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Viernes. 32 Semana del tiempo ordinario


10 noviembre 2013
Sección: Ciclo B, Evangelio, Tiempo Ordinario

Lucas 17, 26-37

Autor: Pablo Cardona

«Y como ocurrió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del Hombre. Comían y bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que Noé entró en el arca, y vino el di­luvio e hizo perecer a todos. Lo mismo sucedió en los días de Lot: comían y bebían, compraban y vendían, plantaban y edi­ficaban; pero el día en que salió Lot de Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre e hizo perecer a todos. Del mismo modo sucederá el día en que se manifieste el Hijo del Hombre. En aquel día, quien esté en el terrado y tenga sus cosas en la casa, no baje por ellas; y lo mismo, quien esté en el campo, que no vuelva atrás. Acordaos de la mujer de Lot. Quien pre­tenda guardar su vida, la perderá y quien la pierda, la conser­vará viva. Yo os digo: aquella noche estarán dos en el mismo lecho: uno será tomado y el otro dejado. Habrá dos moliendo juntas: una será tomada y la otra dejada. Y a esto le dijeron: «¿Dónde, Señor?». El les respondió: «Dondequiera que esté el cuerpo, allí se reunirán las águilas». (Lucas 17, 26-37)

 

1º. Jesús, el día «del Hijo del Hombre» es el día de tu segunda venida, al final de los tiempos.

En ese día Tú te manifestarás al mundo, y el universo entero se transformará dando lugar a «un cielo nuevo y una tierra nueva» (2 Pedro 3,13).

Los que estén unidos a Ti con una vida de justicia y santidad participarán en esta definitiva etapa de la Iglesia y del mundo, también llamada la Jerusalén celestial, en la cual «no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, por que el mundo viejo ha pasado» (Apocalipsis 21,4).

Jesús, ¿cuándo y dónde ocurrirá esta transformación universal?

Y me respondes: «Acerca de aquel día y hora nadie sabe, ni los ángeles de los Cielos, ni el Hijo, sólo el Padre» (Mateo 24,36).

Lo único que sabemos es que vendrá por sorpresa, «como ocurrió en los días de Noé» y de Lot, y que tendrá efectos desiguales para los hombres: «uno será tomado y el otro dejado.»

Jesús, no me has revelado esta verdad para intranquilizarme o para que me despreocupe de un mundo que, en definitiva, se transformará al final de los tiempos.

Me has descubierto esta realidad para que tenga una visión mas profunda de las cosas y del sentido de mi misma vida.

«La espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra, don­de crece aquel cuerpo de la nueva familia humana, que puede ofre­cer ya cierto esbozo del siglo nuevo» (C. I. C.-1049).

 

2º. «Aquel conocido tuyo, muy inteligente, buen burgués, buena persona, decía: «cumplir la ley, pero con tasa, sin pasarse de la raya, lo más escuetamente posible». Y añadía: «¿pecar?, no; pero darse, tampoco». Causan verdadera pena esos hombres mezquinos, calculadores, incapaces de sacrificarse, de entregarse por un ideal noble» (Surco.-12).

Jesús, la tentación más peligrosa no es la del pecado.

El pecado se descubre a sí mismo y puede dar lugar al arrepentimiento y a una vida de mayor piedad.

El verdadero peligro es la tibieza: esa actitud mezquina del que no hace nada malo, sin querer comprometerse tam­poco a hacer nada bueno.

Esta es una tentación peligrosa, porque no se detecta fácilmente, e incapacita a la persona para amar a Dios.

«Quien pretenda guardar su vida la perderá; y quien la pierda, la conservará viva».

Jesús, si quiero guardar mi vida para mi, egoís­tamente, no sólo saldré perdiendo en mi vida eterna, sino también ya aquí, en la tierra.

Porque la felicidad en la otra vida se corres­ponde con la felicidad en ésta: el que, por no saber darse a los de­más, no tiene capacidad de amar y ser feliz aquí, se autoexcluye de la felicidad eterna en el Cielo.

Jesús, el pensamiento sobre el final del mundo y sobre tu segun­da venida gloriosa me debe dar un poco más de perspectiva sobre el valor de las cosas y de los acontecimientos.

Todo ha sido creado por Ti y volverá a Ti en el futuro.

Mientras tanto, me has dado la liber­tad de usar mi vida en beneficio propio o para el bien de los demás.

Que sepa entregarme de veras, sacrificándome día a día, por amor, al servicio de los que me rodean y, sobre todo, al servicio de Dios.

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