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Roma es saqueada por los visigodos


26 junio 2008
Sección: La historia de los Papas

No obstante el peligro inminente, la Iglesia consigue salvaguardar sus templos. Al mismo tiempo, el Papa afirma su autoridad y la unidad de los obispos.

San Anastasio I

 

San Jerónimo se guardó mucho de decir de él lo que se dice que dijo de Siricio. Aparte de que ya no tenía deseos de ocupar la silla de Pedro, Anastasio era un amigo suyo. Elegido a fines del 399, el nuevo papa no reinaría mucho tiempo: poco más de tres años. Tomó posiciones firme frente a las ideas de Orígenes y exhortó a los obispos de África a proseguir su lucha contra los donatistas.

 

Cuando murió en diciembre del año 402 no se dudaba de que le sucedería su propio hijo y que llegaría a ser el papa más destacado de aquel siglo V, tan cargado de catástrofes.

 

San Inocencio I

 

San Jerónimo era amigo de Anastasio. Hay razones, por tanto, para creer lo que él dijo: que Inocencio era hijo del papa difunto, al que sucedió el 22 de diciembre del 402.

 

Alarico acababa de invadir Italia el año anterior. En el 399, con la idea de atajar los estragos que hacía, el emperador nombró a este rey de los visigodos gobernador militar de la región de Iliria. Los bárbaros se acercaban cada vez más a Roma y llegaron al pie de su muralla en el año 408. El 24 de agosto del 410, a la misma hora en que el papa discutía con el emperador la oportunidad de hacer a Alarico comandante en jefe de las fuerzas imperiales de Occidente, los visigodos se apoderaron de Roma sometiéndola durante tres días al pillaje de la soldadesca.

 

Inocencio vio con claridad que había cambiado radicalmente el tiempo en que la Iglesia podía limitarse a un gobierno localista y parcelario, en el que cada obispo respondía sólo ante sí mismo y no se mantenían con Roma más que unas someras relaciones como expresión de una cierta comunidad de fe. Y una forma de gobierno colegiado acaso resultara idónea para unos tiempos relativamente apacibles. Pero en horas difíciles, de catástrofes y divisiones, únicamente una autoridad fuerte podía garantizar la salvación. Convencido de ello, Inocencio proseguiría a mayor ritmo el movimiento iniciado por sus predecesores. En un trance en el que todo se desmoronaba en el Imperio, el sucesor de Pedro no conseguía asegurar la cohesión de la Iglesia más que «apretando las tuercas por todas partes». Sólo la fortaleza del casco y la unidad de la tripulación podían preservar la barca en la tempestad.

 

Sin dejarse impresionar por los crujidos del Imperio que se hundía, Inocencio, obstinadamente con un rigor increíble, consolidó la Iglesia, afirmando al mismo tiempo como no se había hecho antes nunca la autoridad del papa. Conservó o restableció el contacto con todos los obispos. De Rouen a Cartago, de Tarragona a Tesalónica, exigió que todas las comunidades se atuvieran al culto y a la disciplina romanos. Todos los problemas importantes deberían debatirse en la urbe y ser discernidos y resueltos por él. La influencia del patriarca de Constantinopla debía ser frenada: ni siquiera había que hablar de un reparto de autoridad. La fe, como la disciplina, había de ser única, uniforme. No había que prestar oídos a las enseñanzas de Pelagio ni de Celestio, y mucho menos a las de los donatistas. El único que enseña y el único que manda es Pedro.

 

Sería mezquino ver un componente de vanidad personal en la lucha por fortalecer el primado de Roma en el siglo V; está claro que sólo cabía aquella medida para salvar a la Iglesia. Si la misión de Pedro tenía un sentido, aquélla era, sin duda, la hora de ponerlo por obra. Inocencio I aceptó sus responsabilidades y cumplió con su deber, lo que no le impidió cosechar en ocasiones algún fracaso. Por ejemplo cuando apoyó a Juan Crisóstomo, el santo patriarca de Constantinopla al que las intrigas de sus adversarios habían hecho salir de su sede en el año 453, sin conseguir que regresara de su exilio.

 

El paso de Inocencio I por la silla de Pedro sería uno de los más beneficiosos para la Iglesia. Las flaquezas de su efímero sucesor no llegaron, venturosamente, a comprometer su obra, que dejó muy bien consolidada al morir el 12 de marzo del 417. El vendaval se prolongaría aún durante un tiempo, pero la barca de Pedro sabría resistir.

 

San Zósimo

 

Elegido en marzo del año 417, Zósimo, un griego ajeno a la mentalidad romana, carecía de las cualidades precisas para continuar la obra de sus predecesores. Aunque tampoco tuvo tiempo para arruinarla.

 

Estaba, sin embargo, lleno de buenas intenciones; él sabía perfectamente que tenía que afirmar, como Siricio e Inocencio, las prerrogativas del papado. Pero así como los papas precedentes habían puesto al servicio de ese objetivo todo su tacto, toda su circunspección y todo su conocimiento de los hombres, el impulsivo Zósimo siguió el procedimiento de echarse el mundo a la espalda.

 

Nombró a su protegido, Patrocio de Arlés, metropolita de las provincias de Vienne y de Narbona, poniendo así bajo su control todo el clero de la Galia. Si se hubiera tomado la molestia de informarse, se habría enterado de que nadie, en esa región de Europa, quería a aquel ambicioso. De modo que, de un golpe, se granjeó el rechazo de los galos. En África, apelando a decretos de los que nadie había oído hablar, exigió la rehabilitación de Apiario, un sacerdote condenado con toda justicia, de fondo y de forma. Y en cuanto a Pelagio y a Celestio, cuyos evidentes errores ni merecían ser denunciados, estuvieron a punto de convencerle de su estricta ortodoxia. San Agustín se estremeció: ¿llegaría a cometer el papa otro error garrafal? Zósimo, no obstante, terminó condenando a Pelagio y a Celestio en su famosa Epístola tractoria.

 

La providencia, felizmente, puso término a «aquel reinado torpe en el que se toleró la intromisión del Estado en los asuntos internos de la Iglesia romana, anegando por un tiempo todo lo que el trabajo silencioso y prudente de sus predecesores había logrado en favor de la independencia de la Iglesia» (E. Caspar).

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