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Información y reflexiones sobre la situación ecuménica actual


8 enero 2009
Sección: Sin categoría

Texto completo de la ponencia leída por el Cardenal Kasper, Presidente del Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos el 23 de noviembre de 2007, en el consistorio convocado por el Papa Benedicto XVI.

Su lectura es muy interesante. Porque describe con claridad – de parte de quien tiene la autoridad en materia – el estado actual de las relaciones ecuménicas, en el siguiente orden:

– con las Iglesias orientales precalcedónicas;

– con las Iglesias ortodoxas de tradición bizantina, siria y eslava;

– con las Comunidades eclesiales nacidas de la Reforma protestante;

– con las Comunidades “evangélicas”;

– con las Comunidades carismáticas y pentecostales.

Kasper acompaña este diagnóstico con indicaciones sobre cómo proseguir el camino con fruto.

TEXTO DE LA PONENCIA:

Presentar información y reflexiones sobre la situación ecuménica actual ciñéndome al tiempo que tengo disponible sólo será posible en modo general y lamentablemente no exhaustivo. Sin embargo espero que mi ponencia pueda poner en evidencia el actuar de la providencia divina, que conduce hacia la unidad a los cristianos separados para hacer de su testimonio un signo cada vez más claro frente al mundo.

I. Comenzaré con una primera observación, que considero esencial. Lo que nosotros llamamos ecumenismo – que se debe distinguir del diálogo interreligioso – encuentra su fundamento en el testamento que nos ha dejado Jesús mismo la víspera de su muerte: “Ut unum sint” (Jn 17,21). El Concilio Vaticano II ha definido la promoción de la unidad de los cristianos como uno de sus principales intentos (Unitatis redintegratio 1) y como un impulso del Espíritu Santo (UR 1,4). El Papa Juan Pablo II declaró que la búsqueda ecuménica es una vía irreversible (Ut unum sint 3), y el Papa Benedicto XVI, desde el primer día de su pontificado, ha asumido como tarea primera la de trabajar sin ahorrar energías en la reconstitución de la plena y visible unidad de todos los seguidores de Cristo. Él es conciente que por esto no bastan las manifestaciones de buenos sentimientos. Son necesarios gestos concretos que entren en las almas y remuevan las conciencias, llamando a cada una a aquella conversión interior que es el presupuesto de cada progreso en la vía del ecumenismo (homilía del 20 de abril del 2005 tenida frente al colegio cardenalicio). El ecumenismo no es por tanto una opción personal, sino un deber sagrado.

Naturalmente, ecumenismo no es sinónimo ni de humanismo afable, ni de relativismo eclesiológico. Él se apoya sobre el firme conocimiento que la Iglesia católica tiene de sí misma y sobre los principios católicos, de los que habla el decreto sobre el ecumenismo (UR 2-4). Es un ecumenismo de la verdad y de la caridad; las dos están íntimamente conectadas y no pueden sustituirse recíprocamente. Ante todo se debe respetar el diálogo de la verdad. Las normas concretas son expuestas en modo vinculante en el “Directorio ecuménico” del 1993.

El resultado más significativo del ecumenismo en los últimos decenios – y también el más gratificante – no son los varios documentos, sino la hermandad reencontrada, el hecho que nos hemos redescubiertos hermanos y hermanas en Cristo, que hemos aprendido a apreciarnos los unos a los otros y hemos emprendido juntos el camino hacia la unidad plena (cf. UUS 42). Sobre este camino, la cátedra de Pedro se ha vuelto en el curso de los últimos cuarenta años un punto de referencia siempre más importante para todas las Iglesias y todas las Comunidades eclesiales. Si al entusiasmo inicial ha seguido un comportamiento de mayor sobriedad, ello demuestra que el ecumenismo se ha vuelto más maduro, más adulto. Ello es ya una realidad cotidiana, percibida como una normalidad en la vida de la Iglesia. Es con enorme gratitud que debemos reconocer en tal desarrollo la acción del Espíritu que guía la Iglesia.

En manera más específica podemos distinguir tres campos en el ecumenismo. Ante todo, se deben mencionar las relaciones con las antiguas Iglesias orientales y con las Iglesias ortodoxas del primer milenio, que nosotros reconocemos como Iglesias en cuanto, a nivel eclesiológico, como nosotros han mantenido la fe y la sucesión apostólica. En segundo lugar, recordemos las relaciones con las Comunidades eclesiales nacidas directa o indirectamente –como las Iglesias libres– de la Reforma del siglo XVI; ellas han desarrollado una eclesiología propia tomando como fundamento la Sagrada Escritura. En fin, la historia reciente del cristianismo ha conocido una llamada tercera ola, la del movimiento carismático y del movimiento pentecostal, surgidos al inicio del siglo XX y difundidos en el ínterin por todo el mundo con un crecimiento exponencial. El ecumenismo debe pues hacer frente a una realidad variada y diferenciada, caracterizada por fenómenos muy diferentes según los contextos culturales y de las iglesias locales.

