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XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B


11 octubre 2013
Sección: Ciclo B, Evangelio, Tiempo Ordinario

San Marcos 10, 17-30

Autor: Pablo Cardona

Cuando salía para ponerse en camino, vino uno corriendo y, arrodillado ante él, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué he de hacer para conseguir la vida eterna?». Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino uno, Dios. Ya conoces los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no dirás falso testimonio, no defraudarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre». El respondió: «Maestro, todo esto lo he guardado desde mi adolescencia». Y Jesús, fijando en él su mirada, se prendó de él y le dijo: «Una cosa te falta: anda, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el Cielo, luego ven y sígueme». Pero él, afligido por estas palabras se marchó triste, pues tenía muchos bienes.

Jesús, mirando a su alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícilmente entrarán en el Reino de Dios los que tienen riquezas!». Los discípulos quedaron impresionados por sus palabras. Y hablándoles de nuevo, dijo: «Es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de Dios». Y ellos se asombraban aún más diciéndose unos a otros: «Entonces ¿quién podrá salvarse?». Jesús, fijándose en ellos dijo: «Para los hombres esto es imposible, pero no para Dios, pues para Dios todo es posible». Comenzó Pedro a decirle: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Jesús, dijo: «En verdad os digo que no hay nadie que habiendo dejado casa, hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o campos por mí y por el Evangelio, no reciba en esta vida cien veces mas en casa, hermanos, hermanas, madres, hijos y campos, con persecuciones; y, en el siglo que venidero, la vida eterna». (Marcos 10, 17-30)

1º. Jesús, cuando ves las buenas disposiciones de aquel joven, en vez de decirle: «Ya haces bastante», le pides aun más: «anda, vende todo cuanto tienes.»

Parece que no te conformas nunca.

Y por eso hay gente que no se atreve a darte la mano, porque tiene miedo de que luego les pidas el brazo… y la vida entera.

¡Qué pena!

No se han enterado de que esto es lo que ocurre siempre entre dos personas que se quieren.

Jesús, al que te da más le pides más porque le quieres más.

Cuando el joven rico se muestra generoso contigo, fijando en él tu mirada, te «prendaste» de él.

Y es esa nueva relación de amor la que exige más.

Cuando un simple amigo se convierte en novio de una chica, la relación se hace más íntima y también requiere una mayor entrega personal.

Pero no se pierde libertad; sino que se invierte en algo que vale la pena.

Del mismo modo, cuando te voy queriendo más, Jesús, Tú me pides más.

Pero es una petición amorosa, que vale la pena.

«Amar es, por tanto, esencialmente entregarse a los demás. Lejos de ser una inclinación instintiva, el amor es una decisión consciente de la voluntad de ir hacia los otros. Para poder amar de verdad, conviene desprenderse de todas las cosas y, sobre todo, de uno mismo, dar gratuitamente, amar hasta el fin. Esta desposesión de sí mismo es exhaustiva y exultante. Es fuente de equilibrio. Es el secreto de la felicidad» (Juan Pablo II).

2º. «¡El ciento por uno!». ¡Cómo te acordabas hace unos días de esa promesa del Señor! En la fraternidad que se vive entre tus compañeros de apostolado, te lo aseguro, encontrarás ese ciento por uno» (Surco, 766).

Jesús, ante las exigencias de la vocación cristiana, Pedro quiere conocer también el premio: «ya ves que nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué será de nosotros?»

Tú respuesta es clara: «cien veces más en casa, hermanos, madres, hijos y campos, con persecuciones; y, en el siglo venidero, la vida eterna».

Una de las maneras que tienes de pagar mi generosidad contigo, Jesús, es con la alegría del apostolado.

Lo que tenga que dejar para seguirte -comodidad económica, oportunidades profesionales- se recupera con creces -ya en esta vida- por la eficacia que Tú das a mi acción apostólica.

Además, otra fuente de alegría inmensa es la fraternidad que se vive entre tus compañeros de apostolado: personas con los mismos ideales, que entienden mis preocupaciones humanas y sobrenaturales.

Pero seguirte, Jesús, no es fácil.

Por eso, me recuerdas que el ciento por uno en esta tierra siempre va entrelazado «con persecuciones».

Esas dificultades y cruces, al unirme más a Ti, también son una fuente de alegría.

Porque todo es fuente de alegría para el que sabe entregarse a Dios, mientras que todo -incluso los bienes materiales- es fuente de tristeza para el egoísta: «se marchó triste, pues tenía muchos bienes.»

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