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La Iglesia, prefigurada como Esposa en el Antiguo Testamento


17 junio 2008
Sección: Reino de Dios

"Porque tu esposo es tu Hacedor, el Señor de los ejércitos es su nombre; y el que te rescata, el Santo de Israel, Dios de toda la tierra se llama" (Is 54, 5).

1. Ya en el Antiguo Testamento se habla de una especie de nupcias entre Dios y su pueblo, es decir, Israel. Así, leemos en la tercera de las profecías de Isaías: "Porque tu esposo es tu Hacedor, el Señor de los ejércitos es su nombre; y el que te rescata, el Santo de Israel, Dios de toda la tierra se llama" (Is 54, 5). Nuestra catequesis sobre la Iglesia como "sacramento de la unión con Dios" (mysterium Ecclesiae, Lumen Gentium, 1) nos hace remontarnos a aquel antiguo hecho de la Alianza de Dios con Israel, el pueblo elegido, que fue la preparación para el misterio fundamental de la Iglesia, prolongación del misterio mismo de la Encarnación. Lo hemos visto en las catequesis anteriores. En la de hoy queremos subrayar que los profetas presentan la Alianza de Dios con Israel como un lazo nupcial. También este hecho particular de las relaciones de Dios con su pueblo tiene un valor figurativo y preparatorio del lazo nupcial existente entre Cristo y la Iglesia, nuevo pueblo de Dios, nuevo Israel constituido por Cristo con el sacrificio de la cruz.

 

2. En el Antiguo Testamento, además del texto de Isaías que hemos citado al inicio, encontramos otros, de manera especial en los libros de Oseas, Jeremías y Ezequiel, en los que la Alianza de Dios con Israel es interpretada con la imagen del pacto matrimonial de los esposos. Siguiendo esa comparación, estos profetas lanzan contra el pueblo elegido la acusación de que es como una esposa infiel y adúltera. Así, dice Oseas: "¡Pleitead con vuestra madre, pleitead, porque ella ya no es mi mujer, y yo no soy su marido!" (Os 2, 4). De igual forma, afirma Jeremías: "Como engaña una mujer a su compañero, así me ha engañado la casa de Israel" (Jer 3, 20). Y, aludiendo a la infidelidad de Israel a la ley de la Alianza, y en especial a sus numerosos pecados de idolatría, Jeremías añade el reproche: "Tú has fornicado con muchos compañeros, ¿y vas a volver a mí? Oráculo del Señor" (Jer 3,1). Finalmente, Ezequiel dice: "Pero tú te pagaste de tu belleza, te aprovechaste de tu fama para prostituirte, prodigaste tu lascivia a todo transeúnte, entregándote a él" (Ez 16, 15; cfr. 16, 29. 32).

 

Con todo, es preciso decir que las palabras de los profetas no contienen un rechazo absoluto y definitivo de la esposa adúltera; más bien, constituyen una invitación a la conversión y una promesa de volver a aceptarla si se convierte. Así, dice Oseas: "Yo te desposaré (de nuevo) conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en amor y en compasión, te desposaré conmigo en fidelidad, y tú conocerás al Señor" (Os 2, 21.22). De forma análoga, Isaías afirma: "Por un breve instante te abandoné, pero con gran compasión te recogeré. En un arranque de furor te oculté mi rostro por un instante, pero con amor eterno te he compadecido, dice el Señor, tu Redentor" (Is 54, 78).

 

3. Estos anuncios de los profetas van más allá del confín histórico de Israel y más allá de la dimensión étnica y religiosa del pueblo que no ha mantenido la alianza. Se han de colocar en la perspectiva de una Nueva Alianza, indicada como algo que sucederá en el futuro. Véase en especial Jeremías: "Esta será la alianza que yo pacte con la casa de Israel, después de aquellos días…: pondré mi ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo" (Jer 31, 33). Algo semejante anuncia Ezequiel, después de haber prometido a los desterrados el retorno a su patria: "Yo les daré un solo corazón y pondré en ellos un espíritu nuevo: quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne, para que caminen según mis preceptos, observen mis normas y las pongan en práctica, y sí sean mi pueblo y yo sea su Dios" (Ez 11,19.20).

