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Las cosas

Juan Antonio González Lobato
8 agosto 2008
Sección: Hijos y educación

I

Mi amigo había estado en Rusia luchando en la segunda guerra europea. Cuando el gran avance por las frías estepas rusas, él iba en primera línea. Llegaron a un pueblecito abandonado. Me contó su impresión: estaba como si, de pronto, allí hubiera cesado la vida. Habían huido sus habitantes ante la amenaza de la inmediata invasión, cuando ya estaban cerca las avanzadillas. Llevaron consigo sus animales. En el pueblo no había nadie. Ni siquiera un can flaco y temeroso que atravesara sus calles desiertas. Las puertas y las ventanas, cerradas y silenciosas. Una calle, ancha y limpia, con aislados y viejos troncos de madera junto a las entradas de las casas, montoncitos de heno y una carreta vieja.

Avanzó por esa calle despacio, con el alma sobrecogida por lo callado de las casas y la ausencia de los hombres. El y sus compañeros ya habían recorrido todas las calles del pueblo. Ahora quería deambular solo, para llenarse de esa rara sensación de abandono y soledad; vagar y pensar, y tomar contacto, reconstruyendo la vida de aquel pueblo muerto, con las almas sencillas de los labriegos rusos que se fueron por miedo. A pesar de haber reconocido ya muchas moradas heladas y solitarias, una casita humilde de puerta entreabierta le llamó la atención. Empujó la hoja que cerraba a medias la entrada y ésta se abrió fácilmente.

Un pasillito humilde con viejos aperos de labranza y, a la izquierda, el hueco de una puerta por donde se veía la única estancia de la casa. Penetró despacio. Una gran chimenea con cenizas de un fuego apagado en el suelo. A la derecha del hogar, un camastro ancho y alto, de madera tosca y gruesa. Un ícono de la Virgen, renegrido por el humo y por el tiempo, colgado de la pared blanca de la izquierda. En el centro, una mesa pequeña de madera oscura y, sobre la mesa, un cuchillo gastado, un resto de una hogaza grande de pan y migas sueltas; a un extremo, un vaso de barro cocido toscamente al fuego. Y, sobre el piso, un cántaro, de barro también, hecho por el mismo artesano.

II

Volvió a mirar el fuego muerto y después el camastro. Bajó los ojos y ahora reparó en dos pares de zuecos de madera puestos juntos a los pies del lecho viejo. Advirtió un presentimiento, y se acercó curioso. Levantó la colcha pesada de lana oscura: debajo, los cuerpos de dos ancianitos muertos. El terrible frío de la estepa y de aquel abandono del pueblo había consumido sus vidas, igual que el fuego del fogón del suelo.

Miró de nuevo los zuecos. Parecía que le hablaban llorando en silencio. Ahora fue contemplando las cosas del ajuar de aquellos ancianitos muertos: la mesa y el cuchillo viejo. Lo que quedaba de la hogaza de pan, y las migas, y el tosco vaso de barro, y el cántaro del suelo, y el fogón con las cenizas de su fuego también muerto. Sintió como si todas esas cosas lloraran haciéndoles duelo. Se le aparecieron aquellas cosas de los viejos tristes, tristísimas, como animadas de un hondo sentimiento: eran ya cosas sin dueño, pero habían permanecido en sus lugares, allí mismo donde las dejaron las manos de los muertos. 

De puntillas y hacia atrás, como pidiendo permiso y conversando con aquellas cosas sin dueño, salió mi amigo de aquel hogar ruso perdido en la estepa helada y desierta. Dio parte, y enterraron a los viejos.

Unos días más tarde, cuando ya habían llegado grandes refuerzos en sucesivos contingentes de tropas y el pueblecito hervía de soldados como si fuera un hormiguero, llegó mi amigo a la casa de los muertos. Recordó luego, por contraste, la impresión que recibió cuando solamente escuchó el silencio de aquella estancia y el triste lloro de las cosas sin dueño. El había dejado todo como estaba.

III

Ahora todo aquello se había convertido en taberna, en música y en desconcierto. Muchos soldados cantaban alegres alrededor del fuego, que ardía lleno de leños. Otros jugaban sobre la mesita de los viejos. En el camastro, acostado, un soldado leía una carta que le trajo el correo. El cántaro estaba lleno de vino, y el vaso de barro pasaba de mano en mano, como si estuviera sediento de felicidad. Los zuecos ya no estaban, alguien los tomó como recuerdo, y ahora adornarán una vitrina de curiosidades, rodeados de lujo y orgullo, y olvidados de los viejos. Y el cuchillo, a pesar de estar gastado por el tiempo, participaba de una actividad febril en manos de los soldados, como si estuviera gozoso de servir a los nuevos dueños.

Mi amigo salió de aquella estancia cabizbajo y pensativo y, mientras escuchaba la música y las risotadas de los soldados, se fue con el alma clavada por aquellas cosas mudables que ahora participaban en la fiesta, alegres, como si nunca hubieran pertenecido a los muertos.

Avanzaba sin rumbo por la calle del pueblo de la estepa. Una sensación de desengaño se le había pegado al corazón: también sus cosas, cuando él se vaya, permanecerán frías e indiferentes por mucho que ahora las ame. Se quedarán, ajenas al dolor de la partida, prestándose a servir a otros, a los que también abandonarán. 

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