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Misterios de Luz

EnriqueCases
30 abril 2008
Sección: Octubre, mes del Rosario

Un interesante análisis para comprender y profundizar el sentido de los nuevos "Misterios Luminosos" que añade S.S. Juan Pablo II al rezo del Santo Rosario.

En Belén vino la Luz vino al mundo. Estuvo oculta a muchos, luciente para María Y José. Escondida en Belén y luminosa en los cielos que se abren. Hasta que la Luz de Cristo empezó a iluminar a los hombres. El primero en ser iluminado fue Juan el Bautista en el Jordán al bautizar a Jesús habló el Padre y su Espíritu. El Bautista transmite esa luz a algunos que serán los primeros: Juan, Andrés, Simón Pedro, Santiago y Felipe son los que conocemos. Éstos junto a Bartolomé y María acuden a Caná y allí Jesús les ilumina con el primer milagro, el signo mesiánico de la transformación de agua en vino en la alegría de una boda. Ya creían, pero allí creen más, pues la Luz es más intensa.

María les introduce en misterio de Cristo, el Hijo. En el Tabor están tres de ellos –Pedro, Juan y Santiago- y allí la luz fue deslumbrante, toda su humanidad irradia luminosidad divina. A su lado la luz de la Ley con Moisés y la luz de los profetas con Elías, pero les parece breve pues es un instante dichoso preludio de la eternidad. Convenía que esa Luz llegase a todos y Jesús predica del Reino de Dios, Reino de Amor, justicia, verdad y libertad. Pero sólo entenderán los que se conviertan arrepintiéndose de sus pecados y creyendo, hasta lo increíble, y les habla con parábolas, con muchos argumentos. Hasta que les descubre el misterio de amor máximo: la Eucaristía. Jesús estará presente por amor en el pan, el alimento de los pobres, el alimento preferido de los niños. El amor llega a la locura de esa entrega plena. Con María es posible aprender a caminar hacia la Luz que será creciente en la Cruz, en la Resurrección, en la Ascensión y en Pentecostés.

Juan Pablo II propone a los cristianos añadir los misterios luminosos en el rezo del Santo rosario para poder contemplar los tres años de vida pública de Jesús en su comienzo de la Revelación a los hombres de la Luz que ilumina al mundo. Así lo expresa en su carta apostólica “Pasando de la infancia y de la vida de Nazaret a la vida pública de Jesús, la contemplación nos lleva a los misterios que se pueden llamar de manera especial « misterios de luz ». En realidad, todo el misterio de Cristo es luz. Él es « la luz del mundo » (Jn 8, 12). Pero esta dimensión se manifiesta sobre todo en los años de la vida pública, cuando anuncia el evangelio del Reino.

Deseando indicar a la comunidad cristiana cinco momentos significativos –misterios « luminosos »– de esta fase de la vida de Cristo, pienso que se pueden señalar: 1. su Bautismo en el Jordán; 2. su autorrevelación en las bodas de Caná; 3. su anuncio del Reino de Dios invitando a la conversión; 4. su Transfiguración; 5. institución de la Eucaristía, expresión sacramental del misterio pascual.

Cada uno de estos misterios revela el Reino ya presente en la persona misma de Jesús. Misterio de luz es ante todo el Bautismo en el Jordán. En él, mientras Cristo, como inocente que se hace "pecado" por nosotros (cf. 2 Co 5, 21), entra en el agua del río, el cielo se abre y la voz del Padre lo proclama Hijo predilecto (cf. Mt 3, 17 par.), y el Espíritu desciende sobre Él para investirlo de la misión que le espera. Misterio de luz es el comienzo de los signos en Caná (cf. Jn 2, 1-12), cuando Cristo, transformando el agua en vino, abre el corazón de los discípulos a la fe gracias a la intervención de María, la primera creyente. Misterio de luz es la predicación con la cual Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios e invita a la conversión (cf. Mc 1, 15), perdonando los pecados de quien se acerca a Él con humilde fe (cf. Mc 2. 3-13; Lc 47-48), iniciando así el ministerio de misericordia que Él continuará ejerciendo hasta el fin del mundo, especialmente a través del sacramento de la Reconciliación confiado a la Iglesia. Misterio de luz por excelencia es la Transfiguración, que según la tradición tuvo lugar en el Monte Tabor. La gloria de la Divinidad resplandece en el rostro de Cristo, mientras el Padre lo acredita ante los apóstoles extasiados para que lo « escuchen » (cf. Lc 9, 35 par.) y se dispongan a vivir con Él el momento doloroso de la Pasión, a fin de llegar con Él a la alegría de la Resurrección y a una vida transfigurada por el Espíritu Santo. Misterio de luz es, por fin, la institución de la Eucaristía, en la cual Cristo se hace alimento con su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino, dando testimonio de su amor por la humanidad « hasta el extremo » (Jn13, 1) y por cuya salvación se ofrecerá en sacrificio.

