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El poder de la nobleza


27 junio 2008
Sección: La historia de los Papas

Los esfuerzos anteriores por dejar en manos de la Iglesia la elección papal, se ven opacados ante la fuerza de las familias nobles, quienes, aún por medio de la fuerza, luchaban por imponer a sus candidatos.

Gelasio II (1118-1119)

 

La «querella de las investiduras» vería pronto su fin en el concordato de Worms de 23 de septiembre de 1122. Hasta que ese instante llegara, iba a haber una nueva víctima: el papa Gelasio II. Su pontificado, que duró exactamente un año y cuatro días, fue, de principio a fin, un verdadero calvario.

 

El 24 de enero del año 1118 se reunieron los cardenales, casi en secreto por miedo a las injerencias intempestivas del emperador de Alemania, para dar un sucesor al difunto Pascual II. La elección, realizada con rigurosa sujeción a la normativa establecida, dio la mayoría de los votos al cardenal-diácono Juan de Gaeta. Era un monje de aspecto venerable, con el cabello totalmente blanco, formado desde antiguo en Montecasino y que llevaba muchos años dirigiendo los asuntos de la cancillería pontificio con eficacia y competencia notables.

 

Nada más conocer el resultado del escrutinio, aquel anciano, ajeno por completo a toda ambición, se puso en pie e intentó que los electores modificaran su criterio y eligieran a otro. En ese mismo momento se abrió con gran estrépito la puerta del salón donde se hallaban e irrumpió en él Cencio Frangipani, un noble romano del partido del emperador, a la cabeza de sus seguidores armados. Éstos se abalanzaron contra el recién elegido papa, le propinaron una lluvia de puñetazos y patadas, le ataron con cuerdas y le encerraron en un torreón propiedad de los Frangipani.

 

Tan pronto supo el pueblo lo sucedido, corrió al día siguiente a liberar al nuevo pontífice que, a pesar de aquella horrible noche de pesadillas, tuvo el valor de aceptar su elección y grandeza de ánimo para perdonar a sus agresores. Escogió el nombre de Gelasio II. Mas cuando se estaba preparando el acto de su entronización entró en Roma Enrique V, prevenido por Frangipani, casi con sigilo. Gelasio escapó por muy poco y, después de una huida muy accidentada, consiguió en Gaeta un refugio bastante precario. Allí, el 10 de marzo del año 1118, fue ordenado sacerdote y consagrado obispo.

 

El emperador se negó a reconocerle e hizo nombrar en Roma otro papa, Gregorio Vlll. Aquel antipapa consiguió con sorprendente facilidad granjearse la simpatía de los romanos, que fingieron desconocer la excomunión que había lanzado Gelasio contra él y contra el emperador. Actitud que se confirmó cuando el pontífice -una vez que Enrique V se alejó de la Urbe camino del norte- se arriesgó a regresar a Roma, vestido como un miserable peregrino, y tuvo una acogida distante y poco calurosa. Unos días después, en plena celebración de la Santa Misa, fue otra vez atacado por los esbirros de Frangipani, aunque en esta ocasión logró escapar. Al poco tiempo lo hallaron unas mujeres que trabajaban el campo escondido en un trigal, abandonado por todos y medio muerto de hambre. Las labradoras le recogieron, le ayudaron a recuperar las fuerzas y le animaron para que prosiguiera su fuga yendo hacia el norte.

 

El recibimiento que le hicieron en Pisa le consoló un tanto de los desprecios de Roma. Allí le hicieron el honor de pedirle que consagrara la nueva catedral. De Pisa, pasó Gelasio a Génova y luego a Lyon. Presidió un sínodo en Vienne y, finalmente, se encaminó a Cluny, adonde llegó agotado. Y donde encontró la muerte vestido con su túnica de monje y echado sobre el puro suelo.

 

Así terminó, el 29 de enero de 1119, uno de los pontificados más dolorosos de toda la historia cristiana. Sin que nadie, de entre los eclesiásticos, se preocupara de rendir un homenaje al martirio moral de aquel papa venerable que bien merecido tenía ser reconocido como un santo.

