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Chicas Alegres, La hipocresía más vieja del mundo


19 agosto 2009
Sección: Sin categoría

Elena González-Anta

El “oficio más viejo del mundo”, “chicas alegres”, “mujeres de la vida”, “trabajadoras sexuales” y decenas de denominaciones más serían serias candidatas para el Lexicón. Nada más lejos de la realidad. Bajo estos términos se esconde una de las formas más penosas de esclavitud y violencia como es la prostitución.

Sobre este tema hay dos posiciones totalmente divergentes: Una, de carácter “progresista”, defiende la prostitución como una profesión, pues la entiende “como una consecuencia de la libertad sexual de las personas”. Según esta posición, las prostitutas son trabajadoras sexuales con los mismos derechos que otro trabajador. La segunda posición, de carácter “conservadora”, entiende que la prostitución no es más que una forma cruel de explotar a los seres más indefensos de nuestra sociedad (mujeres sin recursos, niños y adolescentes de países subdesarrollados ….).

También hay otra postura difícil de calificar, pero muy en boga en estos tiempos y no sólo con este tema: la de los que mantienen que la prostitución es algo negativo, no deseado, pero que, al tratarse de una realidad, se debe regular, sobre todo en las cuestiones de higiene y sanitarias y, como no, fiscales. En esta línea se enmarca el Decreto del Gobierno de la Comunidad Autónoma de Cataluña, promulgado durante el pasado año. Este decreto tiene como fin resolver problemas inmediatos y establecer requisitos imprescindibles para el funcionamiento de los prostíbulos. Según sus defensores, para calmar los ánimos, dicen que con dicho Decreto no se pretende promocionar el ejercicio de la prostitución, pues regular también significa combatir (lo que todos sabemos por experiencia que no es cierto) y que a continuación se implantarán paulatinamente medias para promover la reinserción de cuantas mujeres deseen abandonar la prostitución. Lo que yo me pregunto es por qué no empezaron por decretar tales medidas de reinserción, pues aun las estamos esperando. De hecho, las únicas voces en favor del Decreto son de la patronal Asociación de Empresarios de Locales de Alterne (ANELA). Con ello creo que ya está casi todo dicho sobre esta postura.

Pero centrémonos en la posición “progresista”, que considera que la prostitución es una acto de libertad sexual, y desenmascaremos toda la hipocresía que la envuelve. ¿Son las prostitutas chicas que se dedican a este oficio de la misma forma que podrían ganarse la vida ejerciendo otro oficio como el de médico, cocinera o secretaria? La realidad demuestra todo lo contrario. Según datos de las Naciones Unidas y de la Organización Internacional para las migraciones (OIM), unos 4 millones de personas son víctimas de la trata de personas con fines de explotación sexual y que cada año llegan a Europa Occidental 500.000. Según todos los indicadores las cifras van en aumento sobre todo por los flujos que vienen de África, América Latina, Caribe y Asia. No hay que olvidar tampoco el sórdido negocio del turismo sexual, del que son víctimas los habitantes de los países subdesarrollados, donde la pobreza e ignorancia son explotadas por la creciente demanda que de estos servicios se hace en los países desarrollados.

Además de estos datos, se estima que al menos 9 millones de personas son prostituidas, aunque algunos hablan de aproximadamente 40 millones de personas. Hay que tener en cuenta que las cifras son difíciles de determinar con exactitud pues la prostitución se trata de un fenómeno oculto, escondido y rodeado de intereses económicos. En todo caso este “negocio” mueve unos 700.000 millones de dólares anuales, posicionándose como la segunda instancia delictiva más lucrativa, después del tráfico de armas.

Además de la vejación que supone la prostitución en si misma, muchas de sus víctimas son objeto de torturas, violaciones, secuestros y mutilaciones.