Excepto en el de Caná, en estos misterios la presencia de María queda en el trasfondo. Los Evangelios apenas insinúan su eventual presencia en algún que otro momento de la predicación de Jesús (cf. Mc 3, 31-35; Jn 2, 12) y nada dicen sobre su presencia en el Cenáculo en el momento de la institución de la Eucaristía. Pero, de algún modo, el cometido que desempeña en Caná acompaña toda la misión de Cristo. La revelación, que en el Bautismo en el Jordán proviene directamente del Padre y ha resonado en el Bautista, aparece también en labios de María en Caná y se convierte en su gran invitación materna dirigida a la Iglesia de todos los tiempos: « Haced lo que él os diga » (Jn 2, 5). Es una exhortación que introduce muy bien las palabras y signos de Cristo durante su vida pública, siendo como el telón de fondo mariano de todos los « misterios de luz »”(Juan Pablo II Carta Rosarium Virginis Mariae)

1º El bautismo de Jesús

Jesús avanza decidido entre el grupo de peregrinos que viene de Galilea. Se coloca ante Juan, que lo reconoce, y comienza un breve diálogo. Jesús ha llegado al Jordán para ser bautizado por Juan. Pero éste se resiste diciendo: “Soy yo quien necesita ser bautizado por ti. ¿Cómo vienes tú a mí?” El bautista dirá más tarde que no le conocía. No le conocía como Mesías y portador del bautismo de fuego y del Espíritu Santo, pero le conoce como pariente, al menos de oídas, por las palabras de su madre Isabel y de su padre Zacarías. Sabe que Jesús es justo, que no hay pecado en él, que reza, que ama a Dios, que ama a sus padres. Quizá sabe más cosas, pero no lo sabe todo, pues el silencio de la vida oculta se extiende también a los cercanos en los lazos de sangre. Respondiendo Jesús le dijo: “Déjame ahora; así es como debemos nosotros cumplir toda justicia. Entonces Juan se lo permitió” (Mt).

Y cumple Jesús toda justicia. Desciende a las aguas ante Juan. En aquellos momentos el inocente de todo pecado asume todos los pecados de los hombres. Los miles de millones de pecados de los hombres caen sobre sus espaldas, y los asume haciéndose pecado, como si fuesen suyos, sin serlo. Esta decisión libre le costará sangre y sudor: amor difícil, amor total que llegará a estar crucificado, hasta dar la vida por todos.

Cuando Jesús entra en las aguas y Juan baña su cabeza, son sumergidos todos los pecados de los hombres. Las aguas limpian el cuerpo, y por eso son tomadas como símbolo de la limpieza de las almas que se arrepienten ante Dios. Más no pueden hacer. Pero al sumergirse Jesús en las aguas, las santifica, les da una fuerza nueva. Más adelante, el bautismo lavará, como las aguas, los pecados hasta la raíz, y dará la nueva vida que Cristo conquistará en su resurrección. Serán, efectivamente, aguas vivas que saltan hasta la vida eterna.

Al salir Jesús del agua sucede el gran acontecimiento: Dios se manifiesta. “Inmediatamente después de ser bautizado, Jesús salió del agua; y he aquí que se le abrieron los Cielos, y vio al Espíritu de Dios que descendía en forma de paloma y venía sobre él. Y una voz del Cielo que decía: Este es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido” (Mt). La voz es la del Padre, eterno Amante, el que engendra al Hijo en un acto de conocimiento y amor eterno, dándole toda su vida. El Hijo es el Amado, igual al Padre según su divinidad, imagen perfecta del Padre, su Palabra eterna, el Verbo de Dios. Es tan Hijo que es consustancial con el Padre, los dos son uno en unión de amor y de verdad. El Padre le dio toda su vida, y el Hijo ama al Padre con ese amor obediente que vemos en Jesús cuando desciende a las aguas como hombre que se sabe Dios, desde una libertad humana con la que se entrega por los hombres y ama al Padre. Y el Padre se complace en ese hombre que le ama con amor total, y mira a los demás hombres saliendo del pecado, y les ama en el Hijo.

La paloma simboliza el Espíritu. Anunció la nueva tierra y la paz de Dios después del diluvio a los hombres, castigados por sus pecados. Anuncia el amor a los que quieren vivir de amor. Anuncia junto a Jesús la nueva Alianza, por la que, de nuevo, el Espíritu de Dios volará sobre las aguas del mundo. Limpiará los corazones con el fuego de su amor, purificará las intenciones, llenará de Dios a todos los que crean y esperen, inflamará de amor a los amantes que desean el amor total, tan lejano al amor propio. Jesús es ungido por el Espíritu. Jesús es así el Cristo, el nuevo rey del Reino del Padre. Antes, los reyes y los sacerdotes eran ungidos con aceite, y la gracia de Dios les daba fuerzas. Ahora el Espíritu mismo invade a Jesús. Podrá actuar con plena libertad en su alma dócil, le impulsará, le encenderá en fuego divino. Por eso “Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto”. Comienza su vida de Ungido por el Espíritu, que le lleva a lo más alejado del paraíso, al desierto, donde se mortifica, reza y sufre la tentación de Satanás.

2. La boda de Caná

Después de ese primer encuentro Jesús acudió con los discípulos y María a Caná, donde realiza el primer milagro. La importancia de María, la Madre de Jesús, en este encuentro es muy grande. Los discípulos dejan todo para seguir a Jesús. Pero saben poco de Él. Es lógico que les agrade conocer a su Madre, aunque desconozcan las maravillas que Dios ha hecho en ella. La ven amable y muy compenetrada con su Hijo. Todos van a Caná a unas bodas. Jesús les está enseñando que no rechaza el matrimonio como malo, ni siquiera como algo permitido, pero negativo, sino que se alegra con los novios, como lo hacen todos. Es más, Cristo bendice con su presencia la unión matrimonial con bendiciones del cielo para que pueda cumplir su función original de ser comunión de amor y de vida. Allí Jesús “manifestó su gloria” y “los discípulos creyeron en él”. La intervención de María en estas dos realidades es decisiva.