 

Calixto II (1119-1124)

 

Los cardenales que habían acompañado a Gelasio en su huida y habían estado presentes, en Cluny, en sus últimos momentos, se apresuraron, a partir del 2 de febrero, a designar un sucesor: el arzobispo de Vienne, conde Guido de Borgoña, emparentado con las casas reales de Alemania, Francia, Inglaterra y Saboya, y tío de Alfonso VII de Castilla, León y Galicia.

 

Era un hombre enérgico que no siempre reparaba en medios para imponer su voluntad. Por ejemplo, cuando tomó posesión del arzobispado de Vienne, se valió de falsedades para reivindicar la primacía de su sede sobre la de Arlés. Y cuando llegó al solio pontificio se valdría de su posición para confirmar el hecho.

 

En el año 1112, presidiendo como legado del papa el sínodo de Vienne, destacó por sus protestas contra los privilegios que Enrique V le había arrancado un año atrás a Pascual II y procedió a excomulgar al emperador.

 

Coronado el 9 de febrero de 1119, el nuevo papa, que asumió el nombre de Calixto II, intentó al principio una aproximación a Enrique, pero el fracaso de las negociaciones de Mouzon indujo al pontífice a pronunciar otro anatema contra el emperador en el sínodo de Reims de octubre de 1119. El año siguiente se decidió Calixto a ir a Roma y en 1121 logró echar de la Ciudad Eterna al antipapa Gregorio VIII. El fugitivo fue a caer en manos de los normandos que, por orden del pontífice, lo encerraron en un convento para el resto de sus días.

 

Como su posición en Roma quedaba asegurada, se propuso entonces Calixto acabar con la cuestión de las investiduras. Ya antes había enviado tres cardenales aliados a la Dieta de Würzburg. Aquellos hombres cumplieron muy bien su misión y consiguieron de los Príncipes Electores que lo pactado quedara plasmado, el 23 de septiembre de 1122, en el famoso concordato de Worms. El emperador renunciaba por fin a la investidura eclesiástica, esto es, a conferir el anillo y la cruz a los prelados. Los obispos, en lo sucesivo, serían elegidos por los metropolitas, aunque en Alemania tendría derecho el emperador a estar presente en la elección. Por contra, reconocía el concordato al monarca el derecho de conferir la investidura laica, es decir, a entregar a los prelados el cetro, símbolo de su autoridad temporal. Esta investidura por la entrega del cetro se realizaría en Alemania antes de la consagración episcopal del elegido; en Italia y en Borgoña tendría lugar después.

 

De este modo, se liquidaba la querella de las investiduras, provisionalmente al menos. Habría que esperar a 1803 para que se produjera, con la secularización, la solución definitiva. Para celebrar el acontecimiento, reunió en Letrán, en 1123, un nuevo concilio ecuménico, el primero que se celebraba en Occidente, puesto que todos los anteriores se convocaron en Nicea, Constantinopla, Éfeso y Calcedonia.

 

Antes de morir, el 13 de diciembre de 1124, todavía hizo Calixto que se erigiera en San Pedro de Roma el altar papal que se utilizaría durante 470 años, antes de que construyeran encima el que se usa en la actualidad.

 

Gregorio VIII, antipapa (1118-1121)

 

En los últimos días de febrero de 1118 había abandonado Roma el papa Gelasio, completamente abatido, escapando por muy poco de caer en manos del emperador. Este interpretó la fuga del pontífice, que había sido elegido a sus espaldas, como una dimisión, y, puesto que Gelasio ni siquiera era sacerdote y no había sido entronizado por lo tanto, nombró otro papa.

 

El clan de los Frangipani aseguró el triunfo de la candidatura de Mauricio, el arzobispo de Braga, que vivía refugiado en la corte de Enrique V desde hacía algunos años. Elegido el 8 de marzo de 1118, asumió el nombre de Gregorio VIII y fue reconocido de inmediato, no sólo por la Iglesia de Alemania, sino también por las diócesis del norte de Italia y por las de Inglaterra. Se abría así la brecha de un nuevo cisma que, afortunadamente, no duraría más que tres años.

Gregorio VIII no era una personalidad cómoda. Originario del sur de Francia, antiguo monje de Cluny, obispo de Coimbra desde el año 1099, fue nombrado arzobispo de Braga diez años después. Un conflicto de jurisdicciones le enfrentó pronto con el que había sido su protector, el arzobispo Bernardo de Toledo, se desplazó a Roma para reivindicar sus derechos.

