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DOMINUS IESUS


9 enero 2009
Sección: Sin categoría

 CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE
DOMINUS IESUS
DECLARACIÓN SOBRE LA UNICIDAD Y LA UNIVERSALIDAD SALVÍFICA
DE JESUCRISTO Y DE LA IGLESIA
6 de agosto de 2000

•    Presentación de la Declaración en la Oficina de Prensa de la Santa Sede .
•    Síntesis del documento.
•    Texto completo de la Declaración.
•    Noticias de prensa.

PRESENTACIÓN DE LA DECLARACIÓN EN LA OFICINA DE PRENSA DE LA STA. SEDE

Las religiones mundiales no son complementarias a la Revelación

CIUDAD DEL VATICANO, 5 SEP 2000 (VIS).—Esta mañana se presentó en la Oficina de Prensa de la Santa Sede la declaración “Dominus Iesus” sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia, de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Intervinieron en la rueda de prensa el cardenal Joseph Ratzinger, el arzobispo Tarcisio Bertone, S.D.B., monseñor Fernando Ocáriz y don Angelo Amato, S.D.B., respectivamente prefecto, secretario y consultores de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

El cardenal Ratzinger señaló que “algunos teólogos más moderados confiesan que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, pero piensan que a causa de la limitación de la naturaleza humana de Jesús, la revelación de Dios en El no puede ser considerada completa y definitiva, sino que debe ser siempre considerada en relación con otras posibles revelaciones de Dios expresadas en los genes religiosos de la humanidad y en los fundadores de las religiones del mundo. De este modo, objetivamente hablando, se introduce la idea errada de que las religiones del mundo son complementarias a la revelación cristiana”.

Hablando del relativismo y de sus consecuencias, el prefecto de la Fe dijo que el hecho de que se presente (el relativismo) como la “verdadera filosofía de la humanidad, capaz de garantizar la tolerancia y la democracia, lleva a marginar ulteriormente a quien se empeña en la defensa de la identidad cristiana y en su pretensión de difundir la verdad universal y salvífica de Jesucristo”.

El “principio de la tolerancia y respeto de la libertad —continuó—, es hoy manipulado y superado indebidamente cuando se extiende al aprecio de los contenidos, como si todos los contenidos de las diversas religiones y de los conceptos no religiosos de la vida se tuviesen que situar al mismo nivel, y ya no existiese una verdad objetiva y universal, porque Dios o el Absoluto se revelarían con numerosos nombres, pero todos ellos serían verdaderos. Esta falsa idea de tolerancia está relacionada con la pérdida y la renuncia de la cuestión de la verdad, que hoy muchos consideran una cuestión irrelevante o de segunda clase”.

El cardenal Ratzinger recordó la enseñanza de Juan Pablo II en la encíclica “Redemptoris missio”: “Todo lo que el Espíritu obra en los hombres y en la historia de los pueblos, así como en las culturas y religiones tiene un papel de preparación evangélica”. Y en este sentido, subrayó que “se considera ‘preparación evangélica’ no todo lo que se encuentra en las religiones, sino sólo ‘lo que el Espíritu obra’ en ellas. De esto se deriva una importantísima consecuencia: el camino para la salvación es el bien presente en las religiones, como obra del Espíritu de Cristo, pero no las religiones en cuanto tales”. “La estima y el respeto por las religiones del mundo, así como por las culturas que han obtenido un objetivo enriquecimiento a la promoción de la dignidad del hombre y al desarrollo de la civilización, no disminuye la originalidad y la unicidad de la revelación de Jesucristo y no limita de ninguna manera la tarea misionera de la Iglesia”.

El arzobispo Tarcisio Bertone explicó a continuación el género literario del documento. El término Declaración significa que “no enseña doctrinas nuevas (…) sino que reafirma y sintetiza la doctrina de la fe católica definida o enseñada en precedentes documentos del Magisterio de la Iglesia, indicando su recta interpretación, frente a los errores y ambigüedades doctrinales difundidos en el ambiente teológico y eclesial actual”.

“Tratándose de un documento doctrinal de la Congregación para la Doctrina de la Fe, expresamente aprobado por el Sumo Pontífice —continuó—, es de naturaleza magisterial universal”. La fórmula de aprobación “es de especial y elevada autoridad: ‘certa scientia et apostolica Sua auctoritate’. Esto corresponde a la importancia y esencialidad de los contenidos doctrinales enseñados en la Declaración: se trata de verdades de fe divina y católica o de verdades de la doctrina católica que hay que respetar firmemente. Por tanto, el asenso exigido a los fieles es de tipo definitivo e irrevocable”.

El secretario de la Congregación puso de relieve que “si una doctrina es enseñada como definitiva, y por tanto irreformable, esto presupone que es enseñada por el Magisterio con un acto infalible, aunque sea de diverso tipo”.

Don Angelo Amato comentó las distinciones que hace la Declaración entre “fe teologal y creencia”. La primera, recordó, es una “virtud teologal que implica un asenso libre y personal a toda la verdad que Dios ha revelado”; y la creencia, sin embargo, “está privada del asenso a Dios que se revela”.

Por lo que concierne a la unidad de la economía salvífica del Verbo, la Declaración contrasta tres tesis: una primera “considera a Jesús de Nazaret como una de tantas encarnaciones histórico-salvíficas del Verbo eterno. (…) Contra estas hipótesis, se hace hincapié en la unidad entre el Verbo eterno y Jesús de Nazaret”. La segunda tesis errónea “plantea una doble economía salvífica, la del Verbo eterno distinta de la del Verbo encarnado. (…) La Declaración rechaza esta distinción y reafirma la fe de la Iglesia en la unicidad de la economía salvífica querida por Dios Uno y Trino”. Una tercera tesis errónea “separa la economía del Espíritu Santo de la del Verbo encarnado. (…) La Declaración rechaza también esta hipótesis como contraria a la fe católica”.

Monseñor Fernando Ocáriz habló de las consecuencias eclesiológicas de la doctrina contenida en los tres primeros capítulos.

“Sólo en la Iglesia Católica —afirmó— subsiste la Iglesia de Cristo en toda su plenitud, mientras que fuera de su unión visible existen ‘elementos de santificación y de verdad’ propios de la misma Iglesia. (…) Por tanto, existe una sola Iglesia (subsistente en la Iglesia Católica) y al mismo tiempo, existen verdaderas Iglesias particulares no católicas”.

“Debemos creer que toda salvación —también la de los no cristianos— viene de Cristo a través de la Iglesia, pero no sabemos cómo se realiza esto en el caso de los no cristianos”.

La “Dominus Iesus”, terminó, “rechaza una interpretación muy difundida hoy —pero contraria a la fe católica— según la cual todas las religiones, en cuanto tales, por sí mismas, serían vías de salvación junto a la religión cristiana”. Y recuerda que “las otras religiones contienen ‘elementos de religiosidad que proceden de Dios y que forman parte de todo lo que el Espíritu obra en los hombres y en la historia de los pueblos, así como en las culturas y en las religiones’“.

Al final de la rueda de prensa, un periodista preguntó si el documento no supone un impedimento al diálogo ecuménico e inter-religioso. Don Angelo Amato respondió que por lo que concierne al ecumenismo, “la declaración no enuncia ningún principio nuevo; lo que hace es recordar lo que dice el Concilio Vaticano II a este respecto”. En cuanto al diálogo inter-religioso, “propone un camino hacia la armonía, la paz y el respeto; en ningún modo supone una interrupción de este diálogo”.

Otro preguntó si en la preparación del documento, la Congregación para la Doctrina de la Fe también había consultado con los obispos asiáticos, debido a que en el texto se hace referencia a la influencia de las religiones orientales en la naturaleza salvífica de la Iglesia. El arzobispo Bertone dijo que se había dialogado bastante con las conferencias episcopales asiáticas y que habían tenido varias reuniones con los obispos indios.

SÍNTESIS DEL DOCUMENTO

CIUDAD DEL VATICANO, 5 SEP 2000 (VIS).—La declaración “Dominus Iesus” sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia, de la Congregación para la Doctrina de la Fe, fue presentada esta mañana en la Oficina de Prensa de la Santa Sede.

El documento, de 36 páginas, ha sido publicado en inglés, francés, alemán, español, portugués, italiano, polaco y latín. Está firmado por el cardenal Joseph Ratzinger y el arzobispo Tarcisio Bertone, S.D.B., respectivamente prefecto y secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Consta de una introducción, seis capítulos y una conclusión.

Ofrecemos a continuación una síntesis:

Introducción

 “En el agitado debate contemporáneo sobre la relación entre Cristianismo y otras religiones, no faltan entre los teólogos católicos quienes afirman que las religiones son caminos igualmente válidos de salvación”.

“Estas teorías se fundan sobre algunos presupuestos de naturaleza filosófica y teológica bastante difundidos. Entre estos, la Declaración señala, por ejemplo, la convicción de la inaferrabilidad y la inefabilidad de la verdad divina, ni siquiera por parte de la revelación cristiana; la actitud relativista con relación a la verdad, por la cual, aquello que es verdad para algunos no lo es para otros; la contraposición radical que habría entre la mentalidad lógica occidental y la mentalidad simbólica oriental; el subjetivismo exasperado de quien considera a la razón como única fuente de conocimiento; el vaciamiento metafísico del evento del misterio de la encarnación; el eclecticismo de quien, en la investigación teológica, asume ideas derivadas de diferentes contextos filosóficos y religiosos, sin preocuparse de su coherencia, conexión sistemática y compatibilidad con la verdad cristiana; la tendencia, en fin, a leer e interpretar la Sagrada Escritura fuera de la Tradición y el Magisterio de la Iglesia”. “La Comisión Teológica Internacional ya había publicado en 1997 un documento, ‘El Cristianismo y las religiones’, que (…) mostraba la falta de fundamento de una teología pluralista de las religiones, afirmando en cambio la unicidad y la universalidad salvífica del misterio de Cristo y de la Iglesia, fuente de toda salvación, dentro y fuera del cristianismo. Sin embargo, dada la enorme y rápida difusión de la mentalidad relativista y pluralista, la Congregación para la Doctrina de la Fe interviene ahora con la presente Declaración para volver a proponer y clarificar algunas verdades de fe”.

“En concreto, la Declaración se articula en seis puntos, que resumen los datos esenciales de la doctrina de la fe católica sobre el significado y el valor salvífico de las otras religiones”.

I. Plenitud y definitividad de la Revelación de Jesucristo

 “Contra la tesis que sostiene el carácter limitado, incompleto e imperfecto de la revelación de Jesús, (…) la Declaración reafirma la fe católica acerca de la plena y completa revelación en Jesucristo del misterio salvífico de Dios. (…) En consecuencia, no obstante admitir que las otras religiones no raramente reflejan un rayo de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres, se afirma nuevamente que la calificación de libros inspirados se reserva solamente a los libros canónicos del Antiguo y el Nuevo Testamento, que, en cuanto inspirados por el Espíritu Santo, tienen a Dios por Autor y enseñan con firmeza, fidelidad y sin error la verdad sobre Dios y la salvación de la humanidad. La Declaración enseña además que debe ser firmemente retenida la distinción entre fe teologal, que es la acogida de la verdad revelada por Dios Uno y trino, y la creencia en las otras religiones, que es una experiencia religiosa todavía en búsqueda de la verdad absoluta y carente todavía del asentimiento a Dios que se revela.

II. El Logos encarnado y el Espíritu Santo en la obra de la salvación

“Contra la tesis de la doble economía salvífica: la del Verbo eterno, que sería universal y por lo tanto válida también fuera de la Iglesia, y aquella del Verbo encarnado, que estaría limitada solamente a los cristianos, la Declaración afirma la unicidad de la economía salvífica del único Verbo encarnado, Jesucristo, Hijo unigénito del Padre. (…) El misterio de Cristo tiene en efecto una intrínseca unidad, que se extiende desde la elección eterna de Dios hasta la parusía. (…) Jesús es el mediador y redentor universal. Por esto, es asimismo errónea la hipótesis de una economía salvífica del Espíritu Santo investida de un carácter más universal que la economía del Verbo encarnado, crucificado y resucitado. El Espíritu Santo es de hecho el Espíritu de Cristo resucitado, y su acción no se pone fuera o al lado de la acción de Cristo”.

III. Unicidad y universalidad del misterio salvífico de Jesucristo

“En consecuencia, la Declaración reafirma la unicidad y la universalidad salvífica del misterio de Cristo. (…) Ciertamente, la única mediación de Cristo no excluye mediaciones participadas de distintos tipos y orden; estos, sin embargo, obtienen su significado y su valor únicamente de la mediación de Cristo y no pueden entenderse como paralelas o complementarias”.

IV. Unicidad y unidad de la Iglesia

“El Señor Jesús continúa su presencia y su obra de salvación en la Iglesia y a través de la Iglesia, que es su cuerpo. (…) Por ello, (…) se debe creer firmemente como verdad de fe católica la unidad de la Iglesia por él fundada. Los fieles están obligados a profesar que existe una continuidad histórica entre la Iglesia fundada por Cristo y la Iglesia Católica. (…) En relación con la ‘existencia de numerosos elementos de santificación y de verdad fuera de su estructura visible’, o en las Iglesias y Comunidades eclesiales que no están todavía en plena comunión con la Iglesia Católica, es necesario afirmar que su eficacia ‘deriva de la misma plenitud de gracia y verdad que fue confiada a la Iglesia católica’. “Las Iglesias que no aceptan la doctrina católica del Primado del Obispo de Roma permanecen unidas a la Iglesia Católica por medio de estrechísimos vínculos, como la sucesión apostólica y la Eucaristía válidamente consagrada. Por eso, también en estas Iglesias está presente y operante la Iglesia de Cristo, si bien falte la plena comunión con la Iglesia católica. Por el contrario, las Comunidades eclesiales que no han conservado el Episcopado válido y la genuina e íntegra sustancia del misterio eucarístico, no son Iglesia en sentido propio; sin embargo, los bautizados en estas Comunidades han sido incorporados por el Bautismo a Cristo y, por lo tanto, están en una cierta comunión, si bien imperfecta, con la Iglesia católica”.

V. Iglesia, Reino de Dios y Reino de Cristo

“La misión de la Iglesia es ‘anunciar el Reino de Cristo y de Dios, y establecerlo en medio de todas las gentes; [la Iglesia] constituye en la tierra el germen y el principio de este Reino’. Por un lado la Iglesia es ‘signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano’. (…) Por otro lado, la Iglesia es el ‘pueblo reunido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo’. (…) Pueden darse distintas explicaciones teológicas sobre estos temas. Sin embargo, no se puede en ningún modo negar o vaciar de significado la íntima conexión que existe entre Cristo, el Reino y la Iglesia”.

“El Reino de Dios no se identifica, sin embargo, con la realidad visible y social de la Iglesia. En efecto, no se debe excluir ‘la obra de Cristo y del Espíritu Santo fuera de los confines visibles de la Iglesia’. Al considerar las relaciones entre el Reino de Dios, el Reino de Cristo y la Iglesia, se hace necesario evitar acentuaciones unilaterales, como ocurre cuando se habla del Reino de Dios sin mencionar a Cristo, o se privilegia el misterio de la creación callando sobre el misterio de la redención. En tales casos, se aduce que Cristo no puede ser comprendido por quien no posee la fe cristiana, mientras pueblos, culturas y religiones diversas pueden reencontrarse en la única realidad divina, cualquiera sea su nombre”.

VI. La Iglesia y las religiones en relación con la salvación

“Ante todo, debe ser firmemente creído que la ‘Iglesia peregrinante es necesaria para la salvación, pues Cristo es el único Mediador y el camino de salvación, presente a nosotros en su Cuerpo, que es la Iglesia’. Esta doctrina no se contrapone a la voluntad salvífica universal de Dios; por lo tanto, ‘es necesario, pues, mantener unidas estas dos verdades, o sea, la posibilidad real de la salvación en Cristo para todos los hombres y la necesidad de la Iglesia en orden a esta misma salvación’. Para aquellos que no son formal y visiblemente miembros de la Iglesia, ‘la salvación de Cristo es accesible en virtud de la gracia que, aun teniendo una misteriosa relación con la Iglesia, no les introduce formalmente en ella, sino que los ilumina de manera adecuada en su situación interior y ambiental. Esta gracia proviene de Cristo; es fruto de su sacrificio y es comunicada por el Espíritu Santo’”.