María está con Jesús en la fiesta de la boda, se fija en todo, y en un momento determinado dice a su Hijo: “No tienen vino” (Jn). Es una petición doble, pues de una parte le pide ayuda en una pequeña dificultad doméstica; y de otra parece que le propone que se manifieste como Mesías mediante un milagro.

La primera reacción de Jesús parece negativa: “¿Qué nos va a ti y a mí? Aún no ha llegado mi hora”. Se cruzan las miradas. María amablemente compenetrada con su Hijo dice en voz baja a los sirvientes: “Haced lo que él os diga” (Jn). Entonces Jesús se levanta, se dirige a los sirvientes y les indica que llenen las hidrias de agua, unos seiscientos litros, trabajo pesado. Obedecen. Y se realiza el milagro de convertir el agua en vino de gran calidad, lo que sorprende al maestresala, que así se lo comenta a los novios. Se debió levantar un cierto revuelo. Jesús se retira. Acaba de comenzar la ola de milagros, signos de los tiempos mesiánicos, tiempos de abundancia, de alegría, de curación. Entonces, los discípulos se dan cuenta de lo que ha pasado. Están ante alguien más grande de lo que en un principio pensaban. Un milagro sólo se puede hacer con el poder de Dios, y ellos han visto con sus propios ojos lo que ha sucedido. “Y creyeron en él” como Mesías (Jn). El papel de María es fundamental en este inicio. Después tendrán ocasión de conocer a esta mujer tan sencilla que es, nada más y nada menos, que la Madre de Dios.

3. El anuncio del Reino de Dios

En los primeros meses de su vida pública, Jesús tiene una gran aceptación entre los que le oyen, y en otros a los que llega el mensaje. Es constante en los evangelistas señalar que “creyeron en él” y era alabado por muchos. ¿Qué era lo que Jesús predicaba para ser tan aceptado? Nada más y nada menos que el Reino de Dios: “Llegó Jesús a Galilea predicando el Evangelio de Dios, y diciendo: el tiempo se ha cumplido y está cerca el Reino de Dios; haced penitencia y creed en el Evangelio” (Mc). Juan había preparado el camino predicando que el Reino de Dios estaba al llegar, y así se levantaron grandes expectativas. Pero ahora el Reino de Dios está a las puertas y es Jesús quien lo trae. Todas las miradas se dirigen hacia Él y las esperanzas se despiertan.

La esperanza en el Reino de Dios no era cosa de unos días, ni de una generación, sino que se remontaba a siglos –más de un milenio– en la conciencia histórica de Israel. En todos los hombres y en todos los pueblos ha existido la esperanza de una organización donde reine la paz y la justicia y donde los hombres puedan relacionarse con Dios con libertad, a pesar de que los continuos fracasos lleven a considerar este Reino de paz, amor, justicia y libertad como una utopía. Pero en Israel esta esperanza tiene una fuerza especial porque conecta con la promesa histórica hecha por Dios mismo.

En Israel, el poder tuvo siempre una dimensión religiosa. Así se aprecia ya en Abraham y en Jacob. Pero donde aparece con más claridad es en la monarquía davídica, en la que se cumplen las promesas hechas a los padres en la fe. La dinastía de David subsistirá por siempre (2 Sam) porque Dios le ha hecho una promesa. A partir de ese momento la esperanza de Israel irá unida a la realeza de la estirpe de David (Sal 2 y 110). El rey es “ungido” (mesías) y subordinado a Dios. Isaías anuncia ante el calculador rey Ajaz que de una virgen nacerá un hijo de rey con características extraordinarias: “Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado; sobre sus hombros el imperio, y su nombre será: Consejero admirable, Dios potente, Padre eterno, Príncipe de la paz, para ensanchar el imperio, para una paz sin fin, en el trono de David y en su Reino, para sentarlo y afirmarlo en el derecho y la justicia desde ahora hasta siempre” (Is); con él vendrá una paz insospechada y una reconciliación grande, nacerá en Belén de Efratá y será pastor del pueblo con un poder que llegará a los confines de la tierra con paz (Miq); reinará con justicia y con sabiduría, ejercerá el derecho (Jer). Con el destierro de Israel a Babilonia creció de un modo espiritual esta esperanza, y se une al Templo y a un culto renovado a Dios (Ez). Esta espera se hace exultante e inminente en los tiempos anteriores a Cristo: “Salta de júbilo, hija de Sión; alégrate, hija de Jerusalén. He aquí que tu rey viene a ti; él es justo y victorioso, humilde y montado en un asno, joven cría de asna. Y hará que desaparezcan los carros de guerra de Efraím y los caballos de Jerusalén, y desaparecerá el arco de guerra. Él anunciará la paz a las naciones y dominará de mar a mar y desde el río hasta los confines de la tierra” (Zac).

Esta esperanza del Reino de Dios se revistió en la secta de los esenios de Qumram de un carácter político y nacionalista, y en los celotes de violenta índole. También era muy fuerte entre los fariseos; todo el pueblo estaba a la espera del Reino de Dios. En este contexto llega Jesús, avalado por el testimonio del Bautista, y dice que ha llegado el Reino de Dios; por fin la esperanza se está cumpliendo. Si se cree, el entusiasmo es lógico.

Jesús lo anuncia como un evangelio, como una buena nueva, como una novedad. El componente religioso es claro: deben convertirse, cambiar de mente, depurarse de las deformaciones y estar dispuestos a ver y aceptar en qué modo se manifiesta el cumplimiento de las promesas y la plenitud del Reino. Después se irá aclarando en qué consiste el Reino de Dios; pero, de momento, el anuncio está hecho. La primera aceptación de la mayoría es una buena señal para ese nuevo Reino de Dios en la tierra y en Israel.

