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Viernes. 15 Semana del Tiempo Ordinario


11 julio 2013
Sección: Ciclo B, Evangelio, Tiempo Ordinario

Mateo 12, 1-8

Autor: Pablo Cardona

«En aquel tiempo pasaba Jesús en sábado por medio de unos sembrados; sus discípulos tuvieron hambre y comenzaron a arrancar unas espigas y a comer. Los fariseos, al verlo, le dijeron: Mira que tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer en sábado. Pero él les respondió: ¿No habéis leído lo que hizo David y los que le acompañaban cuando tuvieron hambre? ¿Cómo entró en la Casa de Dios y comió los panes de la proposición, que no les era lícito comer ni a él ni a sus acompañantes, sino sólo a los sacerdotes? ¿Y no habéis leído en la Ley que los sábados, los sacerdotes en el Templo quebrantan el descanso y no pecan? Os digo que aquí está el que es mayor que el Templo. Si hubierais entendido qué sentido tiene: Misericordia quiero y no sacrificio, no habríais condenado a los inocentes. Porque el Hijo del Hombre es señor del sábado.» (Mateo 12, 1-8)
1º. Jesús, los fariseos estaban aferrados a un gran número de sacrificios y prácticas que, aunque no eran malas en sí, podían ser perjudiciales si en lugar de ser tomadas como medios para acercarse a Dios, eran tomadas como fines en si mismos.

Por eso les tienes que recordar que Tú eres «señor del sábado», que lo importante eres Tú y no el sábado.

«Misericordia quiero y no sacrificio.»

El fin de la vida cristiana es el amor a Dios y a los demás, y la misericordia es una consecuencia del amor.

La verdadera caridad -el amor a Dios y a los demás- no es tanto dar como comprender, disculpar, compadecerse.

Y entonces, si hace falta, la misericordia lleva a intentar ayudar materialmente en lo que se pueda.

La señal del cristiano es la santa cruz, que me recuerda tu sacrificio supremo, tu entrega total por amor a mí, el medio elegido por Ti para salvarnos y darnos tu gracia.

El sacrificio y, en especial, el sacrificio de la Misa, es por tanto un medio agradable a Dios para adorarle, darle gracias, pedirle ayuda y expiar por nuestros pecados.

Sin embargo, el sacrificio exterior y la asistencia a la santa Misa deben ir acompañados por la unión interior contigo, Jesús.

«El sacrificio exterior para ser auténtico, debe ser expresión del sacrificio espiritual. “Mi sacrificio es un espíritu contrito…”. Los profetas de la Antigua Alianza denunciaron con frecuencia los sacrificios hechos sin participación interior o sin relación con el amor al prójimo. Jesús recuerda las palabras del profeta Oseas: “Misericordia quiero, que no sacrificio”. El único sacrificio perfecto es el que ofreció Cristo en la cruz en ofrenda total al amor del Padre y por nuestra salvación. Uniéndonos a su sacrificio, podemos hacer de nuestra vida un sacrificio para Dios» (C. I. C.-2100).

2º. «Prefiero las virtudes a las austeridades, dice con otras palabras Yavé al pueblo escogido, que se engaña con ciertas formalidades externas.

-Por eso, hemos de cultivar la penitencia y la mortificación, como muestras verdaderas de amor a Dios y al prójimo» (Surco.-992).

Jesús, cuando dices: «misericordia quiero y no sacrificio,» no quieres suprimir el sacrificio de la vida de tus discípulos.

Muchas veces les recuerdas que, el que quiera ser tu discípulo debe tomar tu cruz cada día (Lucas 9,23); y el ejemplo de tu vida y de tu muerte no puede ser más evidente.

Lo que quieres dejar claro es cuál es el sentido del sacrificio: no es un fin en sí mismo, unas formalidades externas que hay que cumplir sin más; es un medio para negarme a mi mismo de modo que pueda amar más a Dios y a los demás.

La mortificación y la penitencia son virtudes del alma enamorada que quiere identificarse contigo, Jesús, y que -por eso- quiere negar el egoísmo y la comodidad propias de la carne.

La mortificación mantiene el alma en forma, y por eso vale la pena, aunque cueste.

Es como el ejercicio físico que, aunque cueste sudor y esfuerzo, mantiene el cuerpo en forma.

La capacidad de sacrificio es la otra cara de la moneda del amor: tal capacidad tengo de amar como tengo de sacrificarme por la persona amada.

Jesús, sin caer en el absurdo de hacer sacrificios por cumplir con una formalidad, he de cultivar la penitencia y la mortificación, como muestras verdaderas de amor a Dios y al prójimo.

Y para que mi mortificación sea siempre un acto de amor a Ti, es importante que te ofrezca cada sacrificio por alguna intención: por la Iglesia, por el Papa, por mi familia, por un amigo que lo necesita más, por algún defecto que debo mejorar, etc…

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