“Ciertamente, las diferentes tradiciones religiosas contienen y ofrecen elementos de religiosidad, que forman parte de ‘todo lo que el Espíritu obra en los hombres y en la historia de los pueblos, así como en las culturas y religiones’. A ellas, sin embargo, no se les puede atribuir un origen divino ni una eficacia salvífica ‘ex opere operato’, que es propia de los sacramentos cristianos. (…) Con la venida de Jesucristo Salvador, Dios ha establecido la Iglesia para la salvación de todos los hombres. Esta verdad de fe no quita nada al hecho de que la Iglesia considera las religiones del mundo con sincero respeto, pero al mismo tiempo excluye esa mentalidad indiferentista ‘marcada por un relativismo religioso que termina por pensar que una religión es tan buena como otra’”.

Conclusión

“Al tratar el tema de la verdadera religión, los Padres del Concilio Vaticano II han afirmado: ‘Creemos que esta única religión verdadera subsiste en la Iglesia católica y apostólica, a la cual el Señor Jesús confió la obligación de difundirla a todos los hombres, diciendo a los Apóstoles: ‘Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado’”.

 


TEXTO COMPLETO

 

INTRODUCCIÓN

 

1. El Señor Jesús, antes de ascender al cielo, confió a sus discípulos el mandato de anunciar el Evangelio al mundo entero y de bautizar a todas las naciones: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado» (Mc 16,15-16); «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,18-20; cf. también Lc 24,46-48; Jn 17,18; 20,21; Hch 1,8).

La misión universal de la Iglesia nace del mandato de Jesucristo y se cumple en el curso de los siglos en la proclamación del misterio de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y del misterio de la encarnación del Hijo, como evento de salvación para toda la humanidad. Es éste el contenido fundamental de la profesión de fe cristiana: «Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, Creador de cielo y tierra […]. Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, consustancial con el Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato: padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin. Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas. Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica. Confieso que hay un solo Bautismo para el perdón de los pecados. Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro».1

2. La Iglesia, en el curso de los siglos, ha proclamado y testimoniado con fidelidad el Evangelio de Jesús. Al final del segundo milenio, sin embargo, esta misión está todavía lejos de su cumplimiento.2 Por eso, hoy más que nunca, es actual el grito del apóstol Pablo sobre el compromiso misionero de cada bautizado: «Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1 Co 9,16). Eso explica la particular atención que el Magisterio ha dedicado a motivar y a sostener la misión evangelizadora de la Iglesia, sobre todo en relación con las tradiciones religiosas del mundo.3

Teniendo en cuenta los valores que éstas testimonian y ofrecen a la humanidad, con una actitud abierta y positiva, la Declaración conciliar sobre la relación de la Iglesia con las religiones no cristianas afirma: «La Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y las doctrinas, que, por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres».4 Prosiguiendo en esta línea, el compromiso eclesial de anunciar a Jesucristo, «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6), se sirve hoy también de la práctica del diálogo interreligioso, que ciertamente no sustituye sino que acompaña la missio ad gentes, en virtud de aquel «misterio de unidad», del cual «deriva que todos los hombres y mujeres que son salvados participan, aunque en modos diferentes, del mismo misterio de salvación en Jesucristo por medio de su Espíritu».5 Dicho diálogo, que forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia,6 comporta una actitud de comprensión y una relación de conocimiento recíproco y de mutuo enriquecimiento, en la obediencia a la verdad y en el respeto de la libertad.7

3. En la práctica y profundización teórica del diálogo entre la fe cristiana y las otras tradiciones religiosas surgen cuestiones nuevas, las cuales se trata de afrontar recorriendo nuevas pistas de búsqueda, adelantando propuestas y sugiriendo comportamientos, que necesitan un cuidadoso discernimiento. En esta búsqueda, la presente Declaración interviene para llamar la atención de los Obispos, de los teólogos y de todos los fieles católicos sobre algunos contenidos doctrinales imprescindibles, que puedan ayudar a que la reflexión teológica madure soluciones conformes al dato de la fe, que respondan a las urgencias culturales contemporáneas.

El lenguaje expositivo de la Declaración responde a su finalidad, que no es la de tratar en modo orgánico la problemática relativa a la unicidad y universalidad salvífica del misterio de Jesucristo y de la Iglesia, ni el proponer soluciones a las cuestiones teológicas libremente disputadas, sino la de exponer nuevamente la doctrina de la fe católica al respecto. Al mismo tiempo la Declaración quiere indicar algunos problemas fundamentales que quedan abiertos para ulteriores profundizaciones, y confutar determinadas posiciones erróneas o ambiguas. Por eso el texto retoma la doctrina enseñada en documentos precedentes del Magisterio, con la intención de corroborar las verdades que forman parte del patrimonio de la fe de la Iglesia.

4. El perenne anuncio misionero de la Iglesia es puesto hoy en peligro por teorías de tipo relativistas, que tratan de justificar el pluralismo religioso, no sólo de facto sino también de iure (o de principio). En consecuencia, se retienen superadas, por ejemplo, verdades tales como el carácter definitivo y completo de la revelación de Jesucristo, la naturaleza de la fe cristiana con respecto a la creencia en las otra religiones, el carácter inspirado de los libros de la Sagrada Escritura, la unidad personal entre el Verbo eterno y Jesús de Nazaret, la unidad entre la economía del Verbo encarnado y del Espíritu Santo, la unicidad y la universalidad salvífica del misterio de Jesucristo, la mediación salvífica universal de la Iglesia, la inseparabilidad —aun en la distinción— entre el Reino de Dios, el Reino de Cristo y la Iglesia, la subsistencia en la Iglesia católica de la única Iglesia de Cristo.

Las raíces de estas afirmaciones hay que buscarlas en algunos presupuestos, ya sean de naturaleza filosófica o teológica, que obstaculizan la inteligencia y la acogida de la verdad revelada. Se pueden señalar algunos: la convicción de la inaferrablilidad y la inefabilidad de la verdad divina, ni siquiera por parte de la revelación cristiana; la actitud relativista con relación a la verdad, en virtud de lo cual aquello que es verdad para algunos no lo es para otros; la contraposición radical entre la mentalidad lógica atribuida a Occidente y la mentalidad simbólica atribuida a Oriente; el subjetivismo de quien, considerando la razón como única fuente de conocimiento, se hace «incapaz de levantar la mirada hacia lo alto para atreverse a alcanzar la verdad del ser»;8 la dificultad de comprender y acoger en la historia la presencia de eventos definitivos y escatológicos; el vaciamiento metafísico del evento de la encarnación histórica del Logos eterno, reducido a un mero aparecer de Dios en la historia; el eclecticismo de quien, en la búsqueda teológica, asume ideas derivadas de diferentes contextos filosóficos y religiosos, sin preocuparse de su coherencia y conexión sistemática, ni de su compatibilidad con la verdad cristiana; la tendencia, en fin, a leer e interpretar la Sagrada Escritura fuera de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia.

Sobre la base de tales presupuestos, que se presentan con matices diversos, unas veces como afirmaciones y otras como hipótesis, se elaboran algunas propuestas teológicas en las cuales la revelación cristiana y el misterio de Jesucristo y de la Iglesia pierden su carácter de verdad absoluta y de universalidad salvífica, o al menos se arroja sobre ellos la sombra de la duda y de la inseguridad.

 

I. PLENITUD Y DEFINITIVIDAD DE LA REVELACIÓN DE JESUCRISTO

5. Para poner remedio a esta mentalidad relativista, cada vez más difundida, es necesario reiterar, ante todo, el carácter definitivo y completo de la revelación de Jesucristo. Debe ser, en efecto, firmemente creída la afirmación de que en el misterio de Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, el cual es «el camino, la verdad y la vida» (cf. Jn 14,6), se da la revelación de la plenitud de la verdad divina: «Nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11,27). «A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha revelado» (Jn 1,18); «porque en él reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente» (Col 2,9-10).

Fiel a la palabra de Dios, el Concilio Vaticano II enseña: «La verdad íntima acerca de Dios y acerca de la salvación humana se nos manifiesta por la revelación en Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la revelación».9 Y confirma: «Jesucristo, el Verbo hecho carne, “hombre enviado a los hombres”, habla palabras de Dios (Jn 3,34) y lleva a cabo la obra de la salvación que el Padre le confió (cf. Jn 5,36; 17,4). Por tanto, Jesucristo —ver al cual es ver al Padre (cf. Jn 14,9)—, con su total presencia y manifestación, con palabras y obras, señales y milagros, sobre todo con su muerte y resurrección gloriosa de entre los muertos, y finalmente, con el envío del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la revelación y la confirma con el testimonio divino […]. La economía cristiana, como la alianza nueva y definitiva, nunca cesará; y no hay que esperar ya ninguna revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo (cf. 1 Tm 6,14; Tit 2,13)».10

Por esto la encíclica Redemptoris missio propone nuevamente a la Iglesia la tarea de proclamar el Evangelio, como plenitud de la verdad: «En esta Palabra definitiva de su revelación, Dios se ha dado a conocer del modo más completo; ha dicho a la humanidad quién es. Esta autorrevelación definitiva de Dios es el motivo fundamental por el que la Iglesia es misionera por naturaleza. Ella no puede dejar de proclamar el Evangelio, es decir, la plenitud de la verdad que Dios nos ha dado a conocer sobre sí mismo».11 Sólo la revelación de Jesucristo, por lo tanto, «introduce en nuestra historia una verdad universal y última que induce a la mente del hombre a no pararse nunca».12

6. Es, por lo tanto, contraria a la fe de la Iglesia la tesis del carácter limitado, incompleto e imperfecto de la revelación de Jesucristo, que sería complementaria a la presente en las otras religiones. La razón que está a la base de esta aserción pretendería fundarse sobre el hecho de que la verdad acerca de Dios no podría ser acogida y manifestada en su globalidad y plenitud por ninguna religión histórica, por lo tanto, tampoco por el cristianismo ni por Jesucristo.

Esta posición contradice radicalmente las precedentes afirmaciones de fe, según las cuales en Jesucristo se da la plena y completa revelación del misterio salvífico de Dios. Por lo tanto, las palabras, las obras y la totalidad del evento histórico de Jesús, aun siendo limitados en cuanto realidades humanas, sin embargo, tienen como fuente la Persona divina del Verbo encarnado, «verdadero Dios y verdadero hombre»13 y por eso llevan en sí la definitividad y la plenitud de la revelación de las vías salvíficas de Dios, aunque la profundidad del misterio divino en sí mismo siga siendo trascendente e inagotable. La verdad sobre Dios no es abolida o reducida porque sea dicha en lenguaje humano. Ella, en cambio, sigue siendo única, plena y completa porque quien habla y actúa es el Hijo de Dios encarnado. Por esto la fe exige que se profese que el Verbo hecho carne, en todo su misterio, que va desde la encarnación a la glorificación, es la fuente, participada mas real, y el cumplimiento de toda la revelación salvífica de Dios a la humanidad,14 y que el Espíritu Santo, que es el Espíritu de Cristo, enseña a los Apóstoles, y por medio de ellos a toda la Iglesia de todos los tiempos, «la verdad completa» (Jn 16,13).

7. La respuesta adecuada a la revelación de Dios es «la obediencia de la fe (Rm 1,5: Cf. Rm 16,26; 2 Co 10,5-6), por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios, prestando “a Dios revelador el homenaje del entendimiento y de la voluntad”, y asistiendo voluntariamente a la revelación hecha por Él».15 La fe es un don de la gracia: «Para profesar esta fe es necesaria la gracia de Dios, que previene y ayuda, y los auxilios internos del Espíritu Santo, el cual mueve el corazón y lo convierte a Dios, abre los ojos de la mente y da “a todos la suavidad en el aceptar y creer la verdad”».16

La obediencia de la fe conduce a la acogida de la verdad de la revelación de Cristo, garantizada por Dios, quien es la Verdad misma;17 «La fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios; es al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado».18 La fe, por lo tanto, «don de Dios» y «virtud sobrenatural infundida por Él»,19 implica una doble adhesión: a Dios que revela y a la verdad revelada por él, en virtud de la confianza que se le concede a la persona que la afirma. Por esto «no debemos creer en ningún otro que no sea Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo».20

Debe ser, por lo tanto, firmemente retenida la distinción entre la fe teologal y la creencia en las otras religiones. Si la fe es la acogida en la gracia de la verdad revelada, que «permite penetrar en el misterio, favoreciendo su comprensión coherente»,21 la creencia en las otras religiones es esa totalidad de experiencia y pensamiento que constituyen los tesoros humanos de sabiduría y religiosidad, que el hombre, en su búsqueda de la verdad, ha ideado y creado en su referencia a lo Divino y al Absoluto.22

No siempre tal distinción es tenida en consideración en la reflexión actual, por lo cual a menudo se identifica la fe teologal, que es la acogida de la verdad revelada por Dios Uno y Trino, y la creencia en las otras religiones, que es una experiencia religiosa todavía en búsqueda de la verdad absoluta y carente todavía del asentimiento a Dios que se revela. Este es uno de los motivos por los cuales se tiende a reducir, y a veces incluso a anular, las diferencias entre el cristianismo y las otras religiones.

8. Se propone también la hipótesis acerca del valor inspirado de los textos sagrados de otras religiones. Ciertamente es necesario reconocer que tales textos contienen elementos gracias a los cuales multitud de personas a través de los siglos han podido y todavía hoy pueden alimentar y conservar su relación religiosa con Dios. Por esto, considerando tanto los modos de actuar como los preceptos y las doctrinas de las otras religiones, el Concilio Vaticano II —como se ha recordado antes— afirma que «por más que discrepen en mucho de lo que ella [la Iglesia] profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres».23

La tradición de la Iglesia, sin embargo, reserva la calificación de textos inspirados a los libros canónicos del Antiguo y Nuevo Testamento, en cuanto inspirados por el Espíritu Santo.24 Recogiendo esta tradición, la Constitución dogmática sobre la divina Revelación del Concilio Vaticano II enseña: «La santa Madre Iglesia, según la fe apostólica, tiene por santos y canónicos los libros enteros del Antiguo y Nuevo Testamento con todas sus partes, porque, escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo (cf. Jn 20, 31; 2 Tm 3,16; 2 Pe 1,19-21; 3,15-16), tienen a Dios como autor y como tales se le han entregado a la misma Iglesia».25 Esos libros «enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras de nuestra salvación».26

Sin embargo, queriendo llamar a sí a todas las gentes en Cristo y comunicarles la plenitud de su revelación y de su amor, Dios no deja de hacerse presente en muchos modos «no sólo en cada individuo, sino también en los pueblos mediante sus riquezas espirituales, cuya expresión principal y esencial son las religiones, aunque contengan “lagunas, insuficiencias y errores”».27 Por lo tanto, los libros sagrados de otras religiones, que de hecho alimentan y guían la existencia de sus seguidores, reciben del misterio de Cristo aquellos elementos de bondad y gracia que están en ellos presentes.

 

II. EL LOGOS ENCARNADO Y EL ESPÍRITU SANTO EN LA OBRA DE LA SALVACIÓN

9. En la reflexión teológica contemporánea a menudo emerge un acercamiento a Jesús de Nazaret como si fuese una figura histórica particular y finita, que revela lo divino de manera no exclusiva sino complementaria a otras presencias reveladoras y salvíficas. El Infinito, el Absoluto, el Misterio último de Dios se manifestaría así a la humanidad en modos diversos y en diversas figuras históricas: Jesús de Nazaret sería una de esas. Más concretamente, para algunos él sería uno de los tantos rostros que el Logos habría asumido en el curso del tiempo para comunicarse salvíficamente con la humanidad.

