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Un pontificado sin frutos


27 junio 2008
Sección: La historia de los Papas

El gobierno de Roma estaba en manos de una mujer, quien se propuso imponer un Papa que fuera condescendiente a sus caprichos.

León V

 

León V, originario de Ardea, fue elegido papa en julio del año 903. En septiembre estaba ya encerrado en la cárcel, sin sospechar siquiera quien le había aherrojado allí, su sucesor el papa Cristóbal, vendría a hacerle compañía antes de cinco meses y que ambos serían degollados por orden de su común sucesor: Sergio III.

Una leyenda bretona ha pretendido ver en León V un santo monje benedictino que habría peregrinado a Roma para ser allí elegido papa, providencialmente, y martirizado luego.

 

Cristóbal

 

Presbítero de la iglesia de San Dámaso, Cristóbal hizo aprisionar a León V en septiembre del 903 para ocupar su lugar, en el que se mantendría hasta enero del año siguiente, momento en que, a su vez, fue encarcelado por su sucesor.

Es curioso que este usurpador esté inscrito como papa -y no como antipapa- en los catálogos oficiales de la historia del pontificado.

 

Sergio III

 

Antiguo amigo del desquiciado Esteban VI, Sergio era de su misma ralea. Asesino de sus predecesores, inauguró un período del papado al que el cardenal César Baronio designaría, a principios del siglo XVIII, con el famoso nombre de «pornocracia». Fueron mujeres las que gobernaron en Roma, y los papas no fueron más que juguetes de sus ambiciones políticas y de sus pasiones personales.

 

Sergio, conde de Túsculo, era obispo de Cere. Había sido elegido papa en el 897 por primera vez por los enemigos del difunto Formoso, pero Lamberto de Espoleto le forzó a ceder la sede pontifícia a Juan IX. Desde entonces, retirado en los dominios del margrave Adalberto de Toscana, Sergio esperaba su hora para volver a sentarse en el trono papal.

 

Un miembro de su familia, un tal Teofilácto, se había propuesto imponerse a la nobleza romana. Simple juez en el año 901, se auto adjudicó los títulos de cónsul, duque y senador del pueblo romano. En realidad, era su esposa, Teodora la Mayor, y sus dos hijas, Teodora la Joven y Marozia, tan libertinas como ambiciosas, las que lo controlaban todo. En enero del año 904 Teodora jugó la baza de Sergio. Éste regresó a Roma, se apoderó del papa Cristóbal y lo encerró junto al infortunado León V. Una vez reelegido, Sergio III instruyó un proceso formal -una farsa más bien- contra sus dos predecesores, León y Cristóbal, y los hizo degollar. A continuación, seguramente obsesionado por lo sucedido con Formoso, Sergio y sus comparsas proclamaron una vez más la invalidez de todas las ordenaciones conferidas por aquel pontífice.

 

Durante los siete años que ocupó la sede de Pedro, Sergio III se plegó dócimente a los caprichos de Teodora y, sobre todo, a los de su hija menor, Marozia. Ésta se había casado en el 905 con Alberico de Espoleto, pero eso no fue obstáculo para que fuera bastantes años amante del papa, y que le diera un hijo, el futuro papa Juan XI, al que su propia madre mandaría encarcelar pasado el tiempo. (Hay bases documentales en que apoyar esta escandalosa trama, pero también hay razones sólidas para deducir que fue consecuencia de una calumnia luego convertida en leyenda.)

 

Las únicas relaciones que tuvo Sergio III con Bizancio fueron para autorizar al emperador León VI que se casara por cuarta vez. Tanto el derecho civil como el derecho eclesiástico prohibían ya un tercer matrimonio. También el patriarca de Constantinopla se había opuesto al emperador cuando éste quiso casarse, en cuartas nupcias, con Zoé Carbonopsina a fin de legitimar a su hijo, heredero del trono.

 

El emperador pensó que en aquella ocasión no sería el papa tan meticuloso e inflexible y, por una vez, utilizó contra el patriarca de Constantinopla las pretensiones del obispo de Roma al primado universal. El patriarca, escandalizado por la actitud de Sergio, le borró de los Dípticos, listas oficiales en las que figuraban los nombres de obispos y patriarcas, lo que equivalía a excomulgarle. Y es obvio que el prestigio del papado no salió fortalecido de aquel episodio. Tan es así que cuando los obispos franceses presionaron a Sergio III para que saliera al paso de la errada doctrina de Focio acerca del Espíritu Santo, el papa no encontró eco alguno en el Oriente.

 

La única huella claramente positiva del paso de Sergio III por la sede de San Pedro fue la reconstrucción de la basílica de Letrán, destruida en el 897 por un temblor de tierra. Este pobre papa murió el 14 de abril del año 911.

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