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Viernes. 19 Semana del Tiempo Ordinario


9 agosto 2013
Sección: Ciclo B, Evangelio, Tiempo Ordinario

Mateo 19, 3-12

Autor: Pablo Cardona

«En esto, se acercaron a él unos fariseos y le preguntaron para tentarle: ¿Es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo? Él respondió: ¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo varón y hembra, y que dijo: Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer; y serán los dos una sola carne? Así, pues, ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios unió no lo separe el hombre. Ellos le replicaron: ¿Por qué entonces Moisés mandó dar el libelo de repudio y despedirla? Él les respondió: Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres a causa de la dureza de vuestro corazón; pero al principio no fue así. Sin embargo yo os digo: cualquiera que repudie a su mujer -a no ser por fornicación- y se una con otra, comete adulterio.
Dícenle sus discípulos: Si tal es la condición del hombre con respecto a su mujer, no trae cuenta casarse. El les respondió: No todos son capaces de entender esta doctrina, sino aquellos a quienes se les ha concedido. En efecto, hay eunucos que así nacieron del seno de su madre; también hay eunucos que así han quedado por obra de los hombres; y los hay que se han hecho tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien sea capaz de entender; que entienda.» (Mateo 19, 3-12)

1º. Jesús, hoy en día es más importante que nunca -si cabe- tener clara la doctrina sobre el matrimonio que Tú, creador del género humano, nos has enseñado: «lo que Dios unió, no lo separe el hombre».

Con el matrimonio, Dios une al hombre y la mujer de tal modo que «ya no son dos, sino una sola carne».

Pero seguimos siendo libres, y podemos separar lo que Tú has unido, igual que podemos destruir la naturaleza que Tú has creado.

«El amor de los esposos exige, por su misma naturaleza, la unidad y la indisolubilidad de la comunidad de personas que abarca la vida entera de los esposos: «De manera que ya no son dos sino una carne». Están llamados a crecer continuamente en su comunión a través de la fidelidad cotidiana a la promesa matrimonial de la recíproca donación total. Esta comunión humana es confirmada, purificada y perfeccionada por la comunión en Jesucristo dada mediante el sacramento del Matrimonio» (C. I. C.-1644).

Jesús, no hace falta tener fe para ver los efectos desastrosos del divorcio en la sociedad: familias rotas, niños que crecen sin aquel amor familiar al que tenían derecho, y el desengaño, la incertidumbre y el egoísmo que provoca en los esposos.

Tú nos has creado, y sabes mejor que nosotros mismos qué es lo que nos conviene.

Jesús, en los momentos más o menos difíciles que siempre llegan en la vida matrimonial mía o de mis personas queridas- ayúdame a tener fe en la verdad de tu palabra, esperanza en la eficacia de tu gracia, y amor al sacrificio de la Cruz.

Tú te sirves de ese sufrimiento, de esa incomprensión o de ese revés para que me identifique más contigo, para que me apoye más en Ti.

2º. «Hay que saber entregarse, arder delante de Dios como esa luz, que se pone sobre el candelero, par iluminar a los hombres que andan en tinieblas; como esas lamparillas que se queman junto al altar; y se consumen alumbrando hasta gastarse». (Forja, 44)

Jesús, me pides santidad sea cual sea mi condición: soltero, casado, viudo, sacerdote.

En cualquier caso quieres que mi trabajo y mis amores en la tierra no sólo no me aparten de Ti, sino que sean el medio de acercarme más a Ti.

En el matrimonio, mi santidad pasa por esa fidelidad conyugal y por la dedicación esmerada a mi familia.

Pero a otras personas les pides más.

Les pides que sean célibes «por el Reino de los Cielos».

Y ¿cómo puedo saber si tengo una vocación especial?

«Quien sea capaz de entender, que entienda».

Si me doy cuenta de que me necesitas, ¿cómo voy a ser más feliz que dándotelo todo?

¿Cómo te voy a dejar solo, clavado en la Cruz por mí?

Entender la necesidad de entregarse por entero, como esas lámparas que se queman junto al altar, y se consumen alumbrando hasta gastarse, es una de las señales de la vocación.

Porque «no todos son capaces de entender esta doctrina, sino aquellos a quienes se les ha concedido.»

Si me entero, Jesús, es porque me lo estás pidiendo.

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