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Pugna al más alto nivel


4 agosto 2008
Sección: Santos recientes

–Otro hecho extraordinario. –Acoso implacable

Aquellos años que sucedieron a 1924 fueron tiempos de silencio y de prueba para nuestro querido Padre Pío, que acataba con sorprendente y extraordinaria obediencia las órdenes que viniendo de arriba le eran transmitidas por sus superiores. A cada nueva prohibición se limitaba a decir:

–Que se haga la voluntad de Dios.

Poco sabemos de su vida interior en esos años en que no le permitieron escribir a su director espiritual. Sólo podía confiarse a sus hermanos del convento. Esta prodigiosa vida interior del Padre Pío, su vida de oración y de gracias, era totalmente desconocida por la mayoría de sus superiores y demás autoridades romanas.

Otro hecho extraordinario

Fue en estos años cuando se produjo otra extraordinaria bilocación del Padre Pío, y en esta ocasión se hizo defensor de su propia causa. Al cardenal Silj, que estaba presente, le debemos el conocer este hecho. Se habían reunido con el Papa algunos cardenales, que para terminar de una vez con el caso Padre Pío eran partidarios de gravísimas sanciones. En aquel momento se vio entrar a un fraile capuchino, con las manos escondidas dentro de las mangas, un andar doloroso pero decidido, que avanzó directamente hacia el Santo Padre. Sin que nadie pudiera detenerlo, se arrodilló, besó los pies de Su Santidad y con voz suplicante le dijo:

–Santidad, por el bien de la Iglesia, no permitáis eso.

Pidió la bendición, de nuevo besó los pies del Santo Padre y salió como había entrado. Los cardenales allí presentes estaban estupefactos, no podían creer lo que acababan de ver, se interrogaban unos a otros con la mirada, hasta que algunos, reaccionando, salieron a preguntar a los guardias:

–¿Cómo es que habéis dejado pasar a ese fraile capuchino?.

–¿Fraile capuchino? Por aquí no ha entrado ni ha salido nadie.

Los demás guardias afirmaron:

–Es cierto, es cierto, no ha pasado nadie desde que se reunieron Vuestras Eminencias.

Brunatto, el fiel Brunatto, reúne documentos, pruebas de toda clase, escribe cartas para presionar a la Santa Sede y pedir que se digne hacer justicia al Padre Pío. Solicita que se le devuelvan las libertades y al tiempo se investigue a los canónigos que habían apoyado al arzobispo de Manfredonia, e incluso al mismísimo Monseñor Gagliardi.

Poco a poco los calumniadores son descubiertos y destituidos de sus funciones. No faltaron testigos, con pruebas evidentes y numerosas, de antaño y de entonces, acerca de la conducta escandalosa del que era cabeza de la diócesis, quien gracias a sus amistades y a moverse con diligencia se iba manteniendo en su privilegiado lugar, hasta que en octubre de 1929 por fin fue destituido. Se retiró sin pena ni gloria a vivir con su familia, desposeído de sus insignias episcopales.

Acoso implacable

Sin embargo, desenmascarado el principal calumniador, no por eso el Padre Pío va a obtener del Santo Oficio que le sean levantadas todas las limitaciones. Todo sigue igual respecto a nuestro fraile, que no mueve ni un dedo para defenderse, más bien suplica a unos y a otros para que sean perdonados sus acusadores, cosa que él hace de todo corazón.

Brunatto insiste, actúa desesperadamente. Aquellas presiones junto con los sucesivos artículos que aparecían en los periódicos, el río de peregrinos que no cesaba en San Giovanni Rotondo, las continuas cartas que llegaban de todo el mundo, pesaron mucho sobre las decisiones tomadas por el Santo Oficio el 13 de mayo 1931 en reunión plenaria. El 23 de mayo así se le comunicó al ministro general de la Orden.:

«Al Padre Pío se le priva de todas las facultades del ministerio sacerdotal, excepto la de celebrar misa, pero solamente en la capilla interior del monasterio, no en la iglesia pública».

El provincial de Foggia era el encargado de comunicar el decreto al Padre Pío, quien una vez más se limitó a decir:

–Que se haga la voluntad de Dios –y se echó a llorar. No podía celebrar misa en público, ni confesar, ni dirigirse a los fieles, ni darles sus consejos tan acertados, ni exhortarles, ni siquiera verles.

