado al Concilio ecuménico, tiene como característica específica la universalidad.

De todos modos, las experiencias de colegialidad vividas por el Episcopado latinoamericano en las Conferencias Generales y por los obispos de todo el continente americano en los encuentros panamericanos, constituyeron un óptimo campo de maduración espiritual para la celebración de una Asamblea especial para América.

Fue con ocasión de la inauguración de los trabajos de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano de Santo Domingo, en 1992, cuando el Santo Padre Juan Pablo II hizo la propuesta concreta de la celebración de un "Encuentro de representantes de los Episcopados de todo el continente americano -que podría tener también carácter sinodal-, en orden a incrementar la cooperación entre las diversas Iglesias particulares en los distintos campos de la acción pastoral y en el que, dentro del marco de la nueva evangelización y como expresión de comunión episcopal, se afronten también los problemas relativos a la justicia y la solidaridad entre todas las naciones de América" (45).

Posteriormente, el Papa retomó este tema en el programa global que, para la preparación del Gran Jubileo del año 2000, presentó a la Iglesia católica universal en su carta apostólica Tertio millennio adveniente, con estas palabras: "La última Conferencia General del Episcopado Latinoamericano ha acogido, en sintonía con el Episcopado norteamericano, la propuesta de un Sínodo panamericano sobre la problemática de la nueva evangelización en las dos partes del mismo continente, tan diversas entre sí por su origen y su historia, y sobre la cuestión de la justicia y de las relaciones económicas internacionales, considerando la enorme desigualdad entre el Norte y el Sur" (46).

Las finalidades principales que el Santo Padre propone, por lo tanto, para la presente Asamblea especial para América son varias:

-promover una nueva evangelización en todo el continente, como expresión de comunión episcopal;

-incrementar la solidaridad entre las diversas Iglesias particulares en los distintos campos de la acción pastoral;

-iluminar los problemas de la justicia y de las relaciones económicas internacionales entre las naciones de América, considerando las enormes desigualdades entre el Norte, el Centro y el Sur.

El tema escogido para esta Asamblea especial indica la perspectiva fundamental en torno a la cual se procurará cumplir las mencionadas finalidades: "Encuentro con Jesucristo vivo, camino para la conversión, la comunión y la solidaridad en América". En la temática sinodal emergen claramente los aspectos de la misión evangelizadora que, en el contexto de la situación actual, constituyen un verdadero desafío para la Iglesia y, por consiguiente, exigen una respuesta adecuada. Por un lado, está el tema de la persona de Jesucristo, que es presentado como el Dios personal que desea encontrarse con todos y cada uno de los hombres para provocar en ellos una conversión personal y social (47). Este modo de presentar el misterio central de nuestra fe viene al encuentro de la desorientación del pensamiento contemporáneo en relación a la idea de un Dios personal que se encarna en la historia para la salvación de la humanidad. Por el contrario, la tendencia religiosa más común en estos días es la concepción de la redención no a través de un encuentro con un Dios-persona, menos aún encarnado, sino por medio de un proceso de disolución del yo en su totalidad cósmica.

Por otro lado, el tema de la comunión, en diversos niveles: la colegialidad episcopal como expresión de la unión de los obispos entre sí y con el Supremo Pastor, la solidaridad entre las Iglesias particulares como manifestación de la comunión de las Iglesias en la acción pastoral conjunta, la búsqueda de soluciones para los problemas presentados por las desigualdades económicas y sociales (48). El gran tema de la comunión intenta ser una respuesta a los elementos de división, que, como indicábamos antes, caracterizan a la civilización contemporánea.

El área geográfica en la cual se extiende esta Asamblea especial abarca todo el continente americano que, en virtud de la compenetración intercultural aludida precedentemente, se presenta hoy como una única realidad pastoral cuyos problemas comunes implican una consideración global, sin ignorar por eso las evidentes diferencias culturales, sociales e históricas que caracterizan a América del Norte, a América Central, a América del Sur y al Caribe.

