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Marta y María ante la muerte de su hermano

Pbro. Dr. Enrique Cases
9 julio 2008
Sección: Sin categoría

La muerte es igual para todos, pero no todos reaccionan igual ante ella. Las reacciones dependen de la edad, de la sensibilidad, de la fe o de los lazos con la persona que muere. La muerte es un enigma y un interrogante para los vivos. Para los muertos la suerte está decidida definitivamente. A cada uno le siguen sus obras. Nadie puede vivir por segunda vez. Pero para los vivos, además de ser una separación dolorosa, la muerte de otros es un aviso de que les sucederá igual.

Marta y María viven con intensidad la muerte de su hermano. Cuando se agrava su enfermedad no pueden resistir más y envían un recado a Jesús diciendole: el que amas está enfermo, que equivale a decir "ven pronto", "cúralo, tú puedes hacerlo", "aún estamos a tiempo". Es lógico suponer que les resultó difícil enviar la llamada, pues sabían bien que los judíos buscaban a Jesús para matarle. Llamar a Jesús significaba ponerle muy cerca de las manos de sus enemigos, no olvidemos que Betania estaba muy próxima a Jerusalén. Pero el dolor puede más y le llaman. Piensan que Jesús, si quiere, hará el milagro.

Jesús no llegó a Betania en el tiempo previsible. Marta y María no saldrían de su asombro. La sorpresa que experimentarían al comprobar que Jesús no llegaba debió ser grande. ¿Por qué no viene? ¿Acaso no quiere a Lázaro cuando parecían tan amigos? La pena y el dolor inundarían su corazón. Sufren por la enfermedad de su hermano, y sufren por no entender los planes de Dios,. Sí, Dios sabe más, pero nosotros no sabemos lo que Dios sabe y aunque reaccionemos con fe, la fe es oscura, y eso cuesta.

Ante la muerte de su hermano Marta y María reaccionan con dolor, cada una según su temperamento. Al ver a Jesús las dos dicen lo mismo: si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Marta es la primera en ver a Jesús y explaya sus sentimientos expresando su dolor, con ello se serena. Empieza insinuando a Jesús si está dispuesto a realizar el milagro de la resurreción sé que cuanto pidieres a Dios, Dios te lo concederá. El atrevimiento es grande, nadie ha pedido tanto, ni la viuda de Naím, ni Jairo, aunque Jesús les resucitó a sus hijos. Después da la impresión de un retroceso en su petición. Jesús le dijo: Tu hermano resucitará. Marta le respondió: Ya sé que resucitará en la resurrección, en el último día. Le dijo Jesús: Yo soy la Resurrección y la Vida, el que cree en mí, aunque hubiera muerto, vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre.¿Crees tú esto? Le contestó: Sí Señor, yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido a este mundo[80]. Marta reacciona con fe en la resurrección final, pero ya no pide más a Jesús.

María reacciona de modo distinto a su hermana. Dice a Jesús las mismas palabras que Marta; es muy probable que hubiesen hablado entre ellas de la extraña tardanza de Nuestro Señor,y se comunicasen su no entendimiento. Pero la actitud vital es diferente, María se postró ante Jesús y lloraba al igual que los judíos que habían acudido a consolarla. Las lágrimas son plenamente expresivas de los sentimientos de aquella mujer de la que había dicho el Señor que le había perdonado mucho porque amó mucho. Marta es más práctica y María tiene una sensibilidad más a flor de piel. Aunque las dos coinciden en el amor a su hermano y en la fe en Jesús sus reacciones son diferentes. Jesús también actuará de manera distinta ante las dos. A Marta le razona y la consuela con su palabra, con María se conmueve y se duele con su dolor. Jesús al verla llorar y que lloraban los judíos que estaban con ella también lloró después de conmoverse de un modo advertido por todos. El comentario de los presentes es: mirad como le amaban.

Es necesario meditar sobre la muerte. La Sagrada Escritura dice acuerdate de tus postrimerías y no pecarás jamás[81]. Considerar la muerte es pensar en la propia muerte. Todos sabemos con certeza que moriremos, pero viven como si no lo supieran, o plantean su vida como si hubiesen de vivir en este mundo para siempre. ¡Extraña incoherencia!.

El cristiano es realista y optimista ante la muerte. No cierra los ojos ante la muerte, pero sabe que Cristo la vencido, pues ha resucitado. Nadie ha vencido a la muerte. Cristo, sí. El cristiano sabe que debe morir con Cristo, libre de pecado y así alcanzará la vida eterna. Esa convicción le permite decir: Un hijo de Dios no tiene ni miedo a la vida, ni miedo a la muerte[82], o ¡Bienvenida sea nuestra hermana la muerte! [83]. Ya que morir es cambiar de casa, nada más [84], o como recoge la copla de Santa Teresa Vivo sin vivir en mí/ y tan alta vida espero/ que muero porque no muero con la que expresa la preferencia por la vida eterna y la pena por el alargarse el tiempo de espera para alcanzarla.