II. Comenzamos con las Iglesias del primer milenio. Ya en los primeros diez años de diálogo con las Iglesias orientales pre-calcedónicas, o sea entre el periodo entre 1980 y el 1990, hemos realizado importantes resultados. Gracias al consenso alcanzado entre el Papa Paolo VI y el Papa Juan Pablo II con los patriarcas respectivos ha sido posible superar las antiguas controversias cristológicas surgidas en torno al Concilio de Calcedonia (451) y, por cuanto respecta a la Iglesia asiria de oriente, en torno al Concilio de Éfeso (381).

En su segunda fase, el diálogo se ha concentrado sobre la eclesiología, o sea sobre el concepto de comunión eclesial y sobre sus criterios. El próximo encuentro está previsto en Damasco del 27 de enero al 2 de febrero del 2008. En tal sede, será discutido por primera vez el borrador de un documento sobre “Naturaleza, constitución y misión de la Iglesia”. Gracias a este diálogo, Iglesias de antigua tradición, e inclusive de tradición apostólica, toman de nuevo contacto con la Iglesia universal, después de haber vivido al margen de ella por 1500 años. Que ello ocurra sólo lentamente, paso a paso, es del todo normal dadas las circunstancias, o sea los largos siglos de separación y las grandes diferencias de cultura y de mentalidad.

El diálogo con las Iglesias ortodoxas de tradición bizantina, siria y eslava ha sido iniciado oficialmente en el 1980. Con esas Iglesias tenemos en común los dogmas del primer milenio, la Eucaristía y los otros sacramentos, la veneración de María madre de Dios y de los santos, la estructura episcopal de la Iglesia. Consideramos que estas Iglesias son, junto a las antiguas Iglesias orientales, como las Iglesias hermanas de las iglesias locales católicas. Ya existían diferencias en el primer milenio, pero no eran percibidas en aquella época como un factor de división dentro de la Iglesia. La separación propiamente dicha ocurrió por medio de un largo proceso de alejamiento y de alienación, a causa de una falta de comprensión y de amor recíprocos, como ha observado el Concilio Vaticano II (UR 14). Lo que ocurre hoy es pues, necesariamente, un proceso inverso de mutua reconciliación.

Los primeros pasos importantes se han cumplido ya durante el Concilio. Se debe recordar por ejemplo el encuentro y el intercambio de correspondencia entre el Papa Paolo VI y el patriarca ecuménico Athenagoras, el famoso “Tomos agapis”, y la eliminación de la memoria de la Iglesia de las excomuniones reciprocas de 1054, en el penúltimo día del Concilio. Sobre esas bases ha sido posible retomar algunas formas de comunión eclesial del primer milenio: el intercambio de visitas, de mensajes y de misivas entre el Papa y los patriarcas, entre los cuales sobre todo el patriarca ecuménico; la cordial coexistencia y colaboración en muchas iglesias locales; la concesión para el uso litúrgico de edificios de culto por parte de la Iglesia católica a los cristianos ortodoxos que viven en diáspora entre nosotros, en signo de hospitalidad y de comunión. Durante el Angelus pronunciado con ocasión de la fiesta de San Pedro y San Pablo del 2007, el Papa Benedicto XVI subrayó que con estas Iglesias estamos ya en una comunión eclesial casi plena.

En los primeros diez años de diálogo, de 1980 a 1990, ha sido puntualizado y evidenciado lo que tenemos en común a propósito de los sacramentos (sobre todo de la Eucaristía) y del ministerio episcopal y sacerdotal. Sin embargo, el vuelco político del 1989-90, en vez de simplificar nuestras relaciones, las complicó. En el regreso a la vida pública de las Iglesias católicas orientales, después de años de brutales persecuciones y de heroica resistencia pagada también a precio de sangre, las Iglesias ortodoxas vieron la amenaza de un nuevo “uniatismo”. Así, en los años noventa, no obstante las importantes aclaraciones aportadas por el encuentro de Balamand (1993) y Baltimore (2000) el diálogo se ha entrampado. La situación de crisis se agudizó sobre todo en las relaciones con la Iglesia ortodoxa rusa después de la erección canónica de cuatro diócesis en Rusia en el 2002.

