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Sábado. 9 Semana del Tiempo Ordinario


2 junio 2013
Sección: Ciclo B, Evangelio, Tiempo Ordinario

Marcos 12, 38-44

Autor: Pablo Cardona

«Y enseñándoles, decía: Guardaos de los escribas, que les gusta pasear con vestidos lujosos y que los saluden en las plazas, y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; que devoran las casas de las viudas mientras fingen largas oraciones; éstos recibirán un juicio más severo.
Sentado Jesús frente al gazofilacio (cepillo de templo), miraba cómo la gente echaba en él monedas de cobre, y bastantes ricos echaban mucho. Y al llegar una viuda pobre, echó dos monedas, que hacen la cuarta parte del as. Llamando a sus discípulos, les dijo: En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más en el gazofilacio que todos los otros, pues todos han echado algo de lo que les sobraba; ella, en cambio, en su necesidad, ha echado todo lo que tenía, todo su sustento». (Marcos 12, 38-44)

1º. Jesús, eres Dios y conoces el fondo de los corazones de los hombres.

Nosotros sólo vemos cosas externas y a veces nos puede parecer muy honrado alguien que va buscando sólo el beneficio personal: «ocupar los primeros puestos o que le saluden en las plazas.»

Pero Tú adviertes claramente que «éstos recibirán un juicio más severo.»

Jesús, no se trata de ser apocado, ir sucio, o no aspirar a trabajos de responsabilidad.

Eso sería comodidad, falta de educación, o falta de carácter.

Tú quieres que sea «sal y luz del mundo» (Mateo, 5-13-14): ejemplo de vida de trabajo responsable, de caridad alegre, de inadvertido sacrificio.

Quieres que, desde el lugar que ocupo en la sociedad, ilumine y dé sabor y sentido a los quehaceres diarios de los demás.

«La participación es el compromiso voluntario y generoso de la persona en los intercambios sociales. Es necesario que todos participen, cada uno según el lugar que ocupa y el papel que desempeña, en promover el bien común. Este deber es inherente a la dignidad de la persona humana ¡» (C. I. C.-1913).

No es malo, por tanto, ganar dinero, ocupar altos puestos, o desear llegar a los lugares de mayor influencia.

Lo malo es buscar estas metas humanas en sí mismas, y no como medio para que Tú ilumines, para servir más y mejor a los demás.

Dios conoce el interior de los corazones y sabe perfectamente cuál es el verdadero móvil de nuestras acciones.

2º. ¿No has visto las lumbres de la mirada de Jesús cuando la pobre viuda deja en el templo su pequeña limosna? Dale tú lo que puedas dar: no está el mérito en lo poco ni en lo mucho, sino en la voluntad con que lo des» (Camino.-829)

Madre mía, hoy me quiero fijar un poco en tu vida, para aprender de ti a amar a tu Hijo.

¿Qué hiciste tú para ser considerada la persona más santa, la vida con más fruto, la llena de gracia?» (Lucas 1,28).

¿Qué le diste a Dios para que Él te hiciera Reina del universo?

Tu vida fue sencilla, normal, como la de cualquier madre judía de aquella época.

¿Qué hiciste de especial?

Me imagino que lo especial de tu vida es tu amor especial: tu amor fuerte y tierno a la vez, lleno de cariño, que se volcaba en todo y en todos, de modo particular en Jesús y en José.

Lo singular en tu vida es esa capacidad de hacer lo ordinario de manera extraordinaria: con detalles de madre, de enamorada, de servidora de los demás; sin esperar nada, sin que se note, con un sacrificio escondido y silencioso.

Madre, la viuda del templo me recuerda a ti. Ella no da de lo que le sobra, sino que, «en su necesidad, ha echado todo lo que tenía, todo su sustento».

Cuando tú aceptas el sacrificio de Jesús en la Cruz, estás dándome todo lo que tienes: el fruto de tus entrañas, el objeto de tus amores, el Señor de tu vida.

Ahora me dices a mí: Dale tú lo que puedas dar

¿Qué puedo dar a Jesús, madre mía?

¿Qué quiere Él que le dé?

Ayúdame a descubrirlo, Maria, tú que le conoces tan bien.

Y ayúdame después a poner por obra cada día lo que Jesús me pida.

Tú que eres la medianera de todas las gracias, el acueducto por donde vienen todos los dones de Dios, ¡acuérdate de mí!, ¡no me dejes madre mía!

Fuente: almudi.org

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