4. La Transfiguración en el monte Tabor

A los pocos días ocurrió la Transfiguración. Desde que Jesús comenzó su vida pública sus triunfos y gloria han ido en aumento. Tras el discurso del Pan de vida se ha producido un giro notable; los milagros serán menos frecuentes, su predicación menos popular, y las cosas que se dicen tendrán un mayor contenido. Jesús hablará varias veces de su muerte y vivirá, de ordinario, retirado con los suyos. La transfiguración se realiza sólo ante los más íntimos: Juan, Pedro y Santiago, pero tiene un gran valor de revelación en muchos aspectos.

“Sucedió unos ocho días después de estas palabras, que tomó consigo a Pedro, a Juan y a Santiago, y subió a un monte para orar. Mientras él oraba, cambió el aspecto de sus rostro y su vestido se volvió blanco, resplandeciente. Y he aquí que dos hombres estaban conversando con él: eran Moisés y Elías que, aparecidos en forma gloriosa, hablaban de la salida de Jesús que había de cumplirse en Jerusalén. Pedro y los que estaban con él se encontraban rendidos por el sueño. Y al despertar, vieron su gloria y a los dos hombres que con él estaban. Cuando éstos se apartaron de él, dijo Pedro a Jesús: Maestro, qué bien estamos aquí, hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías; no sabiendo lo que decía. Mientras decía esto, se formó una nube y los cubrió con su sombra. Al entrar ellos en la nube, se atemorizaron. Y salió una voz desde la nube, que decía: este es mi Hijo, el elegido, escuchadle. Cuando sonó la voz, se quedó Jesús solo. Ellos guardaron silencio, y a nadie dijeron por entonces nada de lo que habían visto” (Lc). El monte estaba lejos de Cesarea de Filipo, y van caminando a ese lugar de gran belleza con las vistas a la llanura de Esdrelón.

La oración de Jesús era siempre intensa y, muchas veces, en silencio. Esta oración llevaba a Jesús a una unión con el Padre especial. Era hablar y escuchar. Darse y recibir. Amar y ser amado, unión total en todos los niveles del ser de Cristo. Jesús adora con toda su humanidad. Pero pocas veces se manifiesta esa unión al exterior. Ahora, cuando las batallas más duras están a punto de empezar, conviene que lo interno se manifieste exteriormente. Y la gloria de la divinidad se manifiesta en su rostro: “brillante como el sol”, y en los mismos vestidos, “resplandecientes de luz”. No parece que se trate de una visión espiritual, sino de una realidad palpable en el cuerpo de Jesús. Los apóstoles ven a Cristo glorioso como nunca le habían visto. Es un preludio del Reino que ha venido a traer, de la resurrección que ya ha anunciado, de la gloria del cielo para los que crean en él y sean fieles. La reacción es de estupor: se despiertan sorprendidos de lo que están viendo. Un gozo inexplicable, como un reflejo del de Jesús, les invade. “Qué bien se está aquí” es el comentario, como intentando detener el tiempo en situación tan feliz.

Pero hay más; junto a Jesús aparecen Moisés y Elías. Ambos habían tenido una especial revelación de Dios en el monte Sinaí. Moisés recibe la revelación de Dios, de su nombre y de su Ley y con ella el mandato de liberar y formar un pueblo según la alianza de los padres; y lo hizo. Elías, mucho más tarde, recibe la misión de recuperar la fidelidad del pueblo a esa Alianza. Moisés, al final de su vida, pide a Dios ver su rostro, y ahora le es manifiesto su rostro humano, en Jesucristo. Elías busca a Dios, y le encuentra en una suave brisa; ahora está ante Él de un modo humano, humilde y real. Sorprende el tema de su conversación: la muerte de Jesús en Jerusalén. La antigua Alianza alcanzará su plenitud en la Pasión de Jesús. Las profecías del Mesías como Siervo doliente son certeras. El amor llegará al límite de no detenerse ante nada. Todo lo anterior era figura de lo que había de suceder. Sin embargo, no deja de ser sorprendente la mezcla de cruz y muerte con la gloria de Jesús en esta Transfiguración. Una lógica nueva se está desarrollando. Entenderla requerirá una fe espiritual, una fe que permita conocer al mismo Dios que manifiesta su gloria en la humildad. Y la máxima humildad es ser humillado, poder defenderse y, aún más, vencer, pero aceptar la derrota para triunfar de un modo superior a un enemigo como el pecado, que tiene su raíz en el orgullo y la rebeldía.

La voz del Padre resuena en la Transfiguración, como se oyó en el Jordán: “Este es mi Hijo el predilecto, escuchadle”. El Amado que va a demostrar que el hombre puede también amar al máximo, y les pide fe. Una fe que deberá actualizarse también cuando no entiendan su conducta y que deberá agudizarse cuando le vean derrotado.

Y pasó la Transfiguración. Breve, como todo lo dichoso, menos en el cielo que será para siempre. La referencia de Pedro a las tres tiendas quizá tiene que ver con la próxima fiesta de los Tabernáculos, o, sencillamente, con querer prolongar la dicha que experimenta. Pero deben atender a lo que se les revela pues Cristo es el nuevo legislador. Al oír la voz “los discípulos cayeron sobre su rostro presos de un gran temor. Se acercó Jesús a ellos y tocándoles, dijo: Levantaos, no tengáis miedo. Y cuando se levantaron no vieron a nadie, sino a Jesús solo” (Mt).