Con la publicación de los Lineamenta, el día 3 de setiembre de 1996, tuvo inicio la etapa de preparación inmediata de la Asamblea especial. Las respuestas al cuestionario propuesto por este documento son de fundamental importancia para la calidad del Instrumentum laboris o documento de trabajo del Sínodo. Por este motivo se invita a todos los obispos a vivir, en sus propias Iglesias particulares y en las respectivas Conferencias episcopales, ya desde esta etapa de preparación, una experiencia de comunión y de solidaridad: organizando la oración y la cooperación de todos y cada uno de los miembros de la Iglesia particular en la elaboración de las respuestas, participando activamente en la elaboración de la síntesis que cada Conferencia nacional preparará en vistas a la redacción del documento de trabajo del Sínodo.

7. Conclusión

Toda la Iglesia espera, con gran expectativa, que esta Asamblea especial para América del Sínodo de los Obispos pueda ofrecer abundantes frutos de conversión, de comunión y de solidaridad, no solamente para el crecimiento y el enriquecimiento de la Iglesia que está en el continente americano, sino también en favor del Cuerpo de Cristo extendido por toda la tierra. El desafío de la Nueva Evangelización asume proporciones que sobrepasan las capacidades humanas, pero la Iglesia cuenta con la asistencia divina del Espíritu Santo, que la sostiene e impulsa en su misión. Es el mismo Espíritu, que en María realizó "grandes cosas" (49), el que torna fecunda la obra de la Iglesia peregrina en la historia. La Virgen Santísima es modelo de comunión eclesial en la fe, en la caridad y en la unión perfecta con Cristo (50). Pongamos la realización de esta Asamblea especial bajo de la protección de Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de América y Estrella de la Primera y de la Nueva Evangelización (51), mientras nos preparamos para el encuentro con Jesucristo en el camino rumbo a la celebración del Gran Jubileo del Tercer Milenio.

+Cardenal Jan Pieter Schotte

Secretario General del Sínodo de los Obispos

Presidente de la Oficina para los asuntos laborales de la Sede Apostólica.

Notas

1. Conferencia pronunciada en el VII Curso para Obispos del Brasil realizado en Río de Janeiro en febrero de 1997. Texto publicado con la autorización de la edición brasileña de la revista internacional católica de cultura "Communio".

2. Mt 20,28

3. Ver Pablo VI, Motu proprio Apostolica sollicitudo, 15/9/1965: AAS 57 (1965), pp. 775-780; Ordo Synodi Episcoporum celebrandae recognitus et auctus, Polyglota Vaticana 1971, pp. 19-49; C.I.C., cc. 342-348

4. Gaudium et spes, 4

5. Ver Juan Pablo II, Carta encíclica sobre el empeño ecuménico Ut unum sint, 25/5/1995: AAS 87 (1995), pp. 921-982

6. Sollicitudo rei socialis, 14

7. Card. Joseph Ratzinger, Situación actual de la fe y la teología, Conferencia en el encuentro de Presidentes de Comisiones episcopales de América Latina para la doctrina de la fe, celebrado en Guadalajara (México), 6-10 de mayo de 1996: "L\\’Osservatore Romano", edición en lengua española, 1/11/1996, pp. 4-6

8. Ver Asamblea especial para América del Sínodo de los Obispos, Lineamenta, 54

9. Ver Lineamenta, 61

10. Lumen gentium, 1

11. Juan Pablo II, Alocución a los obispos de Estados Unidos en el refectorio del seminario menor de Nuestra Señora de Los Ángeles, 16/9/1987

12. Ver Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los obispos de la Iglesia católica sobre algunos aspectos de la Iglesia considerada como comunión, 28/5/1992, 3

13. Christus Dominus, 11

14. Ver Hch 8,1 y 11,22; 1Cor 1,2 y 16,19; Gál 1,22; Ap 2,1-3.22

15. Juan Pablo II, Discurso a los Cardenales y Prelados de la Curia romana, 20/12/1990, 9

16. Ver Juan Pablo II, Alocución a los obispos de Estados Unidos en el refectorio del seminario menor de Nuestra Señora de Los Ángeles, 16/9/1987, 3

17. ["…a imagen de la Iglesia universal, en las cuales y a base de las cuales se constituye la Iglesia católica, una y única"]: Lumen gentium, 23

