Siete mártires trapenses de Argelia

Una entrega a Dios por Argelia, por la gente de un pueblo que ha sufrido y sufre cada vez que algunos de sus hijos se apartan del camino del amor

La zona donde hoy se encuentra Argelia tuvo la gracia de recibir el Evangelio en los primeros siglos de la era cristiana. Los avatares de la historia han hecho que la población actual de este joven país sea mayoritariamente musulmana.

En los últimos años diversas formas de violencia han acabado con la vida de miles de argelinos y de algunos extranjeros, la mayoría civiles indefensos. Entre las víctimas de la violencia y del odio, también han dado su vida religiosos y religiosas, varios sacerdotes, y un obispo.

Queremos recordar ahora la muerte, martirial, de siete monjes trapenses. Se encontraban en un monasterio en las montañas de la zona del Atlas, en Tibhirine, cerca de la ciudad de Medea. El monasterio había recibido el nombre de Nuestra Señora de Atlas.

Los monjes, procedentes de Francia, se dedicaban a la oración y al servicio. Era una manera silenciosa y llena de amor de testimoniar su fe en Cristo y su amor a los hombres, también a aquellos que pertenecen a una religión diferente de la propia.

Querían mostrar que era posible una convivencia fecunda entre cristianos y musulmanes, que el Amor de Dios se ofrecía a todos, que existían caminos para unir a personas de culturas, razas y religiones distintas.

El territorio en el que se encontraba el monasterio llegó a ser, con el inicio de las violencias, sumamente inseguro. Grupos armados podían moverse con bastante facilidad entre las montañas, sin que el ejército lograse controlar sus movimientos.

Las autoridades de la zona ofrecieron a los monjes la posibilidad de ser protegidos por la policía, o de refugiarse en alguna ciudad más segura. Los monjes se negaron. Luego fue un jefe de los grupos terroristas quien les pidió que se marchasen. También dijeron que no: estaban allí como hombres de paz, como religiosos, y el mismo Corán alaba la vida de quienes se dedican por entero, como ellos, al servicio de Dios.

El 24 de diciembre de 1995 se presentó un grupo de terroristas. Pidieron medicinas y dinero. También pidieron que uno de los monjes, el hermano Luc (un médico de 80 años, muy amado por la gente del lugar), dejase el monasterio para atender a los terroristas heridos. El abad, padre Christian de Chergé, respondió que sus peticiones eran imposibles. No tenían dinero, y el hermano médico era muy anciano para ir a las montañas.

Después de esta “visita”, el abad y los demás trapenses sabían que su vida corría peligro. Pensaron en dejar el monasterio, para evitar un “suicidio colectivo”.

A los pocos días se presenta el obispo y habla con la comunidad. Respeta la decisión que han tomado, pero les pide que reflexionen en el significado de su “huida”: muchos otros religiosos y religiosas se dejarán llevar por el pánico, y abandonarán a sus comunidades.

El abad invita a los monjes a la oración. Desde el diálogo con Dios, cada uno debía decidir si permanecer en el monasterio o abandonar la zona. Uno por uno da su sí a la idea de seguir en el lugar en donde Dios los había destinado. El martirio se convierte, desde ese momento, en una posibilidad real, muy cercana.

El momento de la prueba no se hizo esperar. El 26 de marzo de 1996, siete monjes del monasterio fueron secuestrados por un grupo de terroristas. Otros dos monjes quedaron allí, al no haber sido descubiertos por los “visitantes”.

Los secuestradores piden a Francia la liberación de varios terroristas como canje por los monjes. Francia se niega a negociar. Juan Pablo II, desde Roma, pide, suplica, que los monjes sean liberados.

El 21 de mayo de ese mismo año los siete monjes fueron asesinados. Sólo el 30 de mayo fueron encontrados sus restos mortales cerca de Medea.

Junto con el abad, padre Christian de Chergé, dieron su vida el maestro de novicios (padre Christophe), otros dos sacerdotes (padres Bruno y Célestin) y tres hermanos (Luc, el anciano médico, Michel y Paul).

¿Qué sentido puede tener, en la vida de los pueblos, en Argelia y en el mundo, ese sacrificio, esa muerte? La clave de lectura podemos encontrarla en el testamento espiritual que había escrito, entre diciembre de 1993 y enero 1994, el abad, padre Christian de Chergé. En este testamento muestra su amor a Cristo y, desde ese amor, su amor a las poblaciones musulmanas de la zona.