Además, para justificar por una parte la universalidad de la salvación cristiana y por otra el hecho del pluralismo religioso, se proponen contemporáneamente una economía del Verbo eterno válida también fuera de la Iglesia y sin relación a ella, y una economía del Verbo encarnado. La primera tendría una plusvalía de universalidad respecto a la segunda, limitada solamente a los cristianos, aunque si bien en ella la presencia de Dios sería más plena.

10. Estas tesis contrastan profundamente con la fe cristiana. Debe ser, en efecto, firmemente creída la doctrina de fe que proclama que Jesús de Nazaret, hijo de María, y solamente él, es el Hijo y Verbo del Padre. El Verbo, que «estaba en el principio con Dios» (Jn 1,2), es el mismo que «se hizo carne» (Jn 1,14). En Jesús «el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16) «reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente» (Col 2,9). Él es «el Hijo único, que está en el seno del Padre» (Jn 1,18), el «Hijo de su amor, en quien tenemos la redención […]. Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la plenitud, y reconciliar con él y para él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos» (Col 1,13-14.19-20).

Fiel a las Sagradas Escrituras y refutando interpretaciones erróneas y reductoras, el primer Concilio de Nicea definió solemnemente su fe en «Jesucristo Hijo de Dios, nacido unigénito del Padre, es decir, de la sustancia del Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no hecho, consustancial al Padre, por quien todas las cosas fueron hechas, las que hay en el cielo y las que hay en la tierra, que por nosotros los hombres y por nuestra salvación descendió y se encarnó, se hizo hombre, padeció, y resucitó al tercer día, subió a los cielos, y ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos».28 Siguiendo las enseñanzas de los Padres, también el Concilio de Calcedonia profesó que «uno solo y el mismo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, es él mismo perfecto en divinidad y perfecto en humanidad, Dios verdaderamente, y verdaderamente hombre […], consustancial con el Padre en cuanto a la divinidad, y consustancial con nosotros en cuanto a la humanidad […], engendrado por el Padre antes de los siglos en cuanto a la divinidad, y el mismo, en los últimos días, por nosotros y por nuestra salvación, engendrado de María Virgen, madre de Dios, en cuanto a la humanidad».29

Por esto, el Concilio Vaticano II afirma que Cristo «nuevo Adán», «imagen de Dios invisible» (Col 1,15), «es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado […]. Cordero inocente, con la entrega libérrima de su sangre nos mereció la vida. En Él Dios nos reconcilió consigo y con nosotros y nos liberó de la esclavitud del diablo y del pecado, por lo que cualquiera de nosotros puede decir con el Apóstol: El Hijo de Dios “me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal 2,20)».30

Al respecto Juan Pablo II ha declarado explícitamente: «Es contrario a la fe cristiana introducir cualquier separación entre el Verbo y Jesucristo […]: Jesús es el Verbo encarnado, una sola persona e inseparable […]. Cristo no es sino Jesús de Nazaret, y éste es el Verbo de Dios hecho hombre para la salvación de todos […]. Mientras vamos descubriendo y valorando los dones de todas clases, sobre todo las riquezas espirituales que Dios ha concedido a cada pueblo, no podemos disociarlos de Jesucristo, centro del plan divino de salvación».31

Es también contrario a la fe católica introducir una separación entre la acción salvífica del Logos en cuanto tal, y la del Verbo hecho carne. Con la encarnación, todas las acciones salvíficas del Verbo de Dios, se hacen siempre en unión con la naturaleza humana que él ha asumido para la salvación de todos los hombres. El único sujeto que obra en las dos naturalezas, divina y humana, es la única persona del Verbo.32

Por lo tanto no es compatible con la doctrina de la Iglesia la teoría que atribuye una actividad salvífica al Logos como tal en su divinidad, que se ejercitaría «más allá» de la humanidad de Cristo, también después de la encarnación.33

11. Igualmente, debe ser firmemente creída la doctrina de fe sobre la unicidad de la economía salvífica querida por Dios Uno y Trino, cuya fuente y centro es el misterio de la encarnación del Verbo, mediador de la gracia divina en el plan de la creación y de la redención (cf. Col 1,15-20), recapitulador de todas las cosas (cf. Ef 1,10), «al cual hizo Dios para nosotros sabiduría de origen divino, justicia, santificación y redención» (1 Co 1,30). En efecto, el misterio de Cristo tiene una unidad intrínseca, que se extiende desde la elección eterna en Dios hasta la parusía: «[Dios] nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor» (Ef 1,4); En él «por quien entramos en herencia, elegidos de antemano según el previo designio del que realiza todo conforme a la decisión de su voluntad» (Ef 1,11); «Pues a los que de antemano conoció [el Padre], también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a ésos también los justificó; a los que justificó, a ésos también los glorificó» (Rm 8,29-30).

El Magisterio de la Iglesia, fiel a la revelación divina, reitera que Jesucristo es el mediador y el redentor universal: «El Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, se encarnó para que, Hombre perfecto, salvará a todos y recapitulara todas las cosas. El Señor […] es aquel a quien el Padre resucitó, exaltó y colocó a su derecha, constituyéndolo juez de vivos y de muertos».34 Esta mediación salvífica también implica la unicidad del sacrificio redentor de Cristo, sumo y eterno sacerdote (cf. Eb 6,20; 9,11; 10,12-14).

12. Hay también quien propone la hipótesis de una economía del Espíritu Santo con un carácter más universal que la del Verbo encarnado, crucificado y resucitado. También esta afirmación es contraria a la fe católica, que, en cambio, considera la encarnación salvífica del Verbo como un evento trinitario. En el Nuevo Testamento el misterio de Jesús, Verbo encarnado, constituye el lugar de la presencia del Espíritu Santo y la razón de su efusión a la humanidad, no sólo en los tiempos mesiánicos (cf. Hch 2,32 36; Jn 20,20; 7,39; 1 Co 15,45), sino también antes de su venida en la historia (cf. 1 Co 10,4; 1 Pe 1,10-12).

El Concilio Vaticano II ha llamado la atención de la conciencia de fe de la Iglesia sobre esta verdad fundamental. Cuando expone el plan salvífico del Padre para toda la humanidad, el Concilio conecta estrechamente desde el inicio el misterio de Cristo con el del Espíritu.35 Toda la obra de edificación de la Iglesia a través de los siglos se ve como una realización de Jesucristo Cabeza en comunión con su Espíritu.36

Además, la acción salvífica de Jesucristo, con y por medio de su Espíritu, se extiende más allá de los confines visibles de la Iglesia y alcanza a toda la humanidad. Hablando del misterio pascual, en el cual Cristo asocia vitalmente al creyente a sí mismo en el Espíritu Santo, y le da la esperanza de la resurrección, el Concilio afirma: «Esto vale no solamente para los cristianos, sino también para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible. Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual».37

Queda claro, por lo tanto, el vínculo entre el misterio salvífico del Verbo encarnado y el del Espíritu Santo, que actúa el influjo salvífico del Hijo hecho hombre en la vida de todos los hombres, llamados por Dios a una única meta, ya sea que hayan precedido históricamente al Verbo hecho hombre, o que vivan después de su venida en la historia: de todos ellos es animador el Espíritu del Padre, que el Hijo del hombre dona libremente (cf. Jn 3,34).

Por eso el Magisterio reciente de la Iglesia ha llamado la atención con firmeza y claridad sobre la verdad de una única economía divina: «La presencia y la actividad del Espíritu no afectan únicamente a los individuos, sino también a la sociedad, a la historia, a los pueblos, a las culturas y a las religiones […]. Cristo resucitado obra ya por la virtud de su Espíritu […]. Es también el Espíritu quien esparce “las semillas de la Palabra” presentes en los ritos y culturas, y los prepara para su madurez en Cristo».38 Aun reconociendo la función histórico-salvífica del Espíritu en todo el universo y en la historia de la humanidad,39 sin embargo confirma: «Este Espíritu es el mismo que se ha hecho presente en la encarnación, en la vida, muerte y resurrección de Jesús y que actúa en la Iglesia. No es, por consiguiente, algo alternativo a Cristo, ni viene a llenar una especie de vacío, como a veces se da por hipótesis, que exista entre Cristo y el Logos. Todo lo que el Espíritu obra en los hombres y en la historia de los pueblos, así como en las culturas y religiones, tiene un papel de preparación evangélica, y no puede menos de referirse a Cristo, Verbo encarnado por obra del Espíritu, “para que, hombre perfecto, salvara a todos y recapitulara todas las cosas”».40

En conclusión, la acción del Espíritu no está fuera o al lado de la acción de Cristo. Se trata de una sola economía salvífica de Dios Uno y Trino, realizada en el misterio de la encarnación, muerte y resurrección del Hijo de Dios, llevada a cabo con la cooperación del Espíritu Santo y extendida en su alcance salvífico a toda la humanidad y a todo el universo: «Los hombres, pues, no pueden entrar en comunión con Dios si no es por medio de Cristo y bajo la acción del Espíritu».41

 

III. UNICIDAD Y UNIVERSALIDAD DEL MISTERIO SALVÍFICO DE JESUCRISTO

13. Es también frecuente la tesis que niega la unicidad y la universalidad salvífica del misterio de Jesucristo. Esta posición no tiene ningún fundamento bíblico. En efecto, debe ser firmemente creída, como dato perenne de la fe de la Iglesia, la proclamación de Jesucristo, Hijo de Dios, Señor y único salvador, que en su evento de encarnación, muerte y resurrección ha llevado a cumplimiento la historia de la salvación, que tiene en él su plenitud y su centro.

Los testimonios neotestamentarios lo certifican con claridad: «El Padre envió a su Hijo, como salvador del mundo» (1 Jn 4,14); «He aquí el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). En su discurso ante el sanedrín, Pedro, para justificar la curación del tullido de nacimiento realizada en el nombre de Jesús (cf. Hch 3,1-8), proclama: «Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (Hch 4,12). El mismo apóstol añade además que «Jesucristo es el Señor de todos»; «está constituido por Dios juez de vivos y muertos»; por lo cual «todo el que cree en él alcanza, por su nombre, el perdón de los pecados» (Hch 10,36.42.43).

Pablo, dirigiéndose a la comunidad de Corinto, escribe: «Pues aun cuando se les dé el nombre de dioses, bien en el cielo bien en la tierra, de forma que hay multitud de dioses y de señores, para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos nosotros» (1 Co 8,5-6). También el apóstol Juan afirma: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (Jn 3,16-17). En el Nuevo Testamento, la voluntad salvífica universal de Dios está estrechamente conectada con la única mediación de Cristo: «[Dios] quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad. Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo como rescate por todos» (1 Tm 2,4-6).

Basados en esta conciencia del don de la salvación, único y universal, ofrecido por el Padre por medio de Jesucristo en el Espíritu Santo (cf. Ef 1,3-14), los primeros cristianos se dirigieron a Israel mostrando que el cumplimiento de la salvación iba más allá de la Ley, y afrontaron después al mundo pagano de entonces, que aspiraba a la salvación a través de una pluralidad de dioses salvadores. Este patrimonio de la fe ha sido propuesto una vez más por el Magisterio de la Iglesia: «Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por todos (cf. 2 Co 5,15), da al hombre su luz y su fuerza por el Espíritu Santo a fin de que pueda responder a su máxima vocación y que no ha sido dado bajo el cielo a la humanidad otro nombre en el que sea posible salvarse (cf. Hch 4,12). Igualmente cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se halla en su Señor y Maestro».42

14. Debe ser, por lo tanto, firmemente creída como verdad de fe católica que la voluntad salvífica universal de Dios Uno y Trino es ofrecida y cumplida una vez para siempre en el misterio de la encarnación, muerte y resurrección del Hijo de Dios.

Teniendo en cuenta este dato de fe, y meditando sobre la presencia de otras experiencias religiosas no cristianas y sobre su significado en el plan salvífico de Dios, la teología está hoy invitada a explorar si es posible, y en qué medida, que también figuras y elementos positivos de otras religiones puedan entrar en el plan divino de la salvación. En esta tarea de reflexión la investigación teológica tiene ante sí un extenso campo de trabajo bajo la guía del Magisterio de la Iglesia. El Concilio Vaticano II, en efecto, afirmó que «la única mediación del Redentor no excluye, sino suscita en sus criaturas una múltiple cooperación que participa de la fuente única».43 Se debe profundizar el contenido de esta mediación participada, siempre bajo la norma del principio de la única mediación de Cristo: «Aun cuando no se excluyan mediaciones parciales, de cualquier tipo y orden, éstas sin embargo cobran significado y valor únicamente por la mediación de Cristo y no pueden ser entendidas como paralelas y complementarias».44 No obstante, serían contrarias a la fe cristiana y católica aquellas propuestas de solución que contemplen una acción salvífica de Dios fuera de la única mediación de Cristo.

15. No pocas veces algunos proponen que en teología se eviten términos como «unicidad», «universalidad», «absolutez», cuyo uso daría la impresión de un énfasis excesivo acerca del valor del evento salvífico de Jesucristo con relación a las otras religiones. En realidad, con este lenguaje se expresa simplemente la fidelidad al dato revelado, pues constituye un desarrollo de las fuentes mismas de la fe. Desde el inicio, en efecto, la comunidad de los creyentes ha reconocido que Jesucristo posee una tal valencia salvífica, que Él sólo, como Hijo de Dios hecho hombre, crucificado y resucitado, en virtud de la misión recibida del Padre y en la potencia del Espíritu Santo, tiene el objetivo de donar la revelación (cf. Mt 11,27) y la vida divina (cf. Jn 1,12; 5,25-26; 17,2) a toda la humanidad y a cada hombre.

En este sentido se puede y se debe decir que Jesucristo tiene, para el género humano y su historia, un significado y un valor singular y único, sólo de él propio, exclusivo, universal y absoluto. Jesús es, en efecto, el Verbo de Dios hecho hombre para la salvación de todos. Recogiendo esta conciencia de fe, el Concilio Vaticano II enseña: «El Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, se encarnó para que, Hombre perfecto, salvará a todos y recapitulara todas las cosas. El Señor es el fin de la historia humana, “punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización”, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones. Él es aquel a quien el Padre resucitó, exaltó y colocó a su derecha, constituyéndolo juez de vivos y de muertos».45 «Es precisamente esta singularidad única de Cristo la que le confiere un significado absoluto y universal, por lo cual, mientras está en la historia, es el centro y el fin de la misma: “Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin” (Ap 22,13)».46

 

IV. UNICIDAD Y UNIDAD DE LA IGLESIA

16. El Señor Jesús, único salvador, no estableció una simple comunidad de discípulos, sino que constituyó a la Iglesia como misterio salvífico: Él mismo está en la Iglesia y la Iglesia está en Él (cf. Jn 15,1ss; Ga 3,28; Ef 4,15-16; Hch 9,5); por eso, la plenitud del misterio salvífico de Cristo pertenece también a la Iglesia, inseparablemente unida a su Señor. Jesucristo, en efecto, continúa su presencia y su obra de salvación en la Iglesia y a través de la Iglesia (cf. Col 1,24-27),47 que es su cuerpo (cf. 1 Co 12, 12-13.27; Col 1,18).48 Y así como la cabeza y los miembros de un cuerpo vivo aunque no se identifiquen son inseparables, Cristo y la Iglesia no se pueden confundir pero tampoco separar, y constituyen un único «Cristo total».49 Esta misma inseparabilidad se expresa también en el Nuevo Testamento mediante la analogía de la Iglesia como Esposa de Cristo (cf. 2 Cor 11,2; Ef 5,25-29; Ap 21,2.9).50

Por eso, en conexión con la unicidad y la universalidad de la mediación salvífica de Jesucristo, debe ser firmemente creída como verdad de fe católica la unicidad de la Iglesia por él fundada. Así como hay un solo Cristo, uno solo es su cuerpo, una sola es su Esposa: «una sola Iglesia católica y apostólica».51 Además, las promesas del Señor de no abandonar jamás a su Iglesia (cf. Mt 16,18; 28,20) y de guiarla con su Espíritu (cf. Jn 16,13) implican que, según la fe católica, la unicidad y la unidad, como todo lo que pertenece a la integridad de la Iglesia, nunca faltaran.52

