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El Aguador del Reino

Juan Antonio González Lobato
8 agosto 2008
Sección: Hijos y educación

I

Era un reino feliz.

Allí había muchas fuentes.

El color de su paisaje, verde intenso, que se multiplicaba en diversos tonos. Bosques tupidos crecían con espléndido vigor. Siempre había tenido abundantes cosechas. Era una tierra que reía sin cesar: por el murmullo de las fuentes, por el viento entre las frondas, por el rumor de los arroyos, por el canto de los pájaros, por las risas de los niños …

Los hombres se amaban y procuraban, al vivir, que todos estuvieran contentos. Ellos también reían. No había enfermedades, ni envidias, ni odios. La calumnia no era conocida. Y todos se ayudaban en generosa y alegre cooperación.

A pesar de todo, un hombre llamaba especialmente la atención entre todos los del pueblo. Era de edad avanzada. Tenía el encargo de cuidar los manantiales y las fuentes del reino. Un personaje singular con una vida que no podía ser más sencilla: salía muy de mañana, se pasaba todo el día en el campo ocupado en su trabajo y regresaba cuando se ponía el sol. Se decía de él que vivía con su alma enraizada en las fuentes que cuidaba.

Nadie intentó explicarlo, pero todos sabían que era el hombre más amado de aquel mundo feliz. Sentían hacia él, además, un profundo respeto y todos, también, procuraban ver, aunque fuese a hurtadillas, su rostro cuando volvía de su trabajo diario, pues sembraba paz y dulzura.

Era la personalidad más acusada entre ellos, aunque su vida se gastaba en amar, trabajar y sonreir. Sin saber por qué, el aguador del reino suponía, para todos, algo muy importante en sus vidas. Hubieran dicho que no sabrían explicarse la felicidad de su país sin la presencia del aguador; que a todos les infundía fe, seguridad y alegría; que era el más rico tesoro que poseían.

II

Una tarde cuando regresaba del campo, las mujeres, sentadas a sus puertas en grupos de costura, notaron una sombra de tristeza en el rostro del aguador. Pronto se corrió la voz por el pueblo. Pronto procuró cada uno cerciorarse de la noticia y miró con disimulo y respeto el rostro tan conocido y tan amado. Pronto fue el tema común de la conversación: los hombres en la plaza, los grupos de costura que formaban las mujeres, los niños en los recreos de la escuela, las muchachas en los huertos donde lavaban. Todos se preguntaban:

-¿Qué le pasará al aguador, que ya no ríe como antes reía?

Pero el respeto les impidió preguntárselo a él. No obstante, siguió siendo la preocupación principal del pueblo. La tristeza continuaba y la gente observaba el semblante del aguador cuando iba o venía del campo.

Un grupo de mozos, desde lejos, siguió al aguador una mañana. Este caminaba, como siempre, de fuente en fuente, de manantial en manantial. Cuando llegaron a los primeros, observaron que algunos estaban secos, y otros disminuían su caudal. Volvieron temprano con la noticia al pueblo y todos coincidieron en no darle importancia.

-¡Qué tontería! -se decían- ¡Mira que perder la alegría porque los manantiales no tienen agua!

Les parecía desproporcionado ponerse triste por el hecho de que las fuentes se secaran. Y, averiguada la causa, siguieron felices y descuidados en su vida fácil.

Pasaron los meses y no cambió el triste semblante del aguador. Cada vez tenían que ir las mujeres más lejos por agua. La sequía continuaba y… aquel año no hubo cosechas. Sin embargo, el rostro del aguador acaparaba la principal preocupación de las gentes del reino. ¡Estaban tan acostumbrados a su alegría!

Y es que las fuentes se seguían secando.

Con el tiempo, todo se puso peor: los ríos comenzaron a enseñar sus lechos secos, apareció el hambre, se incendiaron los bosques, vinieron las enfermedades, cada vez eran más las familias que salían enlutadas a la calle… Parecía que un viento maligno había comenzado a soplar sobre aquella tierra o que una maldición pesaba sobre ella.

Se intensificó la desolación y el paisaje cambió de color.

Ya no se veían gentes por las calles y los campos. Ni niños que jugaban. Los pájaros habían huido y sólo los buitres hacían, en el cielo, círculos altos en tristes presagios por la carroña que buscaban. Poco a poco, las gentes también fueron perdiendo la alegría y apareció el ambiente propicio para la descomposición moral de un pueblo. Se cerraron las escuelas. Huyó el que pudo. Los que quedaron fueron hombres infelices, torturados por mil calamidades distintas que azotaban sus cuerpos y sus almas…

-¡Qué razón tenía el aguador cuando nosotros no comprendimos su tristeza! El fue -decían- el primero en ver, porque es quien más ama.

III

Alguien ha dispuesto que las fuentes comiencen a dar agua.

Recientemente.

Ahí, donde está cada una.

Sin cambiar de lugar.

Que los manantiales comiencen a tener vida.

Y, de pronto, se ha iniciado un cambio en el torturado reino. Las aguas salen cada día más abundantes. Cada fuentecilla, como animada de una ilusión común, se esfuerza en aumentar su caudal que, generosa, entrega.

La zona verde que cada una de las fuentes llena de vida, es, cada vez que se la mira, más extensa. El campo está tomando el color verde de antes. Y ha vuelto la alegría al rostro del aguador, que también ha sido el primero en ver lo que se acercaba. Poco a poco, una alegría nueva hace su presencia en las gentes del pueblo. Y con las aguas de las fuentes, han comenzado a correr los ríos. Y se han iniciado las cosechas. Y las risas de los niños. Y los cantos de los pájaros…

Pasará el tiempo y las fuentes no cesarán en su empeño.

Es importante que las fuentes sean fuentes con vida, que los manantiales se conviertan en manantiales con agua. Y volverá a reír la tierra por el murmullo de las fuentes, por el rumor de los arroyos, por el viento entre las frondas, por los cantos de los pájaros, por las risas de los niños…

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