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La destitución y el cambio de un párroco


3 julio 2008
Sección: Organización Eclesiástica

El Papa subraya la importancia del Obispo afirmando que el sacerdote tiene aún un rol importante, pero distinto a llevar a cabo en la premura pastoral hacia los fieles.
Autor: Julian Porteous (Sidney)

 

 

A primera vista el tema de la destitución y el cambio de un párroco no parece tener relación con su servicio ¿A qué puede servir destituirlo de su servicio pastoral?

 

No obstante, los cánones importantes (1740-1752) deben ser comprendidos y explicados sobre la base de la realidad pastoral y teológica más amplia de la relación correcta entre el Obispo diocesano y el párroco. Tomaré, por lo tanto, algunos puntos importantes de esta relación, tomando los documentos del Concilio Vaticano II y la Exhortación Apostólica post-sinodal de Juan Pablo II Pastores gregis.

 

Consideraciones teológicas y pastorales

 

Según la enseñanza del Concilio Vaticano II, una diócesis está correctamente definida en término de las relaciones. Las relaciones que nos interesan son aquellas existentes entre el Obispo diocesano, los párrocos y el pueblo confiado a sus atenciones pastorales. Una Diócesis es “una porción del Pueblo de Dios que se confía a un Obispo para que la apaciente con la cooperación del presbiterio” (Christus Dominus, n.11; véase también Pastores gregis, n.47 y canon 369). La relación entre el Obispo diocesano y sus sacerdotes está al servicio de los fieles. Obispos y sacerdotes comparten la diligencia pastoral hacia los fieles de Cristo y deben colaborar para el bien de las almas.

 

“Al describir la Iglesia particular, el decreto conciliar Christus Dominus la define con razón como comunidad de fieles confiada a la cura pastoral del Obispo “cum cooperatione presbyterii” En efecto, entre el Obispo y los presbíteros hay una communio sacramentalis en virtud del sacerdocio ministerial o jerárquico, que es participación en el único sacerdocio de Cristo y, por tanto, aunque en grado diferente, en virtud del único ministerio eclesial ordenado y de la única misión apostólica” (Pastores gregis, n.47).

 

Al mismo tiempo, la parroquia se define como una comunidad de fieles confiados a las atenciones pastorales de un párroco, bajo la autoridad del Obispo (Christus Dominus, n. 28, canon 515). Los padres del Concilio Vaticano II han subrayado que el párroco no es un delegado del Obispo diocesano, sino un pastor propio de la comunidad parroquial (Christus Dominus, n. 28, canon 519).

 

Tradicionalmente la estabilidad es un elemento importante del oficio del párroco (canon 522). El canon utiliza la palabra “oportuno”. La estabilidad del oficio del párroco no es sólo importante sino necesaria para que pueda ejercitar su misterio pastoral.

La relación, entonces, no es esencialmente jurídica, sino pastoral y refleja la communio sacramentalis. Obispos y sacerdotes son “cooperadores” y el canon 384 habla de “particular dedicación” del Obispo para sus propios presbíteros que debe escuchar como “ayudantes” y “consejeros”. Juan Pablo II ha explicado esta relación con las siguientes palabras: “El Obispo ha de tratar de comportarse siempre con sus sacerdotes como padre y hermano que los quiere, escucha, acoge, corrige, conforta, pide su colaboración y hace todo lo posible por su bienestar humano, espiritual, ministerial y económico.” (Pastores gregis, n.47).

 

En la Pastores gregis Juan Pablo II ha hablado de dos momentos especiales en la relación entre el Obispo y el sacerdote. “El primero, al confiarle una misión pastoral, tanto si es la primera, como en el caso del sacerdote recién ordenado, como si se trata de un cambio o la encomienda de un nuevo encargo pastoral. La asignación de una misión pastoral es para el Obispo mismo una muestra significativa de responsabilidad paterna para con uno de sus presbíteros”.

 

El otro momento especial “es aquel en que un sacerdote deja por motivos de edad la dirección pastoral efectiva de una comunidad o los cargos con responsabilidad directa”. Aquí, el Papa subraya la importancia del Obispo afirmando que el sacerdote tiene aún un rol importante, pero distinto a llevar a cabo en la premura pastoral hacia los fieles.

