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El principio de los dos poderes


26 junio 2008
Sección: La historia de los Papas

En este tiempo se establecen las bases para las futuras relaciones entre la Iglesia y el Estado: "Dos son los poderes por los que se rige principalmente el mundo: el de los obispos y el de los reyes".

San Gelasio

 

Cuatro años iban a bastar a Gelasio para perfilarse como el papa más representativo del siglo V, después de San León Magno, al que sin duda aventajaba como teólogo. Con él quedaría mejor definido aún el concepto de papado y bien determinadas las relaciones entre el papa y el emperador.

 

Gelasio procedía de África. Poseía una excepcional personalidad y fue el brazo derecho de Félix II, al que redactaba además todos los documentos. El nuevo papa fue elegido el mismo día de la muerte de su predecesor. Como él, defendería el primado de la Iglesia romana y lucharía por liberarla de la tutela imperial.

 

Su carta al emperador Anastasio (491-518) recoge con insuperable claridad el principio que ha de inspirar las relaciones entre el papado y el Imperio: «Dos son los poderes por los que se rige principalmente el mundo: el de los obispos y el de los reyes. De los dos, es tanto mayor el de los obispos, cuanto que ellos tienen que dar cuenta ante el tríbunal de Dios de todos los hombres, incluso de los reyes. Vuestra piadosa majestad no tendrá más remedio que admitir que nadie, en ningún momento ni con ningún pretexto humano, podrá atentar jamás contra la misión absolutamente única del hombre al que el mandato del mismo Cristo ha puesto a la cabeza de todos y al que la Santa Iglesia reconoce como su jefe. Lo que se apoya en el sólido fundamento del derecho divino puede, ciertamente, ser atacado por la insolencia de los hombres, pero nunca, sea cual sea el poder de donde procedan tales ataques, podrá ser vencido».

 

No se podía hablar con mayor claridad. Durante toda la Edad Media se consideró este documento como la Carta Magna del papado. Aunque fuera ésta la más importante contribución de Gelasio al primado del pontífice, con la distinción de los dos poderes, no fue sin embargo la única. Protagonizó también una lucha eficaz contra el pelagianismo -que por entonces volvía a levantar cabeza-, mantuvo a raya al maniqueísmo y, en fin, eliminó hasta el último vestigio de paganismo suprimiendo su última fiesta -la de las Lupercales-, sustituida por la fiesta cristiana de la Candelaria.

 

El 21 de noviembre del 496 la muerte puso fin a este pontificado tan breve, pero tan decisivo para las futuras relaciones entre la Iglesia y el Estado.

 

Anastasio II

 

Dante le situó, resueltamente, en el infierno (La Divina Comedia, XI, 8). Y lo cierto es que Anastasio II, después de Liberio (352-366), es el segundo de los cincuenta primeros papas, que no es venerado como Santo. ¿Qué error, qué faltas pudo cometer en sus dos breves años de pontificado para verse tratado así por su Iglesia?

 

Parece que su única «equivocación» pudo consistir en que consideró oportuno proporcionar a la cristiandad un tiempo de reposo, una pausa en la tensa tarea de afirmar la primacía papal.

 

Cuando fue elegido sucesor de Gelasio el 24 de noviembre del 496, Anastasio se hizo a la idea de que querer ganar demasiado extrañaba también el riesgo de perder. El Oriente se había ido alejando y el cisma entre Constantinopla y Roma era un hecho desde el año 484. Y no había fijado Gelasio con suficiente claridad las prerrogativas del sucesor de Pedro? ¿Para qué, entonces, insistir en el mismo asunto?. Anastasio prefirió la vía del apaciguamiento con intención de acabar con el cisma. Los suyos, sin embargo, no comprendieron su actitud. El clero romano, tan orgulloso de la primacía de su Iglesia, se le tornó receloso; poner término al cisma, por supuesto que sí, pero dar un paso hacia los hermanos separados, ¡jamás!

 

Sin ceder un ápice en lo esencial, Anastasio se esforzó por comprender el punto de vista del adversario, por tener en cuenta -y no herir- su sensibilidad. Y, a los ojos del clero romano, tal modo de actuar suponía contemporizar con la herejía. Se sentó así un primer precedente de intransigencia a ultranza que suscitaría más de un grave problema hacia el futuro.

