Encuentra.com
inicio
Contacto RSS

Untitled Document
Untitled Document

Su obra educativa


4 agosto 2008
Sección: Santos recientes

[1] Marcelino Champagnat es la raíz que da vida a la educación marista.  Los tiempos y las circunstancias cambian, pero su espíritu dinámico y su visión siguen vivos en nuestros corazones.  Dios le eligió para llevar esperanza y el mensaje del amor de Jesús a los jóvenes de Francia en su época.  Es también Dios quien nos inspira a hacer lo mismo en los lugares donde vivimos hoy.

UN HOMBRE FIEL A DIOS EN UNA ÉPOCA DE CRISIS

 [2] Durante el tiempo que vivió Marcelino (1789-1840) Europa fue el escenario de una gran agitación cultural, política y económica, de crisis en la sociedad y en la Iglesia.  Ese fue el marco en el que creció y fue educado, el contexto que provocó su respuesta de fundar y llevar adelante el Instituto de los Hermanitos de María, conocidos como los Hermanos Maristas.

 

En su juventud  

Marlhes (1789-1805) 

 [3] Marlhes, el pueblo donde nació Marcelino, era un lugar donde reinaban el atraso y la ignorancia; la mayoría de los adultos y jóvenes eran analfabetos.  Sin embargo, durante su infancia, se respiraban aires de cambio.  Las ideas sobre progreso social y solidaridad que provenían de la Revolución Francesa causaron su impacto incluso en los lugares más apartados.  El padre de Marcelino jugó un importante papel en este movimiento social.

 

[4] Tres personas de la familia contribuyeron particularmente a modelar el carácter de Marcelino.  Su padre, hombre emprendedor, inteligente y trabajador, influyó en la formación de Marcelino como futuro ciudadano.  Su madre y su tía sirvieron de modelos y guías para la afirmación de sus primeros pasos como creyente, su crecimiento en la fe y la oración, y el despertar de su devoción mariana.

 [5] La formación intelectual del joven Marcelino resultó harto laboriosa por la falta de maestros competentes.  De hecho, se negó a volver a la escuela local después de haber sido testigo de la brutalidad de su maestro hacia otro alumno, y se dedicó a trabajar en la granja familiar.  Fue así como, siendo un adolescente casi analfabeto, respondió generosamente a la llamada de Dios que le invitaba a ser sacerdote.  Tuvo que suplir la falta de base en los estudios con un gran sentido común, honda piedad, fortaleza, habilidad práctica y tesón indestructible.

 

Lyon (1813-1816) 

 [6] Transcurridos algunos años en el seminario menor de Verrières (1805-1813) donde su vocación hubo de superar numerosas tentaciones de abandono y desaliento, Marcelino ingresó en el seminario mayor de Lyon.  Allí recibió formación teológica y espiritual de manos de sacerdotes que habían sufrido los avatares de la Revolución Francesa y sus consecuencias.  En aquellos tiempos de agitación, Lyon, histórico bastión de espiritualidad mariana, se convirtió en punto de partida de numerosos proyectos misioneros y apostólicos.

 

[7] Fue en esta tierra cristiana y mariana donde germinó la Sociedad de María, promovida por un grupo de seminaristas, entre ellos Marcelino.  Desde los comienzos, él manifestó su convicción de que la Sociedad debía incluir una rama de Hermanos dedicados a la enseñanza que trabajasen con los niños que se veían privados de educación cristiana en apartadas zonas rurales, porque otros no iban donde ellos.

 

Durante el período fundacional. 

 La Valla (1816-1825) 

 [8] Una vez ordenado sacerdote, el 22 de julio de 1816, Marcelino fue destinado como coadjutor a La Valla.  Pronto le impresionó el aislamiento y la pobreza cultural de esta zona rural de montaña.  Estaba emergiendo una sociedad burguesa, liberal y egoísta, donde los políticos se preocupaban sobre todo de formar una élite de la que pudieran salir los líderes militares, políticos y económicos de la nación.  Incluso en la Iglesia, no se prestaba demasiada atención pastoral a los jóvenes de las aldeas y caseríos.  Además, la enseñanza como profesión estaba tan poco considerada y tan pobremente pagada que sólo atraía candidatos cuya capacidad y preparación dejaban mucho que desear.

 

[9] A finales de octubre de 1816, le llamaron para que acudiera al lecho del joven Jean Baptiste Montagne que, a la edad de 17 años, se moría sin apenas haber oído hablar de Dios.  En los ojos de este muchacho percibió el clamor de millares de jóvenes que, como él, eran víctimas de una trágica pobreza humana y espiritual.  Este hecho le movió a entrar en acción.

 [10] El 2 de enero de 1817, Marcelino reunió a sus dos primeros discípulos.  Pronto le siguieron otros.  La Valla se convirtió así en la cuna de los Hermanos Maristas.  De esta manera comenzaba una maravillosa aventura educativa y espiritual en medio de la pobreza humana, con la confianza puesta en Dios y María.

