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Cueva de ladrones

Juan Antonio González Lobato
8 agosto 2008
Sección: Hijos y educación

Me hablaban de muchas cosas que nadie podía oír. Horizontes insospechados aparecían en mi vida. Veía claro, cada vez más claro, lo que jamás pude descubrir antes. Una inmensa paz fue invadiéndome. Y me sentía feliz, como nunca, en el silencio de mi casa, contemplando el cielo estrellado.

A media noche llamaron a mi puerta. No quise abrir. Pero insistieron.

- ¿Quién es? -pregunté con el oído pegado y atento.

- Somos forasteros.

- Pero, ¿quiénes sois? -pregunté de nuevo.

- Somos una cuadrilla de amigos que queremos entrar en tu casa -me dijeron-. Te divertiremos mucho. Se te pasará la noche sin advertirlo. Abre y verás cómo te interesas por nosotros, qué de cosas apasionantes te enseñamos.

- No. Prefiero estar solo. Dejadme en paz. Es difícil que me deis algo mejor que lo que tengo.

Pero todos llamaron sin cesar. Eran muchos los que hablaban a la vez y ofrecían sus argumentos y, entre ellos, se oían voces de mujeres. Todos pedían que les abriera la puerta de mi casa.

Curioso yo, me asomé a la ventana, para ver quiénes eran, ya que hasta entonces no habían querido decirme sus nombres. Había, efectivamente, hombres y mujeres. Todos jóvenes con agradable presencia y distinguido aspecto. Amables compañeros.

- Decidme, por lo menos, cómo os llamáis -les dije.

- ¿Qué más te da, si de todas formas te convenimos?

- No quiero dejar entrar desconocidos en mi casa.

- Bueno, nos presentaremos: Mejor que nuestros nombres, te diremos quiénes somos. En este grupo estamos los más apreciados por las gentes de este mundo. Los hombres se matan por conseguir nuestra compañía y gozamos de su favor en todos los puntos de la tierra. Es raro, para nosotros, encontrar una puerta cerrada. Por supuesto, cada uno de nosotros tiene su propio oficio; pero todos, uno a uno o en grupo, lo mismo nos introducimos en la choza más humilde que en el palacio más soberbio. Lo ordinario es que se apresuren a hospedarnos -dijo el que parecía el jefe de la cuadrilla-. ¿Cómo es posible que seas de este modo, que te hagas rogar para dejarnos estar contigo?

- ¿Tan importantes sois?

- Tan importantes, que podemos decirte que somos los dueños del mundo.

- Si así es, ¿por qué me ocultáis vuestros nombres?

- Es que somos tantos y de nombres tan maltratados por algunos, que te asustarías. Sin embargo, debes conocer que yo personalmente he estado siempre tan cerca de ti y he velado tanto por tus intereses que he, reaccionado -en cada ocasión a tu favor antes de que te dieras cuenta.

- Pero no te conozco.

- Eso crees; sin embargo, me reconocerías en seguida, tan pronto como me abras la puerta. Y este hijo mío, que constantemente me acompaña, siempre joven y fuerte, se desvivirá por servirte de consejero.

- ¿Cómo puede aconsejarme si es joven?

- Es que es joven y, al mismo tiempo, viejo.

- No lo entiendo.

- Yo lo engendré inmediatamente después de aparecer en el mundo y nació con la facultad de renacer a cada momento. Y yo tengo más años que el más viejo de tu pueblo.

Los demás, que se habían mantenido silenciosos mientras hablaba el más anciano de ellos, comenzaron a impacientarse y a ofrecerme, en nueva algarabía, otros argumentos. No entendía bien sus palabras, pues hablaban atropelladamente; pero manifestaban de modo claro sus deseos de atravesar la puerta de mi casa.

- ¡Dejadme hablar con vuestro jefe! -grité.

- ¡Silencio! -ordenó éste.

- ¿Cómo dices tú que eres el más viejo de los viejos, si tu presencia es juvenil y fresco el timbre de tu voz? -le pregunté.

- Es que yo también tengo la facultad de renacer a cada momento.

- ¿Y cómo te llamas? Dime tu nombre al menos.

- Me llamo con el nombre más bello.

- ¿Con el nombre más bello, has dicho?

- Sí.

- ¿Y si es tan bello, por qué lo ocultas?

- Por el apellido.

- Háblame de tu hijo, ya que me lo ofreces como consejero.

- Mi hijo es un hombre poderoso, mueve a la inmensa mayoría de los hombres. Y las acciones de cada uno de los mortales están, en gran parte, inspiradas por él.

- ¿Cómo se llama?

- Resentimiento.

Confuso por la insistencia de sus argumentos, salí de nuevo al patio y tuve la serenidad de mirar otra vez a las estrellas.

- ¡Son ladrones! -me dijeron éstas.

Me acerqué de puntillas a la puerta, y, deprisa, eché cerrojos.

Ellos oyeron ruidos y guardaron silencio. 

Yo les grité:

-¡Marchaos, no quiero saber nada de vosotros!

Los cerrojos y la voz decidida que utilicé les hicieron perder la esperanza de entrar. 

Se marcharon. Volvió de nuevo la paz.

Evité que mi casa se convirtiera en cueva de ladrones.

Recomenzó la oración.

Y pude, otra vez, recrearme escuchando el murmullo de las estrellas.

Estaba solo en el patio de mi casa. La noche había invadido el mundo con sus sombras, y yo, cerrada la puerta, comencé a escuchar el murmullo de las estrellas. Cada vez oía más clara su música, y se hacía para mí más inteligible su mensaje. En todo reinaba el silencio.

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