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Hijo Mío… No te aflijas por ninguna cosa


4 agosto 2008
Sección: Santos recientes

San Juan Diego, un indígena cuya humildad fue premiada

Juan Diego (1474 – 1548)

En Juan Diego están representados todos los indígenas que acogieron el Evangelio que comenzaba a predicarse en las tie­rras americanas recién descubiertas y conquistadas. Es la figura más relevante en la histo­ria de la naciente comunidad cristiana indígena. Su nombre está ins­crito de manera imborrable en la gran epopeya de la evangelización de Méxi­co. Su existencia histórica y santidad, que algunos han puesto en duda, sosteniendo que Juan Diego es sólo un símbolo o un mito, están suficientemente probadas[1].

"Águila que habla"

La aldea de Cuautitlán, a unas dos leguas de la populosa Tenochtit­lán, está enclavada en tierras de amplios horizontes, campos resecos de peñas y nopales, que en la época de lluvias se verdean con los retoños de las milpas. Allí, alrededor del año 1474, nació Juan Diego. Su nombre de nacimiento era Cuauhtlatoatzin, que significa águila que habla.

En aquellos caseríos vive una vida pobre, aunque no miserable. Casado con María Lucía, no tuvo hijos. Con el tiempo adoptaron un niño que luego relataría la vida de su padre. Poco después de 1524, cuando llegaron los doce prime­ros misioneros franciscanos a México y empezaron a predicar la fe cristiana, Juan Diego y su esposa, luego de tres años de aprendizaje de la doctrina —la unánime tradición cuenta que fue oyendo predicar a Fray Toribio de Benavente (Motolinía), uno de Los Doce —, las oraciones y liturgia de la fe católica, reciben ambos el Bautismo, posible­mente en la iglesia de Tlatelolco. Durante esos años pasaba innumerables veces por el cerro del Tepeyac, camino obligado desde el pueblo de Tulpetlac donde vivía con su tío Juan Bernardino. Poco después de su Bautismo, murió Lucía.

Promesas de buena madre

Pasaba, pues, Juan Diego junto al cerrillo del Tepeyac, una fría madru­gada del sábado 9 de diciembre de 1531 y oyó en la parte alta del cerri­llo un canto dulce y sonoro; le pareció que era de pajarillos. Alzando la vista vio una nube blanca, resplandeciente y en su contorno un arcoiris que se formaba de los rayos de una gran luz que emergía del fondo de la nube. Cesó el canto de los pájaros. Se acercó y oyó que una voz dulce y delicada que le llamaba por su nombre. Subió la pequeña cuesta y vio a una hermosí­sima joven que le decía que se acercase. Su ropa brillaba notablemente. Le habló en el idioma mexicano de aquél entonces:

—Hijito, mío, Juan Diego, a quien amo tiernamente como a un pequeño y delicado, ¿a dónde vas? [2] —Voy a tu casita de Tlatelolco a escuchar la doctrina que nos enseñan los ministros de Dios le respondió.

Ella le dijo: —Sábete, hijo mío, muy querido que soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios, autor de la vida, creador de todo, Señor del Cielo y de la tierra… Y es mi deseo que se me alce un templo en este lugar donde, como Madre piadosa tuya y de sus seme­jantes, mostraré mi clemencia amorosa y la compasión que tengo de los natu­rales, de aquellos que me buscan y aman y de todos los que soliciten mi protección o me invoquen en sus trabajos o aflicciones. Y donde enjugaré las lágrimas y oiré sus ruegos para darles consuelo y alivio.

Le pide entonces que vaya al Obispo para pedir en su nombre que se edifi­que allí un templo … ten por cierto que mucho te agradeceré lo que por mi hicieres, en este encargo y te afamaré y te exaltaré por ello. Ya has oído hijo mío mi deseo, vete en paz y advierte que te recompensaré el tra­bajo y diligencia que pusieres.

Como mensajero obediente fue presuroso Juan Diego a ver al Obispo, que por entonces era Fray Juan de Zumárraga. Tuvo que esperar mucho tiempo pues le vieron muy pobre y sencillo. Por fin, después de mucho, le dejaron entrar; el Obispo lo escuchó con paciencia, pero no le creyó.­

Era mejor un mensajero humilde

Triste regresó por la tarde Juan Diego y se acercó a la cumbre del ce­rrito donde había visto a la Señora en la madrugada. Allí estaba ella aguar­dándole por la respuesta de su mensaje. Le contó lo sucedido y le pidió a la Señora que mejor enviase a otro, a una persona noble a la que le creye­ran: —Yo soy un pobre campesino, hombre humilde e ignorante. Perdona, reina mía, mi atrevimiento, si en algo he excedido el decoro que se debe a tu grandeza; no caiga yo en tu indignación o te haya agraviado con mis res­puestas.

