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Heraldos autorizados del evangelio (28.V.93)


8 junio 2009
Sección: Orden sacerdotal

1. "Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes"(Mt 28, 19).

Con estas palabras, el Señor envió a los Apóstoles a anunciar el Evangelio a los hombres de todas las épocas, lugares y culturas. De acuerdo con este mandato, los obispos y los sacerdotes, sus colaboradores, están llamados a ser heraldos autorizados del Evangelio para la humanidad entera, sin ningún limite. Su adhesión a esta misión universal será tanto más creíble cuanto más manifiesten en su vida el mensaje del Señor y sepan transmitirlo con amor e integridad.

Para aclarar y profundizar este aspecto tan fundamental del ser y de la vida del sacerdote, habéis organizado este simposio internacional, cuyo titulo es muy significativo: Pastores dabo vobis: el sacerdote hoy. Colocándose en la línea dela asamblea general del Sínodo de los obispos de dedicada a la formación de los sacerdotes en la situación actual, este encuentro ha querido presentar un conjunto de reflexiones y consideraciones encaminadas a promover la realización fecunda de la exhortación apostólica postsinodal.

Me complace, por ello, acogeros en esta audiencia especial y saludaros a todos cordialmente. En primer lugar, saludo al cardenal José Sánchez, prefecto de la Congregación para el clero, y a mons. Crescenzio Sepe, secretario, a quienes agradezco el haber promovido esta iniciativa. Saludo a los prelados presentes, a los presbíteros y a cuantos han tomado parte en este simposio; a los rectores magníficos de las universidades pontificias de Roma; a los presidentes de las secciones; a los relatores y a todos los que han cooperado para el éxito de este simposio.

2. Ahondar en la identidad, la vida y la formación del sacerdote es, hoy en día, una exigencia que impone la nueva evangelización.

En efecto, la identidad del sacerdote se injerta en la voluntad salvífica de Dios, que quiere abrazar en Cristo a todos los hombres en su ambiente socio.religioso. Todo, pues, debe arrancar de este horizonte y tender a encarnar el providencial designio divino. Esto explica por qué el sacerdote, en su constitución ontológica, en el carácter recibido mediante la imposición de las manos y la plegaria de consagración, se convierte también en pastor. Este apelativo no puede atribuirse correctamente sino a aquel que, conformándose y asimilándose al sacerdocio de Cristo, es ordenado ministro y dispensador delos misterios sagrados.

Es muy necesario contemplar esta verdad tan importante y reflexionar sobre la conciencia que el sacerdote debe tener de ser ministro de Jesucristo, cabeza y pastor (cf. Pastores dabo vobis, 25).

La identidad, el perfil sacerdotal y el carácter pastoral están enraizados en la cristología. Sólo Cristo es el modelo perfecto que hay que imitar y actualizar, tanto hoy como en el futuro. "En verdad, sacerdos, alter Christus! El presbítero es signo de Cristo, sacerdote y buen pastor. Participa en la consagración y misión del Señor, "de suerte que pueda obrar como en persona de Cristo cabeza" (Presbyterorum ordinis, 2), y prolongar su palabra, su sacrificio y su acción salvífica y pastoral (cf. ib., 4.6). La persona de Jesús constituye, por tanto, el punto de referencia esencial para comprender y dar sentido a la vida y al ministerio sacerdotal. "La referencia a Cristo es, pues, la clave absolutamente necesaria para la comprensión de las realidades sacerdotales" (Pastores dabo vobis, 12).

También hay que enmarcar en esta dimensión cristológica "la firme voluntad de la Iglesia de mantener la ley que exige el celibato libremente escogido y perpetuo para los candidatos a la ordenación sacerdotal en el rito latino"(ib., 29). En realidad, como vuestro simposio ha puesto muy bien de relieve, no se trata de una mera norma jurídica, sino de una traducción en el plano canónico de una realidad que es teológica, ya que su motivación se inscribe en el "dinamismo del don"(cf. ib., 50), relacionado profundamente con la ordenación sagrada y la configuración sacramental con Cristo cabeza, que deriva de ella.

En consecuencia, no hay que buscar las razones últimas de la disciplina del celibato en el ámbito psicológico, sociológico, histórico o jurídico, sino en el ámbito más propiamente teológico y pastoral, o sea, dentro del mismo carisma ministerial.

3. Entre el don universal del sacerdocio común y el don particular del sacerdocio jerárquico, existe una distinción esencial que no es sólo de grado (cf. Pío XII, Mediator Dei: AAS 39 [1947]; Magnificate Dominum: AAS 46[1954], 669; concilio Vaticano II, Lumen gentium, 10; Presbyterorum ordinis, 2). Se trata, desde luego, de dones de naturaleza teológicamente distintos, conferidos por medio de acciones sacramentales diferentes, que producen efectos también diferentes en los sujetos que los reciben.