Un ejemplo, desgraciadamente entre muchos, es el de Brasil y España. Según un estudio del gobierno brasileño, España es el principal destino de las 75.000 mujeres que abandonan el país para ser prostituidas. El 95% de ellas se encuentran en un régimen de esclavitud según la ONU. La gran mayoría sale con la promesa de trabajar como empleadas domésticas o camareras; viajan con unos 1.000 dólares, para no levantar sospechas y son hospedadas en hoteles hasta que, sin dinero y sin trabajo ceden a las redes de prostitución, donde viven en un círculo de amenazas, violencia y violación de sus derechos básicos como personas, y temen constantemente ser arrestadas porque sus pasaportes han sido confiscados o destruidos por las redes. Muchas de ellas están durante años en condiciones de “servidumbres por deudas”: supuestos contratos, que las obligan a reembolsar gastos enormes por su pasaje antes de ser liberadas, si es que ello ocurre alguna vez.

Ante este panorama podemos realmente hablar de ejercicio libre de una profesión. Además, ¿Quién tiene libertad, la mujer prostituida o el cliente?. Como se dice en mi país “quien paga manda”. Es el cliente y el proxeneta el que manda sobre el cuerpo de la mujer, sobre su vida, sobre su libertad.

Si realmente se quiere proteger a estas mujeres, lo que hay que hacer es -partiendo de la premisa de que la prostitución es un grave atentado contra los derechos humanos-, exigir a los gobiernos de los diferentes estados que se impliquen en la creación y desarrollo de programas integrales de actuación en los que trabajen temas de salud, enriquecimiento personal, formación básica, formación para el empleo, autoestima. En definitiva: que se apueste por la integración social de estas mujeres, ofreciéndoles otras alternativas que no sea la de “trabajadores sexuales”.

La legalización de la prostitución que propugnan los sectores “progresistas”, sólo aportaría cobertura legal a los negocios de explotadores y violadores de los derechos fundamentales de las personas.

Así por ejemplo, todos ustedes recordarán la impresionante cobertura mediática que se hizo sobre la gran medida “progresista” adoptada hace dos años en Holanda y que supuso la legalización de la prostitución. Pues hoy por hoy todos reconocen que ha sido un fracaso, y esa es la conclusión publicada por el Centro de Investigación y Documentación encargado de hacer un balance a los dos años de abolición de la ley que prohibía la prostitución. Según dicho Centro ni las condiciones laborales y sanitarias de las prostitutas han mejorado, ni ha desaparecido el circuito clandestino, sino todo lo contrario. ¡Qué poco han hablado los medios de comunicación sobre esta conclusión! Y yo me pregunto ¿por qué será?.

Como muchas otra veces, Suecia ha sabido aportar al problema de la explotación sexual soluciones más eficaces: partiendo de la base de que entre el cliente y la prostituta hay una desigualdad intrínseca, por aquello que como ya he dicho “quien paga manda”, impone multas a los clientes descubiertos, y por otro lado, penaliza a los proxenetas (los que viven de la prostitutas). En cuanto a las prostitutas, se les ofrecen programas de reinserción laboral y social. Son medidas recientes, pero desde que se han adoptado la prostitución se ha reducido en nada menos que en un 70%.

No nos engañemos. El fin último tiene que ser la erradicación de la prostitución. Las leyes son para regular acciones positivas, y no para dar carta de naturaleza ni perpetuar situaciones de abuso de poder. Tenemos que decir “basta” al mercado del cuerpo humano, pues las personas ni se compran ni se venden. Las personas somos libres y libres llegaremos a ser con el esfuerzo de todos y todas. Sinceramente, espero ver algún día a la opinión pública movilizarse en contra de este fenómeno de violencia, al igual que lo está haciendo por la paz en el tema de Irak. No olvidemos que la guerra y la violencia, tiene muchos matices y de las mismas se alimentan múltiples intereses. La PAZ que tenemos que conquistar se escribe con mayúsculas y nos afecta a todos.

Mujer Nueva, 2003-03-27

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