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Epílogo

Pbro. Dr. Enrique Cases
9 julio 2008
Sección: Los Apóstoles

A lo largo de estas páginas hemos podido contemplar a los apóstoles con detalle. Sus virtudes y sus defectos se han hecho patentes dentro del escueto dato evangélico. Casi hemos visto actuar la gracia en el alma de aquellos hombres fieles y rudos. Su contacto con el Maestro divino les lleva a aprender las lecciones de santidad del que es tres veces Santo.

No puedo dejar de anotar una reflexión santa del beato Josemaría, útil para todos aquellos que deseen seguir la huella de los apóstoles: "Mira: los apóstoles, con todas sus miserias patentes e innegables, eran sinceros, sencillos…, transparentes. Tú también tienes miserias patentes e innegables. -Ojalá no te falte sencillez" .

Si exceptuamos a Judas Iscariote, se advierten algunos puntos comunes en todos ellos: son hombres nobles, de gran corazón. Las variaciones de inteligencia, formación, cultura y sociales son grandes; también sus opiniones humanas, pero eso avalora la acción de la gracia. En su conjunto forman un mosaico de variados colores, una obra de arte plena de vida y unidad. Pero el elemento básico era de barro, como el de Adán y, además resquebrajado por el pecado. Era necesaria la apertura a la gracia para que pudiesen llegar a ser santos.

"A mí me anima considerar un precedente narrado paso a paso en las páginas del Evangelio: la vocación de los primeros Doce. Vamos a meditarla despacio, rogando a esos santos testigos del Señor que sepamos seguir a Cristo como ellos lo hicieron.

Aquellos primeros apóstoles -a los que tengo gran devoción y cariño -eran, según los criterios humanos, poca cosa. En cuanto a posición social, con excepción de Mateo, que seguramente se ganaba bien la vida y que dejó todo cuando Jesús se lo pidió, eran pescadores: vivían al día, bregando de noche, para poder lograr el sustento.

Pero la posición social es lo de menos. No eran cultos, ni siquiera muy inteligentes, al menos en lo que se refiere a las realidades sobrenaturales. Incluso los ejemplos y las comparaciones más sencillas les resultaban incomprensibles, y acudían al Maestro: Domine, edissere nobis parabolam, Señor, explícanos la parábola. Cuando Jesús, con una imagen, alude al fermento de los fariseos, entienden que les está recriminando por no haber comprado pan.

Pobres, ignorantes. Y ni siquiera sencillos, llanos. Dentro de su limitación eran ambiciosos. Muchas veces discuten sobre quien sería el mayor, cuando -según su mentalidad- Cristo instaurase en la tierra el reino definitivo de Israel. discuten y se acaloran durante ese momento sublime, en el que Jesús está a punto de inmolarse por la humanidad: en la intimidad del Cenáculo.

Fe, poca. El mismo Jesucristo lo dice. Han visto resucitar muertos, curar toda clase de enfermedades, multiplicar el pan y los peces, calmar tempestades, echar demonios. San Pedro, escogido como cabeza, es el único que sabe responde prontamente: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Pero es una fe que él interpreta a su manera, por eso se permite encararse con Jesucristo para que no se entregue en redención por los hombres. Y Jesús tiene que contestarle: apartate de mí, Satanás, que me escandalizas, porque no entiendes las cosas de Dios, sino las de los hombres.

Aquellos hombres de poca fe, ¿sobresalían quizá en el amor a Cristo? Sin duda le amaban, al menos de palabra. A veces se dejan arrebatar por el entusiasmo: vamos y muramos por él. Pero a la hora de la verdad huirán todos, menos Juan, que de veras amaba con obras. Sólo este adolescente, el más joven de los apóstoles, permanece junto a la Cruz. Los demás no sentían ese amor tan fuerte como la muerte.

Estos eran los discípulos elegidos por el Señor; así los escoge Cristo; así aparecían antes que, llenos del Espíritu santo, se convirtieran en columnas de la Iglesia. son hombre corrientes, con defectos, con debilidades, con la palabra más larga que las obras. Y, sin embargo, Jesús los llama para hacer de ellos pescadores de hombres, corredentores, administradores de la gracia de Dios" .

La gracia actúa como un fuego que pone al rojo el metal, liberándole de sus impurezas, y, cuando está en su punto se le puede moldear y templar para que adquiera la forma, la fortaleza y la flexibilidad de la santidad.

Es muy posible que San Pablo pensase en ellos y en sí mismo unidos a los primeros cristianos cuando comenta: "Mirad si no, hermanos, vuestra vocación; pues no hay entre vosotros muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles. Dios eligió más bien lo necio del mundo para confundir a los sabios, y lo débil del mundo para confundir a los fuertes; lo vil y lo despreciable del mundo, lo que no es, para destruir lo que es, para que ninguno se gloríe delante de Dios" .

Se dejaron transformar por la gracia y la verdad de Jesucristo y fueron apóstoles, pastores, sacerdotes de la Nueva Ley y santos. Buena cosa es que nos alegremos con el himno litúrgico:

Que el cielo prorrumpa en alabanzas

y la tierra rebose toda de júbilo,

cantando la gloria de los Apóstoles.

Oh lumbreras del Orbe, que habéis de juzgar al mundo,

os pedimos de todo corazón que prestéis oído a nuestras súplicas.

A fin de vernos libres de nuestros pecados por el poder que

recibisteis de abrir y cerrar, con vuestra palabra, las puertas del Cielo

Reproducido con permiso del Autor,

Enrique Cases, Los 12 apóstoles. 2ª ed Eunsa pedidos a eunsa@cin.es

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