 

4. El cumplimiento de esta promesa de una Nueva Alianza comienza con María. La Anunciación es la primera manifestación de este inicio, pues en ese momento la Virgen de Nazaret responde con la obediencia de la fe al designio eterno de la salvación del hombre mediante la encarnación del Verbo: la encarnación del Hijo de Dios significa el cumplimiento de los anuncios mesiánicos y, al mismo tiempo, el amanecer de la Iglesia como nuevo pueblo de la Nueva Alianza. María es consciente de la dimensión mesiánica del anuncio que recibe y del sí con que responde. Parece que el evangelista Lucas quiere poner de relieve esta dimensión, con la detallada descripción del diálogo entre el Ángel y la Virgen, y más tarde con la formulación del Magnificat.

 

5. El diálogo y el cántico ponen de manifiesto la humildad de María y la intensidad con que también ella vivió en su espíritu la espera del cumplimiento de la promesa mesiánica hecha a Israel. Resuenan en su corazón las palabras de los profetas sobre la Alianza nupcial de Dios con el pueblo elegido, recogidas y meditadas en su corazón en esos momentos decisivos, que nos refiere san Lucas. Ella misma deseaba encarnar en sí la imagen de la esposa completamente fiel y plenamente entregada al Espíritu divino y, por eso, se convierte en el comienzo del nuevo Israel, es decir, del pueblo querido por el Dios de la Alianza en su corazón de esposo. María no usa, ni en el diálogo ni en el cántico, términos de la analogía nupcial, pero hace mucho más: confirma y consolida una consagración que ya está viviendo y que resulta su condición habitual de vida. En efecto, replica al Ángel de la Anunciación: "No conozco varón" (Lc 1, 34). Es como si dijera: soy virgen consagrad Dios y no quiero abandonar a este Esposo, porque creo que no lo quiere él, tan celoso de Israel, tan severo con quien lo ha traicionado, tan insistente en su misericordiosa llamada a la reconciliación.

 

6. María es consciente de la infidelidad de su pueblo y quiere ser una esposa fiel al Esposo divino, tan amado. Y el Ángel le anuncia el cumplimiento en ella de la Nueva Alianza de Dios con la humanidad en una dimensión insospechada, como maternidad virginal en la obra del Espíritu Santo: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra" (Lc 1, 35). La Virgen de Nazaret, por obra del Espíritu Santo, se convierte de modo virginal en la madre del Hijo de Dios. El misterio de la Encarnación comprende en su ámbito esta maternidad de María, realizada divinamente por obra del Espíritu Santo. Ese es, por tanto, el momento del inicio de la Nueva Alianza, en la que Cristo, Esposo divino, une a sí a la humanidad, llamada a ser su Iglesia como pueblo universal de la Nueva Alianza.

 

7. Ya en ese momento de la Encarnación, María como Virgen-Madre se convierte en figura de la Iglesia en su carácter, a la vez, virginal y materno. "Pues en el misterio de la Iglesia, explica el concilio Vaticano II, que con razón es llamada también madre y virgen, precedió la Santísima Virgen, presentándose de forma eminente y singular como modelo, tanto de la virgen como de la madre" (Lumen Gentium, 63). Con mucha razón el mensaje enviado por Dios salud María, desde el primer momento, con la palabra Xaire (que quiere decir "alégrate"). En este saludo resuena el eco de muchas palabras proféticas del Antiguo Testamento: "¡Exulta sin freno, hija de Sión, grita de alegría, hija de Jerusalén! He aquí que viene a ti tu rey: justo él y victorioso" (Za 9, 9). "¡Lanza gritos de gozo, hija de Sión… Alégrate y exulta de todo corazón, hija de Jerusalén! ¡El Señor, rey de Israel, está en medio de ti!… ¡No tengas miedo, Sión!… Un poderoso salvador… te renueva por su amor; danza por ti con gritos de júbilo" (So 3,14.17). "No temas, suelo, jubila y regocíjate, porque el Señor hace grandezas… ¡Hijos de Sión, jubilad, alegraos en el Señor, vuestro Dios!" (Jl 2, 21.23).

 

María y la Iglesia son, pues, el término de la realización de estas profecías, en el umbral del Nuevo Testamento. Es más, se puede decir que en este umbral se encuentra la Iglesia en María, y María en la Iglesia y como Iglesia. Es una de las obras maravillosas de Dios, que son objeto de nuestra fe.
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