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Viernes después de cenizas


27 febrero 2014
Sección: Evangelio, La Cuaresma

Mateo 9, 14-15

Autor: Pablo Cardona

«Entonces se le acercaron los discípulos de Juan, diciendo: ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos con frecuencia, y en cambio tus discípulos no ayunan? Jesús les respondió: ¿Acaso pueden estar de duelo los amigos del esposo mientras el esposo está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el esposo; entonces ayunarán». (Mateo 9, 14-15)

 

1º. «Entonces ayunarán.»

Jesús, en esta época del año la Iglesia recomienda ser más generoso con la mortificación en general, y en concreto, con el ayuno.

Los tiempos y los días de penitencia a lo largo del año litúrgico (el tiempo de Cuaresma, cada viernes en memoria de la muerte del Señor) son momentos fuertes de la práctica penitencial de la Iglesia. Estos tiempos son particularmente apropiados para los ejercicios espirituales, las liturgias penitenciales, las peregrinaciones como signo de penitencia, las privaciones voluntarias como el ayuno y la limosna, la comunicación cristiana de bienes (obras caritativas y misioneras) (C. I. C.- 1438).

¿Por qué la Cuaresma es uno de estos momentos frenes de la práctica penitencial?

Porque sólo ejercitándome en la penitencia seré capaz de apreciar lo que va a ocurrir en la Pascua, y la Cuaresma tiene por finalidad preparar la celebración del Misterio Pascual durante la Semana Santa.

En la Semana Santa, Jesús, vas a morir por mí, clavado en una cruz, después de ser azotado por todo el cuerpo con una dureza tal que era suficiente para que el condenado muñera allí mismo.

Y ese sacrificio tan cruel fue no sólo aceptado por Ti, sino querido.

¿Cómo se entiende esto?

Simplemente no se entiende, a no ser que empiece yo mismo por ser más mortificado.

La mortificación voluntaria por motivo sobrenatural no es una locura, no es masoquismo: es el camino de la libertad sobre las pasiones y, sobre todo, es el camino de la unión contigo en la Cruz.

Una buena mortificación es la mortificación en las comidas: comer un poco menos de lo que me gusta más o un poco más de lo que me gusta menos, y ofrecértelo.

No se trata tanto de hacer una gran mortificación un día, como de hacer cada día alguna cosa pequeña.

Esta práctica, hecha con constancia, ¡cómo me ayuda a dominar mis sentidos, a ser más señor de mí mismo y, por tanto, a ser más libre y más capaz de amar a los demás!

2º. «Hemos de recibir al Señor; en la Eucaristía, como a los grandes de la tierra, ¡mejor!: con adornos, luces, trajes nuevos…

-Y si me preguntas qué limpieza, qué adornos y qué luces has ‘de tener; te contestaré: limpieza en tus sentidos, uno por uno; adorno en tus potencias, una por una; luz en toda tu alma»(Forja.- 834).

«Días vendrán en que les será arrebatado el esposo; entonces ayunarán.»

Jesús, estás hablando de tu muerte violenta en la Cruz, esa misma muerte que se repite, sin derramamiento de sangre, en la Santa Misa cada día.

Jesús, en la Misa, además de entregarte de nuevo a Dios Padre por mí, como en el Calvario, te conviertes en alimento: es el sacramento de la Eucaristía.

¿Cómo te he de recibir, Jesús, sabiendo quién eres?; ¿qué limpieza, qué adornos y qué luces: qué disposiciones? Limpieza en mis sentidos, uno por uno; adorno en mis potencias, una por una; luz en toda mi alma.

He de purificar los sentidos para que no me dominen; he de adornar las potencias -inteligencia, memoria, voluntad, imaginación- de modo que entiendan y gusten lo espiritual; y he de tener, en el alma, la luz de la gracia de Dios.

Jesús, el tiempo de Cuaresma es un tiempo de purificación, que significa un tiempo para colocar los sentidos y las potencias en el lugar que les corresponde: al servicio de la persona, y no al mando.

Cuando un hombre se deja llevar por la vista, la imaginación, o el gusto; cuando un hombre no tiene voluntad para hacer lo que debe, o no quiere formar su inteligencia para saber mejor qué es lo que debe hacer; ese hombre es… un pobre hombre.

Y, por tanto, también será un pobre cristiano.

Por eso, es necesario luchar más, esforzarse más en adquirir esas virtudes tan propias del que se sabe hijo de Dios: la sobriedad, la pureza, el espíritu de servicio, la fortaleza, el orden, el estudio.

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