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Un atentado contra el amor

Tomás Melendo Granados
30 julio 2008
Sección: Sexualidad

Amar es desear la vida. La apertura a los hijos constituye la máxima manifestación de amor conyugal. 

Recuerdo la primera vez que oí hablar en este sentido. Era a un hombre muy de Dios y, por lo mismo, profundísimamente conocedor del corazón y del amor humano: el Beato Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei. Solía él emplear una expresión cargada de enormes resonancias: «cegar las fuentes de la vida.» Y así, por ejemplo, dejó escrito, en perfecta consonancia con cuanto pretendemos expresar: «Cegar las fuentes de la vida es un crimen contra los dones que Dios ha concedido a la humanidad, y una manifestación de que es el egoísmo y no el amor lo que inspira la conducta. Entonces todo se enturbia, porque los cónyuges llegan a contemplarse como cómplices: y se producen disensiones que, continuando en esa línea, son casi siempre insanables.»

 

Evidentemente, no se trataba de una voz aislada. Recogía el sentir común del Magisterio católico de todos los tiempos, particularmente explícito –por la especial importancia concedida al problema– en el momento presente. Atendamos sólo, como botón de muestra, a dos testimonios de excepción: Pablo VI y Juan Pablo II. Toda la Encíclica Humanae vitae, verdadera Carta Magna del Magisterio eclesiástico en lo que concierne a nuestro tema, apunta a subrayar el estrechísimo vinculo que liga el uso ordenado de la sexualidad al crecimiento del amor entre los esposos. Así lo expresa uno de los textos más citados del documento de Pablo VI, el que alude a «la inseparable conexión que Dios ha querido, y que el hombre no debe romper por iniciativa propia, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador. Basta considerar que el efecto más propio del amor auténtico es la unión entre quienes se quieren, por un lado, y, por otro, que el uso de anticonceptivos elimina la posible procreación de las relaciones conyugales, para ver hasta qué punto el empleo de contraceptivos, por impedir la auténtica y completa unión personal, se opone también al desarrollo del amor entre los esposos. Es lo que afirma, categóriamente, Juan Pablo II, en una frase que no dudo en calificar de lapidaria: «La contracepción contradice la verdad del amor conyugal» ¿Cabe expresarlo de forma más neta?

 

La fuerza de los hechos

 

Pero es probable que el ciudadano «adulto» de nuestros días rechace, por insuficientes, los argumentos de autoridad. El hombre contemporáneo pide datos, pruebas y, si es posible, estadísticas. ¿Podemos procurárselos? Pienso que sí. El núcleo de la comprobación «experimental» de cuanto venimos diciendo nos lo ofrece, en Relato de una madre, Victoria Gillick: «A lo largo de los últimos años, escribe,en el tiempo en que más y más parejas han estado usando continuamente la contracepción, el número de divorcios ha crecido como la espuma.» Más adelante, recuerda las palabras de Pablo VI, «cuando advertía que el fácil control de los nacimientos fomentaría la infidelidad matrimonial, el indiferentismo de los hombres y su agresividad sexual». Y agrega: «nos guste o no, ahí está el hecho de que la "infidelidad matrimonial" y "la conducta irracional" son los dos motivos citados con más frecuencia en las causas de divorcio en estos años. En 1986, por ejemplo, casi la mitad de los divorcios fueron concedidos por el primer motivo, con 27.000 maridos adúlteros y 19.000 mujeres adúlteras; mientras que la otra mitad de los divorcios fueron concedidos a 57.000 esposas a causa del comportamiento irracional de los maridos.»

 

«¿No es muy posible –prosigue nuestra autora– que haya alguna relación directa o indirecta entre la contracepción continua y el derrumbamiento del matrimonio? Después de todo, se ha observado un aumento rápido de los conflictos matrimonialesen todos aquellos sitios donde se ha introducido la contracepción a gran escala, aún en los países en los que el divorcio no está legalizado. En un libro excelente y lleno de detalles, publicado en 1985 y titulado La píldora amarga, la Doctora Ellen Grant señala que un estudio de 1974 del Real Colegio de Médicos Generales había encontrado ya que el divorcio era dos veces más frecuente entre las usuarias de la píldora.»

