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Sábado. 24 Semana del Tiempo Ordinario


20 septiembre 2014
Sección: Ciclo B, Evangelio, Tiempo Ordinario

Lucas 8,4-15

Autor: Pablo Cardona

«Reuniéndose una gran muchedumbre que de todas las ciudades acudía a él, dijo esta parábola: «Salió el sembrador a sembrar su semilla; y al sembrar, parte cayó junto al camino, y fue pisoteada y se la comieron las aves del cielo; parte cayó sobre terreno rocoso y una vez nacida se secó por falta de humedad; parte cayó en medio de las espinas y habiendo crecido con ella las espinas la sofocaron; y parte cayó en la tierra buena, y una vez nacida dio fruto al ciento por uno». Dicho esto exclamó: «El que tenga oídos para oír, oiga».

Entonces sus discípulos le preguntaron qué significaba esta parábola. Él les dijo: «A vosotros os ha sido dado entender los misterios del Reino de Dios; a los demás, sólo a través de parábolas, de modo que viendo no vean y oyendo no entiendan.

El sentido de la parábola es éste: la semilla es la palabra de Dios. Los que están junto al camino son aquellos que han oído; pero viene luego el diablo y se lleva la palabra de su Corazón, no sea que creyendo se salven. Los que cayeron sobre terreno rocoso son aquellos que, cuando oyen, reciben la palabra con alegría, pero no tienen raíces; ellos creen durante algún tiempo, pero a la hora de la tentación se vuelven atrás. La que cayó entre espinas son los que oyeron, pero en su caminar se ahogan a causa de las preocupaciones, riquezas y placeres de la vida y no llegan a dar fruto. Pero la que cayó en tierra buena son los que oyen la palabra con un corazón bueno y generoso, la conservan y dan fruto mediante la paciencia». (Lucas 8,4-15)

 

1º. Jesús, me quieres dejar claro que cuando la semilla no da el fruto esperado, no es por culpa de la sernilla, sino de la tierra en la que se encuentra.

De la misma manen ocurre con tu palabra, pues «la semilla es la palabra de Dios».

Si la gente no te sigue, no es por culpa de tu doctrina, sino porque no reciben tu palabra con un corazón bueno y generoso.

+En el primer caso -los que están junto al camino- tu palabra se queda en la superficie.

Esas personas sólo captan lo más superficial de tu mensaje, interpretando la religión en clave política o económica.

+En el segundo caso -el terreno rocoso- tu palabra penetra más profundamente, pero no echa raíces.

En un principio esas personas reciben la palabra con alegría, tal vez movidos por su atractivo sentimental, psicológico o sociológico.

Pero a la hora de la tentación se vuelven atrás.

+En el tercer caso -la que cayó entre espinas- tu semilla echa raíces, pero también echan raíces otras semillas.

Es el caso de los que entienden la palabra de Dios, pero no tienen la fortaleza ni la prudencia de evitar las tentaciones del mundo: preocupaciones, riquezas y placeres de la vida.

Unos ponen el trabajo o el estudio por delante de Dios; otros no luchan contra la comodidad, la sensualidad o la avaricia.

Y se ahogan espiritualmente, porque el corazón no da para tantos dueños.

 

2º. «Salió el sembrador a sembrar, a echar a voleo la semilla en todas las encrucijadas de la tierra… -¡Bendita labor la nuestra!: encargarnos de que, en todas las circunstancias de lugares y épocas, arraigue, germine y dé fruto la palabra de Dios ». (Forja.-970).

Jesús, esperas de mí que ponga mi buena tierra, para que la semilla de tu gracia dé fruto mediante la paciencia, venciendo las dificultades del ambiente y de mi propia flaqueza.

Sólo si tu semilla arraiga de verdad en mi vida, podré encargarme de que arraigue, germine y dé fruto en los demás.

«El modelo perfecto de esta espiritualidad apostólica es la Santísima Virgen María, Reina de los Apóstoles, la cual mientras vivió en este mundo una vida igual a la de los demás, llena de preocupaciones familiares y de trabajos, estaba constantemente unida con su Hijo y cooperó de modo singularísimo a la obra del Salvador». (Vaticano II.-A. A.-4).

María, tú eres modelo de tierra buena: tú supiste cultivar -con oración y lucha interior- un corazón bueno y generoso, entregado al cumplimiento de la vocación que habías recibido.

Por eso has dado el mayor fruto, el fruto de tu vientre, Jesús.

Ayúdame a ser generoso con Dios, para que también yo pueda dar el fruto que Él me pide.

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