–Dios mío, no podré en tu nombre liberar a las almas de sus culpas.

Se privaba precisamente al Padre Pío de lo más esencial, pues la confesión junto con la celebración de la misa eran el verdadero núcleo de su vocación. No podía escribir ni mantener relación alguna, pero los fieles no conocían la existencia de los decretos del Santo Oficio, así que durante su aislamiento recibía un montón de cartas de todo el mundo solicitando alguna gracia por su intercesión. Todas estas peticiones las tenía presentes en sus solitarias celebraciones eucarísticas, que duraban más de hora y media, e incluso hasta tres horas. Por lo demás, comer y rezar el oficio con sus hermanos era lo único que se le permitía en comunidad.

–Padre, así recluido irá ya por dos años.

–Sí, hermano, sí, dos años llevo de prisionero inocente.

Lo cuenta el padre Raffaele, superior del convento en esos años:

–Mirad, hermanos, se me humedecen los ojos de emoción al ver a tanta gente venida del extranjero. Al no poder ver a nuestro Padre Pío, se conforman y se quedan en la iglesia. ¡Con qué devoción rezan y piden por la liberación de su padre espiritual!

–Y esto, padre, sucede un día, y el siguiente, y el siguiente, por los años que llevamos, cada día, sin fallar.

La voz de Pío XI

Corría el mes de marzo de 1933 cuando inesperadamente un hermano le comenta a otro:

–Hermano, ¡aleluya!, ha llegado a San Giovanni Rotondo Monseñor Passetto desde Roma.

–¿Monseñor Passetto? ¿Y viene de Roma? ¿Qué querrá Su Eminencia de nosotros?

–Dicen que viene por encargo directo de Su Santidad Pío XI. Quiere tener información fidedigna del Padre Pío, sin intermediarios ni tergiversaciones ni exageraciones.

–Ya es hora de que el Santo Padre sepa toda la verdad. Cuando vean con qué humildad acata tantas injusticias, su obediencia, su sencillez, su amor, creo que en Roma van a cambiar de parecer.

Y así fue tras el relato que Monseñor Passetto hizo a raíz de su visita. ¡Y cómo Su Santidad Pío XI cambió de parecer! No esperó mucho. El 14 de julio de 1933, por voluntad expresa del Pontífice, se rehabilita al Padre Pío permitiéndole celebrar misa en público y confesar incluso a religiosos fuera del convento. Pero el Santo Oficio tuvo que añadir unas palabras:

«Sí, pero que quede entre nosotros, sólo se trata a título puramente experimental, y que no olvide que las misas no deben durar más de 35 minutos y todas las demás prescripciones de nuestro decreto que todavía están vigentes».

La noticia se recibió con gran alegría y corrió por toda la comarca. El 16 de julio, día de Nuestra Señora del Carmen, el Padre Pío volvió a celebrar su misa en la iglesia pública del convento, que en aquella ocasión estaba llena a rebosar.

A partir de ese día, año tras año, la situación del Padre Pío irá mejorando, dejando atrás aquellas injustas prescripciones sin que nadie se atreva a hacerlas recordar. Empezará una época feliz de apostolado fecundo que durará casi treinta años. Se multiplicarán los peregrinos, las conversiones, curaciones y gracias. Será en esta época cuando el Padre Pío ponga en marcha sus dos grandes realizaciones: la espiritual, los Grupos de Oración, y su gran obra terrenal, la Casa Sollievo della Sofferenza.

Palabras de S.S. Pío XI a Monseñor Cuccarollo:

–Debéis estar contentos los capuchinos, el Padre Pío ha sido recuperado y más aún –con expresión muy significativa –es la primera vez que el Santo Oficio si rimangia (se traga) sus decretos.

Comentarios
No hay comentarios en “Pugna al más alto nivel”
  1. Oriol Tremoleda Dijo:

    Me alegra saber la intervención del capuchino Mons.Passetto.Con los escolapios no fue tan agradable.

  2. Oriol Tremoleda Dijo:

    Me alegra saber la intervención del capuchino Mons.Passetto.Con los escolapios no fue tan agradable.

  3. Oriol Tremoleda Dijo:

    Me alegra saber la intervención del capuchino Mons.Passetto.Con los escolapios no fue tan agradable.




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