La Virgen le dijo: —Hijo mío, muy amado sábete que no me faltan servidores ni mensajeros a quien mandar, porque tengo muchos a quien pudiera enviar. Más conviene que en gran manera que por intervención tuya tenga acierto mi voluntad. Y así te ruego hijo mío que vuelvas mañana a ver y hablar con el señor Obispo y le digas que levante el templo que le pido y que te envía la Virgen María, Madre del Dios verdadero. Juan Diego acepta gustoso obedecer de nuevo el mensaje y asegura que volverá al día siguiente en la tarde y le traerá la respuesta.

El 10 de diciembre, después de oír Misa y de asistir a la doctrina cristiana, volvió al palacio del Obispo. Le permitieron entrar y le dijo que había visto de nuevo a la hermosa señora que vio la primera vez. El Obispo le hizo muchas preguntas amonestándole a que se fijase bien lo que decía. Reconoció que no podía ser una sencilla invención del campesino, pero le dijo que, para darle crédito, le pidiese a la señora una se­ñal de que era la Madre de Dios. Para asegurarse mejor, el Obispo llamó a dos personas de su confianza y les mandó que lo siguieran para saber con quién hablaba y dónde vivía.

Los criados le siguieron teniéndole siempre a la vista, pero al poco tiempo se les desapareció y ya no le encontraron. Volvieron al palacio del Obispo pidiéndole que no le creyese más; y que si volvía lo castigara por mentiroso.

Una vez que se perdió de la vista de los seguidores, llegó de nuevo Juan Diego al cerrillo. Ya estaba entrada la tarde. La Virgen le esperaba para oír la respuesta a su petición, Juan Diego le dijo que el Obispo le pedía a Ella una señal cierta para conocer que realmente era la Reina del Cielo la que le enviaba: —Volverás aquí mañana para que lleves al Obispo la señal que te ha pedido… Y sábete, hijo mío que yo te pagaré tu cuidado, el trabajo y can­sancio que por mí has pasado. Y ahora vete, que mañana te aguardo.

“Señora… ¿cómo has amanecido”?

Al día siguiente, lunes 11, Juan Diego no pudo volver, pues al lle­gar a su pueblo encontró a su tío Juan Bernardino muy enfermo, con una fie­bre maligna. Fue a buscar a un médico que le atendió, pero más se agravó la enfermedad. Pasó muy mala noche y, al día siguiente, pen­sando que moriría, le pidió que le trajesen un sacerdote.

Salió pues Juan Diego de casa, aquél martes muy de madrugada. Esclarecía el día cuando llegó a las faldas del cerro por el oriente y le vino a la memoria no haber vuelto el día anterior para obede­cer el mandato de la Señora, como le había prometido. Temiendo que, si pa­saba por el mismo camino de otras veces se la encontraría, y quizá le re­prendería, determinó tomar otra vereda. Pero llegando a un paraje donde hay un manantial, le salió al encuentro la joven Señora. —¿A dónde vas, hijo mío por este nuevo camino?

Quedó Juan Diego avergon­zado y postrado de rodillas y se disculpó, muy a la mexicana, como pudo: —Señora y niña mía, muy amada, Dios te guarde, ¿cómo has amanecido?… Y le explicó la enfermedad de su tío y que iba por un sacerdote a Tlatelolco:

—Perdóname, señora mía, y tenme paciencia… Le escuchó la Señora con sem­blante apacible y le dijo: —Oye, hijo mío, lo que ahora te digo: no te aflijas por ninguna cosa, ni temas enfermedad alguna. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿tienes necesidad de otra cosa? No tengas pena de la enfermedad de tu tío, que no ha de morir por ella; y ten por cierto que ya está sano.

Quedó Juan Diego tan consolado que le dijo: —Pues envíame, señora mía, a ver al Señor Obispo y dame la señal que me prometiste para que me crea.

—Sube, hijo mío, muy querido, a la cumbre del cerro donde otras veces me has visto y corta las rosas que hallarás allí, y recógelas en el regazo de tu capa, tráelas a mi presencia y te haré lo que has de hacer y decir .

Obedeció Juan Diego y, aun cuando no era tiempo de flores y crecían sólo espinos entre las peñas, en la cumbre halló admirado hermosas rosas muy frescas y de pe­netrante olor. Recogió en su tilma todas las que pudo y bajó con ellas a donde estaba la Señora. Al llegar, la misma Señora las tomó en sus manos y las volvió a poner en el ayate: —Ve aquí la señal que has de llevar al Obispo y le dirás que estas rosas tenga por seña y que haga pronto lo que deseo. Ten cuidado, hijo mío, no muestres a persona alguna en el camino lo que llevas, ni despliegues tu capa, sino en presencia del Obispo, al que dirás lo que te mostré en este día.

