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Nos da su Espíritu, que nos une a Él y nos consagra


21 julio 2011
Sección: Nosotros

Jesús nos envía el Espíritu Santo para mostrar el amor de Dios

Objeto de la Catequesis:

Mostrar que en la venida del Espíritu Santo se realiza plenamente el designio salvífico de Dios. Jesús envía el Espíritu del seno del Padre para mostrar el amor de Dios, que se manifiesta de un modo privilegiado en el corazón humano. Ser conscientes de que el Espíritu sigue actuando hoy en la Iglesia. El único Espíritu se manifiesta en los distintos dones y carismas realizando la unidad de la Iglesia a través de diferentes ministerios.

Síntesis:

1. El acontecimiento de Pentecostés

2. El Espíritu Santo en el Antiguo Testamento

2. Jesús es el Cristo, el Ungido por el Espíritu Santo

4. El cristiano recibe la unción del Espíritu Santo a imagen de Cristo

5. El Espíritu en la vida de la Iglesia

Texto:

1. El acontecimiento de Pentecostés

Es San Lucas, el autor del libro de los Hechos de los Apóstoles, el que describe lo que sucedió en Pentecostés:

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse. Había en Jerusalén hombres piadosos, que allí residían, venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo. Al producirse aquel ruido la gente se congregó y se llenó de estupor al oírles hablar cada uno en su propia lengua. Estupefactos y admirados decían: "¿Es que no son galileos todos estos que están hablando? Pues ¿cómo cada uno de nosotros les oímos en nuestra propia lengua nativa? Partos, medos y elamitas; habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, la parte de Libia fronteriza con Cirene, forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos les oímos hablar en nuestra lengua las maravillas de Dios". Todos estaban estupefactos y perplejos y se decían unos a otros: "¿Qué significa esto?". Otros en cambio decían riéndose: "¡Están llenos de mosto!". Entonces Pedro, presentándose con los Once, levantó su voz y les dijo: "Judíos y habitantes todos de Jerusalén: Que os quede esto bien claro y prestad atención a mis palabras: No están éstos borrachos, como vosotros suponéis, pues es la hora tercia del día, sino que es lo que dijo el profeta: Sucederá en los últimos días, dice Dios: Derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños. Y yo sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré mi Espíritu. Haré prodigios arriba en el cielo y señales abajo en la tierra" (Hch 2, 1-19).

En Pentecostés se manifiesta el Espíritu Santo a los apóstoles. Es el Espíritu que Jesús había prometido que enviaría del seno del Padre: "Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre" (Jn 14,16). La promesa de Jesús "yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28,20) se cumple en su Espíritu. El Padre, que había enviado a Jesús en la encarnación, envía en Pentecostés al Espíritu Santo (Gal 4,4-6) que lleva a cumplimiento lo que Jesús había manifestado.

El Espíritu que aparece en Pentecostés con dones extraordinarios es el mismo Espíritu que se ha manifestado en toda la historia de la salvación: desde la creación hasta hoy. En el Antiguo Testamento ya se manifiesta este Espíritu, pero es en Cristo cuando el Espíritu se muestra en plenitud.

2. El Espíritu Santo en el Antiguo Testamento

Hay unidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Lo que se manifiesta claramente en la Nueva Alianza, a partir de la venida de Jesús a la tierra, ya aparece veladamente en la Antigua.

En el Génesis Dios crea el cosmos por su Espíritu "que aleteaba sobre las aguas" (Gn 1,2). Este mismo Espíritu es el que interviene, junto con el Padre y el Hijo, en la creación del hombre a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26), es el Espíritu que Yahvé sopla sobre el barro modelado según el segundo relato de la creación del hombre (Gn 2,7).

El Espíritu se manifiesta en el Antiguo Testamento a través de personajes elegidos por Dios para ser los mediadores de su acción y de su vida. En los patriarcas el Espíritu se revela por medio de la bendición que reciben y transmiten de generación en generación. Abrahán, el primero de los patriarcas, es bendecido por el Dios que cumple con su promesa de una gran descendencia. Él recibe, a su vez, la vocación de bendecir a la posteridad.

