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La defensa de Roma


27 junio 2008
Sección: La historia de los Papas

Esta vez la capital del cristianismo debe soportar el ataque sarraceno.

Gregorio IV

 

Dotado de una personalidad bastante anodina, Gregorio fue elegido papa a fines del año 827 y, conforme se estipulaba en la «Constitutio Lotharii» del 824, no obtuvo su consagración hasta que el emperador prestó su conformidad.

La guerra civil entre Ludovico Pío y sus hijos hacía estragos por entonces. En el 833, Gregorio se desplazó a Alemania para ver a Lotario y con la intención de mediar y poner paz en el conflicto. Pero aquel papa no era el hombre que exigían unos tiempos tan turbulentos. No consiguió más que disgustar a todo el mundo y, lo que es peor, granjearse la enemistad del clero franco. Ésa fue la causa de que, por primera vez, se comenzaran a discutir en Occidente los respectivos derechos del papado y del imperio.

 

Otro problema, además, ensombrecía el pontificado de Gregorio IV: la amenaza sarracena. Para proteger Roma de los piratas musulmanes, el papa mandó fortificar el puerto de Ostia, alzando un bastón que se llamó «Gregoriópolis». En medio de tanta contrariedad, sin embargo, le estaba reservado un consuelo: el fin de la persecución iconoclasta, que se había prolongado ciento quince años.

 

En el norte de Europa, todavía quedaba Escandinavia por convertir: el papa confió la responsabilidad de la tarea al arzobispo de Hamburgo, san Anscario.

 

Gregorio consiguió que el imperio franco adoptara la fiesta de Todos los Santos. Y murió en Roma en el transcurso del mes de enero del 844.

 

Sergio II

 

La sucesión de Gregorio topó con las mismas perturbaciones que acompañaron la del papa Pascual l. El elegido por el pueblo, un tal Juan, intentó imponerse por la fuerza, mas quien ganó la partida fue el candidato de los nobles.

Sergio, el nuevo papa, era romano. Pasó por alto lo dispuesto en la «Constitutio Lotharii» del 824 y, sin tener la confirmación del emperador, permitió que le consagraran en los últimos días de enero. Todavía no había prestado juramento de fidelidad a Lotario. Éste no podía entender que el papa se tomara tales libertades y envió con urgencia a Roma a su hijo Ludovico II, acompañado por un poderoso ejército bajo las órdenes de Drogo de Metz, con la misión de hacer valer allí sus derechos y de informarse de las circunstancias en que había sido elegido el papa. Ante aquella reacción del emperador, Sergio no tuvo más remedio que someterse: prestó el juramento de costumbre y coronó a Ludovico II como rey de los lombardos.

 

Durante el pontificado de Sergio se prodigaría la simonía en todas sus formas. El comercio con las dignidades eclesiásticas se reveló como una fuente de recursos muy apreciable. El mismo papa consagró obispo a su propio hermano, Benito, un personaje perfectamente indigno de tan santa función, y practicó el nepotismo sin ningún miramiento.

En agosto del 846 los sarracenos cayeron sobre Roma, que fue saqueada por completo. La cristiandad se conmovió por aquella profanación de la tumba de Pedro.

 

Meses más tarde, el 27 de enero del año 847, moría Sergio.

 

San León IV

 

Todavía se hallaba Roma bajo los efectos de la invasión sarracena. La basílica de San Pablo y la iglesia de San Pedro, salvajemente saqueadas, eran exponentes de la caótica situación. Se imponía la elección de un papa enérgico que restableciera el orden y la calma.

 

Fue elegido León IV. Era romano. Un monje benedictino al que Sergio II había hecho cardenal. El riesgo de nuevas invasiones pesaba sobre la ciudad. El papa había sido designado en los primeros días de enero y a fines de marzo no había llegado aún la conformidad del emperador. Sin esperar más, fue consagrado el día 10 de abril del año 847.

Su primera preocupación fue fortificar las murallas, reforzando especialmente la que protegía la zona de San Pedro, en tomo a la colina vaticana, que por eso se llamó desde entonces «Ciudad Leonina». Y para contrarrestar el efecto psicológico negativo que generaba entre los romanos la visión de sus templos destrozados, el papa puso todo su empeño en restaurarlos con la mayor dignidad posible.

 

Las temidas nuevas incursiones tardaron en producirse, lo que dio tiempo a León para organizar la defensa de la Urbe. Los sarracenos aparecieron de nuevo en el 849, dirigiendo su embestida a devastar el pequeño puerto de Centumcellae (Civittavecchia). León ordenó que saliera su flota para detener el ataque enemigo pero, antes de que se llegara a combatir, una tempestad hundió o inutilizó todos los barcos de la media luna delante de Ostia. Aquel éxito providencial le valió a León ser aclamado como si fuera un nuevo Moisés. En memoria del acontecimiento se dio su nombre al puerto de Centumcellae, que fue reconstruido y que se llamó desde entonces «Leópolis».

 

Al año siguiente, el 850, Lotario pidió a León IV que confiriera a su hijo, Ludovico II, la consagración imperial. Las relaciones entre el papado y el imperio parecían excelentes. A pesar de ello, no faltaban roces entre ambas potestades: de un lado, por parte de los dos emperadores, Lotario y Ludovico, celosos de salvaguardar las prerrogativas que les reservaba la «Constitutio Lotharii» del 824, y del otro, por parte del papa, consciente de los derechos soberanos que le había otorgado el «Pactum Ludovicianum».

 

En tales disensiones, ponerse a favor del emperador era exponerse a los anatemas del pontífice: el arzobispo Hincmar de Reims, y Juan de Rávena, por ejemplo, tuvieron ocasión de experimentarlo en sí mismos. Y el cardenal Anastasio Bibliotecario, protegido de Ludovico II, fue fulminantemente excomulgado.

 

En aquella coyuntura, la repentina aparición de las «Decretales» del célebre Padre de la Iglesia Isidoro de Sevilla, muerto en el año 637, no pudo ser más oportuna para reforzar las pretensiones papales. Garantizada por el prestigio de un personaje de tanta categoría, aquella preciosa fuente de derecho eclesiástico llegaba como llovida del cielo para proporcionar a León y a sus sucesores todos los argumentos necesarios para justificar sus prerrogativas.

 

¡La providencia, efectivamente, estaba por el papa! Así se creyó, al menos, hasta el siglo XVI. Pero por entonces se descubrió la anomalía: las famosas «Decretales» habían sido redactadas para el caso en Reims, en tiempos del mismo León IV, mezclando muy hábilmente la verdad -los conocidos decretos de los siglos VII y VIII- con la falsedad que suponían los pretendidos decretos de los siglos IV, V y VI. Sin embargo, es justo dejar a salvo que los papas se comportaron siempre correctamente, sin abusar -hasta que se descubriera la falsedad de aquellos textos- de las bazas que brindaba el seudo-Isidoro.

 

San León, desde luego, se sirvió de esa fuente lo estrictamente preciso para apoyar su reivindicación relativa al ejercicio, sin limitación alguna, de su autoridad pontificio. De esa manera, dejaba abierto un ancho camino a Nicolás l.

León IV murió en Roma el 17 de julio del 855. Ha sido inmortalizado como el salvador de la ciudad en unos frescos de las logias vaticanas pintados por Julio Romano y Juan Francisco Penni, según unos bocetos de Rafael.

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