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Viernes. 16 Semana del Tiempo Ordinario


14 julio 2013
Sección: Ciclo B, Evangelio, Tiempo Ordinario

Mateo 13, 18-23

Autor: Pablo Cardona

«Escuchad, pues, la parábola del sembrador. Todo el que oye la palabra del Reino y no lo entiende, viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: esto es lo sembrado junto al camino. Lo sembrado sobre terreno rocoso es el que oye la palabra, y al punto la recibe con alegría; pero no tiene en sí raíz, sino que es inconstante y, al venir una tribulación o persecución por causa de la palabra, en seguida tropieza y cae. Lo sembrado entre espinos es el que oye la palabra, pero las preocupaciones de este mundo y la seducción de las riquezas sofocan la palabra y queda estéril. Por el contrario, lo sembrado en buena tierra es el que oye la palabra y la entiende, y fructifica y produce el ciento, o el sesenta, o el treinta.» (Mateo 13, 18-23)
1º. Jesús, ¿qué‚ tengo que hacer para que la semilla de tu palabra de fruto en mi vida?

Hoy me respondes con claridad, advirtiéndome de algunos obstáculos que he de evitar.

El primer obstáculo es no entender tu doctrina, no captar la profundidad de tu mensaje, quedándome con cuatro ideas generales o con lo sentimental.

Para comprender tu palabra, no basta con escuchar los sermones en la misa, o con meditar por mi cuenta el Evangelio.

Es necesario adquirir formación.

¿Asisto regularmente a algún medio de formación cristiana? ¿Pregunto en la dirección espiritual las dudas que tenga sobre temas de fe y moral?

¿Pido consejo para leer algún libro de lectura espiritual?

El segundo obstáculo del que hablas, Jesús, es la inconstancia.

¿Soy constante en el cumplimiento de mi plan de vida, en el horario de trabajo o estudio, en el apostolado?

A veces, empiezo entusiasmado a ir a misa entre semana, o a estudiar tantas horas, o a tratar de que aquel amigo se confiese, pero a la primera dificultad me canso y lo dejo.

Dame, Jesús, fortaleza para ser más constante en el cumplimiento de mis propósitos.

El tercer obstáculo son todas aquellas tentaciones que sofocan la palabra: riqueza, egoísmo, sensualidad, comodidad, etc…

Jesús, si tengo que dar fruto, si tu palabra debe guiar mi conducta, es preciso que mi corazón no esté apegado a las cosas de la tierra; porque ahogan, tiran para abajo, esclavizan, atontan.

Si dejo que los espinos crezcan en mi alma, acabarán sofocando la buena semilla; si no tengo la fuerza de voluntad para dominar mis pasiones, mis pasiones me dominar n a mí.

2º. «Disipación. Dejas que se abreven tus sentidos y potencias en cualquier charca. As¡ andas tú luego: sin fijeza, esparcida la atención, dormida la voluntad y despierta la concupiscencia.

Vuelve con seriedad a sujetarte a un plan, que te haga llevar vida de cristiano, o nunca harás nada de provecho» (Camino.-375)

Jesús, quiero que mi tierra sea buena tierra.

Para ello necesito los medios de formación, la constancia en mi plan de vida, y la guarda de mi corazón de modo que no se llene de frivolidad.

Cuando dejo de luchar en estos puntos, qué rápido me ahoga el ambiente, qué pronto se marchita esa vida interior que estaba empezando a brotar en mi corazón.

Y me quedo, Jesús, como atontado: sin fijeza, esparcida la atención, dormida la voluntad y despierta la concupiscencia.

Jesús, es hora de decir: ­basta!

Quiero de verdad ser santo, corresponder a tu amor, hacer fructificar la semilla de la gracia que has puesto en mi alma.

Es hora de volver a empezar: «vuelve con seriedad a sujetarte a un plan, que te haga llevar vida de cristiano.»

He de volver a empezar una y mil veces, sin cansarme nunca, con constancia.

Jesús, tengo un medio formidable para no desfallecer: la dirección espiritual.

«Dios ha dispuesto que, de forma ordinaria, los hombres se salven con la ayuda de otros hombres; y as¡, a los que El llama a un grado más alto de santidad les proporciona también a unos que les guíen hacia esta meta» (León XIII).

Si soy constante y dócil en la dirección espiritual, tengo media batalla ganada.

Y la otra media la ganaré también con tu gracia.

Y dar‚ el fruto que esperas de mí: el ciento, o el sesenta, o el treinta.

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