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Contemplar el misterio de la Encarnación (Navidad) según sus dimensiones propias, ayudando a recuperar el asombro ante la Misericordia de Dios


21 julio 2011
Sección: Nosotros

SÍNTESIS:

1. La respuesta de Dios es una Persona, tiene nombre: Jesús. Por eso la cuestión es conocer y amar a Jesús. Convivir con Él.

2. El corazón cristiano se asombra ante el misterio de la Encarnación: el abajamiento de Dios y su condescendencia; la colaboración de la libertad del hombre, tal y como se ve en el misterio de la Virgen María; la humanidad de Dios.

3. El misterio de la Encarnación inaugura el método que Dios ha elegido para manifestarse: el método del encuentro. Los encuentros de Jesús narrados por los Evangelios. El encuentro con Cristo como inicio de un camino y de una experiencia de convivencia con Él.

TEXTO:

1. La respuesta tiene un nombre

«José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu esposa, porque lo concebido en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1, 20-21). La respuesta personal que Dios ha ofrecido humanamente a nuestra sed de infinito, su propio Hijo, supera todos nuestros deseos. Es absolutamente sobreabundante. Y, sin embargo, como dice el ángel a José – cuyo corazón se había llenado de temor ante algo incomprensible para él – dicha respuesta es lo más concreto que existe, tiene hasta un nombre preciso: Jesús.

La respuesta de Dios al hombre es una Persona: su Hijo Jesús. Es importantísimo que no pasemos por alto esta afirmación: Dios no ha querido respondernos dictándonos unos principios doctrinales o enseñándonos un camino moral para que pudiésemos recorrerlo. El Papa nos lo enseña al principio de la encíclica Deus caritas est: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (DCE 1).

Dios nos ha respondido enviando a su Hijo. Un Hijo al que podemos llamar con su nombre propio: Jesús.

Por eso la tarea de la vida es la amistad con Jesús, conocerle y amarle. Convivir con Jesús es el modo para que nuestro corazón sacie permanentemente su sed. Es impresionante que el Evangelio describa la primera intención de Jesús al elegir a sus amigos más directos, los doce, con estas palabras: «instituyó doce para que estuvieran con él» (Mc 3, 14). Estar con Cristo: esta es la respuesta, este es el camino, esto es ser cristiano. Y esto, atención, es el contenido de la vida: porque la vida se nos ha dado para que nuestro corazón se sacie, para que seamos felices.

Normalmente cuando nos hacemos amigos de alguien, vamos conociendo, poco a poco, su vida: quienes son sus padres, dónde ha nacido y crecido, qué es lo que le gusta y lo que prefiere evitar. También la amistad con Jesucristo implica conocerle más y más, para poder seguirle. El misterio de la Navidad, que pronto celebraremos, es una ocasión privilegiada para profundizar en el conocimiento de Jesús.

2. El asombro ante Dios hecho hombre

Jesús, lo hemos visto, es la respuesta de Dios que sale humanamente a nuestro encuentro: Dios y hombre verdadero. Quizá estemos demasiado acostumbrados a escuchar estas palabras como para volver a conmovernos con lo que anuncian y significan. A veces decimos "Dios se ha hecho hombre", con la misma intensidad de "hoy hace frío": ¡cómo si fuese lo más normal del mundo! Y, sin embargo, basta detenerse un momento y repetir estas palabras pensando lo que decimos, para que el asombro y la conmoción nos invadan: Dios se ha hecho hombre.

Es importante que contemplemos la verdad de estas palabras.

a) Dios se abaja para encontrar humanamente a los hombres.

El Nuevo Testamento nos ofrece numerosos pasajes que nos pueden ayudar a acercarnos de manera nueva a este misterio de misericordia:

«El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José, y antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo» (Mt 1, 18).

«El ángel les dijo: No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2, 10-12).

«Y la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1, 14).

«Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo: El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre» (Flp 2, 5-7).

«De una manera fragmentaria y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo» (Heb 1, 1-2).

«Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida, – pues la Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la vida eterna, que estaba con el padre y que se nos manifestó – lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros» (1Jn 1, 1-3).

Todos estos textos nos hablan de un hecho concreto: Dios ha nacido. Dios, siendo Dios, ha querido hacerse hombre para poder ser visto, oído y tocado; para poder hablar humanamente a los hombres, para ser salvador del pueblo. Se trata de un hecho desconcertante porque implica un "abajamiento de Dios". La tradición de la Iglesia usa una palabra muy expresiva para referirse a la voluntad amorosa de Dios de salir a nuestro encuentro, haciéndose hombre como nosotros: condescendencia.