Después de la época de los patriarcas, el pueblo de Israel, esclavizado bajo el poder egipcio recibe un nuevo mediador. Dios elige a Moisés para salvar a su pueblo, para que haga de puente entre Dios y el pueblo. Además, Moisés unge con el óleo santo a los sacerdotes de la tribu de Leví para que sirvan a Dios y a los israelitas a través del culto. En la Ley Dios manifiesta su Amor por el pueblo. Pero son los profetas los que reciben la inspiración del Espíritu Santo de un modo especial. El Espíritu viene y manifiesta a través de los profetas un mensaje (palabra) o les encomienda una acción (obra). Encontramos muchas veces que se dice: "Vino el Espíritu sobre." (p. ej. en 2Cro 15, 1; 20, 14; Jc 3, 10; 11, 29; 15, 14); "el espíritu de Yahvé revistió a." (Jc 6, 34; 1Cro 12, 19; 2Cro 24, 20). El Espíritu viene al elegido, lo reviste y le comunica un mensaje o le encomienda una misión concreta, que puede ser temporal o permanente.

Los profetas anuncian a Cristo y preparan el camino para su venida. El último profeta, gozne entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, es Juan Bautista, el Precursor. Su nacimiento singular de una estéril (Isabel) será principio de su singular misión: señalar al Mesías. "Ve a Jesús venir hacia él y dice: He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Jn 1,29).

3. Jesús es el Cristo, el Ungido por el Espíritu Santo

Las profecías se cumplen en Jesús. Él es el Mesías anunciado por los profetas. Sus rasgos se manifestaron en los Cantos del Siervo de Yahvé (Is 42,1-9; 49,1-6; 50,4-10 y 52,13-53,12). Jesús se apropia la profecía de Is 61,1ss:

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor. Enrollando el volumen lo devolvió al ministro, y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en él. Comenzó, pues, a decirles: "Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy". Y todos daban testimonio de él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca (Lc 4, 18-22).

Cristo es el Profeta escatológico. Es profeta pero más que profeta. Es el Hijo de Dios que recibe también como hombre el Espíritu Santo. La misión de Jesús consiste en manifestar el amor del Padre a través de la predicación y de sus obras, signos y milagros . Así se manifiesta su designio de salvación: anunciar la Buena Noticia, liberar, curar. El poder del Espíritu Santo capacita a la humanidad de Jesús para ser cauce de la salvación de Dios.

Jesús es el Mesías, el Cristo, el "Ungido". Mesías (en hebreo ) es lo mismo que Cristo (en griego) y significa "Ungido". El Padre unge a Jesús con el Espíritu Santo, como asegura Pedro: "Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder" (Hch 10, 38). Es Dios Padre, la fuente en la Trinidad, que envía al Espíritu para que descienda sobre la humanidad de Jesús.

El Hijo de Dios ha recibido desde siempre la unción del Espíritu Santo por el Padre. La novedad, de la que habla Pedro en el texto de los Hechos de los Apóstoles, es que también Jesús, en cuanto hombre, recibe la unción del Espíritu. Por tanto en Jesucristo podemos distinguir dos unciones: la unción como Hijo de Dios, que recibe desde toda la eternidad, y la unción en su humanidad. Él es Cristo (=Ungido) desde siempre como Dios y, es Cristo (=Ungido) también como hombre desde la encarnación. A su vez, en su existencia humana, es ungido en distintos momentos por el Espíritu Santo.

El proceso de glorificación de la naturaleza humana se da en la propia carne de Jesús a través de toda su vida. San Lucas nos habla de este crecimiento de gracia: "Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres" (Lc 2, 52; cf. Lc 2, 40). Desde niño Jesús crece no sólo físicamente, sino también en la acogida del Espíritu en su humanidad. Si bien la vida de Cristo desde su concepción es un ir recibiendo el Espíritu para que Éste vaya poseyendo la carne humana, hay momentos clave de ese progreso: la encarnación, el bautismo en el Jordán, la muerte y la resurrección.

