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Buceador de almas

Enrique Calicó
4 agosto 2008
Sección: Santos recientes

–Envidias, calumnias, injusticias. 

Tres meses después de haber recibido esa gracia de los estigmas ya no se encuentra en plenitud de aquella «noche espiritual» y así se lo comunica al padre Benedetto el 12 de enero:

«Padre, dolor y amor, amargura y dulzura se suceden simultáneamente en mi alma. He comprendido que estos estigmas no son una nueva prueba que me manda el Señor, sino un don especial del que me siento indigno, incapaz de llevar el peso de ese amor inmenso».

Y era precisamente eso lo que le estaba pidiendo Dios, y no para uno o dos años, sino para cincuenta: ser testimonio, en el mundo, de los padecimientos de Cristo en la cruz.

El padre Benedetto visitó a su dirigido en marzo de 1919 y luego informó de cuanto había podido observar al padre Agostino, quien asimismo escribió al Padre Pío:

«Acuérdate siempre, hijo, de que los dones de Dios, otorgados gratuitamente, son también para la santificación de los demás».

Los periódicos de la época empezaron a hablar del Padre Pío, del santo de San Giovanni, de sus estigmas, sus éxtasis, sus bilocaciones y un par de curaciones milagrosas. En unas semanas se multiplicaron los grupos de peregrinos. La curiosidad vana o la atracción por lo maravilloso con frecuencia se transformaban en verdaderas conversiones.

Todos los días acudían centenares de visitantes que querían ver al «santo», besar sus estigmas, asistir a su misa, confesarse con él. Por falta de hoteles y albergues, esos peregrinos tenían que dormir al raso esperando turno a veces diez o quince días para confesarse. Se extendió el rumor de que el Padre Pío leía en el interior de las almas, cosa bien cierta pues ayudaba a recordar viejos pecados ya olvidados, y los extranjeros se asombraban al comprobar que se entendían mutuamente, fuese cual fuese su idioma:

«Ese hombre es un santo y lleno del Espíritu Santo. Me entiende en mi idioma, y lo más extraordinario es que yo también a él».

Envidias, calumnias, injusticias

Barba Azul, viendo que no hacía mella en el Padre Pío, empezará a envenenar los corazones de determinadas personas, ya fuesen superiores religiosos, tanto canónigos como de su misma Orden, ya fuesen gente de menor relieve.

El primero que fue tentado fue el obispo de Manfredonia, Monseñor Pasquale Gagliardi, quien dejándose llevar por la envidia al ver la afluencia de peregrinos y de limosnas al convento de San Giovanni dentro de su diócesis, se inventó toda clase de artimañas para calumniarlo.

El padre Paolino Da Casacalenda, guardián del convento de San Giovanni Rotondo –quien había hecho posible que el Padre Pío fuese destinado a dicho convento, le había asistido tantas veces y había sido el primero en ver los estigmas –, con gran disgusto para ambos fue trasladado y sustituido por el padre Lorenzo de San Marco in Lamis.

También el padre Benedetto de San Marco in Lamis dejará su cargo de provincial en manos del padre Pietro Da Ischitella. A partir de ese momento nuestro beato será víctima de persecuciones, privaciones y órdenes absurdas e injustas muy graves que se sucederán a lo largo de los años y que él, sin discutirlas, acatará con paciencia y resignación cristiana:

–Si esta es la voluntad de Dios…

Preguntado en más de una ocasión por su total sumisión y por qué no se defendía de aquellas órdenes que demostraban ser verdaderos castigos intencionados,

–Pero, Padre Pío, ¿por qué no se rebela contra tamañas calumnias e injusticias?

Siempre respondía:

–La obediencia, hijos míos, es una muralla que el diablo nunca puede escalar.

A pesar de tantas calumnias, tantos informes maliciosos, no dejó de cumplir su misión, la que Dios le había destinado. La afluencia de peregrinos se irá incrementando, y la curiosidad creciente será una fuente inagotable de conversiones.

Vamos a destacar la de Emmanuele Brunatto, joven conocido por su vida disoluta y aventurera y por sus continuas quiebras fraudulentas. Él mismo reconoce no saber por qué un día fue y se mezcló entre la multitud al pie del monasterio. El Padre Pío al momento pesca este «pez gordo» y lo lleva a una confesión íntegra, lo cual da como resultado un cambio total de vida.