Los fieles están obligados a profesar que existe una continuidad histórica —radicada en la sucesión apostólica—53 entre la Iglesia fundada por Cristo y la Iglesia católica: «Esta es la única Iglesia de Cristo […] que nuestro Salvador confió después de su resurrección a Pedro para que la apacentara (Jn 24,17), confiándole a él y a los demás Apóstoles su difusión y gobierno (cf. Mt 28,18ss.), y la erigió para siempre como «columna y fundamento de la verdad» (1 Tm 3,15). Esta Iglesia, constituida y ordenada en este mundo como una sociedad, subsiste [subsistit in] en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él».54 Con la expresión «subsitit in», el Concilio Vaticano II quiere armonizar dos afirmaciones doctrinales: por un lado que la Iglesia de Cristo, no obstante las divisiones entre los cristianos, sigue existiendo plenamente sólo en la Iglesia católica, y por otro lado que «fuera de su estructura visible pueden encontrarse muchos elementos de santificación y de verdad»,55 ya sea en las Iglesias que en las Comunidades eclesiales separadas de la Iglesia católica.56 Sin embargo, respecto a estas últimas, es necesario afirmar que su eficacia «deriva de la misma plenitud de gracia y verdad que fue confiada a la Iglesia católica».57

17. Existe, por lo tanto, una única Iglesia de Cristo, que subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el Sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él.58 Las Iglesias que no están en perfecta comunión con la Iglesia católica pero se mantienen unidas a ella por medio de vínculos estrechísimos como la sucesión apostólica y la Eucaristía válidamente consagrada, son verdaderas iglesias particulares.59 Por eso, también en estas Iglesias está presente y operante la Iglesia de Cristo, si bien falte la plena comunión con la Iglesia católica al rehusar la doctrina católica del Primado, que por voluntad de Dios posee y ejercita objetivamente sobre toda la Iglesia el Obispo de Roma.60

Por el contrario, las Comunidades eclesiales que no han conservado el Episcopado válido y la genuina e íntegra sustancia del misterio eucarístico,61 no son Iglesia en sentido propio; sin embargo, los bautizados en estas Comunidades, por el Bautismo han sido incorporados a Cristo y, por lo tanto, están en una cierta comunión, si bien imperfecta, con la Iglesia.62 En efecto, el Bautismo en sí tiende al completo desarrollo de la vida en Cristo mediante la íntegra profesión de fe, la Eucaristía y la plena comunión en la Iglesia.63

«Por lo tanto, los fieles no pueden imaginarse la Iglesia de Cristo como la suma —diferenciada y de alguna manera unitaria al mismo tiempo— de las Iglesias y Comunidades eclesiales; ni tienen la facultad de pensar que la Iglesia de Cristo hoy no existe en ningún lugar y que, por lo tanto, deba ser objeto de búsqueda por parte de todas las Iglesias y Comunidades».64 En efecto, «los elementos de esta Iglesia ya dada existen juntos y en plenitud en la Iglesia católica, y sin esta plenitud en las otras Comunidades».65 «Por consiguiente, aunque creamos que las Iglesias y Comunidades separadas tienen sus defectos, no están desprovistas de sentido y de valor en el misterio de la salvación, porque el Espíritu de Cristo no ha rehusado servirse de ellas como medios de salvación, cuya virtud deriva de la misma plenitud de la gracia y de la verdad que se confió a la Iglesia».66

La falta de unidad entre los cristianos es ciertamente una herida para la Iglesia; no en el sentido de quedar privada de su unidad, sino «en cuanto obstáculo para la realización plena de su universalidad en la historia».67

 

V. IGLESIA, REINO DE DIOS Y REINO DE CRISTO

18. La misión de la Iglesia es «anunciar el Reino de Cristo y de Dios, establecerlo en medio de todas las gentes; [la Iglesia] constituye en la tierra el germen y el principio de este Reino».68 Por un lado la Iglesia es «sacramento, esto es, signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano»;69 ella es, por lo tanto, signo e instrumento del Reino: llamada a anunciarlo y a instaurarlo. Por otro lado, la Iglesia es el «pueblo reunido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo»;70 ella es, por lo tanto, el «reino de Cristo, presente ya en el misterio»,71 constituyendo, así, su germen e inicio. El Reino de Dios tiene, en efecto, una dimensión escatológica: Es una realidad presente en el tiempo, pero su definitiva realización llegará con el fin y el cumplimiento de la historia.72

De los textos bíblicos y de los testimonios patrísticos, así como de los documentos del Magisterio de la Iglesia no se deducen significados unívocos para las expresiones Reino de los Cielos, Reino de Dios y Reino de Cristo, ni de la relación de los mismos con la Iglesia, ella misma misterio que no puede ser totalmente encerrado en un concepto humano. Pueden existir, por lo tanto, diversas explicaciones teológicas sobre estos argumentos. Sin embargo, ninguna de estas posibles explicaciones puede negar o vaciar de contenido en modo alguno la íntima conexión entre Cristo, el Reino y la Iglesia. En efecto, «el Reino de Dios que conocemos por la Revelación, no puede ser separado ni de Cristo ni de la Iglesia… Si se separa el Reino de la persona de Jesús, no es éste ya el Reino de Dios revelado por él, y se termina por distorsionar tanto el significado del Reino —que corre el riesgo de transformarse en un objetivo puramente humano e ideológico— como la identidad de Cristo, que no aparece como el Señor, al cual debe someterse todo (cf. 1 Co 15,27); asimismo, el Reino no puede ser separado de la Iglesia. Ciertamente, ésta no es un fin en sí misma, ya que está ordenada al Reino de Dios, del cual es germen, signo e instrumento. Sin embargo, a la vez que se distingue de Cristo y del Reino, está indisolublemente unida a ambos».73

19. Afirmar la relación indivisible que existe entre la Iglesia y el Reino no implica olvidar que el Reino de Dios —si bien considerado en su fase histórica— no se identifica con la Iglesia en su realidad visible y social. En efecto, no se debe excluir «la obra de Cristo y del Espíritu Santo fuera de los confines visibles de la Iglesia».74 Por lo tanto, se debe también tener en cuenta que «el Reino interesa a todos: a las personas, a la sociedad, al mundo entero. Trabajar por el Reino quiere decir reconocer y favorecer el dinamismo divino, que está presente en la historia humana y la transforma. Construir el Reino significa trabajar por la liberación del mal en todas sus formas. En resumen, el Reino de Dios es la manifestación y la realización de su designio de salvación en toda su plenitud».75

Al considerar la relación entre Reino de Dios, Reino de Cristo e Iglesia es necesario, de todas maneras, evitar acentuaciones unilaterales, como en el caso de «determinadas concepciones que intencionadamente ponen el acento sobre el Reino y se presentan como “reinocéntricas”, las cuales dan relieve a la imagen de una Iglesia que no piensa en sí misma, sino que se dedica a testimoniar y servir al Reino. Es una “Iglesia para los demás” —se dice— como “Cristo es el hombre para los demás”… Junto a unos aspectos positivos, estas concepciones manifiestan a menudo otros negativos. Ante todo, dejan en silencio a Cristo: El Reino, del que hablan, se basa en un “teocentrismo”, porque Cristo —dicen— no puede ser comprendido por quien no profesa la fe cristiana, mientras que pueblos, culturas y religiones diversas pueden coincidir en la única realidad divina, cualquiera que sea su nombre. Por el mismo motivo, conceden privilegio al misterio de la creación, que se refleja en la diversidad de culturas y creencias, pero no dicen nada sobre el misterio de la redención. Además el Reino, tal como lo entienden, termina por marginar o menospreciar a la Iglesia, como reacción a un supuesto “eclesiocentrismo” del pasado y porque consideran a la Iglesia misma sólo un signo, por lo demás no exento de ambigüedad».76 Estas tesis son contrarias a la fe católica porque niegan la unicidad de la relación que Cristo y la Iglesia tienen con el Reino de Dios.

 

VI. LA IGLESIA Y LAS RELIGIONES EN RELACIÓN CON LA SALVACIÓN

20. De todo lo que ha sido antes recordado, derivan también algunos puntos necesarios para el curso que debe seguir la reflexión teológica en la profundización de la relación de la Iglesia y de las religiones con la salvación.

Ante todo, debe ser firmemente creído que la «Iglesia peregrinante es necesaria para la salvación, pues Cristo es el único Mediador y el camino de salvación, presente a nosotros en su Cuerpo, que es la Iglesia, y Él, inculcando con palabras concretas la necesidad del bautismo (cf. Mt 16,16; Jn 3,5), confirmó a un tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que los hombres entran por el bautismo como por una puerta».77 Esta doctrina no se contrapone a la voluntad salvífica universal de Dios (cf. 1 Tm 2,4); por lo tanto, «es necesario, pues, mantener unidas estas dos verdades, o sea, la posibilidad real de la salvación en Cristo para todos los hombres y la necesidad de la Iglesia en orden a esta misma salvación».78

La Iglesia es «sacramento universal de salvación»79 porque, siempre unida de modo misterioso y subordinada a Jesucristo el Salvador, su Cabeza, en el diseño de Dios, tiene una relación indispensable con la salvación de cada hombre.80 Para aquellos que no son formal y visiblemente miembros de la Iglesia, «la salvación de Cristo es accesible en virtud de la gracia que, aun teniendo una misteriosa relación con la Iglesia, no les introduce formalmente en ella, sino que los ilumina de manera adecuada en su situación interior y ambiental. Esta gracia proviene de Cristo; es fruto de su sacrificio y es comunicada por el Espíritu Santo».81 Ella está relacionada con la Iglesia, la cual «procede de la misión del Hijo y la misión del Espíritu Santo»,82 según el diseño de Dios Padre.

21. Acerca del modo en el cual la gracia salvífica de Dios, que es donada siempre por medio de Cristo en el Espíritu y tiene una misteriosa relación con la Iglesia, llega a los individuos no cristianos, el Concilio Vaticano II se limitó a afirmar que Dios la dona «por caminos que Él sabe».83 La Teología está tratando de profundizar este argumento, ya que es sin duda útil para el crecimiento de la compresión de los designios salvíficos de Dios y de los caminos de su realización. Sin embargo, de todo lo que hasta ahora ha sido recordado sobre la mediación de Jesucristo y sobre las «relaciones singulares y únicas»84 que la Iglesia tiene con el Reino de Dios entre los hombres —que substancialmente es el Reino de Cristo, salvador universal—, queda claro que sería contrario a la fe católica considerar la Iglesia como un camino de salvación al lado de aquellos constituidos por las otras religiones. Éstas serían complementarias a la Iglesia, o incluso substancialmente equivalentes a ella, aunque en convergencia con ella en pos del Reino escatológico de Dios.

Ciertamente, las diferentes tradiciones religiosas contienen y ofrecen elementos de religiosidad, que proceden de Dios,85 y que forman parte de «todo lo que el Espíritu obra en los hombres y en la historia de los pueblos, así como en las culturas y religiones».86 De hecho algunas oraciones y ritos pueden asumir un papel de preparación evangélica, en cuanto son ocasiones o pedagogías en las cuales los corazones de los hombres son estimulados a abrirse a la acción de Dios.87 A ellas, sin embargo no se les puede atribuir un origen divino ni una eficacia salvífica ex opere operato, que es propia de los sacramentos cristianos.88 Por otro lado, no se puede ignorar que otros ritos no cristianos, en cuanto dependen de supersticiones o de otros errores (cf. 1 Co 10,20-21), constituyen más bien un obstáculo para la salvación.89

22. Con la venida de Jesucristo Salvador, Dios ha establecido la Iglesia para la salvación de todos los hombres (cf. Hch 17,30-31).90 Esta verdad de fe no quita nada al hecho de que la Iglesia considera las religiones del mundo con sincero respeto, pero al mismo tiempo excluye esa mentalidad indiferentista «marcada por un relativismo religioso que termina por pensar que “una religión es tan buena como otra”».91 Si bien es cierto que los no cristianos pueden recibir la gracia divina, también es cierto que objetivamente se hallan en una situación gravemente deficitaria si se compara con la de aquellos que, en la Iglesia, tienen la plenitud de los medios salvíficos.92 Sin embargo es necesario recordar a «los hijos de la Iglesia que su excelsa condición no deben atribuirla a sus propios méritos, sino a una gracia especial de Cristo; y si no responden a ella con el pensamiento, las palabras y las obras, lejos de salvarse, serán juzgados con mayor severidad».93 Se entiende, por lo tanto, que, siguiendo el mandamiento de Señor (cf. Mt 28,19-20) y como exigencia del amor a todos los hombres, la Iglesia «anuncia y tiene la obligación de anunciar constantemente a Cristo, que es «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14, 6), en quien los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa y en quien Dios reconcilió consigo todas las cosas».94

La misión ad gentes, también en el diálogo interreligioso, «conserva íntegra, hoy como siempre, su fuerza y su necesidad».95 «En efecto, «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (1 Tm 2,4). Dios quiere la salvación de todos por el conocimiento de la verdad. La salvación se encuentra en la verdad. Los que obedecen a la moción del Espíritu de verdad están ya en el camino de la salvación; pero la Iglesia, a quien esta verdad ha sido confiada, debe ir al encuentro de los que la buscan para ofrecérsela. Porque cree en el designio universal de salvación, la Iglesia debe ser misionera».96 Por ello el diálogo, no obstante forme parte de la misión evangelizadora, constituye sólo una de las acciones de la Iglesia en su misión ad gentes.97 La paridad, que es presupuesto del diálogo, se refiere a la igualdad de la dignidad personal de las partes, no a los contenidos doctrinales, ni mucho menos a Jesucristo —que es el mismo Dios hecho hombre— comparado con los fundadores de las otras religiones. De hecho, la Iglesia, guiada por la caridad y el respeto de la libertad,98 debe empeñarse primariamente en anunciar a todos los hombres la verdad definitivamente revelada por el Señor, y a proclamar la necesidad de la conversión a Jesucristo y la adhesión a la Iglesia a través del bautismo y los otros sacramentos, para participar plenamente de la comunión con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Por otra parte, la certeza de la voluntad salvífica universal de Dios no disminuye sino aumenta el deber y la urgencia del anuncio de la salvación y la conversión al Señor Jesucristo.

 

CONCLUSIÓN

23. La presente Declaración, reproponiendo y clarificando algunas verdades de fe, ha querido seguir el ejemplo del Apóstol Pablo a los fieles de Corinto: «Os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí» (1 Co 15,3). Frente a propuestas problemáticas o incluso erróneas, la reflexión teológica está llamada a confirmar de nuevo la fe de la Iglesia y a dar razón de su esperanza en modo convincente y eficaz.

Los Padres del Concilio Vaticano II, al tratar el tema de la verdadera religión, han afirmado: «Creemos que esta única religión verdadera subsiste en la Iglesia católica y apostólica, a la cual el Señor Jesús confió la obligación de difundirla a todos los hombres, diciendo a los Apóstoles: “Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado” (Mt 28,19-20). Por su parte todos los hombres están obligados a buscar la verdad, sobre todo en lo referente a Dios y a su Iglesia, y, una vez conocida, a abrazarla y practicarla».99

La revelación de Cristo continuará a ser en la historia la verdadera estrella que orienta a toda la humanidad: 100 «La verdad, que es Cristo, se impone como autoridad universal». 101 El misterio cristiano supera de hecho las barreras del tiempo y del espacio, y realiza la unidad de la familia humana: «Desde lugares y tradiciones diferentes todos están llamados en Cristo a participar en la unidad de la familia de los hijos de Dios […]. Jesús derriba los muros de la división y realiza la unificación de forma original y suprema mediante la participación en su misterio. Esta unidad es tan profunda que la Iglesia puede decir con san Pablo: «Ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios» (Ef 2,19)». 102

El Sumo Pontífice Juan Pablo II, en la Audiencia del día 16 de junio de 2000, concedida al infrascrito Cardenal Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, con ciencia cierta y con su autoridad apostólica, ha ratificado y confirmado esta Declaración decidida en la Sesión Plenaria, y ha ordenado su publicación.