“Mientras bajaban del monte les ordenó que a nadie contasen lo que habían visto, hasta que el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos. Ellos retuvieron estas palabras, discutiendo entre sí qué era lo de resucitar de entre los muertos. Y le hacían esta pregunta: ¿Por qué dicen los fariseos y los escribas que Elías ha de venir primero? El les respondió: Elías vendrá antes y restablecerá todas las cosas; pero, ¿cómo está escrito del Hijo del Hombre que padecerá mucho y será despreciado? Sin embargo, yo os digo que Elías ya ha venido e hicieron con él lo que quisieron, según está escrito de él” (Mc).

Explica el Señor más a fondo su muerte y su resurrección. El Mesías ha de padecer mucho y ser despreciado; pero vencerá incluso a la muerte, cosa que ningún hombre puede hacer. Ésta es la lucha. Es como una decisión irrevocable del Padre y del Hijo. Ya se ha cumplido el tiempo de la misericordia, ahora será el tiempo de la justicia, pero de un modo sorprendente: el Justo llevará sobre sí los pecados de todos, pagando por ellos. Y ante la pregunta sobre Elías les dice que el Bautista era el Elías que había de venir, el profeta de fuego que anuncia la nueva Alianza.

El Reino de Dios se ha hecho transparente por unos momentos, el monte Tabor es como un nuevo Sinaí; pero conviene bajar al valle donde están todos ajenos a lo sucedido en las alturas. Pedro, Juan y Santiago callan y reflexionan por el nuevo curso de los acontecimientos.

5º La Institución de la Eucaristía y el discurso del Pan de vida

En la sinagoga de Cafarnaún se van a producir unos hechos de capital importancia. Jesús ha predicado con profundidad y abundancia. Ha llegado a muchas gentes de las más variadas procedencias. Ha realizado multitud de milagros con un claro contenido simbólico, especialmente los de la multiplicación de panes y peces. El mensaje estaba lo suficientemente claro para tener fe en él. Pero los hechos muestran que, salvo un pequeño grupo que cree sin condiciones, se da una gran variedad de respuestas. La mayoría del pueblo quiere hacerle rey, lo que significa que le quieren; pero no le comprenden. Quieren un reinado material, con contenido religioso. Les mueven sus intereses inmediatos. Ocurre como en la primera tentación del desierto. Jesús ya ha vencido esta tentación, pero ellos no; quieren un mesianismo deficiente. Por otra parte, están los que se oponen a Jesús y a su mensaje. Es una oposición cerrada, agravada porque tienen más cultura teológica, pero no tienen fe. Buscarán todos los razonamientos posibles para rechazarle; no quieren saber nada de Él y su enseñanza de un amor total a Dios y a los demás. Viendo no ven, porque no quieren ver, son guías ciegos.

En este contexto, después de la vuelta por Tiro y Sidón y la Decápolis, regresa a Cafarnaún. Acude a la sinagoga, y allí van todos: los que creen en él hasta el punto de entregarse y seguirle, los que creen con imperfecciones, los que no creen. Todos ponen atención en este discurso que tiene una gran importancia en la vida de Jesús. El momento es solemne, la expectación máxima.

Jesús comienza con un reproche sobre la rectitud de intención de los que le quieren escuchar: “En verdad, en verdad os digo que vosotros me buscáis no por haber visto los milagros, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado. Obrad no por el alimento que perece sino por el que perdura hasta la vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre, pues a éste lo confirmó Dios Padre con su sello” (Jn). Los que le escuchan aceptan la suave reprensión con mansedumbre, por lo que preguntan cómo rectificar: “¿Qué haremos para realizar las obras de Dios?” Parece que las cosas van por buen camino, y hay entendimiento entre Jesús y los oyentes. Jesús les respondió: “Ésta es la obra de Dios, que creáis en quien El ha enviado”. Una vez más es la fe lo que se les pide. Una fe que vaya más allá de la repetición de unos conocimientos teóricos, más o menos alejados de la vida. Una fe que sea, al mismo tiempo, amor y entrega; fe en el que sabe más y todo lo hace por amor.

Pero no todos le oyen con tan buenas disposiciones. Se puede ver que en la sinagoga están todos: los que le quieren y los que le rechazan. Y fariseos, saduceos y escribas insisten en exigir el signo del cielo, la prueba evidente del mesianismo que esperan, por lo que “le dijeron: ¿Pues qué milagro haces tú, para que lo veamos y te creamos? ¿Qué obras realizas tú? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Les dio a comer pan del Cielo”. El maná caído del cielo al pedirlo Moisés en el desierto era considerado el mayor milagro en aquellos tiempos cruciales de la vida del Pueblo de Dios. Manifiesta el poder de Dios, que calmó el hambre del cuerpo y del alma. Jesús entra ya en el tema del signo del cielo y “les respondió: En verdad, en verdad os digo que no os dio Moisés el pan del Cielo, sino que mi Padre os da el verdadero pan del Cielo. Pues el pan de Dios es el que ha bajado del Cielo y da la vida al mundo”. El pan del cielo es la doctrina de Dios y él mismo; sólo con esto superarán todas las hambres del espíritu. Los demás, los de buenas disposiciones, dejan oír su voz y le dicen: “Señor, danos siempre de este pan”. Están dispuestos a rectificar sus motivaciones egoístas y materialistas y, después, a vivir una vida religiosa y espiritual, según Jesús enseña. Las cosas transcurren por buenos cauces.

