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Los errores doctrinales


26 junio 2008
Sección: La historia de los Papas

Un hecho que condujo a la declaración del dogma de la infalibilidad del Vicario de Cristo.

Bonifacio V

 

Esta vez fue consagrado obispo de Roma un napolitano. Era el 23 de diciembre del 619.

Aunque estaba muy aplicado en la política bizantina, su mayor preocupación fue la conversión de los anglo-sajones. Con esa intención aumentó los poderes del arzobispo de Canterbury, sin negar en ningún momento a investirlo metropolita de toda Gran Bretaña, como afírmará más tarde un documento seguramente falso.

 

Bonifacio V murió el 25 de octubre del 625, aunque esta fecha no es del todo segura.

 

Honorio I

 

Ningún papa ha desatado tantas pasiones, trece siglos después de su muerte, ninguno ha hecho verter más tinta y ninguno se ha visto mezclado más de lleno en un problema siempre delicado y difícil: la cuestión de la infalibilidad pontificia.

Todo hacía augurar sin embargo que Honorio pasaría a la Historia como un gran papa. Originario de la Campania, era hijo de un cónsul y se había fijado como meta ideal -cuando fue consagrado el 27 de octubre del 625- continuar la obra de san Gregorio Magno, del que había sido discípulo.

 

Desde el principio de su pontificado desplegó una actividad tan variada como fructífera. En el norte de Italia se aplicó con éxito a reducir las últimas resistencias cismáticas, vestigios de la crisis provocada por Vigilio y la cuestión de los «Tres Capítulos»; Istria y Venecia volvieron al seno de Roma. Consiguió que reconocieran su primado los obispos de España, Cerdeña y el Epiro. Su sabia administración del patrimonio de la Iglesia también contribuyó a que aumentara considerablemente su prestigio y, al mismo tiempo, su influencia en la orientación política de Italia. Hizo construir en Roma iglesias y edificios públicos que procuró decorar suntuosamente, como Santa Inés Extramuros o San Pancracio. Promovió, en fin, con notable eficacia la evangelización de los anglo-sajones y confirió el palio -especie de capelo cardenalicio- a Honorio de Canterbury y a Paulino de York.

 

En resumen, un gran pontificado que prometía una gloria segura… Pero bastó una fórmula desafortunada, redactada quizá en un momento de irritación, para echar por tierra de un manotazo tan agradables perspectivas y comprometer seriamente, trece siglos más tarde, los pasos que condujeron a la declaración del dogma de la infalibilidad del vicario de Cristo. Este pontífice sería formalmente censurado por tres concilios ecuménicos sucesivos y, durante varios siglos, cada nuevo papa tendría que jurar obligatoriamente, en la ceremonia de su entronización, que no incurriría en los errores de Honorio.

 

¿Qué es lo que desencadenó esta famosa «cuestión del papa Honorio»? Al examinar la serena nitidez de los relatos evangélicos sorprende que los cristianos hayan podido llegar, durante siglos -y en nombre del Evangelio-, a matarse unos a otros. Se planteaba, por ejemplo, qué voluntad era la que empujaba a Jesucristo a obrar. ¿Había en el Señor una sola voluntad expresada por su única persona, o había dos voluntades correspondientes a sus dos naturalezas?

Las célebres «cuestiones bizantinas» no siempre se limitaban a cortar un cabello en cuatro partes: a veces hacían lo mismo con la cabeza. En aquellos tiempos se discutía de teología hasta en los mercados y se defendían las más sutiles distinciones a fuerza de puños; las peleas que se organizaban acerca, por ejemplo, de las procesiones intratrinitarias sólo llegaban a su fin por los garrotes y las cargas de la policía.

 

La reacción de Honorio -para ser bien comprendida debe situarse en aquella circunstancia, cuando un día del año 634 recibió una carta del patriarca Sergio I de Constantinopla. Se pedía en la misiva que el papa fijará su posición en la polémica que enfrentaba al patriarca Ciro de Alejandría y al monje Sofronio de Jerusalén. El primero abogaba por la existencia de una sola «energía» en Jesús, en tanto que el otro quería ver dos.

 

Para un hombre de acción de la envergadura de Honorio, en aquella discusión no había más que una inútil querella de palabras vacías. Sergio, partidario de la postura de Ciro de una única voluntad (monotelismo), había sido muy hábil al expresar el problema de tal modo que un papa poco acostumbrado a las sutilezas de la cristología no tuviera más remedio que darle la razón. Quizá por eso, sin esperar a conocer los argumentos de la otra parte, esto es, la tesis de Sofronio, Honorio respondió sucintamente: que no había que hablar de eso, sino confesar sencillamente «un solo Jesucristo que obra en las dos naturalezas las obras de la divinidad y las de la humanidad. Es necesario, ante todo, poner a salvo la voluntad personal y debe reconocerse alguna unidad de voluntad, ya que el Verbo ha tomado nuestra naturaleza, mas no el pecado que hay en ella». Y terminaba pidiendo que se dejara de hablar de una o de dos «energías», expresión que consideraba un invento caprichoso que no haría sino generar discusiones.