Dado en Roma, en la sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el 6 de agosto de 2000, Fiesta de la Transfiguración del Señor.

 

Joseph Card. Ratzinger

Prefecto

Tarcisio Bertone, S.D.B.

Arzobispo emérito de Vercelli

Secretario

 


Notas

(1) Conc. de Constantinopla I, Symbolum Costantinopolitanum: DS 150.

(2) Cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 1: AAS 83 (1991) 249-340.

(3) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes y Decl. Nostra aetate; cf. también Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi: AAS 68 (1976) 5-76; Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio.

(4) Conc. Ecum. Vat.II, Decl.Nostra aetate, 2.

(5) Pont. Cons. para el Diálogo Interreligioso y la Congr. para la Evangelización de los Pueblos, Instr. Diálogo y anuncio, 29; cf. Conc.Ecum. Vat II, Const. past. Gaudium et spes, 22.

(6) Cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 55.

(7) Cf. Pont.Cons. para el Diálogo Interreligioso y la Congr. para la Evangelización de los Pueblos, Instr. Diálogo y anuncio, 9: AAS 84 (1992) 414-446.

(8) Juan Pablo II,Enc. Fides et ratio, 5: AAS 91 (1999) 5 88.

(9) Conc. Ecum Vat. II, Const. dogm.Dei verbum, 2.

(10) Ibíd., 4.

(11) Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 5.

(12) Juan Pablo II, Enc. Fides et ratio, 14.

(13) Conc. Ecum. de Calcedonia, DS 301. Cf. S. Atanasio de Alejandría, De Incarnatione, 54,3: SC 199,458.

(14) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.Dei verbum, 4

(15) Ibíd., 5.

(16) Ibíd.

(17) 3 Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 144.

(18) Ibíd., 150.

(19) Ibíd., 153.

(20) Ibíd., 178.

(21) Juan Pablo II, Enc. Fides et Ratio, 13.

(22) Cf. ibíd., 31-32.

(23) Conc. Ecum. Vat.II, Decl.Nostra aetae, 2. Cf. también Conc.Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, 9, donde se habla de todo lo bueno presente «en los ritos y en las culturas de los pueblos»; Const. dogm. Lumen gentium, 16, donde se indica todo lo bueno y lo verdadero presente entre los no cristianos, que pueden ser considerados como una preparación a la acogida del Evangelio.

(24) Cf. Conc. de Trento, Decr. de libris sacris et de traditionibus recipiendis: DS 1501; Conc. Ecum. Vat. I, Const. dogm.Dei Filius, cap. 2: DS 3006.

(25) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.Dei verbum, 11.

(26) Ibíd.

(27) Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 55; cf. también 56. Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 53.

(28) Conc. Ecum. de Nicea I, DS 125.

(29) Conc. Ecum de Calcedonia, DS 301.

(30) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Gaudium et spes, 22.

(31) Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 6.

(32) Cf. San León Magno, Tomus ad Flavianum: DS 269.

(33) Cf. San León Magno, Carta «Promisisse me memini» ad Leonem I imp: DS 318: «In tantam unitatem ab ipso conceptu Virginis deitate et humanitate conserta, ut nec sine homine divina, nec sine Dio agerentur humana». Cf. también ibíd.: DS 317.

(34) Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 45. Cf. también Conc. de Trento, Decr. De peccato originali, 3: DS 1513.

(35) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 3-4.

(36) Cf. ibíd., 7.Cf. San Ireneo, el cual afirmaba que en la Iglesia «ha sido depositada la comunión con Cristo, o sea, el Espíritu Santo» (Adversus Haereses III, 24, 1: SC 211, 472).

(37) Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 22.

(38) Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 28.Acerca de «las semillas del Verbo» cf. también San Justino, 2 Apologia, 8,1-2,1-3; 13, 3-6: ed. E. J. Goodspeed, 84; 85; 88-89.

(39) Cf. ibíd., 28-29.

(40) Ibíd., 29.

(41) 3 Ibíd., 5.

(42) Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.Gaudium et spes, 10; cf. San Agustín, cuando afirma que fuera de Cristo, «camino universal de salvación que nunca ha faltado al género humano, nadie ha sido liberado, nadie es liberado, nadie será liberado»: De Civitate Dei 10, 32, 2: CCSL 47, 312.

(43) Conc. Ecum. Vat.II, Const. dogm. Lumen gentium, 62.

(44) Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 5.

(45) Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 45. La necesidad y absoluta singularidad de Cristo en la historia humana está bien expresada por San Ireneo cuando contempla la preeminencia de Jesús como Primogénito: «En los cielos como primogénito del pensamiento del Padre, el Verbo perfecto dirige personalmente todas las cosas y legisla; sobre la tierra como primogénito de la Virgen, hombre justo y santo, siervo de Dios, bueno, aceptable a Dios, perfecto en todo; finalmente salvando de los infiernos a todos aquellos que lo siguen, como primogénito de los muertos es cabeza y fuente de la vida divina» (Demostratio, 39: SC 406, 138).

(46) Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 6.

(47) Cf. Conc. Ecum. Vat.II, Const. dogm. Lumen gentium, 14.

(48) Cf. ibíd., 7.

(49) Cf. San Agustín, Enarrat.In Psalmos, Ps 90, Sermo 2,1: CCSL 39, 1266; San Gregorio Magno, Moralia in Iob, Praefatio, 6, 14: PL 75, 525; Santo Tomás de Aquino, Summa Theologicae, III, q. 48, a. 2 ad 1.

(50) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.Lumen gentium, 6.

(51) Símbolo de la fe: DS 48.Cf. Bonifacio VIII, Bula Unam Sanctam: DS 870-872; Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 8.

(52) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, 4; Juan Pablo II, Enc. Ut unum sint, 11: AAS 87 (1995) 921-982.

(53) 3 Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 20; cf. también San Ireneo, Adversus Haereses, III, 3, 1-3: SC 211, 20-44; San Cipriano, Epist. 33, 1: CCSL 3B, 164-165; San Agustín, Contra advers. legis et prophet., 1, 20, 39: CCSL 49, 70.

(54) Conc. Ecum Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 8.

(55) Ibíd., Cf. Juan Pablo II, Enc. Ut unum sint, 13. Cf. también Conc.Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 15, y Decr.Unitatis redintegratio, 3.

(56) Es, por lo tanto, contraria al significado auténtico del texto conciliar la interpretación de quienes deducen de la fórmula subsistit in la tesis según la cual la única Iglesia de Cristo podría también subsistir en otras iglesias cristianas. «El Concilio había escogido la palabra “subsistit” precisamente para aclarar que existe una sola “subsistencia” de la verdadera Iglesia, mientras que fuera de su estructura visible existen sólo “elementa Ecclesiae”, los cuales —siendo elementos de la misma Iglesia— tienden y conducen a la Iglesia católica» (Congr. para la Doctrina de la Fe, Notificación sobre el volumen «Iglesia: carisma y poder» del P. Leonardo Boff, 11-III-1985: AAS 77 (1985) 756-762).

(57) Cf. Conc. Ecum. Vat.II, Decr. Unitatis redintegratio, 3.

(58) Cf. Congr. para la Doctrina de la Fe, Decl. Mysterium ecclesiae, n. 1: AAS 65 (1973) 396-408.

(59) Cf. Conc. Ecum. Vat.II, Decr. Unitatis redintegratio, 14 y 15; Congr. para Doctrina de la Fe, Carta Communionis notio, 17 AAS 85 (1993) 838-850.

(60) Cf. Conc. Ecum Vat. I, Const. Pastor aeternus: DS 3053-3064; Conc. Ecum. Vat. II, Const dogm. Lumen gentium, 22.

(61) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr.Unitatis redintegratio, 22.

(62) Cf. ibíd., 3.

(63) Cf. ibíd., 22.

(64) Congr. para la Doctrina de la Fe, Decl. Mysterium ecclesiae, 1.

(65) Juan Pablo II, Enc. Ut unum sint, 14.

(66) Conc. Ecum. Vat. II, Decr.Unitatis redintegratio, 3.

(67) Congr. para la Doctrina de la Fe, Carta Communionis notio, 17.Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, n. 4.

(68) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 5.

(69) 3 Ibíd., 1.

(70) 3 Ibíd., 4. Cf. San Cipriano, De Dominica oratione 23: CCSL 3A, 105.

(71) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 3.

(72) Cf. ibíd., 9. Cf. También la oración dirigida a Dios, que se encuentra en la Didaché 9, 4: SC 248, 176: «Se reúna tu Iglesia desde los confines de la tierra en tu reino», e ibíd., 10, 5: SC 248, 180: «Acuérdate, Señor, de tu Iglesia… y, santificada, reúnela desde los cuatro vientos en tu reino que para ella has preparado».

(73) Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 18; cf. Exhort. ap. Ecclesia in Asia, 6-XI-1999, 17: L’Osservatore Romano, 7-XI-1999. El Reino es tan inseparable de Cristo que, en cierta forma, se identifica con él (cf. Orígenes, In Mt. Hom., 14, 7: PG 13, 1197; Tertuliano, Adversus Marcionem, IV, 33, 8: CCSL 1, 634.

(74) Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 18.

(75) Ibíd., 15.

(76) Ibíd., 17.

(77) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 14. Cf. Decr. Ad gentes, 7; Decr. Unitatis redintegratio, 3.

(78) Juan Pablo II,Enc. Redemptoris missio, 9. Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 846 847.

(79) 3 Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm., Lumen gentium, 48.

(80) Cf. San Cipriano, De catholicae ecclesiae unitate, 6: CCSL 3, 253-254; San Ireneo, Adversus Haereses, III, 24, 1: SC 211, 472-474.

(81) Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 10.

(82) Conc. Ecum. Vat. II, Decr.Ad gentes, 2. La conocida fórmula extra Ecclesiam nullus omnino salvatur debe ser interpretada en el sentido aquí explicado (cf. Conc.Ecum. Lateranense IV, Cap. 1. De fide catholica: DS 802). Cf. también la Carta del Santo Oficio al Arzobispo de Boston: DS 3866-3872.

(83) Conc. Ecum. Vat.II, Decr. Ad gentes, 7.

(84) 3 Juan Pablo II, Enc.Redemptoris missio, 18.

(85) Son las semillas del Verbo divino (semina Verbi), que la Iglesia reconoce con gozo y respeto (cf. Conc.Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, 11, Decl. Nostra aetate, 2).

(86) Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 29.

(87) Cf. Ibíd.; Catecismo de la Iglesia Católica, 843.

(88) Cf. Conc. de Trento, Decr. De sacramentis, can. 8 de sacramentis in genere: DS 1608.

(89) Cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 55.

(90) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 17; Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 11.

(91) Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 36.

(92) Cf. Pío XII, Enc. Myisticis corporis, DS 3821.

(93) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 14.

(94) Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Nostra aetate, 2.

(95) Conc.Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, 7.

(96) Catecismo de la Iglesia Católica, 851; cf. también, 849-856.

(97) Cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 55; Exhort. ap. Ecclesia in Asia, 31, 6-XI-1999.

(98) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Dignitatis humanae, 1.

(99) Ibíd.

(100) Cf. Juan Pablo II, Enc. Fides et ratio, 15.

(101) Ibid., 92.

(102) Ibíd., 70.

 


CARD. RATZINGER: SI TODO ES RELATIVO, EL CRISTIANISMO NO TIENE SENTIDO

 Presentada la Declaración sobre el carácter único de la salvación de Jesús

 

CIUDAD DEL VATICANO, 5 septiembre (ZENIT.org).- Si todo es relativo, entonces no sólo el cristianismo, sino incluso todas las religiones, no son más que disquisiciones teóricas inútiles. Esta es la conclusión a la que llegó el cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, al presentar esta mañana a la prensa la declaración «Dominus Iesus», redactada por el organismo vaticano que dirige, en la que además, se relanza el diálogo ecuménico y entre las religiones sin ambigüedades.

 

 Las religiones no son equiparables

«En el vivaz debate contemporáneo sobre la relación entre el cristianismo y las demás religiones —aclaró el cardenal alemán—, se abre camino la idea de que todas las religiones son para sus seguidores caminos de salvación igualmente válidos. Se trata de una persuasión difundida hoy día no sólo en ambientes teológicos, sino también en sectores cada vez más amplios de la opinión pública católica y no católica, especialmente en los más influenciados por la orientación cultural que prevalece hoy en Occidente y que se puede definir —sin temor de ser desmentidos— con una palabra: relativismo».

 

 Ahora bien, si todo es relativo, si todas las religiones son equiparables, la consecuencia, según constató el cardenal es lógica: «El rechazo a identificar la figura histórica de Jesús de Nazaret con la realidad misma de Dios, del Dios vivo».

 Falsa tolerancia

 Ratzinger, de 73 años, consideró que la filosofía relativista lleva, en última instancia, a la eliminación de la concepción cristiana de Cristo y de la Iglesia. En efecto, una falsa idea de tolerancia lleva «a marginar a quien se obstina en la defensa de la identidad cristiana y en su pretensión de difundir la verdad universal y salvífica de Jesucristo».

 

 «Esta falsa idea de tolerancia está ligada a la pérdida y a la renuncia a la verdad, que hoy día es experimentada por muchos como una cuestión sin relevancia y de segunda categoría», añadió. Esta tolerancia, que todo lo acepta, y que se despreocupa por la verdad, se disfraza, según desenmascaró el purpurado, por la malformación de conceptos como el de democracia, diálogo o encuentro con las culturas.

 

 ¿Religiones relativas?

 Este es el punto débil de la cultura contemporánea: al no existir una búsqueda de la verdad, «la fe ya no se distingue de la superstición, y la experiencia de la ilusión». De este modo, aclaró el cardenal que dirige la Congregación de la Doctrina de la Fe desde hace 19 años, «sin una seria búsqueda de la verdad, el aprecio de las demás religiones se convierte en algo absurdo y contradictorio, pues no existe un criterio para constatar lo que es positivo de una religión, distinguiéndolo de lo que es negativo o fruto de la superstición y el engaño».

 

 Diálogo

 

Por lo que se refiere al diálogo con las demás religiones, el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, teólogo que alcanzó prestigio mundial ya en el Concilio Vaticano II, precisó que la idea, según la cual, las religiones del mundo son complementarias a la revelación cristiana «es errónea». Ahora bien, «todo lo que hay de bueno y verdadero en las religiones no debe perderse, es más, debe ser reconocido y valorado. El bien y la verdad, allá donde se encuentre, proviene del Padre y es obra del Espíritu; las semillas del Logos están esparcidas por doquier. Pero no se pueden cerrar los ojos ante los errores y engaños que también están presentes en las religiones».

 

 Por último, concluyó el cardenal Ratzinger, «la estima y el respeto por las religiones del mundo, así como por las culturas que han ofrecido un enriquecimiento objetivo a la promoción de la dignidad del hombre y al desarrollo de la civilización, no disminuye el carácter único y original de la revelación de Jesucristo y no limita ni mucho menos la tarea misionera de la Iglesia».

 

 Magisterio de la Iglesia

Monseñor Tarcisio Bertone, secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, aclaró en la rueda de prensa que cuando el Vaticano publica una «declaración» «no está enseñando nuevas doctrinas, sino que más bien reafirma y resume la doctrina de la fe católica definida o enseñada en documentos precedentes del Magisterio de la Iglesia, indicando su recta interpretación, ante errores o ambigüedades doctrinales difundidos en el ambiente teológico y eclesial de hoy».

 

 Por lo que se refiere a la autoridad de la declaración, monseñor Bertone explicó que «al tratarse de un documento doctrinal de la Congregación para la Doctrina de la Fe, expresamente aprobado por el sumo pontífice, forma parte del magisterio universal. Por este motivo, aunque no es un acto propio del magisterio del sumo pontífice, refleja sin embargo su pensamiento, pues ha sido aprobado y confirmado explícitamente por el Papa, e indica también su voluntad de que su contenido sea considerado por toda la Iglesia, pues él mismo ha ordenado su publicación».

