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XVIII Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B


1 agosto 2013
Sección: Ciclo B, Evangelio, Tiempo Ordinario

Juan 6, 22-35

Autor: Pablo Cardona

«Al día siguiente, la multitud que estaba al otro lado del mar vio que no había allí más que una sola barca, y que Jesús no había subido a la barca con sus discípulos, sino que éstos se habían marchado solos. Llegaron otras barcas de Tiberíades, junto al lugar donde habían comido el pan después de haber dado gracias el Señor: Cuando vio la multitud que Jesús no estaba allí ni tampoco sus discípulos, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún buscando a Jesús. Y al encontrarle al otro lado del mar, le preguntaron: Maestro, ¿cuándo llegaste aquí? Jesús les respondió: En verdad, en verdad os digo que vosotros me buscáis no por haber visto los milagros, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado. Obrad no por el alimento que perece sino por el que perdura hasta la vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre, pues a éste lo confirmó con su sello Dios Padre. Ellos le preguntaron: ¿Qué haremos para realizar las obras de Dios? Jesús les respondió: Esta es la obra de Dios, que creáis en quien Él ha enviado.»

«Le dijeron: ¿Pues qué milagro haces tú, para que lo veamos y te creamos? ¿Qué obras realizas tú? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Les dio a comer pan del Cielo. Les respondió Jesús: En verdad, en verdad os digo que no os dio Moisés el pan del Cielo, sino que mi Padre os da el verdadero pan del Cielo. Pues el pan de Dios es el que ha bajado del Cielo y da la vida al mundo. Ellos le dijeron: Señor, danos siempre de este pan. Jesús les respondió: Yo soy el pan de vida; el que viene a mino tendrá hambre, y el que cree en mino tendrá nunca sed.» (Juan 6, 22-35).

1º. Jesús, esta gente rema por el mar de Tiberíades durante varios kilómetros para verte.

Se han pasado el día en la barca buscándote.

Y cuando, al fin, te encuentran, les recibes con un reproche: «me buscáis no por haber visto los milagros, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado.»

No han entendido el significado espiritual del milagro; sólo ven la ganancia material, tu capacidad para resolver sus problemas humanos.

Jesús, Tú les quieres mostrar el alimento «que perdura hasta la vida eterna,» que es tu propio cuerpo y sangre en la Eucaristía, pero no acaban de entender.

Por eso cuando te preguntan qué hacer, les respondes: creed en Mí. «Esta es la obra de Dios, que creáis en quien El ha enviado.»

Sólo creyendo primero en Ti, Podré luego creer en la Eucaristía.

2º. Jesús, Tú eres «el verdadero pan del Cielo. Pues el pan de Dios es el que ha bajado del Cielo.»

Esa es tu obra, ése tu milagro: el gran milagro después de la Resurrección.

Todo tu empeño es hacerme ver que, tras la Redención, puedo ser hijo de Dios, tener una vida espiritual, divina.

Y esa vida eres Tú: «Yo soy el pan de vida».

Jesús, ¿qué me das con la Eucaristía?; ¿qué significa no tener más hambre ni tener más sed?

Cuando tomo un alimento cualquiera, lo convierto en parte de mi organismo, en parte de mí mismo: lo que tenía menos vida pasa a formar parte de lo que tiene más.

Pero cuando comulgo, cuando como el Pan de Vida, no te asimilo; soy yo el que paso a tener tu vida, el que me divinizo.

Jesús, en la Eucaristía no sólo recibo gracia, como en cualquier otro sacramento, sino que te recibo a Ti mismo, el Autor de la gracia; y aún más, al recibirte me hago Tú –Cristo- y puedo pedir al Padre en tu nombre, y puedo darle gracias, y pedir perdón por mis pecados y por los pecados de todos los hombres; y puedo amarle con el amor tuyo, Jesús, con el auténtico amor filial del único Hijo de Dios.

Jesús, si te hubieras quedado como un niño, hubiera sido sentimentalmente enternecedor.

Ni siquiera los malvados se hubieran atrevido a maltratarte o a ofenderte.

Pero mi unión contigo sería meramente superficial: te podría cuidar, besar, querer, e incluso adorar.

Pero la Eucaristía es mucho más: al recibirte me convierto en Ti; tal es la unión contigo que se realiza al comulgar.

Si cabe imaginarse lo irrespetuoso que sería cogerte a Ti, en forma de niño, con unas manos sucias, ¿qué será cuando no sólo es tocarte, sino convertirme en Ti?

¿Cómo voy a atreverme a recibirte con el alma manchada por el pecado, si Tú eres «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo»?

¿Cómo voy a dar un cuerpo espiritualmente muerto para convertirse en tu Cuerpo?
Jesús, no quiero ni pensar en ello.

Si no estoy en gracia, primero he de irme a confesar.

Y si no puedo, no comulgo, aunque quede mal, porque no tengo derecho a maltratarte de esa manera.

«Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no tendrá hambre.»

Jesús, que me dé cuenta de una vez de lo que significa comulgar.

Entonces entenderé con claridad que no hay nada en la tierra más importante que recibirte en la Eucaristía.

Por eso, vale la pena hacer cualquier sacrificio para comulgar diariamente.

Porque se puede, si se entiende… y se ama.

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