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El Cristo Redentor

ArturoBrizio Carter
5 julio 2014
Sección: Sin categoría

   2.7.14

     Queridos amigos, reciban un saludo desde tierras mundialistas y hoy les quiero contar que fuimos a cumplir con una de las obligaciones impuestas a todo aquel que visita Río de Janeiro: La peregrinación al monumento dedicado a Cristo Redentor situado en la montaña del Corcovado.

Aprovechando que la actividad futbolística se suspendió por un par de días para dar tregua a los cuadros calificados a cuartos de final, nos lanzamos, felices y vocingleros, a la ejecución de este ritual que comenzó con un trayecto de dos horas desde el hotel en que nos alojamos hasta la entrada al trenecito que lo sube a uno hasta la base de la estatua.

Para que se dé usted una idea de la cantidad de gente que va, llegamos a las 9:00 a.m. y nos dieron un boletito para subir hasta las 2:30 p.m. o sea 5 horas y  media de espera. Afortunadamente nos encontramos a un nutrido grupo de turistas mexicanos, de esos que andaban en el tristemente célebre barco del que saltó un paisano, a los cuáles les sobraban los tickets comprados en paquete y órale, pa´arriba, mi hermano y métale tacón que el polka.

Corcovado, que es el nombre del cerro donde se construyó esta impresionante imagen, quiere decir en lengua indígena “jorobado” y no es ninguna alusión a la ampolla que lleva adosada a la espalda mi brother Cuauhtémoc Blanco. Sobre él se erige impresionante la escultura de 30 metros esculpida sobre una base revestida de mármol y que se sitúa a 710 metros sobre el nivel del mar.

El Cristo del Corcovado ha sido incluido en el catálogo de las nuevas siete maravillas del mundo moderno, junto a Machu Picchu, la Gran Muralla China, el Coliseo de Roma, el Taj Majal, la ciudad de Petra y nuestro gran orgullo, Chichén Itza.

Además, respetando todas las creencias y religiones, para la mía que es la católica, es una vibra muy especial mirar es rostro lleno de paz y amor de aquel que fue capaz de entregar su sangre por nosotros.

La visita dura alrededor de una hora y luego de bajar para comer un almuerzo ligero, (ajá), cambiamos de cabaret para dirigir los pasos al otro ícono del turismo carioca como lo es el Pao de Azúcar.

Este es una peña grandotota a la que se llega, hasta la cúspide, por medio de un teleférico. Igual que en el Cristo, hay que tener paciencia porque la cantidad de visitantes es impresionante y parece un hormiguero multicultural, lingual y racial, sin embargo, mega vale la pena la espera.

Desde arriba, se miran las playas de Copacabana, Ipanema, enfrente al multicitado Corcovado y desde otro punto, el océano Atlántico, en un espectáculo que resulta esplendoroso.

Del costo, no le sé decir porque mis amigos del barco nos trajeron becados. Mañana, si les parece bien, charlamos de futbol.

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