 «Por tanto —concluyó—, a los fieles se les pide su asentimiento de carácter definitivo e irrevocable».

 

 LOS CREYENTES EN LAS DEMAS RELIGIONES, ¿SE SALVAN?

 Responde el cardenal Joseph Ratzinger

 

 CIUDAD DEL VATICANO, 5 septiembre (ZENIT.org).- «¿Cómo es posible explicar a un judío o a un luterano el carácter único de Cristo y de la Iglesia católica». Esta fue la pregunta que planteó un periodista al cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en la rueda de prensa de presentación de la declaración «Dominus Iesus», sobre el carácter único y universal de la salvación de Cristo y de la Iglesia.

 

 Al referirse a un judío creyente, el cardenal Ratzinger aclaró que «estamos de acuerdo en que un judío —y esto sirve para los creyentes de las demás religiones— no necesita conocer o reconocer a Cristo como Hijo de Dios para salvarse, si para ello existen impedimentos insuperables de los que no tiene culpa. Ahora bien, el hecho de que el hijo de Dios haya entrado en la historia, se haya hecho parte de la historia y esté presente como realidad en la historia, afecta a todos».

 

 «Me parece importante explicar —añadió— que Cristo no huyó al cielo, sino que se ha quedado en la historia». Por este motivo, «podemos decir que la presencia escondida y real de Cristo en la historia nos afecta a todos. Incluso para aquellos que se oponen o no pueden encontrarse con Cristo esto constituye una realidad que transforma la historia. Es algo importante para los demás, sin violar su conciencia».

 

 Al hablar del carácter universal de la salvación de la Iglesia con un luterano, el cardenal Ratzinger precisaría que «todos reconocemos objetivamente que la Iglesia debería ser una, y todos deberíamos desear el volver a encontrarnos en una Iglesia católica renovada en el camino hacia el futuro. Pero esta necesidad objetiva tiene que ser distinguida del estado de conciencia de las personas que aprenden su fe en su comunidad y que en ella se nutren de la palabra de Dios». Este estado de conciencia a algunos cristianos les impide comprender la importancia y necesidad de la unicidad y la unidad de la Iglesia.

 

 SANTA SEDE: LAS RELIGIONES NO PUEDEN EQUIPARARSE ENTRE SI

 Declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe

 

 CIUDAD DEL VATICANO, 5 septiembre (ZENIT.org).- En el agitado debate contemporáneo sobre la relación entre cristianismo y otras religiones, no faltan entre los teólogos católicos quienes afirman que las religiones son caminos igualmente válidos de salvación. En este contexto, la Congregación para la doctrina de la fe, cuyo prefecto es el cardenal Joseph Ratzinger, publica hoy la declaración «Dominus Iesus» sobre el carácter único y universal de la salvación en Cristo y la Iglesia.

 

 El documento, afronta particularmente las teorías relativistas que niegan o consideran superables algunas verdades fundamentales de la fe católica acerca el carácter definitivo y completo de la revelación de Jesús, el carácter inspirado de los libros de la Sagrada Escritura, la unidad y universalidad salvífica del misterio de la encarnación, pasión y muerte de Cristo y la mediación salvífica universal de la Iglesia.

 

 Estas teorías se fundan sobre algunos presupuestos de naturaleza filosófica y teológica bastante difundidos. Entre estos, la declaración señala, por ejemplo, la convicción de la imposibilidad de comprender la verdad divina —ni siquiera por parte de la revelación cristiana—; la actitud relativista con relación a la verdad, por la cual, aquello que es verdad para algunos no lo es para otros; la contraposición radical que habría entre la mentalidad lógica occidental y la mentalidad simbólica oriental; el subjetivismo exasperado de quien considera a la razón como única fuente de conocimiento; el vaciamiento metafísico del misterio de la encarnación; el eclecticismo de quien, en la investigación teológica, asume ideas derivadas de diferentes contextos filosóficos y religiosos, sin preocuparse de su coherencia y compatibilidad con la verdad cristiana; la tendencia, en fin, a leer e interpretar la Sagrada Escritura fuera de la Tradición y el Magisterio de la Iglesia.

 

 Teniendo en cuenta este debate, la Comisión Teológica Internacional ya había publicado en 1997 un documento, «El Cristianismo y las religiones», que con amplitud de referencias bíblicas y motivaciones teológicas mostraba la falta de fundamento de una teología pluralista de las religiones, afirmando en cambio la unicidad y la universalidad salvífica del misterio de Cristo y de la Iglesia, fuente de toda salvación, dentro y fuera del cristianismo. Sin embargo, dada la enorme y rápida difusión de la mentalidad relativista y pluralista, la Congregación para la Doctrina de la Fe interviene ahora con la presente declaración para reproponer y clarificar algunas verdades de fe.

 

 En concreto, la declaración se articula en seis puntos, que resumen los datos esenciales de la doctrina de la fe católica sobre el significado y el valor salvífico de las otras religiones.

 

 Plenitud y carácter definitivo de la revelación de Jesucristo

 Contra la tesis que sostiene el carácter limitado, incompleto e imperfecto de la revelación de Jesús, la cual sería una complemento de la revelación presente en otras religiones, la declaración reafirma la fe católica acerca la plena y completa revelación en Jesucristo del misterio salvífico de Dios. Siendo Jesús verdadero Dios y verdadero hombre, sus palabras y sus acciones manifiestan en modo total y definitivo la revelación del misterio de Dios, aun cuando la profundidad de tal misterio permanece en si mismo trascendente e inagotable. En consecuencia, aunque las demás religiones en ocasiones reflejan un rayo de aquella Verdad que ilumina a todos los hombre (cf. «Nostra aetate», 2), se afirma nuevamente que la calificación de libros inspirados se reserva solamente a los libros canónicos del Antiguo y el Nuevo Testamento, que, en cuanto inspirados por el Espíritu Santo, tienen a Dios por Autor y enseñan con firmeza, fidelidad y sin error la verdad sobre Dios y la salvación de la humanidad. La declaración enseña además que debe ser firmemente retenida la distinción entre fe teologal, que es la acogida de la verdad revelada por Dios Uno y trino, y la creencia en las otras religiones, que es una experiencia religiosa todavía en búsqueda de la verdad absoluta y carente todavía del asentimiento a Dios que se revela.

 

 El Logos encarnado y el Espíritu Santo en la obra de la salvación

 Contra la tesis de la así llamada doble salvación: la del Verbo eterno, que sería universal y, por lo tanto, válida también fuera de la Iglesia, y aquella del Verbo encarnado, que estaría limitada solamente a los cristianos, la declaración afirma la unicidad de la salvación traída por el único Verbo encarnado, Jesucristo. Su misterio de encarnación, muerte y resurrección es la fuente única y universal de salvación para toda la humanidad. El misterio de Cristo tiene en efecto una intrínseca unidad, que se extiende desde la elección eterna de Dios hasta la parusía. Jesús es el mediador y redentor universal. Por esto, es asimismo errónea la hipótesis de una economía salvífica del Espíritu Santo investida de un carácter más universal de la economía del Verbo encarnado, crucificado y resucitado. El Espíritu Santo es de hecho el Espíritu de Cristo resucitado, y su acción no se pone fuera o al lado de la acción de Cristo. Se trata, en efecto, de una única economía trinitaria, querida por el Padre y realizada en el misterio de Cristo con la cooperación del Espíritu Santo.

Carácter único y universal de la salvación de Jesús

En consecuencia la declaración reafirma el carácter único y universal del misterio de Cristo, que en su evento de encarnación, muerte y resurrección ha llevado a cumplimiento la historia de la salvación, la cual tiene en él su plenitud, su centro y su fuente. Ciertamente, la única mediación de Cristo no excluye mediaciones participadas de distintos tipos y orden; estos, sin embargo, obtienen su significado y su valor únicamente de la mediación de Cristo y no pueden entenderse como paralelas o complementarias. Las propuestas de un obrar salvífico de Dios fuera de la única mediación de Cristo resultan contrarias a la fe católica.

 Unicidad y unidad de la Iglesia

Jesús continúa su presencia y su obra de salvación en la Iglesia y a través de la Iglesia, que es su cuerpo. Así como la cabeza y los miembros de un cuerpo vivo a pesar de no identificarse entre sí son inseparables, Cristo y la Iglesia non pueden confundirse ni tampoco separarse.

 

 Por ello, en conexión con la unicidad y la universalidad de la mediación salvífica de Jesucristo, se debe creer firmemente como verdad de fe católica la unidad de la Iglesia por él fundada. Los fieles están obligados a profesar que existe una continuidad histórica entre la Iglesia fundada por Cristo y la Iglesia Católica. En efecto, la única Iglesia de Cristo «subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él» («Lumen gentium», 8). En relación a la existencia de numerosos elementos de santificación y de verdad fuera de su estructura visible (cf. ibid), o en las Iglesias y Comunidades eclesiales que no están todavía en plena comunión con la Iglesia Católica, es necesario afirmar que su eficacia «deriva de la misma plenitud de gracia y verdad que fue confiada a la Iglesia católica» («Unitatis et redintegratio», 3).

 

 Las Iglesias que no aceptan la doctrina católica del primado del Obispo de Roma permanecen unidas a la Iglesia católica por medio de estrechísimos vínculos, como la sucesión apostólica y la Eucaristía válidamente consagrada. Por eso, también en estas Iglesias está presente y operante la Iglesia de Cristo, si bien falte la plena comunión con la Iglesia católica. Por el contrario, las comunidades eclesiales que no han conservado el episcopado válido y la genuina e íntegra sustancia del misterio eucarístico, no son Iglesia en sentido propio; sin embargo, los bautizados en estas comunidades han sido incorporados por el Bautismo a Cristo y, por lo tanto, están en una cierta comunión, si bien imperfecta, con la Iglesia católica. «Por consiguiente, aunque creamos que las Iglesias y comunidades separadas tienen sus defectos, no están desprovistas de sentido y de valor en el misterio de la salvación, porque el Espíritu de Cristo no ha rehusado servirse de ellas como medios de salvación» («Unitatis redintegratio», 3).

 

 Iglesia, Reino de Dios y Reino de Cristo

La misión de la Iglesia es «anunciar el Reino de Cristo y de Dios, y establecerlo en medio de todas las gentes; [la Iglesia] constituye en la tierra el germen y el principio de este Reino» («Lumen gentium», 5).. Por un lado la Iglesia es «signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano» (ibid, 1), y por lo tanto es signo e instrumento del Reino: llamada a anunciarlo e instaurarlo. Por otro lado, la Iglesia es el «pueblo reunido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» (ibid, 4): ella es así el «reino de Cristo presente ya en el misterio» (ibid, 3), constituyendo de ese modo su germen e inicio. Pueden darse distintas explicaciones teológicas sobre estos temas. Sin embargo, no se puede en ningún modo negar o vaciar de significado la íntima conexión que existe entre Cristo, el Reino y la Iglesia. En efecto, «el Reino de Dios que conocemos por la Revelación, no puede ser separado ni de Cristo ni de la Iglesia» («Redemptoris missio», 18).

 

 El Reino de Dios no se identifica, sin embargo, con la realidad visible y social de la Iglesia. En efecto, no se debe excluir «la obra de Cristo y del Espíritu Santo fuera de los confines visibles de la Iglesia» (ibid). Al considerar las relaciones entre el Reino de Dios, el Reino de Cristo y la Iglesia, se hace necesario evitar acentuaciones unilaterales, como ocurre cuando se habla del Reino de Dios sin mencionar a Cristo, o se privilegia el misterio de la creación callando sobre el misterio de la redención.. En tales casos, se aduce que Cristo no puede ser comprendido por quién no posee la fe cristiana, mientras pueblos, culturas y religiones diversas pueden reencontrarse en la única realidad divina, cualquiera sea su nombre. Así entendido, el Reino termina incluso por marginar y subestimar a la Iglesia. En la práctica se niega la unicidad de la relación que tienen Cristo y la Iglesia con el Reino de Dios.

 

 La Iglesia y las religiones en relación con la salvación

 De cuanto se acaba de recordar, derivan también algunos puntos necesarios e irrenunciables para la profundización teológica de la relación que tienen la Iglesia y las religiones con la salvación. Ante todo, debe ser firmemente creído que la «Iglesia peregrinante es necesaria para la salvación, pues Cristo es el único Mediador y el camino de salvación, presente a nosotros en su Cuerpo, que es la Iglesia» («Lumen gentium», 14). Esta doctrina no se contrapone a la voluntad salvífica universal de Dios; por lo tanto, «es necesario, pues, mantener unidas estas dos verdades, o sea, la posibilidad real de la salvación en Cristo para todos los hombres y la necesidad de la Iglesia en orden a esta misma salvación» («Redemptoris missio», 9). Para aquellos que no son formal y visiblemente miembros de la Iglesia, «la salvación de Cristo es accesible en virtud de la gracia que, aun teniendo una misteriosa relación con la Iglesia, no les introduce formalmente en ella, sino que los ilumina de manera adecuada en su situación interior y ambiental. Esta gracia proviene de Cristo; es fruto de su sacrificio y es comunicada por el Espíritu Santo» (ibid, 10).

 Sobre el modo en que la gracia salvífica de Dios llega a los individuos no cristianos, el Concilio Vaticano II se limitó a afirmar que Dios la dona «por caminos que Él sabe» («Ad gentes», 7). La teología está tratando de profundizar este argumento. Sin embargo, queda claro que sería contrario a la fe católica considerar a la Iglesia como un camino de salvación al lado de aquellos constituidos por las otras religiones.

 

 Ciertamente, las diferentes tradiciones religiosas contienen y ofrecen elementos de religiosidad, que forman parte de «todo lo que el Espíritu obra en los hombres y en la historia de los pueblos, así como en las culturas y religiones» («Redemptoris missio», 29). A ellas, sin embargo, no se les puede atribuir un origen divino ni una eficacia salvífica ex opere operato, que es propia de los sacramentos cristianos. Por otro lado, no se puede ignorar que otros ritos no cristianos, en cuanto dependen de supersticiones o de otros errores (cf. 1 Co 10, 20-21), constituyen más bien un obstáculo para la salvación.

 

 Con la venida de Jesucristo Salvador, Dios ha establecido a la Iglesia para la salvación de todos los hombres. Esta verdad de fe no quita nada al hecho de que la Iglesia considera las religiones del mundo con sincero respeto, pero al mismo tiempo excluye esa mentalidad indiferentista «marcada por un relativismo religioso que termina por pensar que “una religión es tan buena como otra”» («Redemptoris missio», 36). Como exigencia del amor a todos los hombres, la Iglesia «anuncia y tiene la obligación de anunciar constantemente a Cristo, que es “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6), en quien los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa y en quien Dios reconcilió consigo todas las cosas» («Nostra aetate», 2).

 

Conclusión

La presente declaración ha querido reproponer y aclarar algunas verdades de fe frente a propuestas problemáticas o incluso erróneas.

 

 Al tratar el tema de la verdadera religión, los Padres del Concilio Vaticano II han afirmado: «Creemos que esta única religión verdadera subsiste en la Iglesia católica y apostólica, a la cual el Señor Jesús confió la obligación de difundirla a todos los hombres, diciendo a los Apóstoles: “Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado (Mt 28, 19-20).” Por su parte todos los hombres están obligados a buscar la verdad, sobre todo en lo referente a Dios y a su Iglesia, y, una vez conocida, a abrazarla y practicarla» («Dignitatis humanae», 1).

CLARO DOCUMENTO DE LA SANTA SEDE: LAS RELIGIONES MUNDIALES NO SON CAMINOS IGUALES DE SALVACIÓN

 

 VATICANO, 6 Set. 00 (ACI).- La Congregación para la Doctrina de la Fe, con la respectiva aprobación del Papa Juan Pablo II, dio a conocer la declaración “Dominus Iesus” —“El Señor Jesús”— sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia, en la que se explica claramente por qué la revelación cristiana no es equivalente a las demás religiones ni puede ser complementada por ellas.