Una palabra que muestra la absoluta gratuidad y el abismo de amor de la Encarnación del Señor. Un antiquísimo himno litúrgico – el Te Deum – describe esta condescendencia cantando: "Tu, ad liberandum suscepturus hominem, non horruisti Virginis uterum", Tú, para liberar al hombre, aceptaste la condición humana sin desdeñar el seno de la Virgen. La traducción española del himno enmascara un poco el original latín: ¡la Iglesia canta, llena de asombro, que a Jesús no le ha producido horror ser concebido en el seno de la Virgen!

El misterio de la Encarnación expresa, por tanto, el amor gratuito y desbordante de Dios por el hombre. Un amor tan sobreabundante que no teme hacerse en todo igual al amado, menos en el pecado.

b) Dios, para manifestarnos su amor, cuenta con nosotros

La sobreabundancia del amor de Dios se manifiesta de manera particular en el hecho de que nos llama a colaborar con Él.

Dios se ha hecho hombre a través del sí de María Virgen:

«Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando donde ella estaba dijo: "Alégrate, llena de gracia, el Señor es contigo". Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: "No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin". María respondió al ángel: "¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?". El ángel le respondió: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios". Dijo María: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra". Y el ángel dejándola se fue» (Lc 1, 26-28).

El amor no impone. Quien ama invita al amado a responder, espera su sí como el don más precioso. Contemplando el misterio de la Encarnación, podemos reconocer que Dios llama discretamente a nuestra puerta, pide la ayuda de la libertad del hombre – la libertad inocente de María, la Inmaculada – para poder entregarse a él y amarle.

La condescendencia del amor de Dios llega hasta solicitar la colaboración de su criatura en la obra de la salvación. Por ello contemplando el misterio de la Encarnación a través del sí de la Virgen, podemos aprender la verdad y el valor de la libertad. La libertad, – «uno de los más preciados dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre», como dice don Quijote a Sancho (II, LVIII)- es, ante todo, la capacidad de decir sí, de adherirse al designio de amor de Dios. Y el hombre es el único ser de la creación que puede decir sí a su Creador, que puede ser un verdadero interlocutor, que puede libremente amarle. En la vida de la comunidad cristiana, el hombre aprende permanentemente el significado y el valor de la libertad. Y cuando dicha libertad decae por el pecado, el cristiano es recuperado y sus heridas son curadas con el bálsamo de la misericordia.

Un gesto sencillo recuerda cotidianamente a los cristianos que Dios les llama a colaborar con Él, que la libertad es el don precioso que Dios les ha concedido para poder amar: la oración del Ángelus. Tres veces al día – en algunos pueblos todavía se oyen las campanas que llaman a oración – recitando las palabras del ángel y del Ave María, somos llamados a reconocer el gran misterio de Dios que se hace hombre.

c) La "humanidad" de Dios

El misterio de la Encarnación nos permite, por último, hablar – ¡paradójicamente! – de la humanidad de Dios. Así lo hace el texto latino de la Carta a Tito: «Cuando se manifestó benignitas et humanitas Dei (la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres)» (Tt 3, 4).

Ya hemos dicho que Dios ha querido responder humanamente al hombre. Esto significa que el camino que Él ha elegido, el lenguaje que ha preferido, ha sido el camino y el lenguaje de los hombres: Dios habla con palabra humana.

Por eso, desde que Dios se ha hecho hombre, para conocerle y amarle, para verle, oírle y tocarle – como dice san Juan – la vía que se nos ofrece es el hombre. Concretamente este hombre: Jesús de Nazaret. Y en Él todo lo humano.

La Iglesia no deja de recordárnoslo cuando afirma que nada humano nos es ajeno: «Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos. La Iglesia, por ello, se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia» (Gaudium et spes 1).

3. Encontrarse con Jesús

Los Evangelios de la infancia nos narran el nacimiento de Jesús. Los ángeles, los pastores, los magos. fueron testigos de este hecho inaudito: Dios se hace hombre y nace en Belén. Los prodigios de la noche de Navidad, sin embargo, se sumergieron en la normalidad de la vida cotidiana de la familia de Nazaret. Y lo hicieron durante treinta años. El Evangelio nos dice simplemente que Jesús, tras el episodio del encuentro con los doctores en el templo a la edad de doce años, «bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón. Y Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2, 51-52).

Creciendo Jesús se dio a conocer. Dios hecho hombre salió al encuentro de los hombres: concretamente, en la historia de los hombres, en medio de sus faenas cotidianas.

El camino que Dios ha elegido para comunicarse a los hombres – hacerse uno de ellos, hacerse hombre – adquiere toda su densidad a través del método normal y cotidiano con el que se conocen los hombres entre sí: el método del encuentro.