Gracias a Dios, después de muchos esfuerzos conducidos con paciencia, el año pasado fue posible reiniciar el diálogo; en el 2006 se tuvo un encuentro en Belgrado y hace más o menos un mes nos hemos nuevamente reunido en Ravena. En esa ocasión, se dio un decisivo mejoramiento a nivel de atmósfera y de relaciones, no obstante la partida de la delegación rusa por motivos Inter-ortodoxos. Se inició así una promisoria tercera fase de diálogo.

El documento de Ravena, titulado “Consecuencias eclesiológicas y canónicas de la naturaleza sacramental de la Iglesia”, ha marcado un giro importante. Por primera vez, los interlocutores ortodoxos han reconocido un nivel universal de la Iglesia y han admitido que también a este nivel existe un protos, un primado, que puede ser solamente el obispo de Roma según la taxis de la Iglesia antigua. Todos los participantes son concientes que esto es solamente un primer paso y que el camino hacia la plena comunión eclesial será todavía largo y difícil; sin embargo, con este documento hemos puesto una base para el diálogo futuro. El tema que será afrontado en la próxima sesión plenaria será: “el rol del obispo de Roma en la comunión de la Iglesia en el primer milenio”.

Por cuanto respecta más específicamente al patriarcado de Moscú de la Iglesia ortodoxa rusa, las relaciones en los últimos años se han aplanado notoriamente. Podemos decir que no hay más hielo, sino deshielo. Desde nuestro punto de vista, un encuentro entre el Santo Padre y el patriarca de Moscú sería útil. El Patriarcado de Moscú no ha excluido nunca categóricamente que se dé ese encuentro, pero considera oportuno resolver antes los problemas que les parece que existen en Rusia y sobre todo en Ucrania. Se debe recordar de todos modos que muchos encuentros tienen lugar también a otros niveles. Entre estos mencionaremos la reciente visita del patriarca Alexij a París, considerada por ambas partes un paso importante.

III. Pasemos ahora a las relaciones con las Comunidades eclesiales nacidas de la Reforma. También se han verificados signos alentadores en este campo. Todas las Comunidades eclesiales se han dicho interesadas en el diálogo y la Iglesia católica está en diálogo con casi todas las Comunidades eclesiales. Un cierto consenso ha sido alcanzado en el ámbito de la verdad de fe, sobre todo por lo que se refiere a las cuestiones fundamentales de la doctrina sobre la justificación. En muchos lugares existe una fructosa colaboración en la esfera social y humanitaria. Se ha difundido progresivamente una actitud de confianza recíproca y de amistad, caracterizado por un profundo deseo de unidad, que se mantiene en pie no obstante haya, de tanto en tanto, tonos más fuertes y ásperas desilusiones. De hecho, la intensa red de relaciones tanto personales como institucionales que se ha desarrollado en el ínterin está en grado de resistir a las ocasionales tensiones.

La situación ecuménica no se ha detenido sino que ha sufrido un profundo cambio. Es el mismo cambio experimentado por la Iglesia y por el mundo en general. Aquí me limitaré a citar solamente algunos aspectos de esta transformación.

1) Después de haber llegado a un consenso fundamental sobre la doctrina de la justificación, nos encontramos ahora con que debemos nuevamente discutir de temas controversiales clásicos, entre los que están sobre todo la eclesiología y los ministerios eclesiales (cf. UUS 66). Con tal propósito, las “Cinco respuestas” emitidas el pasado julio por la congregación para la doctrina de la fe han suscitado asombro y ha originado cierto malestar. La agitación que se ha levantado en torno a tal documento era por lo más injustificada, ya que el texto no afirma nada nuevo, sino que confirma en modo resumido la doctrina católica. Sin embargo, sería deseable volver a ver la forma, el lenguaje y la presentación al público de declaraciones similares.

2) Las diferentes eclesiologías llevan necesariamente a tener visiones diferentes de lo que es el objetivo del ecumenismo. Así, es un problema el hecho que nos falte un concepto común de unidad eclesial como objetivo que alcanzar. Tal problema es todavía más grave si consideramos que la comunión eclesial es para nosotros católicos el presupuesto para una comunión eucarística y que la ausencia de una comunión eucarística comporta grandes dificultades pastorales, sobre todo en el caso de parejas y familias mixtas.

