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Sábado. 33 Semana del tiempo ordinario


13 noviembre 2013
Sección: Ciclo B, Evangelio, Tiempo Ordinario

Lucas 20, 27-40

Autor: Pablo Cardona

«Se le acercaron algunos de los saduceos los cuales niegan la resurrección, y le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito que si el hermano de uno muere dejando mujer, y éste no tiene hijos, su hermano la tomará por mujer y dará descendencia a su hermano. Pues bien, eran siete hermanos; el primero tomó mujer y murió sin hijos, y lo mismo el siguiente; también el tercero la tomó por mujer; los siete, de igual manera, murie­ron y no dejaron hijos. Finalmente murió la mujer. Ahora bien: en la resurrección, la mujer ¿de quién será esposa? Porque los siete la tuvieron como esposa». Jesús les dijo: «Los hijos de este mundo toman mujer o marido; sin embargo, los que sean dignos de alcanzar el otro mundo y la resurrección de los muer­tos, no tomarán ni mujer ni marido. Porque ya no podrán morir otra vez, pues son iguales a los ángeles e hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección. Que los muertos resucitarán lo mostró Moisés en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor Dios de Abrahán, y Dios de Isaac y Dios de Jacob. Pues no es Dios de muertos, sino de vivos; todos viven para El». Tomando la pala­bra algunos escribas dijeron: «Maestro, has hablado bien». Y ya no se atrevían a preguntarle más». (Lucas 20, 27-40)

1º. Jesús, hay que agradecer a esos saduceos que te intentaran con­traduucir con la historia, casi grotesca, de los siete hermanos y la viuda.

Pues al desbaratar la supuesta contradicción que te planteaban, das una explicación maravillosa de cómo vivirán «los que sean dignos de alcanzar el otro mundo y la resurrección de los muertos».

Para empezar, esa otra vida no la alcanzarán todos, sino sólo los que son dignos.

Ello implica que, durante mi vida en la tierra, he de adquirir cierta dignidad: la dignidad de hijo de Dios.

«Porque ya no podrán morir otra vez, pues son iguales a los ángeles, e hijos de Dios».

Jesús, mi vida en la tierra no es un fin en sí mismo, sino un camino que conduce a la vida eterna.

Pero eso no significa que sea un período sin importancia.

El camino es muy im­portante porque determina el destino final: según el camino que escoja, voy a la llegar a un paradero distinto.

Si quiero llegar a ser hijo de Dios en el cielo, he de escoger el camino que me hace hijo de Dios en la tierra: el camino cristiano.

Jesús, sólo si adquiero en la tierra la dignidad de hijo de Dios me reconocerás como hijo en la hora de la resurrección de los muertos.

Y esa dignidad no se compra con dinero ni se consigue a base de esfuerzo humano exclusivamente.

Esa dignidad la concede el Bautismo, pues me abre a la gracia sobrenatural que me das prin­cipalmente con los Sacramentos, y también con la oración y las buenas obras.

 

2º. Invoca a la Santísima Virgen; no dejes de pedirle que se mues­tre siempre Madre tuya: «monstra te esse Matrem!», y que te al­cance, con la gracia de su Hijo, claridad de buena doctrina en la inteligencia, y amor y pureza en el corazón, con el fin de que sepas ir a Dios y llevarle muchas almas» (Forja.-986).

Jesús, Tú no eres un Dios del pasado, que ha quedado desfasa­do con los avances modernos; ni tampoco eres un Dios del futuro, que sólo cuenta en otra vida.

Tú no eres «un Dios de muertos, sino de vivos».

Para Ti, todos viven; y todos viven para Ti.

Por eso, en cada generación hay que hacer llegar la Buenanueva del Evangelio «a toda criatura» (Marcos 16,15)

Un cristiano no puede pasar por la tierra sin dejar «descenden­cia» espiritual: sin haber llevado a otros a Dios.

Ésta es la descen­dencia que realmente importa, porque urge que crezca en el mundo el número de los hijos de Dios.

«A todos los cristianos se impone la gloriosa tarea de trabajar para que el mensaje divino de la salva­ción sea conocido y aceptado en todas las partes y por todos los hombres» (Concilio Vaticano II, Decreto Apostolicam actuositatem, 3)

María, como madre de todos los cristianos, quieres tener mucha descendencia: quieres que todos los hombres reconozcan a Dios como Padre y a tu Hijo como Señor de cielo y tierra.

Muéstrate siempre como madre fecunda y atrae a los hombres a la fe.

Ayúda­me a formarme bien, con claridad de buena doctrina pureza en el corazón, para que siga con fidelidad los pasos de tu Hijo, y ayude a muchos otros para que «sean dignos de alcanzar el otro mundo y la resurrección de los muertos.»

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