Se pueden recoger múltiples testimonios en la conciencia cristiana semejantes a los citados, como el cuarteto que escribía poco antes de morir, consciente de su enfermedad, Martín Descalzo Morir es sólo morir. Morir se acaba/Morir es una hoguera fugitiva./Es cruzar una puerta a la deriva/ y encontrar lo que tanto se buscaba. En definitiva la muerte no es sólo un suceso biológico violento, sino el encuentro con Dios que sale a recibirnos.

Pero pensemos también en la muerte desde el punto de vista de los que quieren al difunto. Siguen vivos y ven algunas de las consecuencias de la muerte evidentemente dolorosas. Ya no se da en el difunto ninguna manifestación de vida intelectual; el cuerpo se descompone rápidamente y es necesario enterrar el cadáver o incinerarlo. La experiencia del entierro es dolorosa; es un adiós también al cuerpo a través del cual aún se recordaba al que fue vivo. ¡Cabe quedarse indiferente ante este hecho, más aún cuando se tiene la certeza que lo mismo ocurrirá a uno mismo!

La muerte es una pena causada por el pecado original. Todos los hombres hemos de morir de una manera dolorosa, aunque la fe nos muestre su lado positivo, como paso a la vida definitiva que es la vida eterna con Dios. La muerte es una penitencia también para los que quedan vivos.

Si seguimos la narración bíblica es posible reconstruir los efectos del pecado original en nuestros primeros padres: la vergüenza, el dolor en el trabajo, el dolor en el parto, la pérdida de la visión directa de Dios, el desorden en los sentidos y en las pasiones. Todo esto eran penas que se acumulaban penitencialmente sobre nuestros primeros padres. Pero no tenían experiencia de la muerte. Esta experiencia les vino de una manera especialmente dolorosa con la muerte de Abel en manos de Caín. Debió ser un trauma duro para ellos que, además, eran conscientes que la responsabilidad última era de ellos por su desobediencia. El hijo muerto en brazos de la madre conmueve más aún si se piensa en el sentimiento de culpa que debía tener. Fue una autentica penitencia de su pecado

¿Cómo hubiera sido el paso a la vida eterna sin el pecado original? Quizá como un sueño, un dulce tránsito como el de María Santísima en su Asunción en cuerpo y alma a los cielos. El pecado trasformó ese tránsito en una muerte penitente. Así es para todo ser humano la muerte de los seres queridos, y por extensión toda muerte. La muerte de los otros es un desgarro, una separación irreparable en esta vida, es algo que duele en lo más íntimo.

Vale la pena darle un sentido penitencial a la muerte de los demás.La pena que produce la pérdida del ser querido puede transformarse en una auténtica oración y en un sacrificio agradable a Dios. Una oración recia y viril para estos casos es la que recoge Camino:Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios, sobre todas las cosas. -Amén.-Amén"[85]. Las posibles lágrimas y el dolor se pueden convertir en sacrificios que lavan los egoísmos y limpian los pecados de los hombres.

San Agustín y su madre Santa Mónica nos dan un buen ejemplo de cómo convertir el dolor de una muerte en penitencia . Así lo cuenta el mismo Agustín en sus confesiones la madre le dijo en aquel sabroso coloquio:Hijo, por lo que a mí toca, ninguna cosa me deleita ya en esta vida. No sé que hago en ella ni para qué vivo, sin tener qué esperar en este mundo. Una sola cosa por la que deseaba detenerme un poco en esta vida era para verte cristiano católico antes de mi muerte. Dios me lo ha concedido más colmadamente. Después del entierro San Agustín dice reprimido el llanto tomó Evodio el Salterio y comenzó a cantar, respondiéndole toda la casa, el salmo 100: misericordia y justicia os cantaré, Señor. Sufre, pero sufre con paz, porque la esperanza le conforta.

La muerte de los que nos son próximos también es un aviso que conviene tener presente. Cada uno debe pensar que a él le llegará ese momento y le sucederán cosas similares a las que ve en el difunto situado delante de sus ojos.