3) Mientras por una parte nos esforzamos en superar viejas controversias, por otra emergen nuevas divergencias en el campo ético. Eso se refiere en particular a las cuestiones atenientes a la defensa de la vida, al matrimonio, a la familia y a la sexualidad humana. A causa de estas nuevas fosas que se vienen a excavar, el testimonio común público es notablemente debilitado si no inclusive imposibilitado. La crisis que se verifica dentro de las respectivas Comunidades es ejemplificada claramente por la situación surgida dentro de la Comunión anglicana, que no es un caso aislado.

4) La teología protestante, marcada durante los primeros años del diálogo por el “renacimiento luterano” y por la teología de la Palabra de Dios de Karl Barth, ha regresado ahora a motivos de teología liberal. En consecuencia, constatamos que, por parte protestante, aquellos fundamentos cristológicos y trinitarios que habían sido hasta ahora un presupuesto común son a veces diluidos. Lo que considerábamos que era nuestro patrimonio común ha comenzado a deshacerse aquí y allá como el hielo de los Alpes.

Pero hay también fuertes contracorrientes surgidas en relación a los fenómenos antes mencionados. Se encuentra en todo el mundo un fuerte crecimiento de grupos evangélicos, cuyas posiciones coinciden por lo general con las nuestras en cuestiones dogmáticas fundamentales, sobre todo en campo ético, pero son frecuentemente muy divergentes en la eclesiología, la teología de los sacramentos, la exégesis bíblica y la comprensión de la tradición. Hay grupos de Iglesia alta que desean hacer valer en el anglicanismo y en el luteranismo elementos de la tradición católica en lo que se refiere a la liturgia y el ministerio eclesial. A estos se suman siempre más comunidades monásticas que, viviendo frecuentemente según la regla benedictina, se sienten cercanos a la Iglesia católica. Además existen comunidades pietistas que, frente a la crisis en torno a las cuestiones éticas, advierten una cierta incomodidad en las Comunidades protestantes; ellas miran con gratitud las claras tomas de posición del Papa, que hace no mucho tiempo habían calificado con tonos menos benévolos.

Todos estos grupos, junto a las comunidades católicas de vida religiosa y a los nuevos movimientos espirituales, han constituido recientemente “redes espirituales”, agrupadas frecuentemente en torno a monasterios como Chevetogne, Bose y sobre todo Taizé y también en movimientos como el movimiento de los Focolares y Chemin neuf. En tal modo, podemos decir que el ecumenismo regresa a su origen en pequeños grupos de diálogo, de oración, de estudio bíblico. Recientemente estos grupos han tomado la palabra también públicamente, por ejemplo en los grandes encuentros de movimientos en Stoccarda, en el 2004 y en el 2007. Emergen así, junto a los diálogos oficiales, que a veces se hacen difíciles, nuevas y prometedoras formas de diálogo.

Esta panorámica general nos muestra pues que no existe solamente un reacercamiento ecuménico, sino que hay fragmentaciones y fuerzas centrífugas al trabajo. Si tomamos en consideración además las numerosas “Iglesias” llamadas independientes que continúan a surgir sobre todo en África y el proliferar de grupúsculos muchas veces agresivos, nos damos cuenta que el paisaje ecuménico es ahora muy diferenciado y confuso. Este pluralismo no es más que el reflejo de la situación pluralista de la llamada sociedad postmoderna, que frecuentemente conduce a un relativismo religioso.

En el contexto actual, por lo tanto, son particularmente importantes los encuentros, como la asamblea plenaria del Consejo Ecuménico de las Iglesias que tuvo lugar en febrero del año pasado en Porto Alegre (Brasil), el “Global Christian Forum” y la “Asamblea ecuménica europea” tenida en septiembre del 2007 en Sibiu/Hermannstadt (Rumania). Estos convenios quieren reunir en el diálogo los varios grupos divergentes y, en lo que sea posible, tener unido el movimiento ecuménico con sus luces y sus sombras y sus nuevos desafíos en una situación que ha cambiado y está todavía cambiando rápidamente.

IV. Hablar de pluralismo me conduce de nuevo a la tercera ola de la historia del cristianismo, o sea la difusión de grupos carismáticos y pentecostales, los cuales, con cerca de 400 millones de fieles en todo el mundo, están en el segundo puesto entre las comunidades cristianas en términos numéricos y tienen un crecimiento exponencial. Privados de una estructura común o de un órgano central, son entre ellos muy diferentes. Se consideran como el fruto de un nuevo Pentecostés; en consecuencia, el Bautismo del Espíritu reviste para ellos un rol fundamental. Refiriéndose a ellos, el Papa Juan Pablo II ya había hecho notar que este fenómeno no debe ser considerado solamente en modo negativo, ya que más allá de los innegables problemas, ello testimonia el deseo de una experiencia espiritual. Lo que no quita que lamentablemente muchas de estas comunidades mientras tanto se están volviendo una religión que promete felicidad eterna en la tierra.