 

Victoría Gillick reconoce que el espectacular aumento de divorcios en las últimas décadas –prueba fehaciente de la actual infelicidad de tantos cónyuges– responde también a causas distintas de la contracepción: una legislación más permisiva respecto a la disolución del vínculo, el descrédito de la institución matrimonial o, incluso, la misma mentalidad consumista, que tiende a desechar «lo usado».Todo ello es evidente. Pero en absoluto disminuye la fuerza de las correlaciones comprobadas que antes anunciábamos, y que podrían resumirse así: a mayor uso de medios anticonceptivos, automático incremento de conflictos, infidelidades, violencia y separaciones. Esos son –repito– hechos, verificables y compulsados. Esto es lo que ha ocurrido, en Occidente, con la difusión de las prácticas anticonceptivas. ¿Tenía necesariamente que suceder?

 

Odio a la vida

 

La gravedad de las costumbres contraceptivas, su inevitable incidencia sobre el amor y la felicidad conyugales, comienzan a ponerse de manifiesto cuando se advierte lo que esas prácticas llevan consigo de odio o –si se prefiere, pues viene a ser lo mismo- de rechazo de la vida.

 

Amor y odio, por tanto. Recogiendo ideas que se remontan al menos hasta Aristóteles, Josef Pieper ha caracterizado al amor, en su naturaleza más íntima, como re-creación, como aprobación o confirmación del ser de lo amado. En efecto, el sentir de la persona realmente enamorada podría resumirse en expresiones como las que siguen: «es maravilloso que existas»; ((yo quiero, con todas las fuerzas de mi alma, que tú existas»; « !Qué alegría que hayas sido creado!».

 

Amar es, por consiguiente, corroborar en el ser, en la existencia; desear, de la manera más radical y eficaz posible, la vida. Por eso la apertura a los hijos constituye la máxima manifestación de amor conyugal. ¿Y la contracepción? En su misma esencia, la contracepción es odio, repudio cardinal, oposición al vivir.

 

Quienes recurren a los métodos anticonceptivos lo hacen, justamente, para evitar que una nueva persona –el hijo «no deseado»– venga a la existencia. Es cierto, como veremos, que el ejercicio anticonceptivo mancilla gravemente la índole sagrada de las relaciones sexuales de los cónyuges. Pero no lo es menos que la ilicitud de la anticoncepción deriva también –y quizá prioritariamente- de su intrínseca oposición a la vida. Desde este punto de vista, la tradición católica, al menos desde el siglo XIII, ha establecido una estricta semejanza entre la contracepción, en cualquiera de sus modos, y el homicidio, la eliminación intencionada de un inocente.

 

Esta similitud se transforma en rigurosa identidad en el cúmulo de procedimientos anticonceptivos que se configuran, realmente, como aborto. En ellos, la voluntad anti-vida propia de toda contracepción se convierte en supresión cabal de una persona ya existente: su gravedad objetiva, por tanto, con independencia de las intenciones y de la imputabilidad real a quienes lo practican, es exactamente la misma que la del homicidio voluntario y premeditado. ¿Y en el caso de los medios anticonceptivos que «previenen» y evitan el surgimiento de un nuevo ser?

 

Distingamos. También ahora, el repudio de la vida que configura intrínsecamente la contracepción resulta equiparable al de la aniquilación de un individuo adulto; lo que pretenden quienes actúan contraceptivamente es que no exista esa persona a laque podrían dar origen determinadas relaciones íntimas; y, desde este punto de vista, la contracepción «preventiva» sigue siendo comparable al homicidio voluntario. Pero, en efecto, el recurso a los contraceptivos de este tipo no suprime una vida ya existente, sino que impide la instauración de una nueva; resulta obvio que, desde esta perspectiva, la situación del homicida es diferente a la de quienes practican la contracepción; pero también está claro que esa diversidad no basta para eliminar la gravísima ilicitud de los métodos anticonceptivos; y, sobre todo, que no es suficiente para desproveerlos de su funesta incidencia sobre el amor entre los cónyuges, que es el aspecto que ahora nos ocupa.

Comentarios
No hay comentarios en “Un atentado contra el amor”
  1. martha jimenez Dijo:

    -me parecio excelente

  2. martha jimenez Dijo:

    -me parecio excelente

  3. martha jimenez Dijo:

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  4. oscar gonzalez Dijo:

    saludos a el papa y me paresiomuy bien

  5. oscar gonzalez Dijo:

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