18. Juan Pablo II, Discurso a los Cardenales y Prelados de la Curia romana, 20/12/1990, 9

19. Ver Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los obispos de la Iglesia católica sobre algunos aspectos de la Iglesia considerada como comunión, 28/5/1992, 9

20. San Ignacio de Antioquía, Epistula ad Romanos, prol. (PG 5, 686)

21. Ver Mt 16,13-20

22. Ver Lumen gentium, 20; San Cipriano, De unitate Ecclesiae, IV (PL 4, 512-516)

23. Ver Lumen gentium, 22

24. Ver Juan Pablo II, Discurso a los miembros del Consejo de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos, 30/4/1983, 3

25. Ver A. Antón, La Collegialità nel Sinodo dei Vescovi, en J. Tomko (ed.), Il Sinodo dei Vescovi. Natura, metodo, prospettive, Libreria Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 1985, p. 66

26. Pablo VI, Discurso a los miembros del Sínodo en la Jornada mundial de las Misiones, 20/10/1974

27. Juan Pablo II, Palabras improvisadas a los obispos de Asia, Manila, 15/1/1995: "L\\’Osservatore Romano", edición en lengua española, 20/1/1995

28. Juan Pablo II, Discurso a los miembros del Consejo de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos, 30/4/1983,

29. Ver Juan Pablo II, Discurso en el Consistorio ordinario público, 26/11/1994, 3-4

30. Juan Pablo II, Discurso inaugural de la primera sesión celebrativa de la Asamblea especial para África del Sínodo de los Obispos en la catedral de Nuestra Señora de las Victorias, Yaundé, 15/9/1995

31. Ver Tertio millennio adveniente, 38

32. Tertio millennio adveniente, 40

33. Pablo VI, Exhortación apostólica acerca de la evangelización en el mundo contemporáneo Evangelii nuntiandi, 8/12/1975: AAS 68 (1976)

34. Juan Pablo II, Exhortación apostólica sobre la catequesis en nuestro tiempo Catechesi tradendae, 16/10/1979: AAS 71 (1979), pp. 1277-1340

35. Juan Pablo II, Exhortación apostólica sobre la misión de la familia cristiana en el mundo actual Familiaris consortio, 22/11/1981: AAS 74 (1982), pp. 81-191

36. Juan Pablo II, Exhortación apostólica sobre la reconciliación y la penitencia en la misión de la Iglesia hoy Reconciliatio et paenitentia, 2/12/1984: AAS 77 (1985), pp. 182-275

37. Juan Pablo II, Exhortación apostólica sobre la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo Christifideles laici, 30/12/1988: AAS 81 (1989), pp. 393-521

38. Juan Pablo II, Exhortación apostólica sobre la formación de los sacerdotes en la situación actual Pastores dabo vobis, 25/3/1992: AAS 84 (1992), pp. 657-804

39. Juan Pablo II, Exhortación apostólica sobre la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo Vita consecrata, 25/3/1996

40. Juan Pablo II, Exhortación apostólica sobre la Iglesia en África y su misión evangelizadora hacia el año 2000 Ecclesia in Africa, 14/9/1995: "L\\’Osservatore Romano", edición en lengua española, 15/9/1995, pp. 5-22

41. Con ocasión de esta I Conferencia General el Santo Padre Pío XII envió a los obispos latinoamericanos la carta apostólica Ad Ecclesiam Christi, 29/6/1955: AAS 47 (1955), pp. 538-546

42. Tema: "La Iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del Concilio"

43. Tema: "La evangelización en el presente y en el futuro de América Latina"

44. Tema: "Nueva evangelización, promoción humana y cultura cristiana. "Jesucristo ayer, hoy y siempre" (ver Heb 13,8)"

45. Juan Pablo II, Discurso inaugural, Santo Domingo, 12/10/1992, 17

46. Tertio millennio adveniente, 38

47. Ver Lineamenta, 15-28

48. Ver Lineamenta, 29-64

49. Lc 1,49

50. Ver Lumen gentium, 63

51. Ver Juan Pablo II, Discurso inaugural, Santo Domingo, 12/10/1992, 31

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