Jesús lo ve y abre su alma diciéndoles: “Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá nunca sed” (Jn). Él mismo es el pan de vida que puede saciar todas las hambres de felicidad, eternidad, verdad, amor, y es el agua viva, como ya dijo a la samaritana. Más no se puede pedir. Pero deben tener fe en él para poder acceder al alimento nuevo. Es posible deducir que algunos reaccionaron mal ante estas palabras, que tampoco estaban dispuestos a doblegarse. Ellos creen en Dios y han conseguido que Dios se pliegue a sus deseos humanos a base de interpretaciones eruditas, pero desamoradas. Son los dueños de Dios, lo usan a su capricho y no pueden entender un amor y una entrega tan totales. No pueden creer en Jesús, que es un hombre como ellos, y, además, no pertenece a ninguna de las escuelas del momento. Jesús lo ve, y vuelve a insistir en la falta de fe de algunos. “Pero os lo he dicho: me habéis visto y no creéis. Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que viene a mí no lo echaré fuera, porque he bajado del Cielo no para hacer mi voluntad sino la voluntad de Aquel que me ha enviado. Esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que El me ha dado, sino que lo resucite en el último día. Esta es, pues, la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día” (Jn). Y vuelve el gran tema de la paternidad de Dios, origen de la filiación de Jesús, superior a la de los demás hombres, filiación que permite alcanzar la vida eterna y la resurrección a los que crean.

Es lógico que, si había saduceos, reaccionasen mal ante la palabra resurrección. Pero otros también se molestan. Los fieles no saben qué decir y callan. “Los judíos, entonces, murmuraban de Él porque había dicho: Yo soy el pan que ha bajado del Cielo. Y decían: ¿No es éste Jesús, el hijo de José, de quien conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo ahora dice: He bajado del Cielo? Respondió Jesús y les dijo: No murmuréis entre vosotros. Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado, y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en los Profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Todo el que ha escuchado al que viene del Padre, y ha aprendido, viene a mí. No es que alguien haya visto al Padre, sino que aquel que procede de Dios, ése ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo que el que cree tiene vida eterna”. El discurso, o mejor la conversación a varias bandas, se va centrando en lo central: quién es Jesús.

“Yo soy el pan de vida”. Dice Jesús con fuerza y solemnidad. “Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron. Este es el pan que baja del Cielo, para que si alguien come de él no muera. Yo soy el pan vivo que he bajado del Cielo. Si alguno come de este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” (Jn). Palabras sorprendentes, pues el alimento de vida es la misma vida. ¿Qué quieren decir exactamente pan de vida y pan vivo?

“Discutían, pues, los judíos entre ellos diciendo: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?” ¿Se trata de algo espiritual o de algo material, que parece imposible e inaceptable? Jesús aclara en el sentido real la afirmación, e insiste en que deben comerlo, masticarlo, beberlo: “En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Como el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así, aquél que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del Cielo, no como el que comieron los padres y murieron: quien come este pan vivirá eternamente” (Jn).

Ahora las cosas están más claras. Se trata de una entrega de él mismo como alimento. Evidentemente no puede tratarse de una acción caníbal, pero sí de algo real. Ya les había demostrado su poder sobre el pan y sobre su cuerpo. Ahora les anuncia que también a través del pan se va a producir un milagro mayor que el del maná en el desierto. Se trata de una verdadera comunión con Dios a través de la humanidad de Jesús. El que tenga fe podrá, de un modo que expondrá más tarde, entrar en comunión de alma y de cuerpo con Dios. Y las hambres del alma estarán saciadas. La gran aspiración de la comunión con Dios llega más lejos que la del puro espíritu y alcanza el mismo cuerpo. Jesús se convierte en el pan que dará vida eterna y resurrección. “Estas cosas dijo en la sinagoga, enseñando en Cafarnaún” (Jn).

En la noche del Jueves Santo se cumple la promesa. Al marcharse Judas se calma el ambiente en el Cenáculo. Jesús recupera la serenidad al superar la turbación que le produce la presencia del traidor. Todos participan de ese nuevo clima apenas perceptible, pero real. Como en un respiro interior y externo dice: “Hijitos”. Nunca les había llamado así. Eran discípulos, e incluso amigos, pero ahora les llama hijitos. No es sólo un desbordarse de ternura: es una identificación tan grande con el Padre que siente su misma paternidad en el alma. Él es el Hijo que viene a hacer nuevos hijos de Dios, es el primogénito entre muchos hermanos. Pero ahora, además de hermano mayor, siente la paternidad del Padre, y les ama con un doble amor: fraternal y paterno.

Luego añade el mandamiento nuevo. “Todavía estoy un poco con vosotros. Me buscaréis y como dije a los judíos: a donde yo voy, vosotros no podéis venir; lo mismo os digo ahora a vosotros. Un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor entre vosotros” (Jn). Parece extraño que les diga que es nuevo el mandamiento del amor cuando ha sido tantas veces repetido en la Ley antigua, pero hay una novedad: entregarse como Dios se entrega. Sólo cuando se entiende este mandamiento se puede entender a Cristo y al mismo Dios. Dios se da, y Cristo, como hombre, también se da en amor total.