 [11] Los primeros Hermanos eran jóvenes campesinos, la mayoría entre 15 y 18 años de edad, más habituados a las arduas tareas del campo que a la meditación, la reflexión intelectual y el trabajo con niños y jóvenes.  Se llamaban : Jean Marie Granjon (H. Juan María), Jean Baptiste Audras (H. Luis), Jean Claude Audras (H. Lorenzo), Antoine Couturier (H. Antonio), Barthélemy Badard (H. Bartolomé), Gabriel Rivat (H. Francisco), y Jean Baptiste Furet (H. Juan Bautista).

 [12] Marcelino transmitió a estos muchachos su entusiasmo apostólico y educativo.  Vivió entre ellos, como uno más.  Les enseñó a leer, a escribir y a contar, a rezar y vivir el Evangelio cada día, y a llegar a ser maestros y educadores religiosos.

 [13] Pronto les envió a los caseríos más apartados de la parroquia para que enseñaran a los niños, y a veces también a los adultos, los rudimentos de la religión y las primeras nociones de lectura y escritura.  Entre 1817 y 1824, organizó una escuela primaria en La Valla, y la utilizó simultáneamente como ámbito de formación de educadores, en el que los hermanos jóvenes realizaban sus prácticas de enseñanza.

El Hermitage (1825-1840) 

 [14] En el transcurso de 1824-1825, la pequeña comunidad había aumentado y Marcelino tuvo que construír una casa de formación amplia, en un valle próximo a la ciudad de Saint Chamond.  Le dio el nombre de Nuestra Señora del Hermitage, y esta casa vino a ser para los hermanos, al mismo tiempo, monasterio y centro de formación de educadores.

 

[15] En la medida de las posibilidades y de acuerdo con las exigencias legales, Marcelino ofreció a sus discípulos formación humana y espiritual inicial y continua, prestando especial atención a su perfeccionamiento intelectual y pedagógico.  El Hermitage, por lo tanto, puede ser considerado como el crisol de la pedagogía marista.

 

[16] Con el tiempo llegaría a ser progresivamente el centro de una red de escuelas primarias cada vez más numerosas y mejor organizadas.  La opción que tomaron Marcelino y los Hermanos fue la de reducir todo lo posible la aportación económica de los alumnos, y, consecuentemente, llevar una vida austera.  La primera edición impresa de la Regla de Vida de los Hermanitos de María (1837) organizaba simultáneamente la vida religiosa comunitaria y la vida de trabajo en las escuelas.

 [17] El Hermitage fue también el centro de la actividad misionera de la Congregación, que comenzó en 1836, cuando tres Hermanos fueron enviados a Oceanía con un grupo de Padres Maristas.  El propio Marcelino escribió estas palabras a un obispo que le solicitaba Hermanos: "Todas las diócesis del mundo entran en nuestras miras".

UN EDUCADOR PARA NUESTRO TIEMPO

Un hombre con visión práctica, innovador 

 [18] Desde joven, Marcelino demostró su capacidad de iniciativa y previsión.  Siendo adolescente, deseaba labrarse un porvenir como granjero y se interesó activamente por la crianza y venta de corderos.  Una vez que escuchó la llamada de Dios, trasladó ese entusiasmo y energía a la preparación de su misión como sacerdote.

 

[19] Cercano a la gente de su región, y advirtiendo su desventaja ante un mundo que cambiaba, Marcelino se atrevió a imaginar otras posibilidades más allá de lo que contemplaban los responsables de la Iglesia y los gobernantes de su tiempo.  Su empeño y dinamismo le llevaron a reunir seguidores para fundar una nueva comunidad religiosa a los seis meses de su ordenación.  El origen de este vigor apostólico era su inagotable confianza en Dios y en María. 

 

[20] Fue también realista y práctico.  Con el fin de afianzar la obra de los Hermanos no dudó en actuar como hombre emprendedor, comprando terrenos y casas, construyendo, renovando y ampliando edificios para adecuarlos a la vida y formación de la comunidad religiosa.  Asimismo, fue práctico a la hora de afrontar los problemas, como puede apreciarse, por ejemplo, en sus esfuerzos por lograr el reconocimiento oficial para su Congregación y buscar soluciones para los hermanos jóvenes en edad de ser llamados a filas.

 [21] La clave de su éxito como líder residía en su habilidad para relacionarse y comunicarse con los demás.  Su personalidad y su proyecto atraían a los jóvenes, y tenían el don de extraer de ellos las mejores cualidades para que se convirtieran en embajadores de su obra.  Es más, a través de sus cartas y llamamientos personales a la Iglesia y a las autoridades del gobierno, y mediante la cuidadosa preparación de estatutos y prospectos, presentó, defendió y promovió el proyecto que había recibido de Dios.