Un retrato admirable que consuela

Llegó presuroso al palacio episcopal y rogó a los porteros que le avi­saran, pero no le hicieron caso y se enfadaron de su insistencia. Al cabo de estar mucho rato de pie, con la cabeza baja y firme, se dieron cuenta que algo traía en su manta. Quisieron registrarla, y aunque se resistió lo posible, le hicieron descubrir muy poco lo que llevaba. Viendo que eran rosas quisieron coger alguna, pero no pudieron tomarlas.

Ya en presencia del prelado, Juan Diego abrió su tilma y al esparcirse las rosas por el suelo, apareció de repente la pre­ciosa imagen de la siem­pre Virgen María, tal como hoy se ve­nera en la Basílica de Guadalupe. El Obispo y los que allí estaban se arrodillaron. El Obispo desató el nudo de la manta y llevó la tilma a su oratorio. Allí pasó largas horas Fray Juan contemplando la belleza, gracia y hermosura de aquél rostro tan be­llo que causa tanta admiración y consuelo a los que lo miran atentamente.

Al día siguiente el Obispo Zumárraga pidió a Juan Diego que fuese en compañía de gente de su confianza y señalara el lugar donde debía edificarse el templo.

El mismo día que se trasladó la Sagrada Imagen a la primera ermita, Juan Diego dejó su casa y su pueblo y se fue a vivir la casa de la Virgen. Du­rante 17 años se ocupó de barrer, cargar y llevar todo lo necesario para el culto, atender a los peregrinos, con oración, ayunos y penitencias, siendo un ejemplo de piadosa vida cristiana para los indígenas, sus paisa­nos, que mucho lo quisieron y apreciaron. Cuando bendecían a sus hijos les decían: "Que Dios te haga como Juan Diego". Dejó santamente este mun­do en 1548. Siempre llevó sobre sí una manta con una copia de la imagen original, que al morir la dejó a su hijo. A partir de su muerte hasta hoy se extendió prodigiosamente el culto y la veneración por Juan Diego

El Papa Juan Pablo II el día de su beatificación en la Basílica de Guadalupe, el 6 de mayo de 1990, hacía resaltar su fe sencilla, nutrida de la catequesis y acogedora de los mis­terios, su esperanza y confianza en Dios y en la Virgen; su caridad, su coherencia moral, su desprendimiento y pobreza evangélica. Su vida es una fuerte llamada a todos los fieles laicos de esta nación para que asuman todas sus responsabilidad en la transmisión del mensaje evangélico y en el testimonio de una fe viva y operante en el ámbito de la sociedad mexicana. Desde este lugar privilegiado de Guadalupe, corazón de México siempre fiel, deseo convocar a todo el laicado mexicano a compro­meterse más activamente en la reevangelización de la sociedad.

Hombres y mujeres católicos de México, vuestra vocación cristiana es por su misma naturaleza vocación al apostolado(…). No podéis por tanto perma­necer indiferentes ante el sufrimiento de vuestros hermanos: ante la po­breza, la corrupción, los ultrajes a la verdad y a los derechos humanos. Debéis ser sal de la tierra y luz del mundo.


[1] Las objeciones sobre la no existencia de Juan Diego y las apariciones de la Virgen de Guadalupe se remontan al siglo XVIII y han sido abundantemente refutadas. Por su parte, la Santa Sede hizo durante seis años un proceso para constatar la existencia histórica y la santidad de Juan Diego en el que intervinieron teólogos consultores e historiadores profesionales que analizaron cuidadosamente documentos auténticos. Este proceso concluyó positivamente el 3 de abril de 1990. Cfr. el extraordinario estudio de José Luis Guerrero, “El Nican Mopohua, un intento de exégesis”. Universidad Pontificia de México, 1996, obra que expone la autenticidad del documento guadalupano y responde a todas las impugnaciones. Del mismo autor, ¿Existió Juan Diego?, Obra Nacional de la Buena Prensa, mayo de 1996, 30 páginas. Cfr. también Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, Palabras a la Santísima Virgen de Guadalupe, 2 de junio de 1996.

[2] Los textos de estos diálogos están tomados de la narración más antigua de los hechos, llamada Nican Mopohua (palabra náhuatl con que empieza la narración y que significa Aquí se cuenta…) escrita por Antonio Valeriano, indígena (1520-1602), contemporáneo de Juan Diego.

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