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La ciudad sumergida


25 agosto 2008
Sección: Hijos y educación

Había una vez un viejo pescador que tenía una choza junto a la playa, tenía una barca que se llamaba "Tormenta" y una hija que se llamaba Celiana. Celiana iba siempre con su padre para ayudarle en los trabajos de la pesca. Una tarde, Celiana y su padre estaban pescando. De pronto, las aguas comenzaron a agitarse y, del fondo del mar, subió un jabalí, blanco como la espuma de las olas. El Jabalí Blanco les dijo: "Hace muchísimos años, mi ciudad fue encantada… Y, desde entonces, está sumergida en el fondo del mar. Celiana, hemos sabido que tú puedes romper este encantamiento." "¿Qué debo hacer?, preguntó la niña. El Jabalí Blanco le contestó: "Tienes que pasar tres pruebas: la primera consiste en acompañarme al fondo del mar; la segunda, no hablar ni una sola palabra durante tres días; y la tercera, no acariciar a ninguno de los animales que veas en la ciudad." "De acuerdo", exclamó Celiana.

La niña dijo adiós a su padre, montó en el Jabalí Blanco y, poco después, se hundieron en el mar. Al cabo de un rato, el Jabalí le dijo: "Toma este jarro de oro y llénalo de agua. Si consigues pasar las pruebas, echarás unas gotas de esta agua sobre cada animal que veas." Celiana dijo que sí con la cabeza, llenó el jarro y lo colgó al cuello del Jabalí. El viaje por el fondo del mar fue largo y hermoso: rodeados por bandadas de peces sierra, los peces martillo y los peces hacha. Celiana quería preguntar muchas cosas; pero recordaba que no podía hablar y, con gestos, mostraba su admiración.

A lo lejos se distinguía ya la Ciudad Sumergida. Mil torres de diferentes formas y tamaños se recortaban en aquel cielo de aguas verdes. Celiana le puso por nombre "La Ciudad de las Mil Torres". Como era de noche, las calles de la ciudad estaban desiertas. En las aceras había luciérnagas para alumbrar el camino. El Jabalí Blanco dejó a Celiana en una de las casas y se despidió de ella. La niña entró en una habitación toda amueblada con caracolas marinas. Al poco rato, dos perritas blancas le trajeron la cena y todo lo que necesitaba para pasar la noche. La niña recordó su promesa y les dio las gracias con un gesto.

Al día siguiente, Celiana salió a pasear. Por las calles sólo se veían animales silenciosos y cabizbajos. Algunos iban llorando y gruesos lagrimones caían de sus ojos. Celiana quería correr a consolarlos; pero pensó que les ayudaría más si cumplía su promesa. Le costó mucho trabajo; pero durante tres días no habló ni acarició a nadie. Celiana esperó impaciente a que amaneciera el cuarto día. Entonces, se levantó y tomó el jarro de oro. Cuando las dos perritas trajeron su desayuno, les echó unas gotas de agua; inmediatamente se convirtieron en los hermosas jóvenes. Sin decir palabra, la niña salió a la calle y fue echando agua sobre todos los animales que encontraba. Y todos se iban convirtiendo en hombres y mujeres, en niñas y niños, según lo que fueran antes del encantamiento. Al fin, la Ciudad de las Mil Torres se elevó sobre las aguas. Celiana gritaba, reía, daba volteretas por el suelo… ¡Tenía tantas ganas de hablar! La ciudad era tan hermosa, las gentes eran allí tan felices que … Celiana y su padre se quedaron a vivir en la Ciudad de las mil Torres.

Comentarios
1 comentario en “La ciudad sumergida”
  1. andrea Dijo:

    me parece q deben publicar los elementos de narracion




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