Sigue la cena pascual y toman el cordero como lo han hecho otras muchas veces. Hay oraciones, y, sobre todo, silencios. Jesús no dice nada. Cuando, de pronto, se levanta, toma el pan, lo parte, haciendo que llegue a todos un trozo, y dice: “Tomad y comed. Esto es mi cuerpo” (Mt). Ha llegado el momento de la gran entrega. No se trata sólo de dar un beneficio, una nutrición necesaria para la vida, sino que es el amor mismo que se da. Aquel pan es él mismo oculto en las apariencias del pan. Jesús había dicho que era el pan de vida, y que les daría ese pan; ahora lo está haciendo. Ante sus ojos se acaba de dar un cambio sustancial. Allí, ante ellos, en sus manos, está el mismo Jesús oculto por amor para ser alimento de sus almas y de sus cuerpos, para entrar en comunión con ellos. Lo íntimo del pan experimenta una conversión causada por la omnipotencia divina y por el amor que se da. Ya no es pan, sino que es el cuerpo de Cristo. La Vida se hizo carne en la encarnación, ahora la vida se oculta y se manifiesta en un alimento. Junto al cuerpo está el alma y la divinidad. Es la máxima presencia de Dios que se esconde entre los hombres sin alterar el modo humano de existir.

Es un verdadero sacrificio sacramental. En la antigua ley se realizaban sacrificios sangrientos, pero también sacrificios de comunión. El de Jesús es de comunión de la nueva Alianza. La causa es un amor de locura. No es sólo el amor que da, es el amor que se da. Dios se da en un acto humilde y omnipotente al tiempo. El amor lo exige porque anhela la comunión. El que coma de ese pan vivirá para siempre y resucitará glorioso. Este pan es vida del mundo, vida de la nueva Iglesia que se reunirá para administrar este don de Dios a los hombres.

Jesús toma el tercer cáliz de bendición y, habiendo dado gracias, se lo da a ellos diciendo: “Bebed todos de él; porque esto es la sangre mía, de la alianza” (Mt). De nuevo la conmoción recorre la sala. En los antiguos sacrificios de Abraham, de Isaac, de Jacob, de Moisés y Josué la sangre había sellando la sorprendente alianza de Dios con los hombres. Ahora esa alianza se realiza en una sangre más preciosa: la de Jesús. Es el precio de la nueva alianza. Cristo, Dios y hombre en única persona, representa a Dios y también representa a la humanidad. Es una alianza verdadera y definitiva en Jesús.

La unión de Dios y el hombre en Jesús es total y perfecta. Pero los hombres seguían estando en pecado. Era necesaria una reconciliación, que iba a realizarse con sangre. Esta sangre que se entrega con amor generoso para la salvación de la multitud, es “derramada por muchos” (Mc), para la “remisión de los pecados” (Mt) es la del Hijo de Dios. Ya había anunciado Jesús que “el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan sino para servir y dar la vida en rescate por muchos” (Mc). Se hace realidad esa promesa.

Esa alianza es “nueva”. Todas las alianzas anteriores se habían hecho en vistas a la de Cristo. El perdón concedido entonces era dado en función del sacrificio de Jesucristo. Ahora el perdón tiene una prenda externa.

Por último, Jesús añade tras la comida del pan y del vino: “Haced esto en memoria mía”. Es el mandato del nuevo sacerdocio. El único sacerdote es Cristo, la víctima ofrecida es él mismo. Los nuevos sacerdotes participarán en ese sacerdocio con el gesto de repetir esa consagración del pan y del vino, de “la fracción del pan”. Por esto Pablo recuerda que “cuantas veces comáis este pan y bebáis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que venga”.

Este es el momento central de la Cena: ha sido instituido el sacramento de la Eucaristía y del sacerdocio. Ha comenzado una nueva alianza entre el amor de Dios que se da y el de los hombres que pueden entrar en comunión con Dios de un modo humilde y grandioso.

“Como yo os he amado”, les había dicho. Es la medida del amor entre los discípulos. Jesús vive un amor que no se detiene ante nada. Es entrega total. Antes de Cristo todos los amores humanos estaban limitados por diversas formas de amor propio, ahora se revela un amor de verdad, un amor total, un amor que es don de sí, hasta el extremo que parece locura a los que mueven en los estrechos horizontes del amor interesado.

Después llevan el pan y el vino consagrados a María y las mujeres. Ellas también pueden comulgar el cuerpo de Cristo transfigurado, presente y oculto. María vuelve a vivir la comunión como cuando el Verbo se hizo carne en sus entrañas virginales. Ahora conoce mucho más a Jesús y le ama más aún. La unión y la comunión es más intensa que entonces. Y María renueva su entrega a la manera que ve hacer en su Hijo. Ella sí que sabe lo que va suceder. Ella comprende el amor de Dios; por eso ama con todas sus fuerzas, con todo su alma y con todo su corazón, con un amor en el que cuenta poco el estado de ánimo.

Los discípulos serán reconocidos por el amor que se tienen, un amor como el de Jesús, en el que cada uno, en cierta manera, es pan para ser comido por los otros. La omnipotencia de Dios ha permitido que ese darse se materialice en la conversión eucarística –la transubstanciación–. Ellos sólo pueden dar su tiempo, sus conocimientos, su afecto, su fe, su fortaleza. No pueden tanto como Jesús, que se da a sí mismo; no pueden convertirse en pan; pero sí conseguirán que su sangre se convierta en semilla para nuevos cristianos. Un camino nuevo en la tierra.

(Textos tomados del libro “Tres años con Jesús” Enrique Cases Ed Ediciones internacionales universitarias)

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Algunas oraciones poéticas a María Santísima

No me canso de mirarte

No me canso de mirarte

¡Virgen mía!