 

Fueran cuales fueran las complejas razones que respaldaran aquella posición, la verdad escueta es que por entonces no estaba de moda el diálogo y que, para los romanos, lo único importante era imponer la autoridad. Podría afirmarse que el clero obraba acorde con su tiempo, en tanto que el papa se había adelantado a los patrones de la época. Sus sacerdotes se avergonzaban de él y terminaron por darle la espalda. Por eso, la muerte, acaecida el 19 de noviembre del 498, le supondría un alivio, una liberación. Los eclesiásticos no pudieron barruntar que su desaparición les iba a precipitar en una crisis muy grave.

 

¿San Símaco o Lorenzo?

 

A decir verdad, gran parte de clero se había mostrado opuesto a la actuación de Anastasio. Los que como él eran partidarios de la reconciliación con Bizancio, eligieron para sucederle al arcipreste Lorenzo y le consagraron en la basílica de Santa María la Mayor. Era el 22 de noviembre del año 498. Aquel mismo día la mayoría del clero optó por Símaco y le consagraron, a su vez, en San Juan de Letrán. Se entraba así de lleno en una grave crisis.

 

Ninguno de los dos quería ceder. En el 499 un sínodo romano consiguió que los dos obispos aceptaran unas normas para la elección de pontífice, con el fin de evitar conflictos en lo sucesivo, aunque la firma del acuerdo no implicaba dar el brazo a torcer en aquella situación; de hecho, Lorenzo mantendría su postura hasta el 506.

 

El sínodo, por tanto, no logró poner fin a los enfrentamientos. No hubo más salida que recurrir a la autoridad civil, es decir, ¡someterse al arbitraje de un ostrogodo! Y eso a menos de diez años de la espectacular proclamación de soberanía hecha por Gelasio…

 

El rey Teodorico se declaró en favor de Símaco, pero su decisión no sirvió para resolver la crisis. En la primavera del 501 el partido de Lorenzo reanudó la ofensiva y presentó acusaciones precisas contra la persona de Símaco. Impresionado Teodorico, convocó al papa ante su tribunal, en Rávena. Símaco se puso en camino, pero cambió de opinión y regresó a Roma. El rey designó entonces al obispo Pedro de Altinum para que estudiara el caso y éste comenzó por reunir en sínodo a todos los obispos italianos. Y el sínodo dio su veredicto al monarca: «Ningún hombre tiene derecho a juzgar al sucesor de Pedro, que sólo depende del tribunal de Dios. Todos los sacerdotes que se hubieran alejado de Símaco deberían volver y presentarle su sumisión». En apoyo de su tesis recurrió la asamblea a documentos salidos de otros sínodos y de la historia de los papas. Aunque tales documentos fueron tomados como auténticos y así figuraron durante mucho tiempo en el Liber Pontificalis, la moderna crítica histórica ha puesto de relieve su falsedad apuntando que fueron elaborados para aquella concreta circunstancia.

 

El hecho es que aquella actitud del sínodo indispuso al rey de los ostrogodos contra Símaco, a quien retiró su apoyo. Lorenzo, crecido entonces por contar con el favor de Teodorico, regresó a Roma y logró mantenerse en su puesto hasta el año 506. El Senado le respaldaba en su idea de establecer la paz con Bizancio. El clero, sin embargo, estaba con Símaco. Durante cuatro años estuvo éste recluido en San Pedro, donde, a su vez, consiguió reunir otro sínodo en noviembre del año 502.

 

Aquéllos no fueron ciertamente años tranquilos. A menudo se enfrentaban las dos facciones y sus peleas terminaban en sangre. Los choques prosiguieron hasta que Teodorico cambió de actitud con respecto a Bizancio. La nueva política obligaba al monarca a situarse contra los partidarios de su nuevo adversario, provocando así la caída de Lorenzo, que se retiró a la propiedad de uno de sus amigos y terminó sus días con una muerte edificante.

 

También la vida de Símaco se apagó con gran dignidad. Cuando recuperó todos sus derechos se reveló como un auténtico defensor de la fe tal como había sido formulada por el concilio de Calcedonia. Defendió a los católicos perseguidos por los arrianos, confirmó los poderes del obispo de Arlés sobre las Iglesias de Francia y España y, en fin, reanudó la actividad preferida por todos los papas: la construcción de nuevos templos en la Ciudad Eterna.

 

Murió Símaco en Roma el 19 de julio del 514. A él se debe la inclusión del Gloria en las Misas de los domingos y en las fiestas de los mártires.

Comentarios
No hay comentarios en “El principio de los dos poderes”
  1. Roberto Casales García Dijo:

    Este artículo me parece excelente, ya que resume de forma concreta las ideas principales en lo que respecta a los dos poderes. Les agradezco sinceramente que creen este tipo de documentos que nos ayudan a enriquecernos.