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Sábado de la Octava Pascual


14 abril 2014
Sección: Ciclo B, Evangelio, Pascua

Marcos 16, 9-15

Autor: Pablo Cardona

«Habiendo resucitado, al amanecer el primer día de la semana se apareció en primer lugar a María Magdalena, de la que había expulsado siete demonios. Ella fue a anunciarlo a los que habían estado con él, que se encontraban tristes y llorosos. Pero ellos, al oír que estaba vivo y que ella lo había visto, no lo creyeron. Después de esto se apareció, bajo distinta figura, a dos de ellos que iban de camino a una aldea; también ellos regresaron y lo comunicaron a los demás; pero tampoco les creyeron. Por último, se apareció a los Once cuando estaban a la mesa, y les reprochó su incredulidad y dureza de corazón, porque no creyeron a los que lo habían visto resucitado. Y les dijo: Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura.»(Marcos 16, 9-15) 

1º. Jesús, las dudas de los apóstoles son ahora una prueba más de fe para nosotros: la resurrección no es una alucinación de unas personas predispuestas y seguras de que se fuera a producir; tampoco es un plan frío tramado para hacer coincidir las escrituras y tus palabras con los hechos.

No.

Los apóstoles están hundidos, «tristes y llorosos; y su incredulidad y dureza de corazón», les imposibilita creer ante los distintos testimonios que afirman que estás vivo.

Sin embargo, una vez convencidos, los apóstoles -que estaban escondidos por miedo a los judíos- salen al mundo entero a predicar que has resucitado y que, por tanto, eres realmente el Hijo de Dios.

De la desbandada de la cruz y el temor del cenáculo, pasan a sufrir con valentía todo tipo de persecuciones, azotes, calumnias, y acaban dando su vida por Ti y por el Evangelio.

¿Qué otra prueba necesito para creer que realmente has resucitado?

Jesús, también a mí me dices: «Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura».

“Toda la Iglesia es apostólica en cuanto que ella es «enviada» al mundo entero; todos los miembros de la Iglesia, aunque de diferentes maneras, tienen parte en este envío. «La vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado». Se llama «apostolado» a «toda la actividad del Cuerpo Místico» que tiende a «propagar el Reino de Cristo por toda la tierra» (C. I. C.-863).

Los apóstoles fueron fieles a su misión apostólica; y yo, ¿qué he hecho para dar a conocer el Evangelio a los que me rodean?

2º. «Si admitieras la tentación de preguntarte, ¿quién me manda a mi meterme en esto?, habría de contestarte: te lo manda -te lo pide- el mismo Cristo (…). No concluyas cómodamente: yo para esto no sirvo, para esto ya hay otros; esas tareas me resultan extrañas. No, para esto, no hay otros; si tú pudieras decir eso, todos podrían decir lo mismo. El ruego de Cristo se dirige a todos y a cada uno de los cristianos. Nadie está dispensado: ni por razones de edad, ni de salud, ni de ocupación. No existen excusas de ningún género. O producimos frutos de apostolado, o nuestra fe será estéril.

Además: ¿quién ha dispuesto que para hablar de Cristo, para difundir su doctrina, sea preciso hacer cosas raras, extrañas? Vive tu vida ordinaria; trabaja donde estás, procurando cumplir los deberes de tu estado, acabar bien la labor de tu profesión o de tu oficio, creciéndote, mejorando cada jornada. Sé leal, comprensivo con los demás y exigente contigo mismo. Sé mortificado y alegre. Ese será tu apostolado. Y sin que tú encuentres motivos, por tu pobre miseria, los que te rodean vendrán a ti, y con una conversación natural, sencilla -a la salida del trabajo, en una reunión de familia, en el autobús, en un paseo, en cualquier parte- charlaréis de inquietudes que están en el alma de todos, aunque a veces algunos no quieran darse cuenta: las irán entendiendo más, cuando comiencen a buscar de verdad a Dios». (Amigos de Dios.-272-273)

Jesús, que me decida a vivir como lo esperas de mí: como te comportarías Tú en mis circunstancias concretas de cada día.

Madre, tú que eres la Reina de los apóstoles, ayúdame a ser un buen hijo tuyo, es decir, un hijo parecido a tu Hijo Jesús; un hijo que no se excusa de dar ejemplo cristiano, porque sabe que «no existen excusas de ningún género.

O producimos frutos de apostolado, o nuestra fe será estéril». 

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