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Las Virtudes Cristianas: El perro de Lady Moro

Gabriel Marañon Baigorrí
26 agosto 2008
Sección: Hijos y educación

Santo Tomás Moro, que llegó a ser Canciller de Inglaterra y amigo íntimo del rey, tenía como norma el cumplimiento de su deber profesional. Siempre obró con toda rectitud y justicia y jamás tuvo preferencias por nadie, ni aún por sus propios familiares. Por decir al rey la verdad y no querer doblegarse a sus injustos mandatos fue martirizado y murió por la fe.

Siendo Santo Tomás Moro magistrado de Londres, había una pobre mujer que tenía en propiedad un hermoso perro. Una tarde el perro desapareció. Se lo había robado un individuo. Cuando ya pasaron varios días, el ladrón vendió el perro a Lady Moro, esposa de Santo Tomás Moro. La dueña del perro no cesaba de buscarlo, y al fin se enteró que su perro lo tenía Lady Moro. Se lo reclamó, pero ésta no quiso dárselo.

La pobre mujer se presentó una mañana en la Audiencia y se quejó a Santo Tomás Moro de que su esposa retenía el perro, siendo ella la verdadera dueña.

Tomás Moro hizo llamar a su esposa a la Audiencia. Llegó ésta al cabo de un buen rato. Colocó a su esposa en un extremo de la sala y a la dueña del perro en el otro. Santo Tomás Moro se colocó en medio con el perro en brazos y les dijo a las dos mujeres que llamaran al animal. El perro, al oír la voz de su antigua y verdadera dueña, corrió hacia ella. Entonces el santo magistrado se volvió a su esposa y con una sonrisa que indicaba paciencia le dijo: "El perro no os pertenece, hay que consolarse".

Pero ella no quería conformarse. Entonces su marido compró el perro por tres veces su valor, con lo que todos quedaron satisfechos. Lady Moro cogió el perro y se lo llevó a su casa.

Santo Tomás Moro cumplió con una hermosa virtud, la de la Justicia.

Explicación Doctrinal:

Para ser perfectos, tenemos que practicar las virtudes cristianas. Una virtud hermosa ante Dios es la humildad. Por ella decía Jesús: "El que se ensalsa será humillado, y el que se humilla será ensalzado". (Lucas, 18.) La humildad combate la soberbia, la cual es el engreimiento de la propia excelencia. Otra virtud es la obediencia, que consiste en cumplir aquello que con razón y justicia nos mandan nuestros padres y superiores. La virtud de la mansedumbre nos incita a tener dominio de la ira, a ser serenos y sosegados al reprender o hablar con los demás, evitando la grosería. La justicia es la virtud que nos inclina a dar a cada uno lo que le pertenece.

Un pecado repulsivo es la envidia. Envidia es un pesar del bien ajeno. Y a la envidia hay que ahogarla con la abundancia de la caridad con el prójimo.

A Cristo hemos de pedirle que llene nuestra alma de sus preciosas virtudes, pues El mismo nos dice: "Pedid y recibiréis, para que sea cumplido vuestro gozo". (Juan, 16.)

Norma de Conducta:

Practicaré las virtudes cristianas para ser perfecto como mi Padre es perfecto.

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