 

Educador de niños y jóvenes 

 [22] Marcelino era un educador nato.  En Marlhes, durante sus vacaciones de seminarista, atraía a niños y adultos que venían de lejos para asistir a sus lecciones de catecismo.  Le escuchaban con interés, a veces durante más de dos horas.  En La Valla, el joven coadjutor transformó la parroquia con su sentido de acogida, su sencillez afable y la preparación esmerada del catecismo o los sermones del domingo, uniendo así fe y vida.

 [23] También demostró ser un educador experto de la juventud, como puede apreciarse en su acierto al convertir jóvenes con muy poca formación que aspiraban a ser Hermanos en buenos maestros y educadores religiosos.  Marcelino vivía con ellos, les daba ejemplo y les ayudaba a desarrollarse humana y espiritualmente.  El secreto de su éxito como educador estaba en la gran sencillez con la que se relacionaba con sus jóvenes discípulos y en la enorme confianza que supo depositar en ellos.

 

[24] Con ellos elaboró y perfeccionó un sistema de valores educativos tomando como modelo a María, la sierva de Dios y educadora de Jesús en Nazaret.  De la misma manera, demostró espíritu emprendedor al incorporar a la enseñanza los métodos pedagógicos más efectivos de su tiempo.

 

Formador de jóvenes apóstoles 

 [25] Marcelino manifestaba un interés personal por cada uno de sus jóvenes Hermanos, les guiaba espiritualmente, les animaba a prepararse adecuadamente, y les confiaba responsabilidades apostólicas.  Visitaba sus escuelas y acompañaba a cada Hermano en su misión como maestro y catequista.

 

[26] Inspiró en ellos una espiritualidad apostólica sustentada en la idea de la presencia de un Dios amoroso y fiel, en un compromiso de vida que tenía a María como modelo y Madre, y una actitud fraternal vivida en comunidad.  Les presentaba el amor de Jesús en Belén, la Cruz y el Altar, no sólo como motivo de meditación personal sino como recuerdo de que estaban llamados a manifestar ese mismo amor en la tierra.  El amor que Marcelino sentía por los pobres es un modelo para aquellos que responden al nombre de "Marista".

 [27] Marcelino elaboró un sistema de formación permanente que incluía tanto teoría como experiencia práctica y que se basaba en la comunidad.  Especialmente durante los primeros años, las vacaciones de verano se aprovechaban para mejorar los conocimientos de los Hermanos y sus métodos educativos mediante el trabajo individual y por grupos, exámenes y conferencias.

 

[28] Estableció un sistema similar para la formación de responsables, especialmente los directores de las escuelas, en áreas como la administración, la contabilidad, el ejercicio de la corresponsabilidad, la relación con los otros hermanos, y el trabajo en consejo o en equipo.

NOSOTROS CONTINUAMOS SU PROYECTO EDUCATIVO

 [29] Durante los cincuenta y un años de su vida, Marcelino trabajó, consumiendo sus fuerzas hasta el agotamiento, para afianzar su familia religiosa de educadores.  Vivió la experiencia de la Cruz, con innumerables decepciones, dificultades, y obstáculos, pero mantuvo firme su esperanza y su ideal.  Cuando murió, el 6 de junio de 1840, esta familia contaba con 290 Hermanos distribuidos en 48 escuelas primarias.

 

[30] El Hermano Francisco y los primeros Hermanos continuaron su obra con entusiasmo.  Con un espíritu de fe y celo apostólico similares, sus sucesores la han extendido a los cinco continentes.  Nosotros, como educadores maristas, compartimos y continuamos el sueño de Marcelino de transformar las vidas y la situación de los jóvenes, particularmente los menos favorecidos, ofreciéndoles una educación completa, humana y espiritual, basada en el amor personal por cada uno de ellos.

 


 ( De «Misión educativa marista»,  Instituto Marista.  Roma, 1998 )

Comentarios
2 Comentarios en “Su obra educativa”
  1. Jaime Cereceda Dijo:

    Soy Marista con mucho orgullo, pero especialmente con mucha gratitud a toda la formación humana y espiritual que recibi de los Hermanos Maristas. Así como ellos influyeron un día en mí hoy siguen contribuyendo a la formación de miles de jóvenes, especialmente en Chile en los segmentos de extrema pobreza, entregando mejores oportunidades de vida a niños que casi no las tienen.
    Gran labor gracias al Fundador y Santo, San Marcelino Champagnat.
    Que Dios bendiga la labor de los Hermanos Maristas y les de mas vocaciones para continuar esta labor.

  2. Alcides Fariña Dijo:

    Muchas felicidades a los seguidores de marcelino, vivo a 2 cuadras de un colegio Marista en la ciudad de Caaguazú Paraguay, mis hijos son alumnos de esta institución. Puedo decir con propiedad que es una de las mejores instituciones educatica del pais.




Untitled Document
 

css.php