 

 El documento, de 36 páginas, ha sido publicado en inglés, francés, alemán, español, portugués, italiano, polaco y latín; y está firmado por el Cardenal Joseph Ratzinger y el Arzobispo Tarcisio Bertone, S.D.B., respectivamente prefecto y secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe. “El Señor Jesús” consta de una introducción, seis capítulos y una conclusión.

 

 El documento señala en la introducción que “en el agitado debate contemporáneo sobre la relación entre Cristianismo y otras religiones, no faltan entre los teólogos católicos quienes afirman que las religiones son caminos igualmente válidos de salvación”.

 

 “Estas teorías —explica— se fundan sobre algunos presupuestos de naturaleza filosófica y teológica bastante difundidos. Entre estos, la Declaración señala, por ejemplo, la convicción de la inaferrabilidad y la inefabilidad de la verdad divina, ni siquiera por parte de la revelación cristiana; la actitud relativista con relación a la verdad, por la cual, aquello que es verdad para algunos no lo es para otros; la contraposición radical que habría entre la mentalidad lógica occidental y la mentalidad simbólica oriental; el subjetivismo exasperado de quien considera a la razón como única fuente de conocimiento; el vaciamiento metafísico del evento del misterio de la Encarnación; el eclecticismo de quien, en la investigación teológica, asume ideas derivadas de diferentes contextos filosóficos y religiosos, sin preocuparse de su coherencia, conexión sistemática y compatibilidad con la verdad cristiana; la tendencia, en fin, a leer e interpretar la Sagrada Escritura fuera de la Tradición y el Magisterio de la Iglesia”.

 

El texto recuerda que la Comisión Teológica Internacional ya había publicado en 1997 un documento titulado “El Cristianismo y las religiones”, que “mostraba la falta de fundamento de una teología pluralista de las religiones, afirmando en cambio la unicidad y la universalidad salvífica del misterio de Cristo y de la Iglesia, fuente de toda salvación, dentro y fuera del cristianismo”.

 

 “Sin embargo, dada la enorme y rápida difusión de la mentalidad relativista y pluralista, la Congregación para la Doctrina de la Fe interviene ahora con la presente Declaración para volver a proponer y clarificar algunas verdades de fe”.

 

 “En concreto, la Declaración se articula en seis puntos, que resumen los datos esenciales de la doctrina de la fe católica sobre el significado y el valor salvífico de las otras religiones”.

 

 El Señor Jesús es el único salvador

 

El primer capítulo, titulado “Plenitud y definitividad de la revelación de Jesucristo”, señala que “contra la tesis que sostiene el carácter limitado, incompleto e imperfecto de la revelación de Jesús” la Declaración “reafirma la fe católica acerca de la plena y completa revelación en Jesucristo del misterio salvífico de Dios”.

 

En consecuencia, no obstante admitir que las otras religiones no raramente reflejan un rayo de aquella Verdad que ilumina a todos los hombre, se afirma nuevamente que la calificación de libros inspirados se reserva solamente a los libros canónicos del Antiguo y el Nuevo Testamento, que, en cuanto inspirados por el Espíritu Santo, tienen a Dios por Autor y enseñan con firmeza, fidelidad y sin error la verdad sobre Dios y la salvación de la humanidad .

 

La Declaración señala además que debe ser firmemente retenida la distinción entre fe teologal, que es la acogida de la verdad revelada por Dios Uno y trino, y la creencia en las otras religiones, que es una experiencia religiosa todavía en búsqueda de la verdad absoluta y carente todavía del asentimiento a Dios que se revela.

 

“Contra la tesis de la doble economía salvífica: la del Verbo eterno, que sería universal y por lo tanto válida también fuera de la Iglesia, y aquella del Verbo encarnado, que estaría limitada solamente a los cristianos”, la Declaración afirma la unicidad de la economía salvífica del único Verbo encarnado, Jesucristo, Hijo unigénito del Padre.

 

 “El misterio de Cristo —se explica— tiene en efecto una intrínseca unidad, que se extiende desde la elección eterna de Dios hasta la parusía”. “Jesús es el mediador y redentor universal. Por esto, es asimismo errónea la hipótesis de una economía salvífica del Espíritu Santo investida de un carácter más universal que la economía del Verbo encarnado, crucificado y resucitado. El Espíritu Santo es de hecho el Espíritu de Cristo resucitado, y su acción no se pone fuera o al lado de la acción de Cristo”.

 

 “En consecuencia, la Declaración reafirma la unicidad y la universalidad salvífica del misterio de Cristo”; dice la “Señor Jesús”; y agrega que “ciertamente, la única mediación de Cristo no excluye mediaciones participadas de distintos tipos y orden; estos, sin embargo, obtienen su significado y su valor únicamente de la mediación de Cristo y no pueden entenderse como paralelas o complementarias”.

 

 La Iglesia es el único sacramento de salvación

 

En el cuarto capítulo, titulado “Unicidad y unidad de la Iglesia”, el documento señala que “el Señor Jesús continúa su presencia y su obra de salvación en la Iglesia y a través de la Iglesia, que es su cuerpo”; por ello “se debe creer firmemente como verdad de fe católica la unidad de la Iglesia por él fundada. Los fieles están obligados a profesar que existe una continuidad histórica entre la Iglesia fundada por Cristo y la Iglesia Católica”.

 

“En relación con la ‘existencia de numerosos elementos de santificación y de verdad fuera de su estructura visible’, o en las Iglesias y Comunidades eclesiales que no están todavía en plena comunión con la Iglesia Católica, es necesario afirmar que su eficacia ‘deriva de la misma plenitud de gracia y verdad que fue confiada a la Iglesia católica’”.

 

“Las Iglesias que no aceptan la doctrina católica del Primado del Obispo de Roma permanecen unidas a la Iglesia Católica por medio de estrechísimos vínculos, como la sucesión apostólica y la Eucaristía válidamente consagrada. Por eso, también en estas Iglesias está presente y operante la Iglesia de Cristo, si bien falte la plena comunión con la Iglesia católica”.

 

Por el contrario, se explica, “las Comunidades eclesiales que no han conservado el Episcopado válido y la genuina e íntegra sustancia del misterio eucarístico, no son Iglesia en sentido propio; sin embargo, los bautizados en estas Comunidades han sido incorporados por el Bautismo a Cristo y, por lo tanto, están en una cierta comunión, si bien imperfecta, con la Iglesia católica”.

 

 En el quinto capítulo de “Señor Jesús” explica que “la misión de la Iglesia es ‘anunciar el Reino de Cristo y de Dios, y establecerlo en medio de todas las gentes; [la Iglesia] constituye en la tierra el germen y el principio de este Reino’. Por un lado la Iglesia es ‘signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano’”; por otro lado, “la Iglesia es el ‘pueblo reunido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo’”.

 

“Pueden darse distintas explicaciones teológicas sobre estos temas. Sin embargo, no se puede en ningún modo negar o vaciar de significado la íntima conexión que existe entre Cristo, el Reino y la Iglesia”, explica el documento.

 

“El Reino de Dios no se identifica, sin embargo, con la realidad visible y social de la Iglesia. En efecto, no se debe excluir ‘la obra de Cristo y del Espíritu Santo fuera de los confines visibles de la Iglesia’”; dice el texto; y explica que al considerar las relaciones entre el Reino de Dios, el Reino de Cristo y la Iglesia, “se hace necesario evitar acentuaciones unilaterales, como ocurre cuando se habla del Reino de Dios sin mencionar a Cristo, o se privilegia el misterio de la creación callando sobre el misterio de la redención”. “En tales casos, se aduce que Cristo no puede ser comprendido por quien no posee la fe cristiana, mientras pueblos, culturas y religiones diversas pueden reencontrarse en la única realidad divina, cualquiera sea su nombre”.

 

 Las religiones no son iguales

 

 Al respecto, en el sexto capítulo, se explica que “ante todo, debe ser firmemente creído que la ‘Iglesia peregrinante es necesaria para la salvación, pues Cristo es el único Mediador y el camino de salvación, presente a nosotros en su Cuerpo, que es la Iglesia’. Esta doctrina no se contrapone a la voluntad salvífica universal de Dios; por lo tanto, ‘es necesario, pues, mantener unidas estas dos verdades, o sea, la posibilidad real de la salvación en Cristo para todos los hombres y la necesidad de la Iglesia en orden a esta misma salvación’. Para aquellos que no son formal y visiblemente miembros de la Iglesia, ‘la salvación de Cristo es accesible en virtud de la gracia que, aun teniendo una misteriosa relación con la Iglesia, no les introduce formalmente en ella, sino que los ilumina de manera adecuada en su situación interior y ambiental. Esta gracia proviene de Cristo; es fruto de su sacrificio y es comunicada por el Espíritu Santo’”.

 

El documento reconoce claramente que las diferentes religiones “contienen y ofrecen elementos de religiosidad, que forman parte de ‘todo lo que el Espíritu obra en los hombres y en la historia de los pueblos, así como en las culturas y religiones’. A ellas, sin embargo, no se les puede atribuir un origen divino ni una eficacia salvífica ‘ex opere operato’, que es propia de los sacramentos cristianos”.

 

“Con la venida de Jesucristo Salvador —se explica—, Dios ha establecido la Iglesia para la salvación de todos los hombres. Esta verdad de fe no quita nada al hecho de que la Iglesia considera las religiones del mundo con sincero respeto, pero al mismo tiempo excluye esa mentalidad indiferentista ‘marcada por un relativismo religioso que termina por pensar que una religión es tan buena como otra’”.

 

El documento concluye señalando que al tratar el tema de la verdadera religión, “los Padres del Concilio Vaticano II han afirmado: ‘Creemos que esta única religión verdadera subsiste en la Iglesia católica y apostólica, a la cual el Señor Jesús confió la obligación de difundirla a todos los hombres, diciendo a los Apóstoles: ‘Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado’”.

EL DOCUMENTO RESPONDE AL RELATIVISMO RELIGIOSO EN EL DIÁLOGO ECUMÉNICO, SEÑALA CARDENAL RATZINGER

 

 VATICANO, 6 Set. 00 (ACI).— Al presentar en la Oficina de Prensa de la Santa Sede la declaración “Dominus Iesus” sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia, el Cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe señaló que el documento publicado por el Dicasterio es una necesaria respuesta al relativismo religioso que equipara otras religiones al cristianismo.

 

 En la presentación de “El Señor Jesús” intervinieron el Cardenal Joseph Ratzinger, el Arzobispo Tarcisio Bertone, S.D.B., Mons. Fernando Ocáriz y el P. Angelo Amato, S.D.B., respectivamente prefecto, secretario y consultores de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

 

 Durante su iluminadora presentación, el Cardenal Ratzinger señaló que en el animado debate contemporáneo sobre la relación del Cristianismo y las otras religiones, se difunde cada vez más la idea que todas las religiones son para sus seguidores vías igualmente validas de salvación”.

 

 “Se trata —dijo el Purpurado— de una opinión sumamente difundida non sólo en ambientes teológicos, sino también en sectores cada vez más amplios de la opinión pública católica y no católica, especialmente aquella más influenciada por la orientación cultural hoy prevalente en Occidente, que se puede definir, sin temor a equivocarnos, con la palabra: relativismo”.

 

 El Cardenal se preguntó: ¿Cuál es la consecuencia fundamentalmente de este modo de pensar y sentir en relación el centro y al núcleo de la fe cristiana? Es el sustancial rechazo de la identificación de la singular figura histórica, Jesús de Nazaret, con la realidad misma de Dios, del Dios viviente”. “De esta manera, objetivamente hablando, se introduce la idea errada de que las religiones del mundo son complementarias a la revelación cristiana”, agregó.

 

 En base a tales concepciones, el Cardenal Ratzinger advirtió que actualmente afirmar que exista una verdad universal que se cumple en la figura de Jesucristo y es transmitida por la fe de la Iglesia, “es considerado una especie de fundamentalismo que constituiría un atentado contra el espíritu moderno y representaría una amenaza contra la tolerancia y la libertad”.

 

 El “dogma” del diálogo

 

 “El mismo concepto de diálogo asume un significado radicalmente diverso de aquel utilizado en el Concilio Vaticano II”, dijo el Cardenal Ratzinger; y agregó que “el diálogo, o mejor, la ideología del diálogo, sustituye a la misión y a la urgencia del llamado a la conversión: el diálogo no es más el camino para descubrir la verdad, el proceso a través del cual se desvela al otro la profundidad escondida de aquello que él ha experimentado en su experiencia religiosa, y que espera ser completado y purificado en el encuentro con la revelación definitiva y completa de Dios en Jesucristo”.

 

 “El diálogo en las nuevas concepciones ideológicas, introducidas lamentablemente, al interno del mundo católico y de ciertos ambientes teológicos y culturales, es más bien la esencia del ‘dogma’ relativista y lo opuesto a la ‘conversión’ y a la ‘misión’”, señaló.

 

 Así, la disolución de la cristología y por tanto de la eclesiología “se convierte en la conclusión lógica de tal filosofía relativista, que paradójicamente se encuentra en la base tanto del pensamiento post-metafísico de Occidente como de la teología negativa del Asia”.

 

 El relativismo

 

 “El resultado —dijo el Cardenal— es que la figura de Jesucristo pierde su carácter de unicidad y de universalidad salvífica. El hecho de que el relativismo se presente, como bandera del encuentro con las culturas, como la verdadera filosofía de la humanidad, en grado de garantizar la tolerancia y la democracia, conduce a marginar ulteriormente a quien se empeña en la defensa de la identidad cristiana y en su deseo de difundir la verdad universal y salvífica de Jesucristo”.

 

 “En realidad la crítica a la pretensión de ser absoluta y definitiva la revelación de Jesucristo reivindicada por la fe cristiana, viene acompañada por un falso concepto de tolerancia. El principio de la tolerancia como expresión del respeto a la libertad de conciencia, de pensamiento y de religión, defendido y promovido por el Concilio Vaticano II, y nuevamente propuesto por la Declaración, es una posición ética fundamental, presente en la esencia del Credo cristiano, puesto que se toma en serio la libertad de la decisión de fe”; dijo el Purpurado; pero señaló que “este principio de tolerancia y respeto de la libertad es hoy manipulado e indebidamente sobrepasado, cuando se le extiende a la valoración de los contenidos, como si todos los contenidos de las diversas religiones e incluso de las concepciones arreligiosas de la vida fueran a ser puestas sobre el mismo plano, y no existiese más una verdad objetiva y universal, dado que Dios o el Absoluto se revelaría sobre innumerables nombres, siendo todos verdaderos”.

 

 “Esta falsa idea de tolerancia está unida con la pérdida y la renuncia a la cuestión de la verdad, que de hecho hoy es considerada por muchos como una cuestión irrelevante o de segundo orden. Salta así a la vista la debilidad intelectual de la cultura actual: llegando a faltar la pregunta por la verdad, la esencia de la religión ya no se distingue de su “no esencia”, la fe no se distingue de la superstición, la experiencia de la ilusión. En fin, sin una seria pretensión de verdad, también la valoración de las otras religiones se convierte en un absurdo y una contradicción, dado que no se posee el criterio para constatar aquello que es positivo en una religión, distinguiéndolo de aquello que es negativo o fruto de la superstición y el engaño”, agregó el Cardenal.

 

 El deber de evangelizar

 

 “La estima y el respeto por las religiones del mundo, así como por las culturas que han dado un objetivo enriquecimiento a la promoción de la dignidad del hombre y al desarrollo de la civilización, no disminuye la originalidad y la unicidad de la revelación de Jesucristo y no limita en modo alguno la tarea misional de la Iglesia”, explicó el Cardenal Prefecto, y señaló que “la Iglesia se siente llamada, constitutivamente, a la evangelización de los pueblos”, incluso “en el contexto actual, marcado por la pluralidad de las religiones y las exigencias de libertad de decisión y de pensamiento”.

