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Los maravillosos frutos del amor

AntonioOrozco Delclós
30 julio 2008
Sección: Matrimonio católico

Dios ha dado a cada matrimonio la posibilidad de participar del poder divino de la creación.
 

En la primera página del Génesis, bajo un ropaje en apariencia ingenuo, se narran verdaderos acontecimientos históricos: la creación del universo y del hombre. Dios modela una porción de arcilla —semejando en su quehacer al alfarero—, sopla y le infunde un espíritu inmortal; la materia se anima de un modo nuevo, superior: nace la primera criatura humana, hecha a imagen y semejanza del Creador. El hombre no es un producto de la materia, aunque la materia sea uno de sus componentes; goza de alma espiritual, irreductible a lo corpóreo. De acuerdo con la Revelación divina y la buena filosofía, asegura Pío Xll que «la fe católica nos obliga a afirmar que las almas son creadas inmediatamente por Dios». Por ello toda vida humana es sagrada, pues – son ahora palabras de Juan XXIII desde su comienzo, compromete directamente la acción creadora de Dios.

 

Dios ha puesto en el hombre, con el sexo, la posibilidad de tomar parte en ese poder divino, que requiere, como es lógico, un contexto singular, un lugar también «sagrado: el lecho conyugal. El matrimonio cuando no se mancilla con prácticas opuestas a su natural grandeza es el ámbito santo escogido por Dios para aumentar el número de sus hijos. Dios mismo ha instituido el matrimonio primero el natural y después el sacramental con este fin prioritario: la procreación y la educación de los hijos. Los padres se hacen «cómplices» de un acto estrictamente creador.

 

Ellos disponen la materia y Dios pone el espíritu inmortal; intervienen en un milagro portentoso. Lo enseña el santo doctor tan citado por el actual Papa Juan Pablo II, Tomás de Aquino: «Es más milagro – dice en una pequeña obra recién traducida al castellano, Los cuatro opuestos el crear almas, aunque esto maraville menos, que iluminar a un ciego; sin embargo, como esto es más raro, se tiene por más admirable». San Agustín queda incluso más maravillado frente a la formación de un nuevo hombre que ante la resurrección de un muerto. Cuando Dios resucita a un muerto, recompone huesos y cenizas; sin embargo – explica ese grande del saber teológico «Tú antes de llegar a ser hombre, no eras ni ceniza ni huesos; y has sido hecho, no siendo antes absolutamente nada>.

 

BESAR LO QUE DIOS HA HECHO

 

Si dependiera de nosotros que Dios resucitase a un muerto (pariente, amigo o desconocido), seguramente haríamos todo cuanto estuviera en nuestro poder, por costoso que resultase. Si Dios nos dijera: haz esto, y este hombre volverá a la vida; sentiríamos una emoción profunda y nos hallaríamos dichosísimos de ser cooperadores de un hecho colosal, divino. Pues aún de mayor relieve es la concepción de un nuevo ser humano. De donde no había nada, surge una imagen de Dios. Por ello Santo Tomás no tiene inconveniente en hacer suyo el pensamiento de Aristóteles cuando dice que «El semen humano es algo divino, en tanto que es un hombre en potencia». Y Tolstoi, en el capitulo XIII de La sonata de Kreutzer: «Habría que parar mientes en la obra grandiosa que se realiza en la mujer cuando está embarazada o cuando amamanta a un hijo. Se desarrolla el ser que es nuestra continuación, el que ha de sustituirnos. Sin embargo, no respetamos esta obra sagrada…»

 

De nuevo es San Agustín quien nos ofrece otra sugerencia bellísima: «Cuando alguno de vosotros besa a un niño, en virtud de la religión debe descubrir las manos de Dios que lo acaban de formar, pues es una obra aún reciente de Dios, al cual, de algún modo, besamos, ya que lo hacemos con lo que él ha hecho».

 

En rigor, las actitudes hostiles a la natalidad son inhumanas, y, por supuesto, absolutamente extrañas al cristianismo. Se necesita haber perdido de vista lo que el hombre es y el sentido de la vida, para caer en esa suerte de nihilismo que prefiere la nada al ser, o en el paradójico hedonismo, que desprecia los bienes eternos por mantener, a toda costa, algunas comodidades provisionales. Es preciso recordar lo que Pablo VI decía en su tan manipulada encíclica Humanae vitae: «El problema de la natalidad, como cualquier otro referente a la vida humana, hay que considerarlo por encima de las perspectivas parciales de orden biológico o sociológico, a la luz de una visión integral del hombre y de su vocación, no sólo natural y terrena, sino también sobrenatural y eterna».

 

Todo hombre debe saber que nuestras vidas son los ríos que van a dar al mar, que es ¡el vivir!; que el final no es más que el principio; que el tiempo desemboca en la eternidad, en la que Dios premia o castiga a cada uno según sus obras (Apoc. 22,12). Los cristianos sabemos más; sabemos que los fieles verán a Dios y vivirán eternamente en la hondura infinita de su Amor. Sabemos que cuando Dios dijo: «Creced y multiplicaos y llenad la tierra» (Génesis, 1,28), pretendía una finalidad ulterior: llenar el Cielo. La criatura humana, a diferencia de los animales, tiene una «razón especial para multiplicarse: completar el número de los elegidos» (Santo Tomás de Aquino), de modo que «la unión entre marido y mujer (copulatio igitur maris et feminae), por lo que respecta al género humano, es como el semillero de la Ciudad de Dios» (San Agustín).

 

VALE MÁS QUE MIL UNlVERSOS

 

Depende —porque así Dios lo ha querido—, de la generosidad de los padres que un día haya en el Cielo aquella «gran muchedumbre, que nadie según el decir de San Juan podía contar». De los que han recibido la llamada divina al matrimonio depende que aquel día no falte nadie de los llamados por Dios desde la eternidad a la eternidad. La responsabilidad de los padres es pues gravísima y gozosa a un tiempo. Un hombre más o menos importa mucho: vale más que mil universos, puesto que éstos acaban todos por desvanecerse; una persona humana, en cambio, no muere jamás: sólo muere su cuerpo, que resucitará en el último día. Un solo hombre, una sola mujer, vale toda la Sangre de Jesucristo, y con esto queda dicho casi todo.

 

La tristísima posibilidad que hoy se brinda del placentero e invisible crimen —cegar las fuentes de la vida—, violentando injustamente el curso de la naturaleza, es el reverso de una maravillosa alternativa, de signo positivo, que cobra en este tiempo valor nuevo: la decisión libremente tomada (y por eso responsable) de traer al mundo los hijos que la Providencia divina manifiesta por medio de circunstancias ordinarias que, a veces no sin dificultad, pueden descifrarse. También de éstas habremos de tratar.

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