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Meditación Litúrgica


6 mayo 2009
Sección: Fiestas y celebraciones

Liturgia de alabanza con los ojos fijos en el Señor de la gloria. Seguridad de esperanza de que se cumplirá, en Cristo, nuestra vocación de llamados a la vida eterna. Jesús, nuestra Cabeza, ascendió al cielo y, por ende, los miembros de su Cuerpo también llegaremos al paraíso.

La mirada hacia lo alto es acuciada por el mensaje angélico. Ahora comprendemos la grandeza del descenso de quien aparece hoy en el resplandor de la gloria que le es propia. Con la certeza de la vuelta del Señor, nos toca anunciar a todos la salvación que sólo es realidad en el Hijo de Dios, Cristo y Señor.

- Yo estoy con vosotros todos los días

La Ascensión no es una suerte de adiós, sino que inaugura otro modo de presencia del Señor. Por ello, en esta solemnidad, la Iglesia proclama su fe en la presencia segura de Cristo. En efecto, hace vivas las palabras de Jesús: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo». La fiesta, confesión de fe, nos convence de que el Señor Jesús siempre está a nuestra vera y que nunca nos abandona.

Nuestra solemnidad subraya con gruesos trazos quién es Jesús: es el Señor, el que está en la gloria del Padre. En efecto, la nube de la Ascensión no es simple impedimento de visión, sino el símbolo de la gloria divina en la cual penetra aquel que murió y resucitó para la salvación de todos. Clara respuesta a la pregunta: «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar la soberanía de Israel?». Nadie la dude: Cristo es el Rey del universo. ¡Admirable respuesta! Por ello se nos manda proclamar gozosamente: «Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo… Dios asciende entre aclamaciones… tocad para Dios, tocad, tocad para nuestro Rey». Israel aclamaba así a Dios en la procesión de entronización del arca de la alianza en el Templo. Hoy la Iglesia cuando Cristo es entronizado en la gloria, se hace suyo este salmo. La oración personal también.

- Luz para la mirada interior

Todo se centra en una comprensión profunda de la verdad de Dios. Por ello se requiere el don de la luz para los ojos del corazón. Con un objetivo primordial: la comprensión de la esperanza a la cual estamos llamados. Necesitamos -y suplicamos- comprender que hay una fuerza -la gracia- que obra extraordinariamente en nosotros. Fuerza omnipotente que obró la misma resurrección del Señor. Agradezcamos que hay un Salvador que reina por encima de todas las cosas, que es Cabeza de la Iglesia, la cual a su vez es Cuerpo de Cristo.

La Ascensión, como luz clarividente, hace brillar en el alma la persona de Cristo y, en lugar de alejárnosla nos la acerca. En su ausencia hay la más gran presencia. El Señor siempre camina junto a nosotros. Y la misma Iglesia se convierte en presencia visible de Jesús, lo cual supone que sus miembros deben vivir la vocación a la santidad y tener la sensibilidad suficiente para anunciar la buena noticia sin miedo y lejos de toda mediocridad. En efecto, los cristianos no están ahí plantados mirando a la alto, sino que por mandato divino tocan de pies al suelo con una vida honesta y recta, un amor creciente, una sincera alegría y una plegaria ardiente… Cristianos que, a pesar de sus debilidades, se saben fuertes en Cristo y en el Espíritu.

-Una plegaria. Recitar el Gloria a Dios en el cielo

- Pedir la luz para comprender la grandeza del misterio que se celebra

- Rogar el don de una gran esperanza

- Suplicar para que todos los hombres puedan ser discípulos de Cristo

- Sentir viva la presencia del Señor en los sacramentos, en la Iglesia y en nuestra vida.

JOAN GUITERAS

ORACION DE LAS HORAS

CENTRO DE PASTORAL LITURGICA

BARCELONA 1993 Mayo.Pág. 230 s.

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