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Pedir Consejo: El Rey San Luis y el Consejo de los Marinos

Gabriel Marañon Baigorrí
26 agosto 2008
Sección: Hijos y educación

Regresaba por mar San Luis IX, rey de Francia, de la cruzada en Tierra Santa. Al acercarse el buque a la isla de Chipre, se levantó en el mar una niebla tan densa que no se veía nada. Por un error de cálculo del capitán del buque, el hermano Raimundo, de la Orden del Temple, la nave embarrancó en un banco de arena. Echaron la sonda y comprobaron que la quilla se hundía en el barro. El hermano Raimundo se desesperaba y se arrancaba la barba agobiado por su responsabilidad.

En medio de este pánico general, el Rey San Luis y su esposa, Margarita, fueron los únicos que conservaron una gran calma y serenidad. San Luis de Francia, no teniendo ninguna competencia en cosas de mar, no quiso embarazar al capitán con advertencias inoportunas y absurdas. Lo que hizo de momento fue ponerse a orar delante de las reliquias que traía de Palestina.

El hermano Raimundo, capitán de la galera, al no verse reprendido por el Rey, ordenó un nuevo sondeo, y comprobaron que el barco no tocaba tierra y, por tanto, estaba a flote. Pero surgió un grave problema: ¿Era posible seguir navegando en un barco que podía estar averiado? El Rey llamó al capitán y le ordenó tomara una decisión, pues que él tenía el mando del buque. Cuatro buzos se sumergieron para explorar la quilla. Al cabo de un rato salieron a la superficie. Dieron sus respuestas por separado y sin oirse. Los cuatro buzos manifestaron que el buque había perdido tres toesas de la quilla.

El Rey pidió consejo a los marineros si era o no posible continuar la navegación en aquel barco. Se consultaron entre ellos y por acuerdo unánime le aconsejaron abandonara el barco y regresara a Francia en otra nave. Todas las tablas del buque estaban dislocadas. Los marinos temían que el barco, al hacerse a la mar, no pudiera aguantar el choque de las olas y se hiciera pedazos y todos los tripulantes y pasajeros perecieran. Pero el Rey, muy sagaz, preguntó a los marineros, "Apelo a vuestro honor. Si el barco y las mercancías fueran vuestras, ¿lo abandonaríais?" Los marinos contestaron: "No lo abandonaríamos". "Entonces por qué me aconsejáis que lo abandone?", replicó el Rey. Los marinos, con sinceridad, le dijeron: "Porque el oro ni la plata valen lo que valéis vos, vuestra esposa y vuestros hijos". El Rey les dio las gracias por el consejo prestado. Reflexionó unos momentos y tomó una decisión heroica: No abandonarla el buque averiado, porque si lo hacia quinientos pasajeros tendrían que desembarcar en Chipre y muchos de ellos, no pudiendo pagar el pasaje en otro barco, no volverían nunca a su amada Francia. El Rey indicó: "Por eso prefiero poner mi persona, mi mujer y mis hijos en las manos de Dios, que causar un perjuicio tan grande a tantas personas como aquí hay en el barco".

Los marinos repararon la avería. Pero nada más ponerse el buque en alta mar, fue juguete de las olas. A pesar de todo, resistió bastante bien el temporal.

Calmado éste, y tras una navegación tranquila desembarcaron en Francia.

Explicación Doctrinal:

Por muy inteligente y sagaz que seas, siempre necesitarás un consejo ante los graves problemas de la vida. El consejo se recibe para que nos den una orientación de lo que hemos de hacer ante un asunto que tenemos entre manos.

Pide siempre consejo a personas sagaces de mundo y de mucha sabiduría.

Cuando pedimos un consejo sobre un asunto, no se trata de seguirlo fielmente. ¿Se trata de reflexionar si tiene valor e importancia y si es atinado. Examina serenamente el consejo que te dan, y si lo ves justo y razonable, síguelo. Pero si el consejo que te dan no te satisface, tú mismo debes pensar y decidirte por el camino que creas más conveniente.

Norma de Conducta:

En casos importantes, pediré orientación y consejo.

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