Los Evangelios nos narran los encuentros de Jesús con los hombres y mujeres de su tiempo. Encuentros que acontecen en las circunstancias normales de la vida, las circunstancias que todos vivimos: la boda de unos amigos (cfr. Jn 2, 1-10), la muerte de un hijo (cfr. Lc 7, 11-17), la enfermedad (cfr. Mt 8, 1-17), un paseo con los amigos (cfr. Mc 2, 23-28).

Como nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica «los Evangelios fueron escritos por hombres que pertenecieron al grupo de los primeros que tuvieron fe (cf. Mc 1, 1; Jn 21, 24) y quisieron compartirla con otros. Habiendo conocido por la fe quién es Jesús, pudieron ver y hacer ver los rasgos de su Misterio durante toda su vida terrena.

Desde los pañales de su natividad (Lc 2, 7) hasta el vinagre de su Pasión (cf. Mt 27, 48) y el sudario de su resurrección (cf. Jn 20, 7), todo en la vida de Jesús es signo de su Misterio. A través de sus gestos, sus milagros y sus palabras, se ha revelado que "en él reside toda la plenitud de la Divinidad corporalmente" (Col 2, 9). Su humanidad aparece así como el "sacramento", es decir, el signo y el instrumento de su divinidad y de la salvación que trae consigo: lo que había de visible en su vida terrena conduce al misterio invisible de su filiación divina y de su misión redentora» (n. 515).

De todos los encuentros de Jesús leamos el episodio de Zaqueo. En esta página evangélica podemos percibir algunos rasgos fundamentales de lo que significa encontrarse con Jesús:

«Habiendo entrado en Jericó atravesaba la ciudad. Había un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos, y rico. Trataba de ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la gente, porque era de pequeña estatura. Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle, pues iba a pasar por allí. Y cuando Jesús llegó a aquel sitio, alzando la vista, le dijo: "Zaqueo, baja pronto; porque conviene que hoy me quede yo en tu casa". Se apresuró a bajar y le recibió con alegría. Al verlo, muchos murmuraban, diciendo: "Ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador". Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: "Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo". Jesús le dijo: "Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también este es hijo de Abraham, pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido"» (Lc 19, 1-10).

Jesús sale a nuestro encuentro sin que nosotros lo merezcamos, sin que tengamos ningún título que nos haga dignos de encontrarle. Más aún: la razón por la que sale a nuestro encuentro es que necesitamos ser salvados. Jesús sale a nuestro encuentro porque viene a buscarnos, a nosotros que estábamos perdidos. Viene a buscarnos y se dirige a nosotros pronunciando nuestro nombre. La conmoción del corazón de Zaqueo al oír su nombre, es la misma que la de san Pablo cuando dice: Cristo «me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gal 2, 20). El encuentro gratuito con Jesús llena el corazón de Zaqueo de alegría: es el signo de la presencia de Dios en la vida. Esa alegría que nace de la conciencia de ser amado, y amado hasta el punto de que nuestro pecado es redimido y abrazado, sumergido en un océano de misericordia. Y a tanto amor el hombre quiere corresponder: es el deseo de cambiar, de seguir a Jesús. El encuentro con Jesús, que es un encuentro de salvación, pone siempre al hombre ante la decisión de seguirle, de cambiar, de convertirse. De nuevo nuestra libertad vuelve a ser protagonista, de nuevo el amor llama a la libertad del hombre a colaborar con él.

En todos los encuentros de Jesús que nos narran los Evangelios podemos descubrir estos rasgos: la vida cotidiana de los hombres muestra su necesidad, Jesús se apiada de ella y sale a su encuentro, la salva y colma el corazón de alegría, de paz, y entonces el hombre desea seguirle, cambiar.

Pero el encuentro con Jesús es el inicio de un camino. Miles de personas le encontraron. Algunos empezaron a seguirle. A unos pocos les invitó a convivir con Él más estrechamente. En el camino de seguimiento de Jesús la libertad de los discípulos – ¡y hoy la nuestra! – se ponía en juego día a día. Conviviendo con Él aprendieron a conocerle, le escuchaban, le veían tratar a la gente, conmoverse por su necesidad, reprocharles su obcecación o su hipocresía. Fue un camino en el que compartieron la humanidad de Dios. Y en ese camino, poco a poco, creció el conocimiento y el amor por Jesús.

Una tarde, viendo que muchos le habían abandonado, «Jesús dijo entonces a los Doce: "¿También vosotros queréis marcharos?". Le respondió Simón Pedro: "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6, 67-69). Dios se ha hecho hombre y nos ha salido al encuentro para que cada uno de nosotros, un día, podamos hacer nuestras las palabras de Pedro.

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