Esposa del Esposo

de mi alma.

Tus ojos son de cielo,

el sol ante Ti se torna luna,

los ángeles cantan a su reina,

los niños se acogen en tu seno,

las mujeres son benditas en tu nombre,

los hombres ante Ti se tornan hijos.

No me canso de mirarte

¡Madre mía!

Sólo pido que me mires

y digas con sosiego: ¡éste es mi hijo!

 

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No tienen vino

No tienen vino,

Dice María a Jesús

con mirada azul de cielo.

Jesús responde:

No, aún no…

lo que tú quieras.

Venid.

Yo tampoco tengo vino,

ni pincel,

ni caballete,

ni ideas luminosas,

ni manos,

ni pies,

ni nada.

No tengo nada,

soy la nada.

Mírame…

María mira a Jesús.

Jesús se gira hacia mí,

y dice que sí:

él también.

Y aparecen arcos iris,

revestidos de cristal,

ojos,

manos,

fondos,

escorzos,

luces,

arte,

belleza de manantial

con mano que pinta en santo

desde el origen al fin.

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Mujer vestida de sol

Mujer vestida de sol

la luz en su rostro,

la luna a sus pies,

coronada de estrellas.

Y en la tierra se abren los caminos,

las casas son hogares,

los libros, poesía,

los montes, atalayas,

el desierto se convierte en un jardín

porque tú estás encinta

y das un Hijo,

un Rey poderoso,

dulce y tierno.

Ilumina el fondo de mi alma,

que brote de allí el agua viva

que todo en mí se haga fuente,

de sol, de luna y de estrellas.

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Estrella de la mañana

Estrella de la mañana,

anuncio del nuevo sol,

tras noche oscura del alma,

consuelo en frío y en cierzo.

Permaneces en el cielo

al llegar el nuevo día,

como diciendo a la noche

ya se acabó la negrura.

Más poco a poco te ocultas

porque brilla sol intenso.

sólo queda tu recuerdo

cuando esa noche vuelva

y necesite tu aliento.

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Mamá

Estás tan alta ¡Mamá!

que casi te deshumanan.

Trasunto de lo divino

y vértice de lo humano.

Eres mujer, Virgen, Madre.

Eres criatura nueva

desde el inicio hasta el fin

Tu mente es luz sobre luz,

luz sin oscuridad, tiniebla de triste pecado,

luz de fe, don luminoso,

luz que crece semilla, pero fuerte y poderosa,

luz del don del Poderoso,

luz quizá única, tuya.

Pero, aún así, el día de la Anunciación

tiemblas porque desconoces.

Cuando el Niño no aparece

no sabes donde está Jesús

y le buscas día a día,

hasta que de lo más hondo

le dices sin poder más ¿por qué?

y piensas lo que te revela.

Miras la vida diaria,

y ahí entiendes algo más,

pues se santifica lo más y más esencial.

Pero cuando ves a Jesús

en la Pasión dolorosa

un velo cubre tu mente,

pues no es fácil comprender

pero como mujer fuerte,

crees y quieres creer.

Tu corazón es humano

como lo fue el de Jesús.

El lloró y tú ¿por qué no?

El rió y tu sonríes,

El cantó contigo un dúo

El habla, es uno más,

cada pasión es la suya,

el pobre,

el rico

y el sabio,

el leproso

y hasta el ebrio.

Con todos se identifica

y les sube poco a poco.

Tú también quieres así,

con amor muy humanado.

Tu querer es querer querer

quieres lo que Dios quiere,

pero también es tu querer,

desear aquella rosa,

y la sonrisa de un niño

y el saludo del rey mago,

las gracias del ciego pobre

y los ayes de las madres.

Quieres como todos quieren,

pero no un querer porque sí,

ni querer por egoísmo,

ni querer por poseer,

quieres como quiere Dios,

pero al modo femenino.

Así lo humano se conforma

y se transforma en divino;

sin dejar de ser, ni un poco,

de aquí y muy humanado.

Sufres al ver la Cruz,

sufres y amas mejor,

con un amor aún mayor

que cuando te habló Gabriel.

Así, luz, querer, dolor,

son humanos y divinos

de una mujer, la Mujer

que siempre dijo que Sí.

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Tercera Palabra

Mujer, María, Mamá

Engendra de nuevo hijos.

Creíste y descendió el Verbo,

sin dolor la Luz se hizo luz,

tu regazo fue mi trono,

tu pecho fuente de amor,

tus miradas y tus manos,

caricias de enamorada,

tu ternura, un consuelo.

Hoy te pido cosa nueva,

que des a luz con dolor,

que creas que en esta noche

formada en el mediodía,

nacerán muchos, muchos, hijos

y los tendrás que engendrar

De ti ellos necesitarán

tus cuidados y tus mimos

tu regazo, tu mirada,

tu ternura, y además

con perdón y comprensión.

Gracias por decir que sí.

¡Ahí tienes al buen Juan!

¡ahí está el primer hijo!

Comentarios
1 comentario en “Misterios de Luz”
  1. Ana Rosa Garcia Zavala Dijo:

    LA MAS HERMOSA DE TODAS LAS MUJERES,
    QUE VIVIO DE FE, ENSEÑANOS MARIA, MADRE, A SER DOCILES
    A TU HIJO, Y A HACER SU VOLUNTAD.
    MARIA, MUJER HUMILDE, DULCE MADRE NUESTRA., TE ALABO
    Y AGRADEZCO TU FIAT.




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