 

El Papa Juan Pablo II ha hablado de una situación aún más difícil ya sea para el sacerdote cuanto para el Obispo, que lleva directamente a una consideración de los cánones sobre la destitución y cambio de un párroco: con los sacerdotes, entonces, que se encuentran en la misma situación por motivos de una enfermedad grave, o por otra forma de debilidad persistente, el Obispo hará sentir la propia cercanía fraterna, ayudándole a conservar viva la convicción de “seguir siendo miembros activos en la edificación de la Iglesia, especialmente en virtud de su unión con Jesucristo doliente y con tantos hermanos y hermanas que en la Iglesia participan de la Pasión del Señor”.

 

Puede suceder que el Obispo, teniendo en cuanta las exigencias del sacerdote, pero también las exigencias del pueblo que le ha sido confiado, deba tomar en consideración un proceso canónico para destituir al párroco de su cargo. En la segunda presentación que se me ha designado hablaré de los cánones en forma más detallada.

 

Los cánones y la destitución y el cambio.

 

No quiero ponerme el objetivo de analizar los cánones, sino el de considerarlos desde el punto de vista del sacerdote al cual el Obispo propone la destitución o la transferencia. Los cánones reflejan en varios modos la preocupación de la Iglesia por el bienestar del sacerdote.

 

El Obispo debe proceder en el espíritu de la justa relación que hemos delineado anteriormente, como padre y hermano. Si es posible, tendría que dar confianza al sacerdote de que el proceso se desarrollará para su bien y para el bien de los parroquianos que a él le han sido confiados.

 

Los motivos de la destitución o cambio deben ser objetivamente serios y el Obispo se apoyará en asesores pastorales para discernir sobre la seriedad de tales motivos. Los cánones subrayan que podría no existir culpa alguna por parte del sacerdote.

 

La colaboración de otros miembros del presbiterio es necesaria. El proceso puede ser la consecuencia de una crisis de aquel sacerdote particular o el inicio del proceso podría causar un período de crisis en el sacerdote. Es importante que en ese momento experimente en modo real y práctico que es miembro del presbítero. A tal fin el Obispo elegirá sacerdotes compenetrados de este mismo espíritu pastoral que puedan acompañar y apoyar al sacerdote en este período de crisis, que muy probablemente continuará también después de que se haya terminado el proceso.

 

Es deseable que el sacerdote pueda tener acceso a una buena asistencia canónica para que pueda ser consciente de sus derechos. El Obispo podría necesitar exhortar al sacerdote a aceptar asistencia de un experto en derecho canónico fuera de la Diócesis. Con un gesto fraterno de sostén el Obispo podría tranquilizarlo del hecho de que él se hará cargo de los costos por la asistencia legal fuera de la diócesis.

 

La justicia y el proceso requieren que el sacerdote sea involucrado en el proceso y se le escuche. Por este fin se buscan personas imparciales y que desean el bien general de la Iglesia para que sigan el proceso y mantengan informadas a las partes sobre si se está desarrollando un proceso equitativo.

 

Si fuera posible sería necesario ofrecer otro encargo pastoral que tendría que tener necesariamente una naturaleza limitada, pero podría ser de gran importancia para el bienestar emotivo y espiritual del sacerdote. Le ayudará a comprender que está aún ejercitando activamente el propio sacerdocio para el bien de la Iglesia. Le ayudará también a mantener su estima en el presbiterio con el cual continúa cooperando junto al Obispo para el bien de la diócesis y de la Iglesia.

 

También si la motivación para la destitución debe ser objetiva, debe ser tutelado el delicado equilibrio entre la necesidad de tutelar la privacidad del sacerdote (canon 220) y la comunicación clara de las causas de la destitución. Esto se hace particularmente delicado y difícil en algunas sociedades y naciones como en Australia debido al interés de los medios de comunicación social por las cuestiones eclesiales. Lamentablemente este interés tiende a poner en evidencia todo aquello que es negativo, de modo particular aquello que puede ser presentado como escandaloso.

 

El Obispo se preocupará por el cuidado del sacerdote espiritual, emotiva y físicamente. Podría necesitar ayuda profesional. Con este fin será muy útil para el Obispo o más eficazmente para la Conferencia Episcopal crear una estructura que pueda ofrecer asistencia profesional a los sacerdotes que lo necesiten. El instituto Encompass, un proyecto de los Obispos australianos, es un ejemplo de esto.

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