Si se piensa en el propio cuerpo contrastan los cuidados que se le suelen dar y la estima con que se le mima con el miserable lugar a donde irá a parar. Mirar una sepultura da horror, más aún si contiene restos humanos. Fray Luis de Granada con toda la expresividad realista del barroco lo dice así: "como ve aquel cuerpo,a quién él solía tratar con tanto regalo, y aquel vientre, a quien él tenía por su dios, y aquel paladar, a cuyos deleites servían el mar y la tierra, y aquella carne para quien se tenía el oro y la seda y se apareaba la cama grande y regalada, ha de ser echada en tan miserable muladar y ha de ser pisada y comida de gusanos"[86].Lo pasado no retorna, salvo la memoria recuerda perdiendo intensidad con el tiempo y clama con dolor: no volveré nunca más.

La muerte es así. Es lo que recoge Camino Aquellos cuadros de Valdes Leal, con tanta carroña distinguida -obispos, calatravos- en viva podredumbre, me parece imposible que no te muevan. Pero ¿y el gemido del duque de Gandía: no más servir a señor que se me pueda morir? [87]. Conviene reflexionar sobre esta verdad conocida de todos, pero fácilmente escondida. Es seguro que tanto el alma como el cuerpo recibirán un trato más adecuado.

Pensando sólo en el alma la muerte puede ser algo gozoso o muy penoso. Si el alma está en gracia de Dios el cielo está abierto, Dios le espera al fiel con los brazos abiertos. La muerte del justo es encuentro amoroso con Dios. Si el alma resiste rebelde sin querer salir del pecado mortal, la muerte es terrible. Al que muere en pecado sólo le queda el infierno. Jesús insistió mucho en esta realidad sin ambigüedades para que nadie se pudiera llevar a engaño. San Agustín expresa así la clara doctrina evangélica: En vano muchísimos, llevados de cierta compasión humana, creen que las penas del infierno no han de ser eternas y tratan de suavizar las afirmaciones inflexibles de la Escritura por impulso propio o inclinándose a opiniones menos rigurosas, pues creen que han sido formuladas con el fin de atemorizar más bien que con el de decir la verdad (…) de los condenados dijo: Y éstos irán al suplicio eterno para que de igual modo no se crea que ha de tener fin alguna vez la felicidad de aquellos de quienes se dijo: Más los justos a la vida eterna [88].

Conviene no olvidar que de Dios nadie se burla, como enseña San Pablo. El recuerdo de la muerte es un aviso para no vivir a la ligera y limpiar el alma de todo pecado.

Ante la muerte de un ser querido el único consuelo verdaderamente profundo es el que dió Jesús a Marta: resucitará tu hermano. No puedes esquivar la muerte, no puedes retroceder al tiempo pasado, pero puedes pensar en el tiempo futuro. Las almas se reencontrarán en Dios si han sido fieles en vida y los cuerpos también, pues resucitarán al final de los tiempos cuando Cristo venga glorioso y desaparezca el último enemigo, que es la muerte. Consuela mirar o pensar en el ser querido si se le supone feliz en cielo y soñar con el momento del reencuentro definitivo. Además, los resucitados superarán al final de los tiempos todas las lacras que arrastra la humana condición con el envejecimiento, las mutilaciones, las enfermedades. Cada uno adquirirá su máxima hermosura. Esta es la respuesta de la fe ante la inquietud que nos presenta la muerte en esta vida. Respuesta llena de esperanza, que no deja de avisar sobre la necesidad de tener el alma bien limpia ante ese Dios Justo y amoroso que juzgará a todo hombre según la rectitud de su conciencia.


[80] Jn 11,25-27

[81] Eclo 7,40

[82] Forja n. n.987

[83] Camino n.739

[84] Camino n. 744

[85] cfr Camino n. 691

[86] Fray Luis de Granada. Libro de la oración y de la meditación.

[87] Camino n. 742

[88] San Agustín. Enquiridion IV cc 112 y 113

Reproducido con permiso del Autor,

Enrique Cases, Mujeres valientes 3ª ed Eunsa pedidos a eunsa@cin.es

Comentarios
4 Comentarios en “Marta y María ante la muerte de su hermano”
  1. Carla de Adrogue Dijo:

    que bueno entender la necesidad de morir en GRACIA SE DIOS para luego vivir eternamente en el AMOR DE CRISTO muy buena la meditacion sobre Marta y Maria

  2. Carla de Adrogue Dijo:

    que bueno entender la necesidad de morir en GRACIA SE DIOS para luego vivir eternamente en el AMOR DE CRISTO muy buena la meditacion sobre Marta y Maria

  3. Carla de Adrogue Dijo:

    que bueno entender la necesidad de morir en GRACIA SE DIOS para luego vivir eternamente en el AMOR DE CRISTO muy buena la meditacion sobre Marta y Maria

  4. LIA Dijo:

    muy buena preparacion para quien esta buscando un confort delante de perdidas y para nuestras esperanza …




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