 

 Para aclarar esta realidad, concluyó el Purpurado, la “Dominus Iesus” desarrolla “una doble tarea: por un lado se presenta como un renovado testimonio autorizado para mostrar al mundo ‘el resplandor del Evangelio de la gloria de Cristo’ (2Cor 4,4); por otro lado, indica como vinculante para todos los fieles la base doctrinal irrenunciable que debe guiar, inspirar y orientar tanto la reflexión teológica como la acción pastoral y misionaria de todas las comunidades católicas esparcidas en el mundo”.

 

 Autoridad doctrinal

 

 Por su parte, Mons. Bertone se refirió extensamente y con firme precisión respecto de la autoridad magisterial del documento. Al respecto, recordó que al estar aprobado expresamente por el Sumo Pontífice, “tiene naturaleza magisterial universal”, derivada “del hecho de que la Congregación para la Doctrina de la Fe es el organismo auxiliar próximo del Romano Pontífice, con el mandato específico y único recibido de Él de promover y tutelar en todo el orbe católico la doctrina de la fe y las costumbres”.

 

 “Si se negase que las decisiones doctrinales de la Congregación, aprobadas expresamente por el Papa, son de naturaleza magisterial universal, se seguiría que tales decisiones tendrían un valor meramente orientado y disciplinar o incluso equivalente al valor de una opinión teológica, por más respetable. Esto, sin embargo, contradice la Tradición eclesial y la voluntad y el mandato del mismo Sumo Pontífice”, señaló el Secretario del Dicasterio.

 

 El Arzobispo explicó además que la fórmula de aprobación empleada por el Pontífice que se encuentra al final del Documento, “es de autoridad especial y elevada: certa scientia et apostólica Sua auctoritate. Esto corresponde a la importancia y esencialidad de los contenidos doctrinales enseñados en la Declaración: se trata de verdades de fe divina y católica (que pertenecen al 1er apartado de la Fórmula de la Profesión de Fe) o de verdades de la doctrina católica a ser creídas firmemente (que pertenecen al 2do apartado de la misma Fórmula). El asentimiento pedido por lo tanto a los fieles es de tipo definitivo e irrevocable”.

 

 Mons. Bertone explicó que “una sencilla, pero necesaria puntualización sobre el grado de autoridad de la Declaración ‘Dominus Iesus’ se impone, especialmente considerando la insistencia con la cual —también recientemente— intervenciones y publicaciones de ciertos teólogos han hecho críticas al Motu proprio del Santo Padre ‘Ad tuendam fidem’ y a la Nota doctrinal ilustrativa de la Formula de la Profesión de fe, publicada por la Congregación para la Doctrina de la Fe en 1998”.

 

 La objeción de tales teólogos pretende establecer una distinción entre la infalibilidad de la enseñanza y la definitividad de la doctrina. Según algunos, la Nota doctrinal de la Congregación sostiene que el Magisterio puede proponer como definitivas doctrinas que no se enseñan infaliblemente. Tales teólogos concluyen que, dado que no son infalibles, esas doctrinas podrían ser consideradas provisorias o revisables y por lo tanto discutibles por parte de los teólogos.

 

 “Esta objeción con la conclusión relativa, son totalmente infundadas e inmotivadas. Si una doctrina es enseñada como definitiva, y por lo tanto irreformable, esto presupone que sea enseñada por el Magisterio con un acto infalible, aunque sea de diversa tipología”, explicó el Arzobispo.

 

 PRIMERAS REACCIONES ANTE PUBLICACIÓN DE DOMINUS IESUS

 

 ROMA, 6 Set. 00 (ACI).- El líder de la Iglesia Anglicana, Cardenal George Carey, y el célebre misionero italiano, Mons. Marcello Zago, fueron los primeros en reaccionar con previsibles críticas y total apoyo respectivamente, a la publicación del documento Dominus Iesus que afirma la unidad y unicidad de la misión de la Iglesia Católica.

 

 El Cardenal Carey, Arzobispo de Canterbury, dijo sentirse ofendido por la parte del documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe que afirma que “las comunidades eclesiales que no han preservado un episcopado válido y genuino y la sustancia del misterio eucarístico no son iglesias en el sentido propio”.

 

 Según el Arzobispo, la Iglesia Anglicana “se considera parte de la una, santa, católica y apostólica Iglesia de Cristo” por lo que esta afirmación no representaría “el entendimiento alcanzado por el diálogo ecuménico durante los últimos 30 años”.

 

 Justamente, la intención del texto Dominus Iesus es contrarrestar el argumento cada vez más popular de que el diálogo ecuménico puede cambiar verdades doctrinales esenciales.

 

 Al mismo tiempo, el Secretario de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, Mons. Marcello Zago, aseguró que el documento responde a una urgente necesidad pastoral.

 

 Mons. Zago, que es recordado por su labor misionera en Laos durante los 70’s, declaró a la agencia informativa Fides que hay una tendencia creciente hacia el relativismo religioso, particularmente en Asia.

 

 Muchos teólogos, indicó, “cuestionan la necesidad de la evangelización y se abstienen de sugerir la conversión desde otra religión”.

 

 El Arzobispo Zago destacó que el hecho de que la Iglesia afirme ofrecer los medios únicos y completos para la salvación ha despertado oposición de algunas religiones asiáticas –particularmente de los hindúes y los musulmanes–. Algunos misioneros cristianos han responden a esa oposición simplificando el contenido de la fe católica y “eso es un error”.

 

 La actividad misionera de la Iglesia exige convertir a toda la gente a la verdadera fe, concluyó el Arzobispo Zago.

 

 “Luchando por la justicia y por el hambre son aspectos conectados con nuestra misión. Pero en estos tiempos hay una carencia de ese balance que siempre ubica en el centro de cualquier actividad misionera, la vivencia del Evangelio de Jesucristo y proclamarlo a los demás”, afirmó.

LA S. SEDE RECUERDA QUE LA CLARIDAD AYUDA AL DIALOGO INTERRELIGIOSO

 Habla el obispo y teólogo Francesco Lambiasi

 

 ROMA, 6 septiembre (ZENIT.org).- ¿Por qué ha publicado la Santa Sede la declaración «Dominus Iesus», presentada ayer a la prensa por el cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, en la que se recuerda el carácter único y universal de la salvación en Cristo y su Iglesia?

 

 Monseñor Francesco Lambiasi, obispo de Anagni-Alatri y presidente de la Comisión de los obispos italianos para la doctrina de la fe, ha respondido, en declaraciones al diario «Avvenire», a esta pregunta.

 

 «La declaración llega como anillo al dedo —comenta—, porque mientras el Papa y toda la Iglesia están celebrando un año santo sobre la verdad fundamental del cristianismo, algunos teólogos aquí y allá, en diferentes rincones del mundo, tienden a olvidarlo. Por eso, es justo ser claros y evitar que los fieles se desorienten ante ciertas posiciones».

 

 «En occidente —añade monseñor Lambiasi— vivimos aún más el peligro que deriva del clima cultural dominante, marcado por el relativismo y la indiferencia. Es indudable que en tiempos del “pensamiento débil”, la Iglesia debe recordar que sólo en el nombre de Jesús hay salvación».

 

 Ante los interrogantes de quien considera que estos peligros podrían constituir una piedra en el camino ecuménico, monseñor Lambiasi precisa que no considera que exista esta posibilidad: «Si bien hay algún teólogo que entiende el diálogo entre las religiones como un tratamiento diplomático (como Hans Küng), el documento confirma muy oportunamente que sólo una clara y sólida conciencia de la verdad permite este diálogo. El diálogo implica igualdad de dignidad entre las personas. Pero no igualar los contenidos doctrinales».

 

 Ante las acusaciones de quienes dicen que la declaración implica un paso atrás, monseñor Lambiasi añade: «Una lectura más tranquila del documento permitirá comprender la intención profunda, que no es la de dar un paso atrás en el diálogo ecuménico, sino por el contrario un paso adelante. Basta ver cuántas veces se citan los documentos del Concilio Vaticano II en la declaración. Estoy seguro de que, una vez pasado el momento de las reacciones del primer momento, emergerá con claridad la fidelidad al Concilio».

 

 EXPONENTES DE LAS RELIGIONES ANTE LA DECLARACION «DOMINUS IESUS»

 Critican la teología católica, pero agradecen la claridad

 

 CIUDAD DEL VATICANO, 6 septiembre (ZENIT.org).- Perplejidad, críticas, y reconocimiento de que la Iglesia católica, al declarar su identidad, relanzará el diálogo ecuménico y entre los creyentes de las demás religiones. Estas han sido las reacciones a la declaración «Dominus Iesus», redactada por la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre el carácter único y universal de la salvación en Cristo, que fue presentada ayer a la prensa por el cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de ese organismo vaticano.

 

 Desde Gran Bretaña, mientras la reina Isabel está preparando su visita al Papa, prevista para el próximo 17 de octubre, el arzobispo de Canterbury, George Carey, ha afirmado que: «La idea de que la Iglesia anglicana y otras Iglesias no sean Iglesias en el sentido propio de la palabra parece poner en duda los considerables pasos ecuménicos que se han dado». El documento, añade, no refleja el profundo entendimiento que se ha alcanzado, a través del diálogo ecuménico y la cooperación en los últimos 30 años.

 

 La declaración dice en el número 17: «las Comunidades eclesiales que no han conservado el Episcopado válido y la genuina e íntegra sustancia del misterio eucarístico, no son Iglesia en sentido propio; sin embargo, los bautizados en estas Comunidades, por el Bautismo han sido incorporados a Cristo y, por lo tanto, están en una cierta comunión, si bien imperfecta, con la Iglesia».

 

 El primado católico, monseñor Cormac Murphy-O’Connor ha negado, sin embargo, que el documento pueda afectar negativamente al acercamiento ecuménico y asegura que «el objetivo principal de la declaración vaticana consiste en alertar ante la tendencia a considerar como equivalentes todas las religiones».

 

 El reverendo Manfred Kock, presidente del Consejo de la Iglesia evangélica de Alemania, quien recientemente había hablado de la necesidad de reconocer al Papa como figura simbólica unitaria de la cristiandad, afirmó que el documento «Dominus Iesus» representa «un paso atrás para las relaciones ecuménicas».

 

 Kock ha reconocido al mismo tiempo que «la declaración contiene muchas afirmaciones que las Iglesias reformadas podrían aprobar sin reservas, comenzando por la universalidad salvífica de Cristo»

 

 El patriarcado ortodoxo de Moscú, no ha hecho comentarios, pues quiere estudiar antes el documento. Un portavoz del patriarcado se ha limitado a decir que «católicos y ortodoxos tienen una concepción diferente de la universalidad de la Iglesia y este sigue siendo el meollo de la cuestión».

 

 Para el Islam, el problema se presenta de manera idéntica y opuesta. A la primacía de Cristo se contrapone la primacía de Alá. «Para nosotros —afirma Hamza Piccardo, exponente de los musulmanes italianos— se aplica el versículo del Corán, según el cual se salvará quien crea en Alá y los profetas, uno de los cuales es Jesús»

 

 Amos Luzzatto, presidente de las Comunidades judías de Italia, es conciso: «El cardenal Ratzinger puede hacer todas las acrobacias verbales que quiera, pero en la práctica para los judíos el Nuevo Testamento ni siquiera existe. Además, decir que la única mediación posible para la salvación es Jesucristo, ¿no nos aparta de todo diálogo?».

INTENSIFICAR EL DIALOGO ECUMENICO SOBRE LA BASE DE LA PROPIA IDENTIDAD CATOLICA

 El sentido de la declaración «Dominus Iesus» según el padre Amato

 

 CIUDAD DEL VATICANO, 7 sep (ZENIT.org).- Ha suscitado un vasto eco y un amplio debate en los medios de comunicación el documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe, «Dominus Iesus», presentado el 5 de septiembre pasado en la Sala de Prensa vaticana, acerca del carácter único y universal de la salvación en Jesucristo y la Iglesia. La declaración invita a los cristianos a llevar la luz y la fuerza salvadora del Evangelio a todos los hombres como un ejercicio obligado a los demás, mediante la verdad que salva, una verdad que debe ser siempre propuesta, en la caridad y en el respeto de la libertad.

 

 Entre los presentadores del documento, se encontraba el salesiano padre Angelo Amato, profesor de la Pontificia Universidad Salesiana y consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe, quien en declaraciones a «Radio Vaticano» a profundizado sobre las implicaciones del documento en el diálogo Ecuménico.

 

 —Algunos han afirmado que el documento constituye un freno al diálogo entre los cristianos de las diferentes confesiones.

 

 —Quizá conviene hacer alguna precisión. La «Dominus Iesus» es, ante todo, una declaración y como tal es un documento que no propone nada nuevo. Por tanto el diálogo ecuménico permanece igual en sus elementos de interpretación e incluso de actuación. La «Dominus Iesus» retoma sólo la doctrina católica enseñada en precedentes documentos de la Iglesia. Su finalidad es la de reafirmar doctrinas centrales de la fe católica. Nos preguntamos entonces ¿por qué? ¿Porque hace falta clarificar la identidad católica desde el momento? No hay duda de que hay hipótesis e incluso tesis teológicas erróneas al respecto. En conclusión, no hay una sola frase en este documento que frene el diálogo ecuménico.

 

 —¿Y por lo que se refiere a la relación de los católicos con otras religiones?

 

 —Diría en una palabra que la declaración también en este caso propone a los católicos el reencuentro con su propia identidad. En el diálogo hay que ser conscientes de la propia identidad y la declaración concentra la propia identidad en dos afirmaciones: el carácter único de salvación del misterio de Cristo y su universalidad; y la universalidad salvífica de la Iglesia, como sacramento de salvación. Como se ve, por tanto, no se trata de una novedad: lo único que se hace es recordar a los católicos que, respecto a las otras religiones, nosotros tenemos esta identidad. El diálogo se funda justamente sobre la identidad recíproca: esto no significa falta de respeto por las otras religiones, sino sólo expresar la propia identidad. El diálogo puede luego converger sobre muchos aspectos: sobre la paz, sobre la cooperación, sobre la solidaridad internacional, sobre la armonía entre los pueblos, sobre la ecología, etc.

 

 —A la afirmación de quienes dicen que todas las religiones son vías de salvación ¿qué responde el documento?

 

 —El documento subraya lo que la Sagrada Escritura nos propone desde siempre, es decir que el único mediador entre Dios y la humanidad es nuestro Señor Jesucristo: como dice San Pedro: «En ningún otro hay salvación si no en Jesucristo». Por tanto la Iglesia repropone esta doctrina suya fundamental que ha sido el centro de su anuncio a partir de Pentecostés. La declaración —repito— no dice cosas nuevas, sólo hace luz sobre la identidad católica. Respecto a las otras religiones tenemos una gran disponibilidad, un gran respeto y estamos también muy disponibles al diálogo y de hecho el diálogo se esta realizando; esto, sin embargo, no debe hacernos perder nuestra identidad.

 

 —Desde el Concilio Vaticano II en adelante, se ha desarrollado una postura por parte católica de gran disponibilidad al diálogo. ¿Cómo se debe conducir este a la luz de la declaración «Dominus Iesus»?

 

 —Se debe conducir teniendo presente que la identidad reencontrada es el punto de partida del diálogo. Este es justamente el objetivo del documento: no perder la propia identidad. Por ejemplo, hay teorías que sostienen que la verdad cristiana es un aspecto más entre los múltiples aspectos de la verdad de Dios. En cambio, el cristiano —y en el Evangelio lo encontramos dicho expresamente— debe mantener que Jesucristo es la verdad, la plenitud de la verdad. Sobre esta base debemos conducir el diálogo. Obviamente esto no significa —repito— faltar al respeto a las otras religiones; significa ver en las otras religiones lo que hay de bueno, lo que hay de útil, lo que hay de humano. El cristiano tiene que considerar lo que es religiosamente adecuado de las demás religiones como un don del Espíritu de nuestro Señor Jesucristo. También las otras religiones están por tanto bajo la luz de la gracia del Espíritu de Nuestro Señor Jesucristo.

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