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Los conflictos entre cristianos


26 junio 2008
Sección: La historia de los Papas

No sólo se debía luchar contra el partido del antipapa, hacía falta mantener el orden respecto a la administración de sacramentos y la situación de los bautizados.

El antipapa Novaciano

 

Al ser bautizado in extremis a causa de una grave enfermedad, de acuerdo con la costumbre de la época no podía Novaciano alcanzar el sacerdocio. Pero era un erudito de gran talento del que la Iglesia estaba segura de obtener eficaces servicios. Por eso, contra la opinión del clero, el obispo Fabiano asumió la responsabilidad de hacer caso omiso a todas las prohibiciones y confirió el orden sacerdotal a Novaciano. Algún tiempo después, durante la persecución de Decio y la prolongada situación de sede vacante creada en Roma, el clero terminó sintiéndose afortunado por poder disponer de un tan alto erudito para contestar las cartas que llegaban de África y de Oriente.

 

Novaciano, en verdad, no era un hombre corriente. Poseía una inmensa cultura, conocía a la perfección las obras de los grandes filósofos estoicos, tenía en Virgilio su inspiración y había escrito un tratado acerca de la Santísima Trinidad; por ser ésta la primera obra de contenido teológico redactada en lengua latina, estaba llamada a ejercer una influencia decisiva en la terminología de todo el pensamiento cristiano de Occidente.

 

En el año 251, al sentirse postergado por la elección de Cornelio, Novaciano acusó de laxismo al nuevo obispo, consiguió hacerse consagrar por tres obispos italianos y alzó contra el legítimo sucesor de Pedro una buena porción de la Iglesia. Aunque el cisma se había originado en una simple rivalidad entre personas, se convirtió pronto en un conflicto doctrinal, y los sesenta obispos reunidos en Roma en un sínodo que tuvo lugar en el otoño del 251 excomulgaron a Novaciano.

 

La breve persecución de Trebonio Gallo alejó al rebelde de Roma en el 253, y ahí se pierde su rastro. Su secta, sin embargo, caracterizada por su rigorismo, no desapareció definitivamente hasta el siglo VII.

 

San Lucio I

 

Inmediatamente después de morir Cornelio fue elegido su sucesor. Se trataba de Lucio, un romano. Pero cuando Gallo tuvo noticia de su elección lo mandó apresar y le condenó al exilio. Sin embargo, no permaneció alejado de Roma mucho tiempo: aquel mismo año 253 sería asesinado Gallo, sucediéndole en el trono Valeriano, un emperador bastante favorable a los cristianos. Lucio regresó a la urbe.

 

No era hombre que militara en un rigor intransigente. Los relapsos, es decir, los que en momentos de debilidad ante sus verdugos habían renegado de su fe -y que luego se habían arrepentido- podían contar con su benevolencia y magnanimidad. También Lucio, como antes Cornelio, fue blanco de los ataques de los novacianos, hasta el punto de que el obispo de Cartago, Cipriano, se vio obligado a salir en su defensa y subrayar con qué valor y firmeza se había mantenido el obispo de Roma fiel a su fe durante la reciente persecución.

 

A los ocho meses de su elección, a fines de marzo del 254, falleció Lucio de muerte natural. El pueblo cristiano calibró lo mucho que había sufrido durante su exilio y le otorgó espontáneamente el título de mártir.

 

San Esteban I

 

No suponía una gran ventura ser obispo de Roma en aquella época. Si una pausa en las persecuciones ahorraba preocupaciones al Santo Padre, los cristianos se encargaban de procurarle otras. Y no pequeñas. Esteban, más que ningún otro, tuvo ocasión de vivir esa experiencia.

 

El 12 de mayo del 254, esto es, poco más de un mes después de la muerte de Lucio, le sucedió Esteban, también romano. Su gobierno transcurriría entre dos oleadas de persecuciones y durante el mismo se estuvo cerca de una ruptura entre Roma y las Iglesias de África y de Oriente.

 

Igual que sus dos predecesores, el nuevo obispo era favorable a que los apóstatas regresaran a la comunión de la Iglesia una vez que hubieran cumplido la penitencia por su caída. Pero esa actitud, adoptada en provecho de los cristianos corrientes, ¿debía extenderse también a sus pastores? ¿Acaso no tenían ellos más obligación que los demás de dar ejemplo de valentía? Dos obispos españoles habían logrado librarse del tormento procurándose certificados oficiales que atestiguaban que habían ofrecido a los dioses los sacrificios prescritos. ¡Qué escándalo! Consciente de sus prerrogativas, Esteban les castigó severamente. Y lo mismo hizo con un obispo de Arlés que no había tenido inconveniente alguno en pasarse al bando de los novacianos.

 

Exigió que todas las Iglesias se atuvieran a la tradición romana en lo concerniente al problema del bautismo de herejes y cismáticos. Eran cristianos y, por tanto, ya estaban bautizados. ¿Qué hacer si solicitaban su admisión en la gran familia católica? Las Iglesias de África, como las de Asia, exigían un nuevo bautismo. En Roma, por el contrario, y también en Alejandría, bastaba el rito de imposición de manos por parte del obispo, esto es, la confirmación.

 

Autoritario, Esteban exigió que todos actuaran como se hacía en Roma. Cipriano, el viejo obispo de Cartago, antiguo amigo de Comelio, objetó que en tal criterio se daba una evidente inconsecuencia: como la confirmación era posterior al bautismo, un sacramento de vivos, no podía renovar el bautismo si éste no era revalidado previamente. Esteban respondió a Cipriano con dureza. El obispo de Cartago buscó apoyos en Oriente: Asia Menor, Capadocia y Siria le prestaron su adhesión. En tales circunstancias, la excomunión de Cipriano hubiera significado seguramente para Roma la pérdida no sólo de África sino de todo el Oriente.

 

Dionisio, el patriarca de Alejandría, se alarmó: se ofreció y actuó de mediador, pero, a pesar de sus esfuerzos, no logró que ninguno de los dos contendientes cediera ni un ápice en sus respectivas posturas. La ruptura parecía inminente cuando la muerte de Cipriano, el 2 de agosto del año 257, y la de Esteban, la evitaron. El patriarca de Alejandría cifró entonces su esperanza en el nuevo obispo de Roma.

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