La comprensión teológica y la estima del sacerdocio real de los fieles tienen que ir acompañadas siempre por la comprensión y la estima del ministerio sacerdotal, cuya dignidad es verdaderamente muy singular.

La profundización armónica, correcta y clara de estos dos aspectos, constituye hoy uno de los puntos más delicados del ser y de la vida de la Iglesia.

Sobre todo durante estos últimos decenios, han surgido, precisamente en los campos cristológico y eclesiológico, equívocos, muchos problemas de identidad sacerdotal, en torno al profundo equilibrio que distingue la doctrina del concilio Vaticano II sobre las dos modalidades de participación en el servicio a Cristo.

En la Pastores dabo vobis quise aclarar que "el presbítero encuentra la plena verdad de su identidad en ser una derivación, una participación especifica y una continuación del mismo Cristo…: es una imagen viva y transparente de Cristo sacerdote"(n. 12). Y añadía: "La eclesiología de comunión resulta decisiva para descubrir la identidad del presbítero, su dignidad original, su vocación y su misión en el pueblo de Dios y en el mundo"(ib.).

Me complace, pues, que algunas relaciones de vuestro simposio hayan tratado de profundizar aún más esta delicada cuestión teológica.

4. La configuración sacramental con Cristo exige que la formación eclesiástica impulse al sacerdote hacia el constante seguimiento del Señor, uniéndose a él en el conocimiento de la voluntad del Padre, y en el don de si mismo por el rebaño que le ha sido confiado (Presbyterorum ordinis, 14). En la adhesión dócil a la voluntad divina y en la caridad pastoral se unen íntimamente la vida espiritual del sacerdote y su incansable actividad ministerial. La formación ininterrumpida, que integra armónicamente las antesalas de los diversos aspectos formativos en el fundamento del amor sacerdotal, deberá constituir para el presbítero el mosaico precioso de su unidad de vida (ib., y Pastores dabo vobis, 72).

En la cooperación dócil con el Espíritu Santo es necesario pensar y perseguir una formación que favorezca en el ministro sagrado el crecimiento de la santidad según el don recibido. Así, aspirará con todas sus fuerzas a ser "imagen viva y transparente" (ib.) de la caridad de Jesucristo, sacerdote, cabeza y pastor, esposo, santificador y maestro de su Iglesia.

5. Para responder a los desafíos que plantea la nueva evangelización, el sacerdote deberá vivir hoy una espiritualidad que se alimente continuamente del servicio desinteresado y apasionado a los hombres, en conformidad con la misión apostólica recibida. De ahí que el papel principal en la vida espiritual y en la formación, tenga que corresponder a la celebración del santo sacrificio de la misa, "centro y raíz" (Presbyterorum ordinis, 12) de toda la existencia sacerdotal, engastada en una piedad afectuosa hacia el Señor presente en el tabernáculo. En él se encuentran las razones más elevadas del celibato y de la caridad pastoral, que asimilan el presbítero a Cristo en la ofrenda total de si mismo al Padre celestial.

Tiene que ser un hombre imbuido de espíritu de oración. Cuanto más apremiado se sienta por la urgencia de los compromisos ministeriales, tanto más debe cultivar la contemplación y la paz interior, a sabiendas de que el alma de todo apostolado estriba en la unión vital con Dios. El amor vigoroso, tenaz y fiel a Jesucristo, la observancia transparente y alegre de la disciplina, el cuidado del culto, la disposición al servicio y la comunión con la jerarquía, se transforman en él, también, en espíritu misionero, fermento de crecimiento para la Iglesia misma, tensión verdaderamente católica y garantía de auténtica evangelización.

Arraigada en esta espiritualidad cristocéntrica y eclesial, florece de modo muy especial la devoción a la Bienaventurada Virgen, Madre del Redentor y Madre del sacerdote, alter Christus.

En la conclusión de este simposio internacional os invito a todos a dirigir vuestra mirada precisamente a María. Contemplemos juntos a la mujer que concibió por obra del Espíritu Santo y dio a luz al Redentor; pidámosle que haga crecer las semillas del bien esparcidas con buena voluntad durante estos días, y siga vigilando el desarrollo de las vocaciones y de la vida sacerdotal en la Iglesia.

Todos estamos convencidos de que de la santidad de los sacerdotes puede brotar una oleada evangelizadora de gran intensidad, recurso admirable para el ya inminente tercer milenio.

Con estos deseos os imparto a vosotros y a cuantos han tomado parte en este simposio una especial bendición apostólica.

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