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La nobleza y sus intereses


27 junio 2008
Sección: La historia de los Papas

Las rivalidades de la nobleza italiana y las pasiones partidistas hacían cada vez más difícil el gobierno de la Iglesia.

Esteban V (885-891)

 

No se esperó al consentimiento del emperador para elegir y entronizar desde finales de septiembre del 885, al nuevo papa, Esteban V, romano.

 

El imperio carolingio estaba a la sazón en plena decadencia. Carlos el Gordo, siempre grueso y epiléptico, era incapaz de hacer frente a sus obligaciones. Pronto se le derrocaría, en el 887. Ninguna ayuda podía esperarse para luchar contra la amenaza sarracena. También el emperador de Oriente se mostraba absolutamente ineficaz.

 

El papa no tuvo más remedio que recurrir a uno de aquellos príncipes italianos que tan mal se habían portado con el pontífice Juan VIII: Guido III de Espoleto. Para asegurarse su ayuda, lo adoptó como hijo. Guido era más poderoso que el rey de Italia, Berengario, su rival. Pero ese poderío, en las puertas mismas de los Estados de la Iglesia, constituía un auténtico peligro. El papa esperó durante algún tiempo a que el sucesor del emperador, Arnulfo de Carintia, tomara el poder de Italia, pero su esperanza se vio defraudada. No le quedó más salida que volverse hacia su hijo adoptivo, el duque Guido, al que coronó emperador en el año 891. Pero nadie, fuera de Espoleto, reconocería aquella designación.

 

En el nordeste no faltaban problemas en la evangelización de los eslavos. Esteban dejó sin efecto las concesiones otorgadas por sus predecesores y prohibió el uso de la lengua eslava en la liturgia; medidas todas ellas encaminadas a mantener bajo la jurisdicción de Roma una porción de los territorios recientemente convertidos.

 

Esteban murió en Roma el 14 de septiembre del 891. Su sucesor iba a ser objeto del proceso más macabro que jamás pudiera nadie imaginar.

 

Formoso

 

Las rivalidades de la nobleza italiana y las pasiones partidistas hacían cada vez más difícil el gobierno de la Iglesia. En aquellas horas caóticas, el cardenal-obispo de Porto parecía la personalidad más capacitada para llevar a cabo la tarea.

 

Era obispo desde el año 864. En el 866 y en el 867, bajo Nicolás 1 y después bajo Adriano II, había promovido con gran eficacia la conversión de los búlgaros y desempeñado a la perfección diversas misiones en Francia y Alemania. Con Juan VIII, en cambio, sus relaciones se convirtieron en un auténtico drama. Este papa sospechaba que Formoso se había conjurado con la nobleza en contra suya, y le reprochaba ambicionar la dignidad pontificia; pretextando que se había ausentado sin su permiso de su diócesis de Porto, le depuso y le deportó. En el 883 Marino I había rehabilitado a Formoso y lo había devuelto a su sede.

 

El 6 de octubre del año 891, Roma escogió como papa al obispo de Porto. Suponía un nuevo incumplimiento del derecho vigente, pero no dieron mayor importancia entonces al hecho de saltarse la ley. Sin embargo, después de morir Formoso se le reprocharía como un crimen que hubiera aceptado su elección, puesto que estaba ya a la cabeza de otra diócesis.

 

El nuevo papa se encontró muchos problemas pendientes de resolver. En Alemania, el arzobispo de Colonia rechazaba el nombramiento de Adalgar para la sede episcopal de Bremen-Hamburgo. Formoso confirmó a Adalgar en sus funciones. En Constantinopla, los partidarios del difunto patriarca Ignacio y los seguidores de Focio, nuevamente forzado a dinútir, se destrozaban unos a otros. Formoso intentó que llegaran a un compromiso.

 

En la misma Italia la situación era cada vez más grave. Obligado a proseguir la política de su predecesor Esteban V, Formoso renovó, en el 892 y en Rávena, la coronación de Guido de Espoleto, el emperador que nadie, más allá de las fronteras de su ducado, quería reconocer. El duque de Espoleto estaba en el apogeo de su poder -y de su arrogancia- desde que había derrotado al rey de Italia, Berengario de Friul. Su presión sobre el papa se hizo insoportable. Formoso llamó en su ayuda al rey de Germania, Amulfo de Carintia, que, en el 894, venció al duque Guido. Éste murió poco después, pero su viuda, Angiltrude, continuó imponiendo su autoridad en Roma. En febrero del 896, Amulfo tuvo que regresar a Italia y marchar sobre la Urbe, donde Angiltrude se había hecho fuerte. Tomó la ciudad y, en reconocimiento, el papa puso sobre su frente la corona imperial. Mas amenazado por la epidemia que en aquellos momentos azotaba a Roma, el rey volvió a Alemania precipitadamente.

 

Pocos días después, el 4 de abril del 896, moría el papa, muy lejos de imaginar que pronto sacarían sus restos de la tumba para procesarlo ante el más increíble y bochornoso tribunal.

 

Bonifacio VI

 

Apenas entregara Formoso su alma a Dios, estallaron de nuevo los disturbios en Roma. Una multitud excitada no encontró nada mejor que elegir como papa a un sacerdote indigno que ya había sido suspendido en sus funciones varias veces.

 

Aquel triste individuo no reinó más que quince días.

 

La muerte libró a la Iglesia de él a principios de mayo del 896. Sin embargo, en contra de una decisión tomada en un sínodo reunido en Rávena, su nombre nunca fue tachado de la lista de los papas.

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