 

En una segunda carta dirá: «Nosotros no debemos definir ni una ni dos energías…. sino confesar las dos naturalezas en la unidad de un solo Cristo». Mas los disgustos y problemas que Honorio quiso evitar se produjeron fatalmente apareciendo él como culpable… a título póstumo; él era un papa realista, demasiado embebido en las concretas amenazas de las tropas lombardas como para perder el tiempo en abstracciones.

 

Pero aquellas «abstracciones» que en el año 634 y en Occidente no pasaban de ser una distracción pasajera, en Oriente se tomaban muy en serio. Los patriarcas orientales -que tenían todo el tiempo que quisieran para teologías- calibraron el peso dogmático de las dos posiciones y su trascendencia para la fe cristiana. Y, a su juicio, la respuesta de Honorio revelaba una lamentable ignorancia y ponía de manifiesto hasta qué punto, en todo el Occidente, pero particularmente en Italia, había caído en decadencia la teología desde el siglo VI.

 

Cincuenta años después, el sexto concilio ecuménico reunido en Constantinopla lanzó su anatema contra los promotores de nuevas herejías, incluyendo explícitamente «al obispo de Roma, Honorio, que, en una carta a Sergio había probado que participaba de sus errores y que confirmaba su impía doctrina».

 

El séptimo y el octavo concilios consideraron necesario también renovar la misma condenación. El papa León II (682-683) reconoció el error dogmático cometido por su lejano predecesor y, durante mucho tiempo, cada pontífice que accedía al solio papal tuvo que jurar que «rechazaría la herejía cuyo fermento había introducido Honorio».

 

En Occidente se procuró olvidar poco a poco que el hereje Honorio había sido un papa, y en la Edad Media se llegó incluso a no mentar su nombre. Pero hacia el año 1420, gracias al humanista florentino Ambrosio Traversari (1386-1439) y a sus traducciones de los Padres de la Iglesia griegos, surgió de nuevo el dramático episodio. Y Juan de Turrecremata (1388-1468) salió en defensa del papa culpando de la condenación de Honorio a un error de un concilio mal informado.

En la época de la Reforma, el teólogo católico Albert Pigges (1490-1542), apologista acérrimo de la Santa Sede y partidario de la infalibilidad del papa, llegó a negar que se hubiera condenado a Honorio, imaginando que el pretendido anatema no existió más que en las falsedades subrepticiamente incorporadas por griegos malintencionados en las Actas de los Concilios. El cardenal Belarmino y Baronio se apresuraron a adoptar esta tesis tan oportuna que, en virtud del prestigio de sus defensores, tuvo partidarios hasta el siglo XIX, pese a que Melchor Cano (1509-1560) se había ya revelado contra aquella explicación tan simplista y tan alejada de la realidad.

 

El caso es que en 1870, en el Concilio Vaticano I, todos los que consideraban que no era oportuna una proclamación solemne de la infalibilidad del papa, adujeron como argumento en contra del conocido episodio de Honorio. Por contra, los partidarios del dogma desmontaron el ataque basándose en que la garantía de infalibilidad sólo era aplicable cuando los papas hablaban «ex cathedra», condición que no se daba en las dos cartas famosas de Honorio a Sergio. La crítica posterior ha tendido a exonerar a Honorio de toda sombra de herejía porque -aunque se admitan sus cartas como documentos «ex cathedra»- en lo que él dijo e impuso no había error, sino pura ortodoxia. Cuando se refirió a una unidad de voluntad en Jesucristo, no propugnaba una sola voluntad, una unidad física, sino la unidad moral de las dos voluntades existentes en el Señor.

 

Triunfó la infalibilidad. Y el que sin pretenderlo había sido causa de la polémica que precedió a la declaración del dogma, había muerto 1242 años antes, el 12 de octubre del 638.

 

Severino

 

Elegido el 12 de octubre del año 638, es decir, el mismo día de la muerte de Honorio, su sucesor, Severino, tuvo que esperar un año y medio a que Heraclio autorizara su consagración.

 

En el ínterim vivió la amarga experiencia de calibrar lo que podía costarle al obispo de Roma la obligación de administrar el erario público en nombre del emperador: en efecto, recién elegido, vio cómo la tropa, reclamando su soldada, invadió el palacio de Letrán y saqueó las cajas de la Iglesia para cobrarse los salarios que se le debían.

El 28 de mayo del 640, por fin, el papa elegido pudo ser consagrado. Los emisarios romanos en Constantinopla sólo consiguieron la conformidad de Heraclio tras prometer que Severino adoptaría la Ethesis, una profesión de fe formulada en nombre del emperador por Sergio, el patriarca de Constantinopla de tendencia monoteísta, el mismo que seis años antes había tendido a Honorio la trampa ya descrita.

 

El 2 de agosto del 640, la muerte del papa, a dos meses tan sólo de su consagración, le ahorró el trance de tener que tomar posiciones respecto a aquel documento que Juan IV, su sucesor, tuvo la valentía de condenar.

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