Con los pentecostales clásicos ha sido posible entablar un diálogo oficial. Con otros subsisten serias dificultades a causa de sus métodos misioneros un poco agresivos. El Pontificio Consejo para la promoción de la unidad de los cristianos, frente a este desafío, ha organizado en varios continentes seminarios para obispos, teólogos y laicos activos en el ecumenismo: en América latina (San Pablo y Buenos Aires), en África (Nairobi y Dakar), en Asia (Seúl y Manila). El resultado de estos seminarios se nota también en el documento final de Aparecida (2007) de la asamblea general de los obispos latinoamericanos y del Caribe. Es ante todo necesario hacer un examen de conciencia pastoral y preguntarnos en modo auto-crítico: ¿por qué tantos cristianos dejan nuestra Iglesia? No debemos comenzar con preguntarnos qué es lo que no está bien en los pentecostales, sino cuáles son nuestras carencias pastorales. ¿Cómo podemos reaccionar a este nuevo desafío con una renovación litúrgica, catequética, pastoral, espiritual?

V. Esta pregunta nos conduce a la pregunta conclusiva: ¿de qué modo proseguir el camino ecuménico? No es posible dar una única respuesta. La situación lamentablemente es muy diferente según las regiones geográficas, los ambientes culturales, las iglesias locales. Son las conferencias episcopales las que deberán asumir su responsabilidad.

En línea de principio debemos partir del común patrimonio de la fe y permanecer fieles a lo que con la ayuda de Dios hemos ya alcanzado ecuménicamente. Por cuanto sea posible debemos dar un testimonio común de esta fe en un mundo cada vez más secularizado. Ello significa, en la situación actual, también redescubrir y reforzar los fundamentos de la que es nuestra fe. De hecho, todo vacila y se vacía de sentido si no tenemos una fe sólida y conciente en el Dios vivo Uno y Trino, en la divinidad de Cristo, en la fuerza salvífica de la cruz y de la resurrección. Para quien ya no sabe qué cosa es el pecado y qué cosa es el involucrarse en el pecado, la justificación del pecador no tiene ninguna relevancia.

Solamente apoyándose sobre la fe común es posible dialogar sobre las que son nuestras diferencias. Y ello debe ocurrir en modo claro pero no polémico. No debemos ofender la sensibilidad de los otros o desacreditarlos; no debemos señalar con el dedo sobre lo que nuestros interlocutores ecuménicos no son y sobre lo que no tienen. Más bien debemos dar testimonio de la riqueza y de la belleza de nuestra fe en modo positivo y acogedor. De los otros esperamos la misma actitud. Se esto falla, entonces entre nosotros y nuestros interlocutores podrá haber, como dice la encíclica “Ut unum sint” (1995), un intercambio no sólo de ideas sino de dones, que enriquecerán a ambos (UUS 28; 57). Tal ecumenismo de intercambio no es un empobrecimiento, sino un enriquecimiento recíproco.

En el diálogo fundado sobre el intercambio espiritual el diálogo teológico tendrá un rol esencial también en el futuro. Pero será fecundo sólo si es sostenido por un ecumenismo de la oración, de la conversión del corazón y de la santificación personal. El ecumenismo espiritual promovido por nosotros en primera línea. Sin una verdadera espiritualidad de comunión, que permite hacer espacio al otro sin renunciar a la propia identidad, cada uno de nuestros esfuerzos desembocará en un árido y vacío activismo.

Si hacemos nuestra la oración de Jesús pronunciada la víspera de su muerte, no debemos perder el ánimo y vacilar en nuestra fe. Como dice el Evangelio, debemos confiar en que lo que pidamos en nombre de Cristo será atendido (Jn 14, 13). No seremos nosotros los que diremos cuándo, dónde y cómo. Esto se le deja a aquel que es el Señor de la Iglesia, quien reunirá a su Iglesia de los cuatro vientos. Nosotros debemos alegrarnos con hacer nuestro mejor esfuerzo, reconociendo con gratitud los dones recibidos, o sea lo que el ecumenismo ha realizado hasta ahora y mirar el futuro con esperanza. Basta dar una mirada, con un mínimo de realismo, a los “signos de los tiempos” para comprender que no hay ninguna alternativa realista para el ecumenismo, y sobre todo ninguna alternativa de fe.

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