En la encarnación el Verbo de Dios, sin dejar su divinidad, asume la carne humana por la acción del Espíritu Santo. El credo apostólico lo dice así: "concebido por obra y gracia del Espíritu Santo". De manera que el Hijo de Dios, tomando la carne y sin perder su condición divina, se hace hombre. Por la encarnación, en Jesús está presente y actuante el Espíritu Santo. Lo está en su divinidad (ahí no hay cambios) y comienza a hacerse presente en su humanidad: hay una presencia incipiente del Espíritu que ha intervenido en su concepción de María Virgen. Al encarnarse el Verbo asume la humanidad, toma la carne humana para divinizarla. Por tanto, el Verbo encarnado, en cuanto hombre, no tiene desde el principio la plenitud del Espíritu (en cuanto Dios sí, pero no como hombre). El Verbo divino toma la carne para ungirla con el Espíritu y llevarla a la gloria del Padre.

Después del bautismo en el Jordán recibe la unción del Espíritu con vistas a su misión de mediación entre Dios y los hombres. El Espíritu Santo se manifiesta a través de la humanidad de Jesús revelando su inmenso poder. La carne de Cristo, como también la letra de la Sagrada Escritura, es mediación privilegiada de la manifestación del Espíritu Santo. A través de la humanidad de Jesús el hombre de fe descubre la fuerza del Espíritu Santo, así como mediante la Escritura el creyente accede a comprender la Palabra de Dios desde el Espíritu Santo. Sólo desde la fe se puede acoger al Espíritu, escondido bajo los límites de la carne de Cristo y velado bajo la letra de la Sagrada Escritura.

La humanidad tiene carácter de mediación. Es tal la fuerza del Espíritu que su acción se transmite a través del cuerpo de Jesús, de todos sus miembros corporales, llegando incluso a la orla de su manto . El poder salvífico de Jesús se realiza a través de su humanidad, que es, en este sentido, sacramento (signo) de la acción de salvación de Dios con su pueblo.

La última etapa de la vida de Jesús es el misterio pascual. Solamente cuando Jesús resucita es glorificado plenamente también en su cuerpo. Cristo es plenificado por el Espíritu en la resurrección después de ser perfeccionado por la pasión y la cruz.

Todo esto tiene un sentido. El Verbo asume la carne para que el ser humano pueda ser glorificado por el Espíritu Santo y así participar de la condición divina. Si la "carne" (humanidad) de Cristo se va "espiritualizando", recibiendo progresivamente la efusión del Espíritu hasta la glorificación total, lo hace con el fin de que también todo hombre pueda ser glorificado en Cristo por la acción del Espíritu Santo.

4. El cristiano recibe la unción del Espíritu Santo a imagen de Cristo

Cristiano quiere decir ser discípulo de Cristo, ser "ungido" como Cristo, marcado con el sello del Espíritu Santo con una marca indeleble. Así la hizo el bautismo y luego la confirmación la consolidó.

¿Quién soy yo? Mi identidad viene dada por ser hombre y cristiano. Como ser humano he sido creado a imagen de Dios: soy hijo del Padre a imagen del Hijo por el Espíritu Santo. Como cristiano, por el bautismo soy hijo de Dios, miembro de Cristo al participar de su misterio pascual (muerte y resurrección), soy parte de su Cuerpo (la Iglesia) y soy Templo del Espíritu Santo.

Al ser creado he recibido una gracia natural: el don de ser moldeado por el Padre con sus manos (con el Hijo y el Espíritu Santo). Con el bautismo he sido re-creado. He recibido la gracia santificante. Es un nuevo don que se añade al de la creación. Es tanto el amor de Dios conmigo que ha querido asociarme más hondamente a su propia vida, no sólo concediéndome una naturaleza capaz de comunicarse con Él, sino también me hace posible ser otro Cristo, a imagen del Verbo encarnado.

Es el Espíritu Santo el que nos hace hijos en Cristo y sólo por su acción podemos llamar a Dios "Padre": "Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!" (Gal 4,6). El lugar donde el Espíritu es enviado para habitar es el corazón humano, el alma, el espíritu, es decir: lo más profundo de nuestro ser. Dirá San Agustín que Dios es más íntimo que nuestra misma intimidad.

