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Arsuaga y sus hipótesis materialista


4 abril 2008
Sección: Evolucionismo

¿Cuándo empezaron a ser inteligentes los humanos? ¿Qué hizo surgir la inteligencia en nuestros antepasados? Algunos científicos sugieren que un cambio en la dieta de los homínidos, el paso al consumo relativamente abundante de carne, dio lugar a cerebros grandes en los que empezó a emerger la capacidad de pensar. Se trata de una hipótesis no comprobada e incomprobable hoy por hoy, que parece más alentada por posturas ideológicas que sustentada por datos de la ciencia.

“Los aborígenes”, el último libro de Juan Luis Arsuaga, publicado a finales de 2002, insiste en la idea del surgimiento natural de la inteligencia humana a partir de la reestructuración y expansión del cerebro posibilitada por el aporte energético que proporcionó el consumo de carne. Afirma que el descubrimiento de la carroña como fuente de alimentación fue “el acontecimiento fundamental en nuestra evolución”.

La hipótesis no es original de Arsuaga, sino que, como reconoce el propio autor, hace años que Leslie C. Aiello y Peter Wheeler vienen llamando la atención sobre este punto. En efecto, individuos con cerebros relativamente grandes tendrían la inteligencia indispensable para ser los primeros en fabricar herramientas con las que romper las cañas de los huesos y poder acceder al tuétano, donde se hallan los nutrientes más energéticos. De este modo, una alimentación rica en grasas animales y en proteínas habría permitido un aumento progresivo del volumen cerebral. Y con dicho incremento se hizo posible un desarrollo progresivo de la inteligencia.

¿Qué fue primero: la carne o el cuchillo?

Nos encontramos ante una explicación materialista del origen de la inteligencia humana que propone un emergentismo gradual, algo que científicamente no está demostrado. Es más, desde el punto de vista estrictamente científico todavía no se ha podido definir de forma unívoca el concepto de “inteligencia”. De ahí que algunos científicos sostengan que ciertas especies de animales tienen inteligencia, mientras que otros la restringen exclusivamente al género humano. Por si esto fuera poco, el argumento expuesto constituye un razonamiento circular, lo que en lógica no suele ser bien visto. En efecto, según esta hipótesis, el consumo de grandes cantidades de carne es posible gracias a la presencia de un cerebro voluminoso que permite el mínimo de inteligencia necesario para poder fabricar herramientas con que descuartizar y descarnar los restos de grandes animales. Pero no hay que olvidar que el presupuesto básico de esta hipótesis es que los grandes cerebros se consiguen tras consumir carne. En definitiva: la conclusión de la hipótesis es también la premisa de la que se parte.

Podemos especular cuanto queramos; pero hemos de distinguir entre escenarios evolutivos hipotéticos y afirmaciones científicas firmemente fundadas, y lo cierto es que aún no sabemos cómo surgió la inteligencia humana. En ocasiones Arsuaga asume como verdades incuestionables propuestas que todavía despiertan vivos debates. Por ejemplo, según él, “los seres humanos nos caracterizamos por poseer una inteligencia mucho más desarrollada que el resto de los animales”.

Así pues, Arsuaga sería del parecer de Darwin: entre la inteligencia de los animales y la humana sólo hay una diferencia de grado. Pero el asunto no debe de estar tan claro, cuando el propio Arsuaga, en “El collar del neandertal”, escribe: “Jerry Fodor, un influyente psicólogo contemporáneo, propone una división de la mente en percepción y cognición. La percepción se obtiene a través de una serie de módulos, independientes entre sí e innatos… La cognición, en cambio, se produce en un sistema central que realiza las operaciones mentales que comúnmente denominamos pensamiento. Este sistema central es inaccesible a la investigación y permanece misterioso”.

Inevitablemente, las cuestiones en torno al origen del hombre implican una serie de debates ideológicos insoslayables. Estoy totalmente de acuerdo con Arsuaga cuando afirma: “La ciencia se propuso, a partir de la llamada revolución científica del Barroco (en el siglo XVII), eliminar toda emoción y toda ideología (religiosa o política) de su quehacer, con la pretensión de alcanzar el conocimiento objetivo. A pesar de ese buen propósito, los científicos somos seres humanos y estamos condicionados por nuestro ambiente y nuestra educación. Hacemos lo que podemos por no dejarnos influir por lo que nos rodea, pero hay que reconocer que es más fácil hacer ciencia objetiva estudiando el átomo, las mariposas o los volcanes, que abordando la espinosa cuestión de la condición humana”.

Precisamente por ello creo que ese esfuerzo de objetividad y honestidad para poner la investigación científica por encima de los deseos ideológicos subjetivos se hace hoy más necesario que nunca, pues el gran prestigio social que ha alcanzado la ciencia exige mayor responsabilidad por parte de los científicos para dejar bien claro qué son conocimientos ciertos y qué simples hipótesis.

www.arvo.net

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