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Sábado. 15 Semana del Tiempo Ordinario


11 julio 2013
Sección: Ciclo B, Evangelio, Tiempo Ordinario

Mateo 12, 14-21

Autor: Pablo Cardona

«Al salir los fariseos tuvieron consejo contra él, para ver cómo perderle. Pero Jesús, sabiéndolo, se alejó de allí, y le siguieron muchos y los curó a todos, y les ordenó que no le descubriesen, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: He aquí mi Siervo a quien elegí, mi amado en quien se complace mi alma. Pondré mi Espíritu sobre él y anunciará la justicia a las naciones. No disputará ni vociferará, nadie oirá sus gritos en las plazas. No quebrará la caña cascada, ni apagará la mecha humeante, hasta que haga triunfar la justicia; y en su nombre pondrán su esperanza las naciones.» (Mateo 12, 14-21)

1º. Jesús, los fariseos buscan matarte por envidia, porque haces el bien y porque la gente te sigue: «le siguieron muchos y los curó a todos.»

A veces la envidia lleva a maquinar los planes más injustos y crueles.

La envidia es una pasión que está muy relacionada con la soberbia, y que se da cuando me a pena la virtud, la fortuna o las capacidades de otra persona.

Me fastidia el otro por el mero hecho de tener algo que a mí me gustaría tener.

«Los pecados capitales están unidos por tan estrecho parentesco, que uno se origina de otro. El descendiente principal de la soberbia es la vanagloria que, al corromper el alma de la que se ha apoderado, engendra enseguida la envidia; porque, deseando la gloria de un vano hombre, se entristece porque otro la puede alcanzar» (San Gregorio Magno).

La persona humilde, por el contrario, sabe que todo lo que tiene es prestado: Tú me lo has dado Jesús.

El humilde busca mejorar lo que tiene, hacer fructificar los talentos recibidos, y se alegra también de ver otros talentos en los demás.

Las virtudes de los que me rodean me tienen que llevar a darte gracias, y a ayudar a esas personas a que les saquen el máximo partido posible.

Esa es precisamente tu actitud, Jesús; no buscas destrozar, hundir, humillar, aprovecharte de mis debilidades o errores: «no quebrará la caña cascada, ni apagará la mecha humeante.»

Lo que buscas es ayudar, apoyar al que te busca, sacar partido a cualquier pequeño mérito mío para que vuelva a coger fuerza, para que aquella pequeña chispa de luz que todavía reluce en mi alma se transforme de nuevo en una llama de fuego.

2º. ¡Qué humildad, la de mi Madre Santa María! -No la veréis entre las palmas de Jerusalén, ni -fuera de las primicias de Cana- a la hora de los grandes milagros.

-Pero no huye del desprecio del Gólgota: allí está, «juxta crucem Jesu» -junto a la cruz de Jesús, su Madre» (Camino.-508).

Madre, tú eres modelo de humildad.

Tan fielmente has sabido imitar a tu Hijo en esta virtud que también a ti se te pueden aplicar las frases de la escritura que cita Jesús en el evangelio de hoy: «He aquí mi Siervo a quien elegí, mi amado en quien se complace mi alma.»

¡Cuántas alegrías le has dado a Dios con tu humildad!

Precisamente por esta virtud fuiste escogida entre todas las mujeres: «porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava» (Lucas 1,48).

Madre, no apareces entre las palmas de Jerusalén, cuando todo son ovaciones, ni tampoco a la hora de los grandes milagros.

No te gusta lo aparatoso, lo espectacular; no aprovechas la ocasión para reclamar tus derechos, o para mostrar en público tus virtudes.

«No disputará ni vociferará, nadie oirá sus gritos en las plazas.»

Tú trabajo pasa inadvertido a los ojos de los hombres; pero tu amor toca de lleno el corazón divino, tu humildad llena de gozo a la Trinidad.

En el caso de Jesús, Dios dice: «Pondré mi Espíritu sobre él.»

En tu caso, María, el ángel exclama: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti»

Ayúdame, Madre, a imitar a Jesús en su humildad con la finura con que tú lo imitaste; solo así alcanzaré la gracia del Espíritu Santo y podré ser apóstol de tu Hijo, ayudándole a hacer «triunfar la justicia» y a que «en su nombre pongan su esperanza las naciones.»

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