El ser humano, sin ser divino, tiene algo divino dentro que le hace capaz de comunicarse con Dios, de ser como Dios, de entrar en comunión con Él. Gracias a la presencia del Espíritu en el corazón el hombre pertenece a la familia de Dios como hijo suyo.

El Espíritu habita en nuestros corazones que han quedado sellados, pero en nuestra historia hay otras experiencias que quedan impresas en nuestra sensibilidad. Son experiencias que pueden revelar el sello espiritual o velarla. ¿Qué experiencias revelan el don de Dios? Las que tienen que ver con la esencia de Dios: las vivencias de amor, acogida, entrega, comunión. En cambio velan la presencia del Espíritu en nosotros las experiencias de desamor, rechazo, desprecio, que vividas como fracasos, frustraciones y desengaños nos llevan a complejos, miedos, dudas. La experiencia del amor nos hace sentirnos seguros, pero las de desamor nos llevan a la inseguridad. Dios nos ha dado el don del Espíritu Santo para que vivamos en la seguridad- confianza de un amor incondicional.

5. El Espíritu en la vida de la Iglesia

El texto de los Hechos de los Apóstoles manifiesta la sorpresa de los que ven ese acontecimiento: "La gente se congregó y se llenó de estupor al oírles hablar cada uno en su propia lengua. Estupefactos y admirados.". El Espíritu se manifiesta cumpliéndose la profecía de Joel: "Derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños. Y yo sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré mi Espíritu" (Joel 3,1-5).

Esta promesa se cumple en la Iglesia desde los principios. El Espíritu Santo es el don de Dios para la Iglesia: "Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo" (Hch 2,38). El don del Espíritu es la entrega amorosa del Padre y el Hijo. Hablar de don es hablar de gracia, amor, donación, entrega, que es la que desea Pablo a los corintios: "La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros" (2Co 13,13). El Espíritu Santo es la gracia, el amor de comunión que Dios entrega como don gratuito para nuestra salvación.

El don del Espíritu Santo tiene, como todo regalo, un donante y un receptor. El dador es la Trinidad. El receptor es todo hombre. ¿Y qué dona? La gracia, que no es una cosa, sino una presencia personal, la presencia de la tercera persona de la Santísima Trinidad, que es el mismo Espíritu del Padre y del Hijo, que es el Espíritu Santo.

a) Los dones del Espíritu Santo

El don del Espíritu Santo se manifiesta de muchas maneras. Los "talentos" son las gracias espirituales que cada uno recibe "según su capacidad" (Mt 25,15). El don del Espíritu es único, pero multiforme. Inspirados en Is 11,1-3 , la Iglesia ha concretado el único don del Espíritu en siete dones, que Dios concede para la santificación personal:

La vida moral de los cristianos está sostenida por los dones del Espíritu Santo. Estos son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu Santo. Los siete dones del Espíritu Santo son: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Pertenecen en plenitud a Cristo, Hijo de David. Completan y llevan a su perfección las virtudes de quienes los reciben. Hacen a los fieles dóciles para obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas. Tu espíritu bueno me guíe por una tierra llana (Sal 143,10). Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios… Y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos de Cristo (Rm 8,14.17) .

La docilidad a la vida en el Espíritu es una gracia que nos impulsa interiormente al bien, que nos mueve a abrirnos a Dios. Pero no siempre es fácil ser dócil al Espíritu Santo, porque hay tentaciones y también resistencias que tienen que ver con nuestras heridas del pasado. A veces aparecen bloqueos que imposibilitan la apertura. Es la experiencia de querer y no poder (querer abrirse al Espíritu, querer creer, esperar, amar, perdonar. pero no poder). Estas dificultades no impiden la vivencia de los dones, que nos permiten ser santos a imagen del que es el Santo. Veamos brevemente el significado de cada uno de estos dones.

El don de piedad es la gracia de saberse hijo de Dios, como Jesús (cf. Lc 3,21s). Este don nos lleva a la confianza, la audacia y la familiaridad con Dios. La conciencia de ser hijo lleva a la infancia espiritual del que se abandona y se entrega confiadamente (como Santa Teresa del Niño Jesús).

