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Democracia: Entrevistas


14 junio 2008
Sección: Sin categoría

Conversación con el Cardenal George Pell


Hacia una democracia con esperanza.

El cardenal George Pell, arzobispo de Sydney, es una figura controvertida en Australia. Pero se ha ganado el respeto de la prensa por su estilo franco y su vigor intelectual. Recientemente publicó un estimulante artículo sobre el futuro de la democracia en la revista "Quadrant".

¿Va a ser el siglo XXI una pelea entre la democracia secular, el cristianismo y el islam para conquistar el corazón de los hombres?

Cardenal Pell: Muy posiblemente. Pero no olvidemos el budismo y el hinduismo. Aunque el Partido del Congreso ha recuperado el poder en la India, el anterior gobierno –del BJP– era extremadamente pro-hindú, y algunos de sus miembros eran nacionalistas radicales. De hecho, en los últimos años hubo cierto número de ataques a cristianos.

La gran incógnita es qué camino tomará China. Es la próxima gran posibilidad misionera. Bajo el comunismo, y especialmente a causa de la Revolución Cultural de Mao, fueron destruidas muchas tradiciones antiguas, especialmente entre la gente educada más joven. Muchos chinos buscan hoy algo más. El cristianismo crece en China, como lo hizo en el Imperio Romano, aunque no solo por los católicos sino también por los protestantes. Por eso no me sorprendería mucho si en los próximos años vemos una significativa expansión del cristianismo en China.

George Bush pretende que Irak sea el modelo de la democracia en Oriente Medio. ¿No es un planteamiento un tanto ingenuo? ¿Es el Islam un terreno demasiado pedregoso para que arraigue la democracia?

Cardenal Pell: Irak es un proyecto arriesgado y seguirá siéndolo durante bastante tiempo. Pero el país con más musulmanes del mundo es Indonesia y es una democracia. Turquía también lo es. La tradición democrática no es demasiado antigua en ninguna sociedad, pero ha sido desconocida entre los musulmanes durante un milenio. No obstante, debería tener alguna oportunidad de instalarse en Irak. Posiblemente el proceso deba ser liderado por la mayoría chií –esperemos que con la adecuada protección para suníes y kurdos– y termine en algún tipo de gobierno federal.

Quizás el islam no sea su mayor preocupación y sí el secularismo de Occidente. ¿Es la democracia secular la democracia pura o tiene también su propia visión del lugar del hombre en el universo?

Cardenal Pell: No hay democracia pura. Cada democracia está al servicio de un conjunto de valores, aunque se diga que solo acepta los derechos humanos. Esto presupone una serie de valores sobre la libertad y la igualdad. Tendemos a dar esto por supuesto, aunque históricamente esa fórmula haya sido muy discutida.

Una forma de democracia secular garantiza que haya espacio para diferentes concepciones éticas competidoras. Pero hay otra, más laicista, que pretende excluir de la vida pública cualquier tipo de consideración religiosa. Eso es a lo que me opongo.

Usted propone una visión diferente de vivir el ideal democrático: el personalismo democrático. ¿En qué consiste?

Cardenal Pell: En gran parte se basa en las ideas del filósofo francés Jacques Maritain; Juan Pablo II lo ha expuesto de forma coherente. La idea estaba ya presente en el corazón de las mejores iniciativas de la Democracia Cristiana, después de la II Guerra Mundial. Konrad Adenauer podría ser descrito con precisión como personalista democrático.

El personalismo democrático se basa en el concepto cristiano de que todas las personas han sido creadas a imagen de Dios y todas tienen los mismos derechos, sean jóvenes o ancianos, enfermos o sanos, etc. La prioridad no es la economía ni la expansión militar sino el bienestar de los individuos. Al contrario que en los regímenes fascistas, comunistas o nazi, el individuo no está subsumido en la colectividad, en la nación, en la raza o en los intereses de la clase trabajadora. Los derechos y deberes humanos son la base para construir entre todos una verdadera comunidad.

¿Esto exige creer en Dios, en el Dios cristiano?

Cardenal Pell: A largo plazo sí, pero no estoy seguro de que exija creer en el Dios cristiano. Hay personas explícitamente laicistas a las que llamo neopaganos. Los paganos del Imperio Romano creían en dioses –caprichosos y medio humanos–, pero al menos creían en que la vida tenía un sentido.

Algunos laicistas agresivos, por otro lado, creen que la vida es un gigantesco flujo cósmico. Estamos aquí por casualidad, no vamos a ningún sitio y nada tiene sentido. Sartre decía que la vida de un borracho solitario tenía tan poco valor como la vida de un gran estadista. Eso es un punto de vista totalmente contrario al cristiano. Esas personas son incapaces de atribuir un gran valor a la vida humana. Dicen que somos la forma más desarrollada de la vida animal. Ese concepto también es distinto al nuestro, porque si tenemos un animal que está sufriendo mucho, lo eliminamos. Algunos neopaganos lo harían: ya se ha visto el entusiasmo que profesan hacia la eutanasia.

Usted ha dicho que "la diferencia entre la democracia secular y el personalismo democrático es la diferencia entre la democracia basada en el miedo y la democracia basada en la esperanza". ¿Podría explicarlo?

Cardenal Pell: Con un laicista militante, en la forma en que lo he descrito, es muy difícil llegar a un acuerdo sobre los principales valores humanos. Algunos –como el filósofo británico John Gray, por ejemplo– evitan incluso hablar de valores. Gray se mueve en la dirección hobbesiana de que la función principal de la sociedad es evitar que las personas se roben o maten entre ellas. La democracia es simplemente un mecanismo para administrar los debates sobre valores, más que para resolverlos. Quienes piensan así es lógico que vean a los demás como extraños. En consecuencia, temen que los demás les hagan daño y dan todos los pasos para protegerse.

Los creyentes no solo creemos en la existencia de Dios, sino en que se preocupa por nosotros y que es bueno. Confiamos en que la creación tiene un sentido y estamos más inclinados a confiar en los demás. Quizás por eso nos angustian menos las crisis ecológicas. Puede que haya datos incuestionables sobre la degradación del planeta, pero aunque sea así, confiamos en la providencia y en la capacidad humana.

Si la democracia en su forma extrema significa secularismo, la evolución demográfica está contra ella. Las estadísticas muestran que los creyentes tienen más hijos. Pienso que se debe a que son más optimistas y a que tienen más esperanza. Hay una correlación clara entre secularismo y pocos o ningún hijo, y fe y más hijos.

¿Necesita la democracia secular ser salvada de sí misma? ¿Tiene el cristianismo alguna función en eso?

Cardenal Pell: Creo que sí. Una democracia secular, amiga de la tradición occidental y de los valores judeocristianos y que deja espacio para ellos, puede decirse que está salvada. Una democracia secular hostil hacia cualquier influencia religiosa fomentará la alienación. Por eso me alegro de que los cristianos de todas las confesiones cooperen para defender los valores cristianos en la vida pública y de que los presenten para lograr la aprobación de la mayoría en nuestras democracias.

http://www.aceprensa.com

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