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Conciliación entre Roma y Bizancio


26 junio 2008
Sección: La historia de los Papas

El Romano Pontífice elevó al patriarca de Constantinopla a la dignidad de vicario del Papa para todo el Oriente.

San Hormisdas

 

La lamentable «batalla de los papas» había puesto de manifiesto el abismo existente entre la ambiciosa teoría de Gelasio sobre la primacía del poder papal y la estricta realidad práctica. Se pasaba página en el libro de la historia y los dos pontífices que habían protagonizado la crisis tuvieron la elegancia de dejar la escena de modo edificante.

 

Hormisdas fue elegido el 20 de julio del 514. Había sido ordenado diácono en el pontificado de Símaco. Y le cupo la satisfacción de ver la terminación del cisma entre Roma y Bizancio porque acertó a proponer una fórmula que anulaba el Henotikon de Zenón el Isáurico sin herir la susceptibilidad bizantina. La llamada «Fórmula de Hormisdas», en efecto, reconocía abiertamente el derecho del emperador a fiscalizar los asuntos eclesiásticos, pero también subrayaba con claridad las prerrogativas de la autoridad pontificia.

 

Justo es destacar que el emperador Justino hizo todo lo posible por facilitar el acuerdo y que su influencia fue determinante para que los obispos de Oriente aceptaran sin reservas todas las condiciones -incluso las más duras- impuestas por Roma para la reconciliación: los nombres de los cinco últimos patriarcas de Constantinopla, así como los de los emperadores Zenón V, Anastasio I debían ser borrados de los Dípticos. Por demás, el Oriente debía reconocer que la Sede Apostólica había guardado siempre intacto el depósito de la fe,

 

Hormisdas, por su parte, tuvo un gesto significativo: elevó al patriarca de Constantinopia a la dignidad de vicario del papa para todo el Oriente, lo que suponía darle la vuelta con gran habilidad a los problemas planteados por el famoso canon 28 del concilio de Calcedonia. El papa y el emperador se alegraron de que acabara el cisma: a su juicio, la unión lograda sería ya definitiva. Pero había otro personaje muy lejos de sentir el mismo júbilo: el rey Teodorico recelaba por su reino de Italia, de todo acercamiento entre Roma y Bizancio, y vio en la terminación del cisma una conspiración, una traición

 

Hizo ejecutar a un homónimo del papa difunto, el senador Símaco, y puso entre rejas a uno de los más nobles representantes de la vieja aristocracia romana, el hombre de Estado y filósofo Boecio. Antes de morir, en 524, Boccio, en su prisión, todavía tuvo tiempo para escribir su gran obra De consolatione philosophiae, que quedaría entre las grandes obras de la literatura universal de todos los tiempos. El porvenir se anunciaba, pues, cargado de amenazas cuando Hormisdas falleció en Roma el 6 de agosto del 523.

 

San Juan I

 

Mientras que Teodorico el Grande rumiaba en Rávena su despecho, Roma vivía momentos de euforia. Así, apenas elegido el 13 de agosto del año 523, el nuevo papa, Juan, realizó un gesto espectacular con vistas a Oriente: hizo que se adoptara en todo el Occidente el cómputo determinado por Cirilo de Alejandría para fijar la fecha de la Pascua.

 

El rey de los ostrogodos tuvo que rendirse a la evidencia: la reconciliación era un hecho consumado. Se trataba, por tanto, de sacar el mejor partido posible de la situación. Se daba la circunstancia de que los ostrogodos -adeptos todos del arrianismo- eran perseguidos en Oriente, les confiscaban sus iglesias y eran obligados por la fuerza a convertirse al catolicismo. Teodorico maquinó entonces que el papa se desplazara a Constantinopla, oficialmente para coronar allí a Justino -que ya era emperador desde el 517-, pero, en realidad, con el propósito de obtener que cesaran las vejaciones contra los ostrogodos.

 

Para Bizancio aquel viaje constituía un acontecimiento: nunca se había desplazado un papa a la capital del imperio de Oriente. El emperador le preparó, por tanto, una grandiosa acogida. Pero la embajada sólo fue un éxito a medias: el monarca aceptó de buen grado la restitución de sus templos a los ostrogodos, pero a condición de que renunciaran expresamente al arrianismo.

 

El episodio supuso una nueva decepción para Teodorico. Y el pontífice tendría en Rávena un recibimiento muy distinto: el rey, enfurecido, se negó a dejarle proseguir su viaje hacia Roma y le retuvo en su corte.

 

No permanecería allí mucho tiempo. Murió a los pocos días, el 18 de mayo del 526. Pero fue la leyenda, y no Teodorico, la que encerró al santo padre en una horrenda mazmorra y la que luego le hizo sufrir el martirio.

 

San Félix IV

 

La muerte del papa en la misma corte del rey no beneficiaba a Teodorico, cuyos partidarios se esforzaban en Roma para desmontar las acusaciones lanzadas contra el monarca por la facción pro-bizantina. Afortunadamente para él, Teodorico pudo contar con una consejera prudente: su propia hija, Amalasunta. Desde tiempo atrás estaba empeñada en salvar las diferencias existentes entre su padre y el obispo de Roma. En esta ocasión sugirió al rey que la elección del nuevo papa recayera en la persona del diácono Félix.

 

Fue una buena idea: Félix había formado parte, en 519, de la delegación que se desplazó a Constantinopla con el objetivo de poner fin al cisma. No podía, por tanto, desagradar a los partidarios de unas buenas relaciones con los bizantinos. Cerrado el compromiso, Félix fue consagrado el 12 de julio del año 526. Era el tercer papa que debía su elección a la influencia del rey de los ostrogodos. Teodorico no tardó en manifestar su satisfacción concediendo al clero romano que, en lo sucesivo, dependiera exclusivamente de la jurisdicción del romano pontífice.

 

Félix reanudó en la Galia la lucha contra las tendencias pelagianas y apoyó a Cesáreo, el obispo de Arlés, en su tarea de propagar la doctrina agustiniana acerca de la gracia.

 

Este papa ha quedado inmortalizado en los espléndidos mosaicos que todavía pueden admirarse hoy en el ábside de la iglesia de los Santos Cosme y Damián, donde está representado junto con Teodorico.

 

Félix había vivido la elección de varios papas y no quería que se repitieran los conflictos y enfrentamientos a que se dio lugar en el último tiempo. Y consideró que lo mejor sería que él mismo designara a su sucesor. Cosa que hizo antes de morir el 22 de septiembre del 530.

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