Ese joven se convierte en un gran defensor del Padre Pío, a quien tendrá una verdadera devoción, se quedará por un tiempo en el convento y luchará con todos los medios a su alcance para anular el daño que las calumnias e informes malintencionados fueron esparciendo por doquier. Trabajará con honradez en un nuevo negocio que le proporcionará una pequeña fortuna, gracias a la cual podrá colaborar en el gran proyecto que nuestro capuchino tiene in mente.

«El filósofo de la persecución»

Si daño le causó el obispo de Manfredonia Monseñor Gagliardi, por envidia, mucho más fue el que le causó el padre Gemelli, médico cirujano y capuchino, especialista en neuropsicología, considerado indiscutible en mística. Su intervención fue decisiva para la actitud adoptada por determinadas autoridades romanas y del Santo Oficio, de quienes era consultor. El padre Gemelli se había interesado por el caso del Padre Pío a principios de 1920. Desde 1919, las autoridades de la Orden capuchina habían decidido que para un nuevo examen de los estigmas se precisaría de un acuerdo firmado del Santo Oficio y del ministro general de la Orden, y así se le hizo saber al padre Gemelli, quien respondió que sólo quería ver al Padre Pío con fines privados y espirituales. Y con este fin se le permitió ir al convento.

Acompañado por el padre Benedetto y algunos sacerdotes llegó al atardecer y tuvo que esperar a la mañana siguiente, cuando se dirigió temprano a la sacristía. Se preparaba el Padre Pío para celebrar misa, en presencia de Brunatto, que le hacía de ayudante.

–Padre Pío, he venido para hacer un examen clínico de sus lesiones.

–¿Tiene usted una autorización… escrita?

–Escrita, no. De todas maneras…

–En ese caso no estoy autorizado a enseñárselas a usted.

Y sin añadir más se fue a celebrar misa.

Gemelli exclamó:

–Bien, Padre Pío, ya hablaremos. –Y poco después se marchó del convento.

Fuese por orgullo, pundonor o que se sintiera herido en su mismísima dignidad de hombre importante e influyente, lo cierto es que sin haber tenido otra ocasión de ver al Padre Pío, afirmó de él haber examinado los estigmas y que era un caso de histeria y autolesiones más o menos conscientes. De esa forma inspiró una campaña de denuncia contra el hoy beato. Su influencia en los ambientes romanos haría de él «el filósofo de la persecución».

Cada vez que se producían informes calumniosos sobre los estigmas, bien por parte de autoridades religiosas o por médicos autorizados o no, a continuación se emitían contratestimonios que los ponían en entredicho, creando un clima confuso para las autoridades de Roma al observar los pros y los contras.

Mucho más que un amigo

Tanto en estas tribulaciones –indirectamente organizadas con mucha sutileza por Barba Azul– como en sus ataques directos contra la persona de nuestro Padre Pío, éste había contado siempre con un verdadero amigo que lo acompañaba desde su infancia, íntegro, confidente y consejero, con quien había mantenido a lo largo de su vida profundos diálogos. El Padre lo llamaba el amigo de mi infancia y era, naturalmente, su Ángel de la Guarda. El padre Agostino quiso tener la certeza de esa sorprendente amistad tan franca y abierta, y la puso a prueba. Empezó a escribirle en francés e incluso en griego, a sabiendas de que su pupilo ignoraba tales lenguas. No hubo problema para nuestro fraile. Veamos lo que nos dejó certificado don Salvador Mannullo, arcipreste de Pietrelcina:

–¿Cómo puede saber, padre, el contenido, ya que del griego ni el alfabeto sabe usted?

–Sepa que mi Ángel de la Guarda me lo explica todo.

Otro día, el Padre Pío nos contará una de sus conversaciones y nos obsequiará con estas palabras, respuesta de su Ángel:

–Estoy junto a ti, estoy siempre a tu lado. ¡Mi amor por ti nunca disminuirá, ni aun con la muerte!

Con una amistad así y las promesas hechas por Jesús y la Santísima Virgen de que al final él siempre saldría vencedor, no es de extrañar que su fortaleza espiritual no se viniera nunca abajo, ni en los momentos más duros, que los hubo.

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