El don de sabiduría es el impulso del Espíritu para gustar de las cosas de Dios como por connaturalidad, por una especie de instinto y de gusto por las cosas de Dios. Al igual que hay una sintonía entre, por ejemplo, el azúcar y las papilas gustativas que detectan el gusto dulce, así este don nos da la facultad de sintonizar con Dios. Esto en Jesús se daba de un modo espontáneo: gustaba en cualquier realidad de la presencia de Dios.

El temor de Dios es el don del Espíritu por el que reconocemos su misterio y nos postramos en adoración ante Él como criaturas. Es la actitud de Moisés al descalzarse en la tierra sagrada (Ex 3,5.6). El temor ante Dios se refiere al misterio trascendente, que hace temblar y llena de reverencia, y al mismo tiempo que atrae irresistiblemente y fascina.

El don de entendimiento es el impulso interior que procede del Espíritu para comprender la revelación que acogemos por la fe. Este don consiste en la ayuda del Espíritu para penetrar en las verdades divinas y así irlas comprendiendo más. Sin perder su carácter de misterio el don de entendimiento nos permite entrar en la razonabilidad de las cosas divinas.

El don de ciencia es la luz que el Espíritu da para entrar más en profundidad en el conocimiento de las cosas humanas. Mientras que el don de entendimiento nos ayuda a penetrar en las realidades divinas, el don de ciencia nos conduce a un conocimiento desde Dios de las realidades humanas. Este don nos ayuda a ir más allá de lo aparente, teniendo una mirada desde Dios.

El don de consejo es una luz por la cual el Espíritu Santo muestra lo que se debe hacer en el lugar y en las circunstancias presentes. Ilumina la conciencia en las opciones de la vida diaria. Ayuda para las decisiones y el discernimiento (del estado de vida, pero también ante qué hacer en un momento determinado).

El don de fortaleza es la fuerza de Dios para combatir frente a las tentaciones del mal espíritu, nos capacita para hacer el bien y evitar el mal y nos alienta para dar testimonio de la fe, incluso hasta la ofrenda final de la vida con el martirio. Con el don de fortaleza podemos realizar lo que hemos recibido en el don de consejo.

b) Los carismas

Junto con los dones desde los comienzos de la vida eclesial aparecen los carismas. "Carisma" significa en sí don gratuito de Dios , pero en San Pablo tiene un carácter técnico que designa manifestaciones extraordinarias del Espíritu (1Co 12, 4. 9; 28. 30; Rm 12, 6). Desde este sentido, mientras que el don es una ayuda para la santificación personal, los carismas son gracias que uno recibe con vistas a la edificación de la Iglesia .

Los carismas son dados para el bien de la comunidad, la construcción del Cuerpo Místico. Sin embargo, afecta al sujeto siendo para él fuente de fervor y, en definitiva, de santificación. Pero éste no es su fin primordial, sino una consecuencia. No están ligados al mérito personal: el Espíritu Santo los distribuye a quien quiere (1Co 12,11), según la utilidad de la comunidad y no las cualidades del sujeto. Suelen ser pasajeros, pero algunos constituyen una cualidad más o menos estable del sujeto (apóstol, profeta, doctor.).

Desde este sentido más técnico San Pablo enumera 4 listas de carismas: 1 Co 12, 8-10; 12,28-30; Rm 12, 6-8; Ef 4,11, que podemos estructurar en 3 categorías:

- Instrucción: carisma de apóstol, profeta, doctor, evangelista, exhortador, palabra de sabiduría, palabra de ciencia, discernimiento de espíritus, hablar en lenguas, don de interpretarlas.

- Alivio o consuelo: Carisma de fe, gracias de curaciones, poder de milagros, limosna, hospitalidad, asistencia.

- Gobierno: carisma de pastor, ministerio.

c) Los frutos del Espíritu Santo

Junto con los dones y carismas, están los frutos a través de los cuales se manifiesta la acción del Espíritu: "Los frutos del Espíritu son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna. La tradición de la Iglesia enumera doce: \\’caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad\\’ (Ga 5,22-23, vg.)" .

Estos frutos son los efectos concretos de la gracia del Espíritu. Nos permiten discernir si llevamos una "vida en el Espíritu" o "una vida en la carne", según describe San Pablo en Rm 8.

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