El P. Christian quería que su posible muerte violenta no fuese vista como signo de la crueldad de los argelinos, muchos de ellos hombres y mujeres de buena voluntad, sino que tuviese un significado distinto, que sólo Dios puede dar al derramamiento de sangre de un mártir. Podemos leer algunas de sus frases:

“Si me sucediera un día -y ese día podría ser hoy- ser víctima del terrorismo que parece querer abarcar en este momento a todos los extranjeros que viven en Argelia, yo quisiera que mi comunidad, mi Iglesia, mi familia, recuerden que mi vida estaba entregada a Dios y a este país. Que ellos acepten que el único Maestro de toda vida no podría permanecer ajeno a esta partida brutal. Que recen por mí.

¿Cómo podría yo ser hallado digno de tal ofrenda? Que sepan asociar esta muerte a tantas otras tan violentas y abandonadas en la indiferencia del anonimato. Mi vida no tiene más valor que otra vida. Tampoco tiene menos. En todo caso, no tiene la inocencia de la infancia. He vivido bastante como para saberme cómplice del mal que parece, desgraciadamente, prevalecer en el mundo, inclusive del que podría golpearme ciegamente.

Desearía, llegado el momento, tener ese instante de lucidez que me permita pedir el perdón de Dios y el de mis hermanos los hombres, y perdonar, al mismo tiempo, de todo corazón, a quien me hubiera herido”.

El testamento expresa un profundo deseo de reconciliación, de amor, de respeto hacia los musulmanes, hacia tantas hombres y mujeres de una religión no siempre bien conocida, no siempre bien estudiada, no siempre vista con la mirada con la cual Dios sabe leer la historia de los seres humanos. Volvemos a transcribir otras líneas del escrito del P. Christian:

“Mi muerte, evidentemente, parecerá dar la razón a los que me han tratado, a la ligera, de ingenuo o de idealista: ‘¡qué diga ahora lo que piensa de esto!’ Pero estos tienen que saber que por fin será liberada mi más punzante curiosidad. Entonces podré, si Dios así lo quiere, hundir mi mirada en la del Padre para contemplar con Él a sus hijos del Islam tal como Él los ve, enteramente iluminados por la gloria de Cristo, frutos de su pasión, inundados por el don del Espíritu, cuyo gozo secreto será siempre el de establecer la comunión y restablecer la semejanza, jugando con las diferencias”.

Las palabras finales del testamento son una invitación al perdón, una especie de abrazo profundo, sincero, a quien pueda llegar a convertirse en “verdugo”, cuando lo único que quería el abad del monasterio de Nuestra Señora de Atlas era sentirlo como hermano y amigo:

“Por esta vida perdida, totalmente mía y totalmente de ellos, doy gracias a Dios que parece haberla querido enteramente para este gozo, contra y a pesar de todo.

En este gracias en el que está todo dicho, de ahora en más, sobre mi vida, yo os incluyo, por supuesto, amigos de ayer y de hoy y a vosotros, oh amigos de aquí, junto a mi madre y a mi padre, mis hermanas y hermanos y los suyos, ¡el céntuplo concedido, como fue prometido!.

Y a ti también, amigo del último instante, que no habrás sabido lo que hacías. Sí, para ti también quiero este gracias, y este ‘A-Dios’ en cuyo rostro te contemplo.

Y que nos sea concedido reencontrarnos como ladrones felices en el paraíso, si así lo quiere Dios, Padre nuestro, tuyo y mío. ¡AMÉN! IM JALLAH!”

Juan Pablo II supo entrever el significado de la muerte del P. Christian y de sus compañeros: una entrega a Dios por Argelia, por la gente de un pueblo que ha sufrido y sufre cada vez que algunos de sus hijos se apartan del camino del amor. En una carta enviada por el Papa a los cistercienses reunidos en capítulo general, les decía:

“El testamento que dom Christian de Chergé nos ha dejado ofrece a todos una clave que nos permite comprender los trágicos acontecimientos en medio de los que él y sus hermanos han tenido que moverse y cuyo significado final ha sido el don de sus vidas en Cristo. ‘Mi vida -escribía- está entregada a Dios y a este país’” (carta de Juan Pablo II del 10 de octubre de 1996).

La sangre de unos monjes se derramó, por unos instantes, en el suelo entre las montañas de Argelia. No vemos ahora su fecundidad. Más allá de las estrellas, donde Dios lee lo que hay en los corazones de sus hijos, la ternura divina ha acogido a estos siete hijos suyos, mártires del amor, fieles seguidores de la ternura y del servicio que nos testimonió, con su vida y con su muerte, Jesús, el Hijo del Padre, el Hijo de María, nuestro Hermano y Salvador.

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