 

En 1114 Pascual II dictaminó a su favor. Poco después, sin embargo, el papa recortó notablemente los privilegios del inquieto arzobispo, que no dudó en volverle la espalda al pontífice, como antes lo había hecho con su antiguo bienhechor de Toledo; Mauricio se pasó al bando del emperador, y ¿cómo hubiera podido éste recompensarle mejor que haciendo que le nombraran papa? "

 

Como Gregorio VIII era un espíritu ambicioso y enredador, no tardó en decepcionar a sus partidarios. El mismo emperador le retiraría su apoyo al poco tiempo. De manera que no halló respaldo alguno cuando el papa Calixto II entró en Roma. Cayó en manos de los normandos -abril del 1121- que eran aliados de Calixto y éste le despojó de todos sus derechos y dignidades y le cubrió de insultos: de Sutri a Roma el infortunado Gregorio tuvo que aguantar un castigo muy particular. Le pasearon montado sobre un asno mientras el populacho le gritaba llamándole «Baudet», Baudinus, borrico, insulto que ya quedaría para siempre unido a su nombre. Le encerraron en la abadía de La Cava, sometido a una estrecha vigilancia. Desde allí le trasladaron a Rocca Imola, cerca de Montecasino, y finalmente, en 1125, a Castel Fumone. No se sabe exactamente cuándo murió, aunque sí que aún vivía en 1137 y que en ese año visitó de nuevo La Cava.

 

Honorio II (1124-1130)

 

El 15 de diciembre de 1124, tras una elección realizada en la forma debida, los cardenales hacían del cardenal-presbítero Teobaldo Buccapecus el legítimo sucesor de Calixto II. El elegido se impuso el nombre de Celestino II.

Pero el mismo día de su designación los matones del clan Frangipani le cayeron encima y le hicieron pagar caro su deseo de ser papa. A la mañana siguiente renunció Celestino II a su cargo en tanto que los Frangipani manipulaban a la gente para que apoyara a su candidato, el cardenal-obispo de Ostia, Lamberto de Fiagnano. Este aceptó enseguida el puesto que dejaba libre el infortunado Celestino y asumió el nombre de Honorio II. Los cardenales no tuvieron más remedio que ratificar la elección y, para salvar las apariencias, montaron unos días después la ceremonia oportuna. En cuanto a Celestino, se cometió la injusticia de inscribirlo en la lista de los antipapas…

 

Honorio procedía de una familia modesta de la región de ímola. Había sido fiel a Gelasio hasta el extremo de acompañarle en su exilio francés. Se convirtió luego en el brazo derecho de Calixto y llevó con notable habilidad las negociaciones que hicieron posible el concordato de Worms de 1124. Constituía, por tanto, Honorio una buena elección, un dichoso hallazgo, a pesar del lamentable procedimiento que le llevó a la silla de Pedro.

 

Efectivamente, supo conservar unas buenas relaciones tanto con Francia como con Inglaterra. En Alemania, tras la muerte de Enrique V, que suponía la extinción de la dinastía de los Salienos, ayudó a Lotario III a subir al trono, tomando así partido frente a su rival, Conrado de Hohenstaufen. En el norte de Italia logró el papa atraerse al arzobispo de Rávena, que había permanecido fiel al antipapa Gregorio Vlll. Por contra, en el sur fracasó penosamente con los normandos. Desde hacía bastante tiempo existía una cierta tensión entre éstos y el papado. Su rey Rogerio II había ocupado territorios de los Estados Pontificios y Honorio intentó recuperarlos. La desunión de sus aliados, sin embargo, provocó su derrota. El tratado de Benevento de 22 de agosto de 1128 consagró el fracaso del papa: la región de Apulia pasaba a ser soberanía del monarca normando.

 

Bajo el pontificado de Honorio II fue reconocida oficialmente por la Iglesia la Orden de los Premonstratenses.

La muerte de Honorio, sucedida en Roma el 13 de febrero de 1130, iba a desatar nuevas y terribles rivalidades entre las grandes familias de la nobleza romana.

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